24 Mi puta blue note #2
—Joder, Milo, qué mierda llevas. Ven, te ayudo.
Dio un paso hacia mí y yo contuve la respiración.
Me cogió un brazo y lo pasó por la primera manga.
Yo hice lo que me fue indicando y, al momento, había hecho lo mismo con el otro.
Pero no se apartó. Se quedó a escasos centímetros y me subió la cremallera.
Despacio. Muy despacio. Igual porque se le atascó un poco.
—Nunca me la abrocho —le aclaré.
—Igual hoy es día de probar cosas nuevas —sugirió y a mí un cosquilleo me recorrió por dentro.
—¿Como qué? —balbuceé.
—Como abrocharte la chaqueta. —Dio un último tirón y la cerró del todo. Luego pasó uno de mis brazos sobre sus hombros y yo agradecí la estabilidad que me daba—. Vamos, apóyate en mí, así, te acompaño a casa.
No dije nada más durante un rato, me sentía un poco abrumado por todas las sensaciones, provocadas en su gran mayoría por el alcohol, seguramente, pero presentes, al fin y al cabo. Rompí el silencio cuando me acordé de algo.
—¿Por qué tenías tú mi chaqueta? ¿Dónde estaba?
—Te la habías dejado en La Cueva.
—¿Estabas en La Cueva? —me sorprendí.
—No estaba allí. Fuimos a tomarnos la última y la camarera estaba cerrando ya. Me preguntó si te conocía porque le sonaba habernos visto juntos alguna vez y me dijo que te habías ido muy borracho con intención de tocar en una jam y que te habías dejado la cazadora.
—Y viniste a por mí —murmuré.
—Sí. —Suspiró.
—Y has dejado a tus amigos tirados…
—¿Qué amigos?
—Has dicho que ibais a tomaros la última…
—No estaba con mis amigos.
—¿Pues con quién?
—Milo…
—¿Qué?
—Que no es asunto tuyo.
—Uy, ¿no me lo puedes contar? —me sorprendí, porque mi borrachera no me permitía imaginar más allá.
—Bueno, pues si quieres saberlo, estaba con un chico.
—¿Qué chico? ¿Uno de los del otro día?
—No, uno que acababa de conocer.
—¿Vas por ahí a tomar copas con un tipo que acabas de conocer? ¿No tienes amigos?
Resopló, se detuvo y se giró a mirarme. Se separó un poco de mí al hacerlo y mi estabilidad peligró.
—Sí tengo amigos, Milo. Pero esta noche no quería ir de copas, eso solo era la excusa para echar un polvo, ¿lo pillas?
—Su voz sonaba grave y severa, incluso me asustó un poco—.
Estaba en casa subiéndome por las paredes y decidí salir a un bar de ambiente a ligar porque necesitaba algo rápido y fácil. Sin complicaciones.
—Ah —fue todo lo que pude decir antes de empezar a encontrarme muy mal—. Joder.
El estómago me dio un vuelco y me llevé una mano a la boca. La otra la apoyé en el árbol más cercano y me doblé sobre mí mismo esperando encontrar cierto alivio. Traté de respirar hondo, pero lo conseguí a medias.
—Eh, Milo. —Ori se me acercó y me puso una mano en la espalda—. Tranquilo, respira. Tíralo todo si te va a hacer sentir mejor…
—No, no hace falta, se me va a pasar.
—Claro que se te va a pasar…
Su mano se deslizaba por mi columna arriba y abajo en movimientos rítmicos, y yo traté de acompasar mi respiración a ellos.
Abrí los ojos y fue peor, el suelo estaba demasiado cerca.
Los volví a cerrar para que todo dejara de dar vueltas.
Él subió la mano hasta mi nuca y comenzó a masajearme el cuello.
Yo llevé mi mano libre hasta su brazo y me agarré a él con fuerza.
Luego me incorporé todo lo que pude y mi cara quedó muy cerca de la suya, con su mano todavía en mi nuca y la mía en su brazo.
Menos mal que no había llegado a vomitar.
—¿Le has besado? —conseguí preguntar.
—¿A quién? —su pregunta parecía legítima, pero yo no terminaba de entender que no supiera de quién estábamos hablando.
Chasqueé la lengua con fastidio, porque odié que me obligara a nombrarlo.
—A ese chico —respondí con desgana por lo obvio de la respuesta.
—Claro.
—¿Claro? Pues yo no lo veo tan claro… Lo acababas de conocer, ¿no?
—¿Y qué? ¿Tú no lo has hecho nunca? —preguntó con una sonrisa—. Con una chica, por supuesto…
—No —aseguré.
—Mentira. —Se rio.
—¿Y tú qué sabes? —me indigné.
—La noche que nos conocimos, cuando me lie yo con Tania, tú te llevaste a una chica a casa y a la mañana siguiente no sabías ni su nombre.
Volví a chasquear la lengua porque tenía toda la razón y me jodía enormemente que así fuera.
—¿Son celos, Milo? —Me miró entrecerrando los ojos—. El mareo, el mosqueo… ¿son celos?
—Tsss… No flipes.
Su mano en mi nuca se movió apenas, pero su dedo pulgar se deslizó por mi cuello. Yo cerré los ojos y me concentré en no emitir ningún sonido. Estoy casi seguro de que fracasé.
—¿Cómo era esa frase de la canción? «El deseo es otra cosa, pero tiemblo cuando me tocas»… o algo así… ¿Me la cantas?
—No.
Deslizó el dedo por mi mandíbula y un escalofrío me recorrió entero.
—Cántamela, Milo —susurró—. Por favor…
Su dedo recorrió mi cuello despacio y se recreó en la nuez, como si pretendiera animar a las notas a salir de mi garganta.
—Por favor… —insistió en un murmullo apenas audible.
—«No es deseo», me digo, «es otra cosa», pero me tiembla todo si me rozas… —canturreé en algo más parecido a un jadeo que a una melodía.
Apretó el dedo lo justo para que yo sintiera mi pulso, que estaba totalmente desbocado. Mi mano también se aferró más fuerte a su brazo.
—¿Habla de mí, Milo? —preguntó en voz muy baja—. ¿La canción habla de mí?
—¿Te ibas a ir con ese chico? ¿Te ibas a acostar con él?
Se separó un poco y me miró con una expresión que no supe interpretar.
—Sí —respondió por fin.
—¿Has quedado con él luego? ¿Te está esperando en algún sitio?
—No. Lo he acompañado a pillar un taxi y se ha ido a su casa… O igual ha vuelto al garito del principio, eso ya no es asunto mío.
—¿Le has hecho una mamada?
—¡¿Qué?! ¡No! —casi gritó, entre divertido y ofendido—. Aunque tampoco es asunto tuyo…
—Pero ¿se la ibas a hacer? —pregunté ya totalmente desatado y sin intuir la vergüenza del día siguiente.
—No lo sé, a lo mejor, ¿por qué? ¿Te importa?
—No sé, ¿debería?
—Supongo que no.
—Ya. —Chasqueé la lengua y me aparté de él, pero mi equilibrio parecía querer echar un pulso con mi dignidad y ambos iban perdiendo, por lo que Ori se acercó a comprobar que podía mantenerme en pie.
—¿Qué es lo que pasa, Milo? ¿Qué quieres?
—Solo quiero irme a mi casa. —Bufé.
—Pero ¿qué te ha molestado?
—Nada —gruñí.
—Milo, háblame, joder. —Me cogió de la muñeca y dio un tirón para que me girara—. Dime qué piensas o te juro que te dejo aquí tirado y me vuelvo al bar ese a follarme al primero que me cruce.
Abrí la boca para decir algo, pero no logré articular palabra. Puede que me temblara hasta el labio.
—¿Y bien? —Me soltó y se cruzó de brazos—. ¿Vas a decir algo?
—Si eso es lo que quieres —se me quebró un poco la voz y recé por que pareciera que era por el alcohol.
—No es lo que quiero.
Mi pecho subía y bajaba con dificultad, como si el aire se hubiera vuelto tan espeso como la conversación.
—¿Sabes lo que me jode? —dije dejando salir por fin la mala hostia que me estaba entrando desde que había empezado a hablar de ese tío.
—¿Qué es lo que te jode? Eso es lo que quiero saber…
—Que actúes como si no hubiera pasado nada, como si no me hubieras hecho una puta mamada… ¿Tantas haces que no las recuerdas o no tienen importancia para ti?
Y ahí vi en sus ojos que lo había cabreado.
—¿Sabes por qué finjo que no pasó? Porque tú me lo pediste, imbécil. Me dijiste, de un modo bastante desagradable hacia alguien que acaba de regalarte un orgasmo, por cierto, «esto no ha pasado». Solo estaba cumpliendo tus deseos, pero si quieres hablamos del tema…
—Yo te lo pedí —recordé.
—Sí —confirmó.
—Soy un gilipollas.
—Sí.
—Perdona.
—No —respondió.
—¿No?
—No, tú lo has querido. Ahora vamos a hablar del tema: me debes una.
—¡¿Qué?! —Creo que mi voz sonó dos octavas más aguda.
—Lo que has oído, que me debes una. —Se llevó la mano al botón del pantalón y yo di un paso atrás.
Miré hacia los lados, para ver si había alguien más en la calle.
No tengo muy claro si pretendía que algún espontáneo me salvara o solo quería asegurarme de que no teníamos público.
Mi cabeza maquinaba a toda velocidad cuando Ori se desabrochó el primer botón.
Un sudor frío me recorrió la espalda y dudé si salir corriendo o tirarme al suelo de rodillas.
Pero él se empezó a reír y se lo volvió a abrochar.
—Tendrías que verte la cara…
—Eres un cabrón —farfullé, pero en el fondo me sentía aliviado… y un poquito avergonzado también.
—Quería desdramatizarlo todo un poco, Milo. No es para tanto.
Respiré hondo y el alcohol me ayudó a ser sincero.
—Para mi sí —dije por fin.
—Para ti sí ¿qué?
—Para mí sí fue para tanto…
Se acercó mucho y volvió a cogerme de la nuca. Su cara quedó a pocos centímetros de la mía.
—¿Crees que para mí no? —susurró—. ¿No ves que estaba en mi casa subiéndome por las paredes y sin poder pensar en otra cosa y por eso he salido a buscar la manera de echar un polvo y sacarte de mi cabeza?
—¿Ha funcionado?
—Sí, me ha salido de puta madre, ¿no lo ves? Ahora mismo estoy en mi casa follándome a Patrick.
—¿Patrick?
—Sí, era irlandés, pero ese no es el tema…
—¿Y cuál es el tema?
—Sabía lo que había y me he metido en esto yo solo —murmuró como para sí mismo y se frotó la cara.
Luego suspiró con cansancio y volvió a pasar uno de mis brazos sobre sus hombros.
—Vamos, Milo, te acompaño a casa.
No dije cada y caminé a su lado en silencio. No tenía muy claro por qué, pero me sentía un poco mal.
—Cuéntame algo —pidió al cabo de un rato—, que me da miedo que te duermas andando…
—¿Qué quieres que te cuente?
—¿Qué es eso del blue nosequé que decías en el estribillo de la canción?
—Ah, la blue note, es una movida de jazz.
—¿Me lo cuentas?
—Es una nota que «desafina», por decirlo de algún modo, que se toca con una ligera disonancia… Una tercera menor, una cuarta aumentada… Esas son las más comunes. Suena mal y bien. Es lo que le da el rollazo al jazz.
—Creo que no he entendido nada.
—Pero sí sabes lo que te digo, ¿no? Cuando escuchas jazz, te das cuenta de que hay notas disonantes, ¿no?