24 Mi puta blue note
MI PUTA BLUE NOTE
Siempre he pensado que la parte de mi cabeza que se ocupa de la música es inmune al alcohol, y por eso puedo cantar y tocar aun estando borracho.
Y quizá también por eso casi había memorizado la letra de la canción cuando llegué a La Fuga.
Tuve que esperar un poco, porque el escenario estaba ocupado.
Me pedí una cerveza para no seguir a base de whisky y olvidar hasta mi nombre.
¿Me hubiera sentado mejor un café o un refresco?
Seguramente, pero no estaba en mi momento más lúcido.
El local tenía un pasillo en un lateral que conducía a los baños y también al escenario.
Accedí a él con más euforia que prudencia y no me lo pensé mucho para subir y coger una de las guitarras.
Comencé a hacerle el acompañamiento al tipo que estaba tocando y no debió de resultar demasiado lamentable, porque creo que me lo agradeció con un cabeceo.
Al terminar, me susurró fuera de micro: «¿Tocas tú ahora una? ». Y yo asentí y me dejé llevar.
La música fluyó sola. La melodía estaba clara, y la letra por fin también. Cerré los ojos un momento para concentrarme y simplemente lo dejé salir:
—De nuevo ruido bajo mi piel, de una manera diferente esta vez. Es un zumbido que me quema por dentro, un chasquido que sonó sin quererlo.
Toqué unos acordes tras esa primera estrofa y eché un vistazo a los cuatro colgados que conformaban el público.
Paseé la vista hasta el fondo del local, donde la deficiente iluminación tenía más de deficiente y menos de iluminación.
Y allí, apoyado entre las sombras, un chico me miraba.
¿Era Ori? ¿Era mi etílica imaginación que me hacía verlo donde no estaba?
Ni la luz ni mi vista ayudaban a identificarlo, así que me limité a fijar mi mirada en él y fingir que lo era.
—No es solo ruido, es tu risa en mi cabeza, que descoloca desde dentro cada pieza…
—Hice un cambio de acorde y el otro guitarrista asintió con admiración.
Yo volví a prestar atención al misterioso mirón de las sombras y seguí con la letra—: «No es deseo», me digo, «es otra cosa», pero me tiembla todo si me rozas…
Si cruzo esa línea, ¿qué pasará luego?… ¿Lo romperemos todo o haremos fuego?
Notaba el corazón sangrar dentro de mi pecho con cada frase. O quizá no sangraba, igual solo destilaba parte de todo el alcohol que me había bebido esa noche.
Seguí tocando estrofas, puentes y estribillos hasta que llegué a los dos últimos.
—Eres mi puta blue note, la mancha en medio del trazo, lo que me lo cambia todo… y me hace ver que no encajo… Eres mi puta blue note, el fallo que no corrijo, sé que debería hacerlo, pero en el fondo lo elijo… En el fondo te elijo… En el fondo te elijo…
Presté atención un momento al mástil de la guitarra y, al volver a levantar la cabeza, el chico del fondo había desaparecido.
¿Me lo había imaginado? ¿Era Ori y se había marchado?
Terminé la canción a toda prisa y me quité la guitarra quizá con demasiada urgencia, pero necesitaba salir de allí y comprobar si me lo había inventado o si de verdad Ori había estado ahí.
Necesitaba llegar a la calle y ver si todavía lo alcanzaba.
¿Qué iba a decirle? No tenía ni idea. ¿Se habría reconocido en la canción?
Probablemente, era un tío muy listo, por eso era mejor enfrentarme a ese momento cuando llevaba un volumen de alcohol en sangre suficiente para que no me avergonzara darle explicaciones.
Eran más las ganas de verlo que las de huir de la verdad.
Bajé los escalones del escenario a trompicones, me tropecé con mi propio pie y no me di de boca contra el suelo porque Ori me agarró antes de que lo hiciera.
Sí, no había duda de que era él el que me había estado observando desde el fondo del local, pero no había salido a la calle, había acudido al cochambroso pasillo a esperarme.
—Milo, ¿estás bien? —En su voz se escuchaba algo parecido a la preocupación.
—Sí —aseguré mientras me incorporaba—, estoy de puta madre. —Por alguna razón, mi lengua parecía ocupar más espacio de lo normal dentro de mi boca y hacía que vocalizar fuera complicado.
—Vamos al baño. —Me cogió por la muñeca y tiró de mí. Me dejé llevar, porque me hacía una ilusión tontísima que estuviera ahí conmigo. Y me gustaba que hubiera escuchado la canción cuando yo iba lo suficientemente borracho como para no avergonzarme.
Se detuvo delante del lavabo y yo me quedé mirándolo a través de las pestañas, porque no era capaz de abrir los ojos del todo.
—Joder, qué mierda llevas —farfulló entre divertido y serio, una combinación tan curiosa como él mismo.
Luego se quitó una goma que llevaba en la muñeca y me recogió el pelo en una coleta.
Cerré los ojos y me recreé en el tacto de sus dedos en mis greñas.
Si alguien entraba al baño en ese momento y pensaba que éramos dos maricones peinándonos, pues me la sudaba, la verdad.
Era maravillosa esa sensación de paz interior y cero preocupaciones.
Me hizo inclinarme un poco y me mojó la cara. A mí me dio la risa.
—¿Qué haces?
—Intentar que te despejes un poco —respondió más serio que yo—. ¿Quieres vomitar?
—No —aseguré, pero algo en mi interior me hizo dudar—. O igual un poco, no sé.
Ori suspiró y abrió el grifo de nuevo. Se mojó la mano y me la pasó por la nuca. Yo cerré los ojos y disfruté de la piel de todo mi cuerpo respondiendo a ese gesto. Puede que incluso se me escapara algo parecido a un ronroneo.
—Céntrate, Milo —pidió—. Quédate aquí quietecito y apunta bien, por si acaso.
Apoyé las manos al borde del lavabo y me incliné un poco, pero, en lugar de mirar hacia abajo, giré la cabeza hacia él. Estaba muy cerca, demasiado. Quizá era yo el que me había acercado, no podía estar seguro. Él volvió a mojarse la mano y a pasarla por mi nuca.
—Has escuchado la canción —afirmé, no era una pregunta.
Ori desvió la mirada y cerró el grifo. Se apoyó contra la pared que había junto al lavabo y me observó durante unos segundos.
—Sí —dijo por fin.
Asentí en silencio, como para darle solemnidad al momento. O para buscar el valor de hacerle la siguiente pregunta. Pero no lo encontré.
—Vale —me limité a decir.
Él tampoco dijo más. Notaba el pulso latir en la garganta, en las sienes… En todas partes menos donde debería. Ori me miraba en silencio, sin decir nada, el muy mamón.
—¿Y? —me atreví a preguntar por fin.
Él inclinó apenas la cabeza y me mostró ese gesto suyo con el que elevaba más un lado de la boca que el otro.
—¿«Y» qué?
—No sé. —Me encogí de hombros—. Si tienes una opinión, me gustaría escucharla.
—¿Es importante lo que opine yo?
Chasqueé la lengua.
—No te estoy pidiendo una crítica musical, solo… —Y dejé la frase ahí porque ni todo el alcohol que llevaba encima me motivó lo suficiente para continuar con un «solo quería saber si lo habías pillado»—. Da igual.
—Vámonos de aquí. —Hizo un gesto con la cabeza hacia la puerta—. Te acompaño a casa.
—Puedo irme solo —aseguré algo molesto.
—Me quedo más tranquilo si te acompaño…
—No me haces falta —gruñí.
—¿Qué te pasa ahora, Milo? Estabas de muy buen humor.
—Nada —se me quebró un poco la voz—. Déjame.
Me di la vuelta de un modo un poco más brusco de lo que en mi estado me podía permitir y me tambaleé lo justo para que Ori se viera en la necesidad de sujetarme.
—Estoy bien —farfullé—. Me he resbalado…
—¿Es por la canción? ¿Te has enfadado porque no te he dicho nada?
—No. —Me solté de él y salí al pasillo.
Me cogió por la muñeca para retenerme y yo sentí que me ardía la piel bajo sus dedos. Me quedé mirando su agarre en silencio y sin atreverme a levantar la vista.
—Si quieres saberlo, me ha gustado mucho —dijo por fin—. Tiene algo.
—«Algo». —Asentí con la cabeza—. ¿En la MTV te conocen? Seguro que se harían de oro con tu valiosa opinión…
Él ahogó una carcajada, pero seguía sin soltarme.
—¿Cuándo la escribiste?
—La he terminado esta noche, en unas servilletas… —Metí la mano en el bolsillo y le enseñé un par de ellas.
—Eso es muy de estrella del rock. —Me sonrió de medio lado y yo sentí que me ponía rojo.
—O de borracho fracasado, depende de lo mala que sea la canción.
Me quedé mirándolo sin disimular. Esa era una de las ventajas del alcohol, la de derribar barreras y cargarse filtros y convencionalismos. Mi pecho subía y bajaba con dificultad, por culpa de la dura tarea de mover el peso de todo lo que no estaba diciendo.
—¿Te has reconocido? —preguntó por fin el alcohol por mí, y con eso anulé toda posibilidad de fingir que no hablaba de él.
—¿Debería? —Entrecerró los ojos.
—No lo sé —mentí como si pretendiera engañar a alguien.
Nos miramos en silencio durante un rato más largo que el anterior.
—Cantabas como si sí lo supieras —dijo él por fin.
Se me secó la boca y tragué saliva para intentar solucionarlo, pero fue peor.
—Joder —murmuré—, esto era mejor idea cuando estaba en el escenario.
—¿El qué? —quiso saber.
—Todo. Todo parece mejor idea desde el escenario, la verdad.
—Lo entiendo. Te sienta muy bien. —Tiró de mi brazo, que todavía estaba retenido entre sus dedos—. Vámonos de aquí.
—¿Adónde vamos? —pregunté mientras lo seguía hasta la calle.
—A tu casa.
Tropecé conmigo mismo y a punto estuve de irme al suelo de nuevo. Me incorporé deprisa y casi no tuvo ni que ayudarme. Casi.
—¿A mi casa? Estarán mis compañeros… —aclaré cuando salimos por fin a la calle.
Él se detuvo y se giró a mirarme.
—¿Y qué? —preguntó juntando mucho las cejas—. ¿Qué crees que va a pasar?
Noté que otra vez me ponía rojo y me apresuré a aclarar:
—Nna-nada.
Soltó una carcajada que no ayudó ni un poco al color de mi cara y me tendió lo que llevaba en la mano.
—Toma, ponte la chaqueta.
Lo miré y luego miré la cazadora que me tendía. Joder, era la mía.
—¿Por qué tienes mi chupa?
—Póntela, que hace frío, aunque tú no lo notes.
—Pero ¿por qué la tienes? —insistí mientras pasaba un brazo por dentro de una manga que no lo era—. Mierda —protesté sin entender bien lo que había pasado.