23 Mi «no debería»
MI «NO DEBERÍA»
Di vueltas por el centro en busca de un lugar donde desconectar de todo.
No ir a casa y dejar de pensar, esos eran mis dos objetivos esa noche.
No me parecía mucho pedir. Eran casi las doce de la noche de un domingo, los garitos que abrían eran pocos.
¿Quizá La Cueva? No quedaba lejos, así que decidí probar suerte.
Para mi fortuna, parecía estar esperándome.
Arrastré mi culo hasta una de las banquetas de la barra y le pedí a la camarera una cerveza. Me la puso y se marchó hacia el fondo del bar. No sé cuánto rato estuve así, rumiando mi mierda en silencio, pero cuando ella volvió, mi birra se había evaporado. A esa siguió otra. Y luego otra más.
—Greta, ¿me pones otra cerveza? —pregunté cuando ya éramos los dos únicos que quedábamos en el local.
—Estoy a punto de cerrar.
—La última, por favor. Una más y me voy, te lo juro.
—Mira, Milo, si pretendes meterte en el papel de borracho de bar que le da la brasa a la camarera después del cierre, tú vas a necesitar algo más fuerte, y yo, una buena propina.
Busqué en mi bolsillo y saqué un billete de dos mil pesetas que dejé sobre la barra.
—¿Un Jack Daniels y te quedas el cambio?
Ella cogió el dinero y me devolvió una sonrisa.
—Cuéntame tu drama.
Yo me reí con un resoplido, pero no dije nada.
Ella me sirvió la bebida y la dejó frente a mí en la barra.
Luego desapareció de nuevo hacia el fondo del local y yo le di un primer trago a esa bebida del infierno.
Para cuando ella volvió, mi vaso estaba vacío.
Me lo rellenó y luego colocó una cerveza al lado y me advirtió.
—La birra es para mí, ¿eh? No te la bebas…
—Vale —prometí con una sonrisa. Me caía bien la chica, era divertida.
Ella salió de la barra, fue hasta la puerta y bajó la persiana casi del todo. Al volver, tomó su bebida y se sentó en la banqueta contigua a la mía, pero de espaldas a la barra y apoyada en ella.
—¿Qué te pasa, tío? Estás fatal…
—Estoy fatal, sí. —Suspiré—. Pero tampoco es nuevo, ¿no?
—A ver, creo que desde que te conozco no te he visto lo que se dice feliz… Rober me contó más o menos lo que os pasó con el grupo, entonces entiendo que estuvieras así, pero hoy pareces como muy agobiado. El drama debería ir a menos, no a más… Digo yo.
—¿Qué tal Rober? ¿Qué se cuenta?
—Pues ni puta idea, porque rompimos hace un par de semanas.
—Oh, joder, lo siento.
—Yo no, era un gilipollas. —Se rio—. Perdona si es tu amigo, pero es lo que pienso.
—Compartimos local una temporada, pero amigos no puede decirse que fuéramos… Desde que dejamos el local, creo que no lo he vuelto a ver…
—Mejor, no te pierdes nada.
Me reí entre dientes y me bebí medio vaso de un trago. Me abrasó las entrañas y me empezaron a arder hasta los ojos, pero eso era justo lo que necesitaba. Todo a mi alrededor empezaba a difuminarse y a perder importancia.
—¿Me vas a contar qué te pasa? —preguntó la camarera. Al no obtener respuesta por mi parte, conjeturó—: ¿Mal de amores?
Hice una mueca con la boca y cerré los ojos.
—Algo más complicado que eso, supongo… —dijo el alcohol hablando a través de mí.
—Siempre parece más complicado de lo que es en realidad —bromeó ella y le dio un sorbo a su cerveza.
—Ya… —murmuré.
Se instaló entre nosotros un silencio cómodo, de los que no molestan, pero tampoco es que arreglen nada.
Ella había apagado casi todas las luces, solo quedaban encendidas las del interior de la barra, que nos dejaban en una penumbra oportuna para ocultar miserias personales.
Me quedé mirando el reflejo de mi vaso sobre la madera quizá demasiado rato.
—¿Alguien te ha dejado?
—Ojalá —bromeé—. Eso fue el año pasado y ya está superado… —Y al decirlo en voz alta, fui consciente por fin de que era cierto. De Madi me seguía doliendo la traición, pero lo que era la ruptura estaba superada—. Es… otra cosa.
Greta ladeó la cabeza y me miró con curiosidad.
Yo solté una risita entre dientes, pero no le devolví la mirada.
Notaba su vista fija en mí, parecía estar esperando que dijera algo más, pero no lo hice.
Al fin me giré un poco hacia ella. Estaba más cerca que antes y olía a tabaco, a cerveza y a algún tipo de jabón, supongo que el que usara para fregar los vasos o lo que sea que hagan las camareras detrás de la barra.
Mi experiencia laboral se limitaba a mi tienda de discos y de lo que era el trabajo de hostelería solo podía hacer conjeturas.
No lo pensé demasiado, o no lo pensé nada, cuando me incliné hacia ella y la besé. Fue un beso rápido, torpe y más cargado de huida que de deseo. Pero fue más que suficiente, porque enseguida lo supe: no era a quien de verdad quería besar. Me separé de golpe, puede que de un modo algo brusco.
—Joder —murmuré y me pasé la mano por la cara—. Perdona, no debería haberlo hecho.
Ella parpadeó algo sorprendida, pero, al menos, no parecía molesta.
—Tranquilo, no ha sido para tanto —aseguró.
Negué con la cabeza mientras mi corazón comenzaba a marcarse un ritmo que no tenía ningún sentido, porque seguía imaginándome que lo besaba a él.
Casi podía escucharlo reírse a mi lado, cambiando todo el aire a su alrededor…
Alterando mi melodía como una puta blue note.
Sí, definitivamente, Ori era mi puta blue note y, como toda buena canción de jazz, la necesitaba. Era necesidad, pero también deseo.
Deseo.
La palabra flotó un momento a mi alrededor antes de caer ante mí como una evidencia.
Mierda.
—Sí…, sí que lo ha sido —la voz se me quebró y las palabras se me atropellaron unas con otras.
—¿Por? ¿Me he perdido algo?
—¿Cuántos años tienes?
—Dieciocho —dijo antes de darle otro trago a la cerveza.
—Joder.
—¿Qué?
—Que yo tengo veintiséis —murmuré y acompañé mis palabras con un gesto entre los dos—. Esto no está bien.
—Tsss, ya ves tú. —Dejó escapar una risa suave por la nariz—. Tampoco es que me hayas pedido matrimonio, tío. Solo ha sido un beso… bastante cutre, la verdad.
Ahí fui yo el que me reí entre dientes.
—¿Me estás diciendo que el beso de un borracho fracasado y deprimido ha sido cutre? Te queda mucho que aprender de la vida, pequeña.
Ella dejó escapar una carcajada bastante más escandalosa que la mía.
—¿Qué hay detrás del beso, Milo? —dijo cuando se le pasó la risa—. ¿Qué te pasa en realidad? ¿A quién estabas besando en tu cabeza?
—A quien no debería —confesé.
—Vale, esa me la sé. —Suspiró.
—¿En serio?
Asintió con la cabeza y dio otro trago. Yo la imité.
—¿Y qué hiciste tú? —quise saber.
—Nada.
—¿Nada?
—Bueno, sí, besar a otros… —Se encogió de hombros—.
Yo creo que si puedes poner distancia es tu mejor opción, pero si no, lo mejor que puedes hacer es enterrarlo hondo y tratar de no pensar demasiado en ello…
O recrearte en tus fantasías sabiendo que nunca pasarás de ahí.
—Se rio abiertamente y me contagió enseguida—.
Venga, ahora en serio, a mí me ayuda no pensarlo demasiado y salir con otra gente. —Se volvió a encoger de hombros.
—Es que no me apetece —murmuré.
—Ay, Milo. —Sonrió y me dio un apretón en el hombro—. Qué jodido estás.
—Lo sé. —Suspiré.
Ella pasó al otro lado de la barra y se sirvió otra cerveza.
Yo me bebí el último trago del vaso, que ya sabía más aguado, y Greta me lo volvió a llenar.
Bebí de nuevo. Luego apoyé los codos en la barra y me quedé atrapado con las baldas que había detrás.
Sabía que estaba mirando una botella, pero no la veía.
Mis ojos estaban en ella, pero mi cabeza no.
Había palabras que llevaban días flotando a mi alrededor, pero no se habían dejado coger…
hasta ese momento. Pillé un puñado de esas servilletas típicas de bar que suelen ser más útiles para escribir que para secar nada y le pregunté con urgencia en la voz:
—Mierda, ¿tienes un boli?
Ella me miró con una sonrisa contenida y se sacó uno del bolsillo trasero del pantalón. Lo cogí a toda prisa y estiré el primero de los papeles.
—Hostia, ha llegado la inspiración. —Se rio—. Nunca pensé que fuera tan literal.
—Shhh, cállate, que se escapa.
—¿Vas a hablar de la guapa camarera que te ha ayudado a desbloquearte? —la oí preguntar, pero ni le contesté, porque ya no estaba allí del todo.
La tinta iba creando líneas azules en la servilleta mientras tarareaba la melodía del puente que ya tenía desde hacía días.
—No es solo ruido, es tu risa en mi cabeza —canturreé en voz baja y luego dejé un par de compases en los que imaginé los golpes de Fanny a la batería y probé suerte con el estribillo—: Eres mi puta blue note… la mancha en medio del trazo… lo que me lo cambia todo… y me hace ver que no encajo…
—Eh, eso suena bien… ¿Me la cantas? —preguntó Greta ya de vuelta en su banqueta junto a la mía mientras se inclinaba un poco para cotillear.
—¡No! —Tapé la servilleta con la mano—. Ni lo intentes, pequeña.
—Encima misterioso… La próxima vez, no te dejo el boli. —Dio un trago a su vaso y yo la ignoré y seguí garabateando, encadenando imágenes sin pensar demasiado.
—Si cruzo esa línea, ¿qué pasa luego?… ¿Lo rompemos todo o hacemos fuego? —farfullé a la velocidad a la que escribía—. «No es deseo», me digo, es otra cosa… pero me tiembla todo si me rozas…
Rellené tres o cuatro servilletas más mientras iba dando tragos a mi bebida.
Ella aprovechó para llevar los vasos que había por las mesas hasta la barra.
Luego pasó al otro lado y los hizo desaparecer.
Cuando volvió a mi lado, yo ya había terminado toda la letra y estaba canturreando lo que leía en las servilletas.
—¿Tenemos single? —preguntó en tono de burla, pero no llegué a responder, porque el estruendo de la persiana del local nos sobresaltó.
Nos giramos a tiempo de ver entrar a un chaval que debía de tener su edad, más o menos.
—Nena, ¿cómo vas? Es muy tarde y mañana hay clase… ¿Te falta mucho? —Se quedó clavado al verme ahí—. ¿Este quién es? ¿Hay que echarlo de aquí? Tío, que la peña tiene que descansar… Vete a tu puta casa ya. ¿Hace falta que te enseñe dónde está la salida?
No me dio tiempo a responder, porque la chica se adelantó.
—Sabe dónde está la salida. —Fue hasta él—. ¿Puedes ir subiendo las sillas del fondo, porfa? Yo acompaño a Milo a la calle y voy.
—¿Seguro que no prefieres que lo acompañe yo a la calle? —Me miró con los ojos entrecerrados y ganas de partirme la cara, cosa que me inquietó un poco porque, aunque era un crío, me sacaba mínimo media cabeza.
—No, tú a las sillas —dijo ella y yo respiré algo más tranquilo.
Me puse de pie y el suelo pareció moverse bajo mis botas. Me agarré a la barra un momento para estabilizarme y no me costó más de unos segundos conseguirlo.
—Milo, ¿dónde vives? ¿Te llamo un taxi? ¿Necesitas que te acompañemos a casa?
—No, estoy bien. —Cogí todas las servilletas que había garabateado y me las metí en el bolsillo del pantalón rezando para no perder ninguna.
—¿Seguro? —preguntó Greta y el chaval bufó, pero se fue hacia el fondo como le había pedido ella, que vino hasta mí y me cogió del codo para acompañarme a la calle.
Nunca me había costado tanto subir los pocos escalones que separaban ese local del mundo exterior. En ese sentido, se parecía a mi tienda.
—¿Quién es? —le pregunté a la chica cuando el otro ya no podía oírnos—. ¿Tu novio? ¿Tu hermano? ¿Tu primo?
Ella se rio entre dientes antes de contestar.
—No, un colega… Bueno, en realidad, es mi… ¿cómo lo hemos llamado antes? ¿Mi «no debería»? —Se llevó un dedo a los labios como para pedirme silencio.
—Ah, esa mierda del «no debería». —Chasqueé la lengua—. ¿Y viene a por ti todas las noches?
—Solo las noches que libra mi compañero y sabe que estoy sola. ¿Dónde vives, Milo? ¿Llegas caminando o te pido un taxi? Te devuelvo el billete que me has dado antes si no llevas más dinero…
—Sí tengo más dinero —aseguré—, pero no voy a casa.
—¿Dónde vas a estas horas? Está todo cerrado.
—Me apetece tocar la canción nueva y en casa despertaría a mis compañeros. La Fuga seguro que está abierta y estoy lo bastante borracho como para tocar la canción nueva delante de desconocidos.
—Si no tuviera clase mañana, iría a verte tocar. Me he quedado con ganas de escuchar la canción.
—¡No! Ni se te ocurra, lo bueno de allí es tocar para peña que no te conoce y a la que no vas a volver a ver… —Se me trabaron un poco las palabras en mi propia boca—. Tengo grupo nuevo, te avisaré cuando tengamos el primer bolo.
—Genial, Milo. Que vaya bien el resto de la noche, y suerte con tu «no debería».
—Gracias, guapa. Lo mismo digo.
Apenas había dado un par de pasos cuando saqué de nuevo las servilletas para ir cantando la canción por el camino. Pese a lo etílico de mi estado, sabía que tenía algo, que era bueno, y solo necesitaba cantarlo del tirón con una guitarra.