21 Sí lo sabes #3
Me incliné un poco hacia él, sin mucho sentido.
Ori, sin previo aviso, me abrazó con fuerza y enterró la cara en mi cuello.
Yo dejé escapar todo el aire de los pulmones y lo rodeé a mi vez con los brazos de un modo que me resultó algo forzado.
Él movió la cabeza y su nariz dibujó el contorno de mi mandíbula.
—Milo —murmuró y su aliento en mi cuello consiguió ponerme todo el vello de punta.
Dejé caer la cabeza hacia atrás y se me escapó un jadeo sordo. Sus labios se deslizaron por mi cuello y yo exhalé con fuerza.
—¿Paro? —me preguntó en un murmullo.
—No lo sé —jadeé.
—Sí lo sabes, Milo, joder… ¡¿Paro?!
—No —farfullé.
Sus manos volaron bajo mi camiseta y se separó de mi cuello lo justo para sacármela por la cabeza.
Luego sus labios volvieron a mí, esta vez bajando por la clavícula hacia mi pecho.
Mi respiración se aceleró, junto con el ritmo de mi corazón, que amenazaba con atravesarme las costillas.
Atrapó un pezón con los dientes y yo siseé sin darme ni cuenta.
Llevó las manos a los botones de mi pantalón y comenzó a desabrocharlos.
—Yo no soy gay —murmuré de un modo que apenas resultó inteligible.
—Calla, Milo —soltó en susurro que sonó más a petición que a orden.
Metió la mano por dentro de mis calzoncillos y me agarró con fuerza.
—Joder —jadeé cuando sus dedos empezó a moverse y sus labios volvieron a mi cuello.
—¿Paro? —insistió a su vez con la respiración entrecortada.
—No —respondí de un modo que sonó a súplica desesperada.
Me bajó el pantalón y la ropa interior hasta las rodillas y luego me empujó sobre mi cama deshecha para, a continuación, cuando ya me encontraba tumbado, terminar de sacármelos por los pies de un tirón.
Todo pasó en cuestión de segundos y no tuve tiempo de reaccionar, aunque, en realidad, tampoco hubiera hecho nada diferente a quedarme expectante ante sus movimientos.
Se tumbó sobre mí, él completamente vestido.
Deseé por un momento que estuviera desnudo como yo y poder sentir su piel, pero al mismo tiempo me aterrorizaba la idea.
Él parecía ajeno por completo a mi diatriba interior y daba la impresión de sentirse muy cómodo con la situación, pues no dejaba de acariciar y besar todo mi cuerpo.
Yo me dejé hacer, porque ni siquiera me sentía dueño de mi propio ser.
Mis terminaciones nerviosas se habían apoderado de mí y eran las que dictaban mis actos, que de momento se limitaban a enredar los dedos en los rizos de Ori y guiar su cabeza.
Entendió al momento lo que quería, sin necesidad de que se lo pidiera, cosa que agradecí, porque no hubiera sido capaz.
Sus brazos se abrazaron a mis caderas y me inmovilizó con todo su cuerpo justo antes de tragarse mi polla y hacerme soltar un grito ronco.
Esta vez no me preguntó si paraba, no hacía falta.
Era evidente que yo estaba fuera de todo control.
Me agité pese a lo fuerte que me agarraba y me moví lo que pude para forzar el ritmo, al tiempo que se lo marcaba también con las manos en su cabeza.
Él me dejó hacer y se adaptó a lo que yo iba imponiendo.
No duré mucho. Fue cuestión de unos segundos lo que tardé en dejar que el orgasmo que nació en la base de mi espalda me recorriera entero y, justo antes de que llegara, él paró lo que estaba haciendo y terminó con la mano.
Gruñí y grité exactamente igual, totalmente desatado, cuando me corrí sobre su mano y mi vientre.
Mi respiración se fue calmando y empecé a sentirme incómodo al encontrarme desnudo y sucio junto a un tío vestido que acababa de hacerme una mamada.
Me incorporé de golpe y él se quedó aturdido en la cama, como si no esperara que me fuera a levantar.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Voy a limpiarme.
Salí de la habitación y crucé el pasillo para ir al baño que había justo enfrente. Abrí el grifo del lavabo, pero al momento me lo pensé mejor y me metí bajo la ducha. Cuando salí, apenas un par de minutos después, él estaba apoyado en la pared con los brazos cruzados.
—¿Segunda ducha de la mañana? —preguntó con una sonrisa.
—Estaba sucio —aclaré.
—Lo sé, Milo. Por favor, no estés raro, ni borde… Te he preguntado si querías que parara varias veces. Y me has dicho claramente que no.
—Lo sé —murmuré—. Pero ahora sí creo que será mejor que te vayas.
—Como quieras —respondió sin dar la más mínima impresión de estar molesto—. Me paso una tarde esta semana y seguimos con lo del documental, ¿vale?
—Claro —asentí para tratar de normalizar las cosas.
—¿Te aviso antes?
—No hace falta, yo estaré en la tienda.
—Vale. Adiós, Milo.
Salió del baño y me asomé al pasillo justo antes de que llegara al final.
—Ori —lo llamé.
Se giró.
—Dime.
—Esto no ha pasado… y lo de anoche, tampoco.
Él se limitó a suspirar primero y a sonreír después.
—Claro.
En cuanto escuché la puerta del piso cerrarse, volví a mi habitación y cogí la guitarra y el cuaderno para sacar de mi interior todo lo que me daba vueltas en la cabeza y que dejaba claro que, pese a mis palabras, sí había pasado.