21 Sí lo sabes #2
El tono en el que lo dijo era una clara provocación. Buscaba incomodarme o ponerme nervioso y me negaba a confirmarle que lo estaba consiguiendo.
—Voy a vestirme.
—Claro, yo me voy a ir también. ¿Te importa que me dé una ducha antes?
—Sin problema. Usa lo que necesites.
—Genial. Gracias.
No dije nada más, me metí en mi habitación y me apresuré a vestirme.
Me puse ropa limpia y recogí todo lo que me había dejado la noche anterior en el salón como si así pudiera fingir que no había ocurrido.
O como si, por dejarlo ahí, cualquiera que lo viera pudiera adivinar que habíamos sido tres en un momento que se supone que debería ser de dos.
Ya de vuelta en mi habitación, abrí la ventana para ventilar un poco.
El aire puro se unió a los efectos del café y la ducha fría y me hicieron terminar de despejarme.
—Milo, ¿estás ahí? —Un par de golpes en la puerta y la voz de la persona en la que no quería pensar me hicieron fracasar en mi intento de evitarlo.
—Sí.
—¿Puedo pasar?
—¿Estás vestido?
—Sí. —Se rio desde el pasillo.
—Entonces sí.
Entró. No mentía, llevaba ya la ropa puesta, la chaqueta en la mano y el pelo todavía húmedo.
—Me voy ya, te dejo tranquilo. Gracias por todo.
—Vale —fue lo único que acerté a decir, aunque algo dentro de mí no quería que se fuera.
—Y perdona lo de antes, ha estado fuera de lugar…
Espero que no cambie nada y podamos seguir como hasta ahora.
Y que lo de anoche tampoco nos afecte, ¿vale?
Vamos a intentar que todo siga igual, si te parece.
Una tarde de esta semana me paso por la tienda para seguir con las grabaciones, ¿ok?
Olvidemos lo de anoche y lo de esta mañana.
Yo empezaba a considerarte un amigo, no estés raro conmigo por esto, Milo.
—Claro —aseguré y levanté una mano para chocarla con la suya.
Nos dimos un apretón de lo más masculino y yo tardé un poco más de la cuenta en soltarlo, porque las ideas volaban por mi cabeza a más velocidad de lo que yo era capaz de procesar y no sabía bien qué hacer.
Finalmente lo solté, porque tampoco quería dar la impresión de ser más rarito de lo que ya debía de parecerle.
Se dio la vuelta para marcharse y lo llamé:
—Ori.
—Dime. —Se giró, pero yo no dije nada, me limité a quedarme callado como un imbécil—. ¿Qué quieres, Milo?
—No lo sé —murmuré.
Dejó la chaqueta sobre la silla y dio un paso hacia mí.
—Voy a reformular la pregunta: ¿Quieres que me quede?
—Haz lo que quieras —la voz se me quebró un poco al final por puros nervios.
—No te estoy pidiendo permiso, Milo, te estoy preguntando qué quieres tú…
—No lo sé —insistí con toda sinceridad, porque no podía sentirme más confuso en ese momento.
—Vale, pues vamos a averiguarlo… Cierra los ojos y responde con sinceridad: ¿Quieres que me vaya?
Obedecí y murmuré:
—Haz lo que quier…
—No —me cortó—. Estamos intentando averiguar qué quieres tú. Repito la pregunta: ¿Quieres que me vaya?
—No lo sé —aseguré.
—Sí lo sabes —susurró—. Milo, ¿quieres que me vaya? Con independencia de lo que vaya a pasar o no vaya a pasar si me quedo… ¿Quieres que me vaya?
Analicé la pregunta, y busqué una respuesta en mi interior.
—¿Tú quieres irte? —pregunté en lugar de responder.
—No —contestó sin dudar y a mí se me cerró la garganta—. Y tú, ¿quieres que me vaya? Responde con sinceridad, Milo, no pasa nada…
—No —solté por fin con la sensación de tener la garganta en carne viva.
—Vale, es un comienzo —murmuró y dio otro paso hacia mí, lo que redujo la distancia entre nosotros a apenas unos centímetros.
—¿Qué vas a hacer? —Mi voz tembló, pero me obligué a no apartarme.
—Nada que tú no quieras, de verdad… Y, si no, siempre te queda el recurso de darme otra hostia.
—Lo siento —murmuré.
—No pasa nada.
Se inclinó unos centímetros hacia mí y se me cortó la respiración.
—No puedo —farfullé—. No puedo besar a un tío.
—Vale, no pasa nada. Nadie te lo ha pedido.
Su voz tan calmada me dejó más descolocado que cualquier provocación. No se apartó, pero tampoco avanzó. Se quedó ahí, a pocos centímetros de mí, esperando una reacción por mi parte a la que yo no quería enfrentarme. Aun sin decir una palabra, ambos teníamos claro que el problema era yo y solo yo.
Tragué saliva antes de hablar:
—Entonces, ¿qué estás haciendo? —pregunté muy bajito.
—Estar aquí, por si acaso.
Arrugué las cejas y bufé un poco.
—Eso no ayuda.
—No pretendo que lo haga —respondió con calma—. No tenemos por qué resolver nada hoy…
—¿Hay algo que resolver?
—Esto. —Hizo un gesto con la mano que abarcaba el aire que había entre ambos.
—Lo de anoche fue un calentón… —farfullé.
—Lo sé. Pero esto no lo es.
—Esto es… —intenté encontrar las palabras, pero no parecían estar a mi alcance. Quizá superar el bloqueo musical me había hecho bloquearme a nivel comunicativo.
—No tienes por qué etiquetarlo.
—Es que no sé qué me está pasando…
—Sí lo sabes, Milo… Claro que lo sabes. Solo que no te gusta. No es lo que quieres que te pase.
Dejé escapar una breve risa amarga y él me miró sin cambiar su expresión.
—No sé qué hacer —confesé.
—No tienes que hacer nada. —Acompañó sus palabras con una negativa con la cabeza y dio un paso atrás. Solo uno. Creo que su intención no fue tanto alejarse como dejarme espacio—. Sé cómo te sientes, yo también pasé por eso.
—¿Y qué hiciste? —la pregunta me arañó la garganta al salir.
—No salir corriendo. —Encogió un hombro.
Nos aguantamos la mirada durante un rato, ambos en silencio.
—No me beses —le pedí por fin, casi en un susurro.
—No te voy a volver a besar, tranquilo.
—Gracias.