Adicto al fracaso 21 Sí lo sabes
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21 Sí lo sabes

SÍ LO SABES

Nada más abrir los ojos por la mañana, con los párpados pegados y el dolor de cabeza recordándome que lo de anoche no había sido buena idea, eché un vistazo a mi alrededor. La letra de la canción seguía garabateada en el cuaderno, no había sido un sueño. Había sido real.

Todo había sido real: lo que pasó en el sofá y que después escribí una canción del tirón.

Mi ropa se había quedado en el salón y yo tenía intención de ducharme en cuanto me tomara un café, por lo que no me pareció buena idea coger ropa limpia.

Rescaté unos vaqueros que había hechos una bola en un rincón y me los puse sin ropa interior, total, los iba a echar a lavar en cuanto me metiera en la ducha.

Ni me molesté en abrocharlos del todo, apenas un par de botones, lo justo para que se quedaran en el sitio.

Al pasar por delante de la puerta abierta del salón, pude ver a Ori y a Tania dormidos en el sofá.

Los dos desnudos. No estaban abrazados, ni mucho menos.

Cada uno apoyaba la cabeza en un brazo del sofá, ajeno al otro.

Ella estaba de lado y ofrecía una bonita panorámica de su espalda y su culo, pero lo cierto es que apenas le presté atención.

Mis ojos viajaron al cuerpo de mi amigo, que estaba dormido bocarriba con una pierna medio doblada y la otra extendida y apoyada en el suelo.

Uno de sus brazos descansaba en su costado y el otro por encima de su cabeza.

Su gesto estaba relajado y su piel parecía tan suave que invitaba a ir hasta allí y tocarla.

Pero no lo hice. Me recreé más tiempo del necesario (porque necesario como tal no era ni un segundo) en recorrer su cuerpo con la mirada.

Al verlo dormido, me podía entretener en cada rincón de su piel, del modo que no me había permitido hacerlo cuando estaba despierto.

Y no entiendo muy bien por qué sentía tanta curiosidad por mirarlo, por su cuerpo, cuando era un tío como otro cualquiera, no tenía nada que no tuviera yo mismo…

Pero, pese a eso, Ori, con su aspecto algo andrógino, desnudo y relajado era algo hipnótico de observar, y eso hice hasta que él abrió los ojos y me encontró así.

Me miró durante apenas un segundo antes de levantar una mano para saludarme, como si que él estuviera dormido en bolas en esa posición en mi sofá y yo de pie en el pasillo mirándolo fuera lo más normal del mundo.

No dije nada. Me limité a seguir mi camino hacia la cocina.

Con movimientos automáticos, preparé una cafetera y la puse al fuego. Me desperecé con desgana y me estiré todo lo que daban de sí mis extremidades cuando una caricia en la espalda me cortó el gesto de golpe y me giré con un respingo.

—Perdona, no quería asustarte —susurró Ori con una risita discreta que dejó escapar entre los dientes—. Buenos días.

—Buenos días —respondí algo nervioso de repente.

—¿Qué tal? —preguntó. Luego pasó una mano por la encimera y, al comprobar que estaba seca, se sentó encima de un salto. No me pareció algo descabellado, ya que mi cocina era enana y así quedaba algo más de distancia entre nosotros—. Tania todavía está dormida.

—Sí, es normal en ella. —Me rasqué la cabeza.

De un vistazo rápido comprobé que él solo llevaba unos calzoncillos, y me esforcé como la noche anterior en no desviar la mirada de su cara.

De nuevo, creo que mi actitud resultaba un poco antinatural, pero no podía permitirme que él se hiciera una idea equivocada, y menos después de lo que había pasado entre nosotros.

Mierda, no, con Tania, «lo que había pasado con Tania», entre nosotros no había pasado nada.

Y no entendía por qué me había quedado atrapado mirándolo hacía un momento, pero no podía volver a ocurrir, y menos con él despierto.

La cafetera me indicó con su sonido habitual que había terminado y me apresuré a apagar el fuego.

—¿Quieres un café? —pregunté sin mirarlo directamente, pero me dio la impresión de que sonreía.

—Sí, por favor. —Se desperezó estirando los brazos hacia arriba y emitió un gritito, aunque no lo bastante alto como para despertar a mi compañera de piso.

Me acerqué a él, porque las tazas estaban justo en el estante que quedaba a su espalda, pero no se movió ni un centímetro.

—Perdona, ¿me dejas? —Señalé el estante con la cabeza y él se limitó a asentir.

—Claro, cógelas.

Me incliné para alcanzarlas a pesar de su nula colaboración y, antes de que lo consiguiera, se movió por fin, pero, en lugar de inclinarse a un lado, como debería haber hecho, lo hizo en mi dirección y juntó sus labios con los míos.

El beso me pilló desprevenido y medio adormilado, pero el juego de su lengua en mi boca despertó algo dentro de mí que no era el cerebro.

Dejé escapar un gemido involuntario y mis labios se abrieron por inercia.

Jadeó y yo le correspondí. Fue cuando su lengua se abrió paso con más intención cuando algo en mi cabeza hizo clic y me despertó de esa enajenación momentánea.

Me separé de él al instante y, sin pensar demasiado, le di una hostia que, a día de hoy, todavía me duele.

—¿Qué haces, gilipollas? —farfullé a media voz, para que no me oyera Tania—. Yo no soy maricón. Te lo he dicho mil veces ya.

—Qué hostia me has dado. —Se rio (sí, se rio) y se llevó una mano a la cara—. Perdona, me ha apetecido ser impulsivo, pero está claro que he interpretado mal las señales…

—¿Qué señales? —gruñí y cogí una de las tazas. De repente no me apetecía ni servirle su café.

—No sé, que te pasees medio desnudo y empalmado —señaló con la cabeza mi pantalón casi abierto del todo, en el que, en lugar de ropa interior, solo se veía vello púbico— y que me mires dormir desnudo como un voyeur…

—No te estaba mirando —mentí—. Solo pasaba por ahí.

—Claro —asintió con una sonrisa que dejaba claro que no me creía.

Luego bajó de la encimera de un salto y se quedó muy cerca de mí.

Yo apoyé la espalda contra el lavabo y me así al borde con las manos para poner algo de distancia entre nosotros—.

Y yo tampoco soy gay, soy bisexual… Por si te interesa el matiz…

—No me interesa —aseguré.

—Vale. —Llevó las manos a la cinturilla abierta de mi pantalón—. Pero esto de aquí es una señal confusa. Dime si quieres que te abroche los botones que te faltan o que te los suelte todos, para que no haya malentendidos.

Debí apartarme, debí pedirle que me lo cerrara o, mejor, debí hacerlo yo mismo, pero fui incapaz de decir una sola palabra. Me limité a tragar saliva y a aguantarle la mirada. Ninguno de los dos habló ni se movió durante unos segundos, hasta que fue él, por supuesto, quien rompió el silencio.

—Aun a riesgo de llevarme otra hostia, creo que sé lo que quieres.

Una de sus manos soltó la tela y se aventuró dentro.

Dejé escapar todo el aire de los pulmones cuando sus uñas acariciaron mi vello.

Me aferré más al lavabo para no darle otra hostia.

Todo mi cuerpo me pedía que lo dejara seguir, que explorara, que me dejara llevar…

Mi mente, por el contrario, me decía que lo parara, que huyera de ahí, que me alejara de él.

Decidí no hacer caso a ninguno de los dos y me quedé absolutamente inmóvil, incapaz de decantarme por una opción u otra.

—¿No vas a decir nada? —preguntó y yo me limité a sostenerle la mirada en silencio, sin darle la más mínima pista de lo que pasaba por mi cabeza—. ¿Subo o bajo?

No consiguió una respuesta diferente por mi parte, así que finalmente dejó escapar media sonrisa.

—Como no dices nada, entiendo que me dejas decidir a mí. Párame cuando quieras.

Pero no lo paré ni cambié mi expresión lo más mínimo cuando deslizó la mano mucho más adentro y me rodeó la polla.

Mi gesto no varió un ápice, pero la respiración se me aceleró y puede que el corazón estuviera a punto de salirse de mi pecho a lo kamikaze.

Me esforcé mucho en no darle ninguna pista de que me estaba gustando, porque, joder, me estaba gustando, pero seguro que él lo notaba a pesar de mi imperturbable aspecto.

Un ruido desde el pasillo nos sobresaltó y a mí me faltó tiempo para sacar su mano de un tirón y abrocharme los botones restantes.

Tania, todavía desnuda, entró en la cocina justo a tiempo y murmuró un «buenos días» medio gruñido que a él le sacó una sonrisa.

Se acercó a besarlo y él le devolvió el beso con los ojos abiertos, mirándome a mí.

Serví café para todos y los tres nos lo tomamos en silencio.

Y yo, pese a tener frente a mí a una chica muy atractiva completamente desnuda, no podía prestarle ninguna atención, pues mi cabeza volvía una y otra vez a lo que había pasado allí hacía un momento.

—Voy a ducharme —dije en cuanto dejé mi taza ya vacía en el fregadero.

Ambos asintieron con un sonido más cercano a un gruñido que a una palabra.

Para cuando salí de la cocina, creo que Ori ya le estaba metiendo mano a Tania otra vez.

Me llegaron risas y otros ruiditos a los que preferí no prestar demasiada atención.

Me encerré en el baño y me metí bajo el agua.

La puse más fría de lo necesario con intención de espabilarme y contrarrestar un poco el sofoco que llevaba.

Me podría haber dado una ducha larga y calentita, sí, con una paja mañanera que me relajara la tensión del momento, pero como mi mente no paraba de traerme de vuelta imágenes de los labios de Ori sobre los míos y de su mano dentro de mi pantalón, no quería tener eso en la cabeza cuando me estuviera masturbando.

Porque yo no era gay, y no podía correrme pensando en eso.

Solo había pasado una vez, cuando los vi follar a ellos dos, y me había llegado a convencer de que había sido como cuando veía una película porno.

Cuando salí del baño, solo con una toalla en la cintura, él me esperaba en el pasillo.

—Tania se ha ido ya, iba a perder el tren —informó y yo asentí—. Eso quiere decir que nos hemos quedado solos…