Adicto al fracaso 20 Un cilicio mental
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20 Un cilicio mental

UN CILICIO MENTAL

Quizá lo más sencillo para normalizar la situación hubiera sido quedarme a dormir en el sofá con ellos.

Por lo que fuera, no me sentía lo suficientemente cómodo y ni siquiera me preocupaba que las cosas se fuesen a enrarecer, porque ya me sentía lo bastante raro yo.

Quizá lo de dormir desnudo junto a otras dos personas hubiera sido lo más extraño de todo.

No, despertarse a la mañana siguiente en esas circunstancias, ya sin el calentón del momento, hubiera sido una situación difícil de gestionar.

Me dejé caer en la cama y no tardó en vencerme el sueño postorgásmico. Apenas unas horas después, aunque no las suficientes, me desperté con una imagen en la cabeza y una melodía en la punta de los dedos.

El recuerdo de Tania cabalgando sobre mí y Ori detrás de ella se había clavado en mi cabeza y no había forma de apartarlo. La mirada de Ori la tenía grabada en la retina como si todavía la estuviera sintiendo. Porque esa forma de mirar suya la sentía en cada poro de mi piel.

Me quemaban las yemas por coger la guitarra, que descansaba junto a la cama, del mismo modo que hacía unas horas me habían ardido por no tocarlo a él.

Estiré un brazo y alcancé el mástil. Me incorporé sobre el cabecero y, sin molestarme en ponerme algo de ropa, toqué a bajo volumen los acordes que me estaban atormentando.

Cerré los ojos y reviví en mi mente la sensación de aquel momento, la tensión en cada músculo, las ganas de dejarme llevar y la contención a la que me obligué.

Cuando el cuerpo me pedía liberarme, relajarme, explorar, me forcé a reprimirme, porque era todo fruto de una enajenación provocada por el éxtasis, porque yo no era gay y no era eso lo que quería.

Casi me dolía cada músculo por forzarlos a mantenerse quietos.

—Nunca me había pesado tanto el cuerpo por no moverlo… —canturreé en apenas un susurro.

La música siempre ha sido mi refugio y mi vía de escape. Cuando algo me arde por dentro, me resulta más fácil escribir al respecto de un modo críptico que hablar sobre ello abiertamente. Quizá no sea lo más sano, pero a mí me sirve.

La imagen de mis manos aferrándose a Tania para no ir en busca de Ori volvió con fuerza. Y me alegré de no haberlo hecho. Pero a la vez mi cabeza fantaseaba con que hubiera ocurrido.

—Sudor prestado, calor en los huesos… Nunca me había pesado tanto el cuerpo por no moverlo…

Me estiré hasta alcanzar el cuaderno y el bolígrafo viejos que siempre tenía en la mesilla y busqué una página casi en blanco. Escribí esos versos hacia la mitad, porque no era el inicio de la canción. Toqué un par de acordes más que sí podían forjar el comienzo y la letra comenzó a fluir.

Eso no entraba en ningún plan…

el sofá hundido hasta el vicio

Tres piratas solos, sin un capitán…

Comencé a tamborilear sobre el cuaderno con el bolígrafo, como si eso me fuera a ayudar a encontrar la palabra exacta. Miré hacia el techo y murmuré en voz baja:

—Vicio…, vicio…, ¿qué rima con vicio? Edificio, suplicio, maleficio, resquicio…

—Orificio. —La voz adormilada de Ori me llegó desde la puerta de mi habitación.

Me giré sobresaltado a mirarlo. Estaba de pie en el umbral, desnudo, y se reía entre dientes de su propia sugerencia. Yo tampoco llevaba ropa, era una situación rara e incómoda, aunque yo al menos tenía la guitarra.

—¿Qué? —pregunté sin desviar la vista de su cara.

—Estás buscando una palabra que rime con «vicio», ¿no? Para una canción que habla de lo de anoche… Bueno, lo de hace un rato. Pues eso, que «orificio» me parece de lo más apropiada. —Dejó escapar la risa entre los dientes.

—Ni de coña —farfullé y él se rio con más ganas.

—¿Siempre compones así?

—¿Así cómo?

—En pelotas y a las… —consultó su reloj, que era lo único que llevaba encima— cuatro y media de la madrugada.

—A veces… ¿Y tú siempre te paseas en bolas por las casas ajenas?

—A veces —me imitó—. ¿Te molesta?

—Sí —aseguré casi antes de que él terminara la pregunta.

—No pensé que fuera a incomodarte, ya me viste desnudo anoche…

—No te miré.

—Ya. —Chasqueó la lengua y trató de disimular las ganas de reírse—. Por supuesto que no. Eres muy macho.

—¿Eres gilipollas? ¿Me estás vacilando? Yo no soy gay y no tengo ningún interés en mirarte.

—Lo sé. —Volvió a sonreír—. Estás manteniendo la mirada fija en mi cara de un modo tan exagerado que resulta hasta antinatural… ¿Tanto trauma te supondría verme la polla por accidente? ¿Crees que se te caerían los ojos o que te volverías homosexual por algo así?

—No, no es eso, es que no tengo interés.

—Vale, ¿sabes lo que es un cilicio? —Se cruzó de brazos y se apoyó en el umbral de la puerta.

Ante mi silencio, continuó—: Supongo que no, yo sí porque la religión es muy importante en mi familia y las hermanas de mi padre los tenían…

A ver, ¿cómo te lo explico? Es una herramienta de castigo.

Como un collar de pinchos, por llamarlo de alguna manera, que se coloca en una zona del cuerpo, normalmente aquí.

—Bajó las manos hasta su muslo, pero mis ojos no se desviaron de los suyos—.

¿En serio? Eres tremendo. —Se rio—. Bueno, lo que te decía: es como un collar de pinchos que los muy muy muy devotos se ponen como penitencia y lo aprietan de vez en cuando para provocarse dolor y sufrir por voluntad propia, como castigo cuando sienten que han hecho algo mal…

—¿Por qué me cuentas eso?

—Porque yo creo que hay gente, y te incluyo entre ellos, que es como si llevarais un cilicio mental. —Se tocó un momento la frente—. Os imponéis un sufrimiento u os priváis de algo que os apetece solo porque sentís que está mal, sin siquiera probarlo, solo por los prejuicios infundados de otros.

—¿No se te ha ocurrido pensar que igual, a mí al menos, no me apetece; que no me estoy privando de nada?

—Lo dudo, la verdad, tienes una mirada muy expresiva… Todo tu cuerpo lo es, en realidad… Y muy sexi también. Tu lenguaje no verbal habla por ti, Milo Vergara, y eres puro fuego.

Tragué saliva con cierto esfuerzo, porque sus palabras me habían secado la garganta. Había algo en la voz de Ori y en su modo de decir las cosas que resultaba tan hipnótico como excitante.

—En fin —sonrió de medio lado—, voy a mear. —Desapareció de mi vista, pero apenas un segundo después volvió a asomarse por la puerta—. Ah, y «cilicio» también rima con «vicio»… Ahí te lo dejo.

Desapareció de mi vista y me escuché gritarle casi sin darme cuenta:

—¡Me sacas de quicio, Oriol Tusquets! ¡Y «quicio» también rima con «vicio»!

Lo oí reírse por el pasillo y luego encerrarse en el baño.

«Cilicio», garabateé en el papel para que no se me olvidara la palabra y al momento dejé a un lado la guitarra y salté de la cama a coger el diccionario que tenía en el estante que había sobre el escritorio.

Lo usaba a menudo para comprobar palabras mientras componía.

Había pocas cosas más patéticas que utilizar un vocablo con el significado equivocado en una canción.

Me apoyé en la mesa para hojear el libro. Durante un momento, dudé de si existiría la palabra o si Ori se la había inventado para tomarme el pelo. Pero no, ahí estaba:

cilicio

Del lat. cilicium 'tejido de cerdas de cabra de Cilicia'.

m. Faja de cerdas o de cadenillas de hierro con puntas, ceñida al cuerpo junto a la carne, que para mortificación usan algunas personas.

m. Saco o vestidura áspera que se usaba antiguamente para la penitencia.

Me dio un escalofrío al leerlo solo de imaginar una cosa así. Intenté visualizar el artefacto, pero no terminaba de conseguirlo.

—Jo-der. —Me llegó la voz de Ori desde la puerta de nuevo—. Ahora me debato conmigo mismo si es más sexi la imagen de Milo Vergara desnudo tocando la guitarra en la cama o la de Milo Vergara desnudo de pie leyendo…

Cerré el libro y me cubrí con él discretamente la zona más delicada.

—No estaba leyendo, es un diccionario, estaba consultando una cosa…

—¿Cilicio? —Sonrió.

Asentí en silencio. Él me aguantó la mirada y su sonrisa se volvió más enigmática.

—Te encaja, ¿eh?

—Meh, regular. —Quise quitarle importancia.

—Conozco cantidad de palabras raras, o turbias… ¿Quieres que te ayude? ¿Puedo pasar?

—No.

—Ya. —Chasqueó la lengua—. En fin, lo que yo decía, cilicio mental…

—No es eso.

—Venga ya, Milo… —Suspiró—. ¿Por qué ha cambiado tu actitud hacia mí? ¿Por qué estás tan borde? Si no querías hacerlo, bastaba con que hubieras dicho que no…

—Yo contigo no hice nada, fue con Tania…

—Ya. —Chasqueó la lengua de nuevo, y a mí ver cómo subía y bajaba su nuez me agitó el pecho.

—Y no entiendo lo de pasearte en pelotas por mi casa. ¿Qué crees? ¿Que me voy a excitar al verte y vas a hacer que me cambie de acera o algo así?

—Ni se me había ocurrido… Tú también estás desnudo, ¿es por eso? ¿Es eso lo que tú pretendes?

—Por supuesto que no. —Bufé—. Eres un flipado. Y es muy diferente, yo estoy en mi habitación y me dejé la ropa en el salón…

—¿No tienes más ropa en tu cuarto? Eso es pobreza extrema, te llevaré un día de compras. —Sonrió.

—No es eso. No quiero ponerme ropa limpia antes de ducharme. Además, que estaba solo en mi cuarto, puedo estar en pelotas si quiero y no tiene por qué verme nadie.

—En ese caso. —Dio un paso dentro de la habitación y cerró tras él. Yo me tensé por inercia—. Deberías probar a cerrar la puerta, así, ¿ves? De este modo, de verdad tienes intimidad y no te ve nadie.

Un calor comenzó a extenderse desde el estómago a todo mi cuerpo.

—Abre la puerta, Ori, y sal de mi habitación.

Se rio entre dientes.

—Ya me voy, tranquilo. Te aseguro que conmigo nunca pasará nada que no quieras… ¿Piensas que te voy a forzar o algo así? ¡Pero si eres más fuerte que yo!

—Entre tú y yo nunca va a pasar nada, ¿te queda claro? Nun-ca.

Él asintió en silencio.

—Clarísimo —murmuró con un amago de sonrisa.

No parecía que mi negativa le hubiese afectado lo más mínimo—.

Bueno, me alegro de haber contribuido, aunque sea indirectamente, a tu desbloqueo creativo.

Y si en algún momento te replanteas ese «nun-ca», yo estaría encantado de hacerte una mamada, por ejemplo.

—No me interesa —aseguré, pero un gorjeo en la última sílaba hizo que pareciera poco convincente mi afirmación. Había sido imposible escuchar esas palabras y que mi cabeza no lo recrease contra mi voluntad.

—Claro que no… En fin, allá tú con lo tuyo, Milo… Voy a sobar un rato más, que no son ni las cinco.

Y salió de mi habitación cerrando la puerta tras él.

Yo me quedé durante unos segundos pensando en lo que acababa de pasar…

O en lo que podría haber pasado… Luego dejé el diccionario en la mesilla para tenerlo a mano y volví a la cama.

Cogí la guitarra y me dejé llevar por el recuerdo de la noche anterior.

De repente, volver al momento del sofá en el que éramos tres me parecía más seguro que recrearme en lo de hacía un instante.

Eso no entraba en ningún plan,

el sofá hundido hasta el vicio,

tres piratas locos, sin un capitán,

arrancando a mordiscos el cilicio…

Sí que encajaba bien, joder. Miré al techo, toqué un par de acordes y canturreé la siguiente estrofa casi sin darme cuenta:

Mi pecho tiembla y espero una señal,

nos miramos al borde del desquicio,

nadie al mando, solo el instinto animal

nos arrastra a los tres al precipicio

Y de ahí me llevó perfecto al puente que ya tenía:

Sudor prestado, calor hasta en los huesos…

Nunca me había pesado tanto el cuerpo por no moverlo…

Cambié el acorde y un rasgueo rítmico y rápido me trajo casi sin buscarlo el estribillo:

Eso no estaba bien

Ni falta que hacía

Cuando manda el deseo

La cabeza se vacía

El entusiasmo guiaba mis dedos cuando repetí la melodía de las estrofas, y una sucesión de imágenes me trajo el resto de la letra casi sin buscarla:

Nos condenamos sin pensar de más

no hubo promesas, tampoco compromiso

solo un destino que aceptar, quizás,

el fuego eterno en lugar del paraíso.

Normas que mueren bajo la piel,

miradas sucias que llegan sin aviso,

nadie pregunta quién manda esta vez,

si hay leyes, hoy soy insumiso.

La toqué entera del tirón y me reí en silencio. Había terminado una canción. No era la hostia, no era mi mejor letra, tampoco una melodía espectacular o innovadora, pero había superado mi bloqueo lo suficiente como para terminar algo.

Pensé en llamar a Raúl para cantársela, pero eran poco más de las cinco de la mañana, podía darle un susto de muerte a su madre si sonaba su teléfono a esas horas.

Me limité a garabatear la letra en la página del cuaderno y dejarla escrita entera.

Luego alcancé la grabadora de casette de mi mesilla y la grabé del tirón para no olvidarla.

Después lo aparté todo y, con la sonrisa de haber ganado una batalla contra mí mismo, me dejé vencer de nuevo por el sueño.