19 Un masaje en los pies #2
Yo estaba casi tan ido como ella y no entendí muy bien lo que estaba pasando ni de qué estaban hablando, pero mi compañera de piso sí parecía tenerlo claro.
Se colocó de rodillas entre mis piernas y me desabrochó el pantalón.
Ori se colocó a su espalda y comenzó a tocarla a ella de un modo que, por el ángulo, yo no podía ver.
Ella me bajó el pantalón, junto con la ropa interior, y yo levanté un poco las caderas para ponérselo fácil.
Me ayudó a quitármelo del todo mientras hacía diminutas pausas para procesar lo que fuera que le estaba haciendo el artista.
Yo estaba tan alterado que ni me paré a pensar que estaba desnudándome delante de otro tío.
Ni siquiera me importaba. Solo quería poner fin a ese calentón de un modo épico.
En ese momento, Tania se tragó mi erección y a mí se me escapó un «joder» que tuvieron que escuchar hasta los vecinos.
Me quité la camiseta, no solo porque me molestara todo y hasta a mi piel le faltara el aire, sino porque encuentro algo digno en el desnudo integral que no existe cuando estás a medio vestir.
Puse una mano sobre la cabeza de mi amiga para marcarle el ritmo y ella respondió al momento, al fin y al cabo, había hecho eso varias veces y ya nos conocíamos lo suficiente el uno al otro.
Ori alternaba su atención entre lo que estaba haciendo y mi cara.
Y yo ni siquiera me molesté en disimular o en plantearme si eso me hacía sentir incómodo.
Estaba demasiado ocupado tratando de no correrme en menos de medio minuto.
Tania comenzó a gemir y jadear tan fuerte que apenas pudo seguir con lo que estaba haciendo.
—Vale, ya estás. —Ori le dio una palmada en el culo y se estiró para alcanzar su bandolera.
Sacó un par de condones y le dio uno a ella.
Luego se puso de pie y comenzó a desnudarse.
Yo me quedé mirándolo y ni me molesté en disimular que así era.
La incomodidad que podría haber sentido al tener a tan poca distancia a un tío quitándose la ropa quedó eclipsada por el ardor del momento.
Un calor extremo se extendía en mi interior, desde el centro de mi cuerpo hacia todas partes, y yo me sentía tan incapaz de contenerlo como de apartar la vista del tipo desnudo que tenía delante.
Mi amiga me había puesto el preservativo con uno de sus movimientos eficaces y yo apenas lo había notado.
Ori se arrodilló tras ella y la ayudó a subirse a horcajadas sobre mí.
Tania me llevó hasta su entrada y se dejó caer lentamente, hasta que me sentí dentro de ella del todo.
Aquello fue, en cierto modo, un alivio, aunque también incrementó todas las sensaciones que ya venían desbordadas.
Cerré los ojos para tratar de contenerlas y de acompasar mi respiración, y juro por dios que noté el momento exacto en el que Ori, muy despacio y con cuidado, se adentró también en ella por detrás.
Tania gritó y él se detuvo al instante.
—¿Paro? —jadeó.
—Ni se te ocurra —respondió ella.
Él siguió adelante y yo sentí como todo se volvía más estrecho y más íntimo, si era posible… Más real. Cuando era evidente que había entrado del todo, le pasó una mano a Tania por la espalda, de un modo delicado, y susurró:
—¿Vas bien?
—Sí —gimió ella con los ojos cerrados. Él dejó un beso delicado en su hombro como si ese momento fuera algo dulce, y no lo más cerdo que, al menos yo, había vivido nunca.
Empezamos a movernos los tres a la vez por puro instinto y sin ninguna coordinación. Aquello tenía pinta de ir a acabar muy mal, pero Oriol se apresuró a intervenir.
—Vale, parad —pidió y Tania y yo obedecimos.
Él llevó las manos bajo mis rodillas y a mí se me cortó la respiración cuando tiró de ellas y me hizo recostarme más en el sofá. La piel donde me había tocado seguía ardiendo cuando apartó de allí sus manos. Luego tomó las mías y las llevó a las caderas de ella.
—Tania, tú estate quieta, nos moveremos nosotros —murmuró—. Milo, tú cógela a ella.
—Vale —jadeé y afiancé mi agarre.
Entonces él llevó las manos a mis caderas y me indicó con un gesto cómo debía moverme, al tiempo que él hacía lo mismo.
La impresión de sus manos aferradas a mí no me impidió seguir el ritmo que me marcaba y acompasarme al suyo.
Tania, tal como él le había pedido, permaneció todo lo quieta que pudo mientras éramos nosotros los que entrábamos y salíamos sincronizados y con una cadencia demencial.
Ella gemía, jadeaba y, en ocasiones, hasta gritaba mientras yo sentía que el puñetero mundo a mi alrededor se desdibujaba y quedaba reducido a Tania cabalgando sobre mí y Ori agarrado mis caderas.
Necesitaba lamer, morder, sentir… Me incliné hacia delante para besar el hombro de Tania y ella me dio una palmada en la cabeza.
—Milo, para —gruñó, pero ninguno detuvo lo que estábamos haciendo—. Ya me ibas a dejar marca otra vez.
Y tenía toda la razón.
—Mierda, perdona —jadeé—. No me doy ni cuenta…
Ella bufó, pero no dijo nada más. Los tres seguimos ajenos a la breve interrupción y yo sentía que cada embestida me acercaba irremediablemente y a toda velocidad a un orgasmo que quería retrasar lo máximo posible.
Había algo de orgullo en no querer ser el primero en correrse, supongo.
Mi vista iba de uno a otro: ella sobre mí y él tras ella.
La mirada de Ori fija en mí no ayudaba en mi intento de retrasar el momento.
Por suerte, fue Tania la que nos adelantó y comenzó a gritar de un modo más escandaloso al que ya le conocíamos.
Y justo ese sonido lo precipitó todo. Me dejé llevar y me entregué al momento.
Solté la presión que llevaba un rato autoimponiéndome y me dejé vencer por un orgasmo que me liberó por completo y como nunca.
Cerré los ojos para limitar un poco los estímulos que me abrumaban y me abandoné del todo.
—Hostia, Milo —murmuró Ori y sentí que aceleraba sus movimientos, lo que me obligó a hacer lo mismo en un momento en el que mi cuerpo ya apenas me respondía.
Ya casi estaba calmado cuando sus dedos se clavaron con fuerza en mis caderas.
Abrí los ojos justo a tiempo de ver el clímax reflejado en su cara.
Y esa visión casi me dio ganas de empezar de nuevo.
Por suerte, apenas un par de segundos después, su expresión se había relajado y Tania se dejó caer sobre mí.
La rodeé con mis brazos y Ori se apartó con cuidado y se quitó el condón. Luego le besó la espalda y susurró:
—¿Qué tal? ¿Bien? ¿Te hemos hecho daño?
—No. —Se rio con los ojos cerrados—. Para nada. Ha sido lo puto mejor del mundo.
Ori me miró a mí al responder:
—Ha sido la hostia.
Yo sentí un frío repentino y una incipiente incomodidad que quise atajar antes de que apareciera.
—Yo me voy a dormir —murmuré—. Ya terminaré de ver la peli otro día.
—¿Sí? ¿Ya te vas? —preguntó Tania con sorpresa en la voz, pero apartándose a un lado para permitir que me levantara.
—Sí, estoy cansado —aseguré al quitarme el condón. Era mentira, y creo que los tres lo sabíamos, pero ninguno dijo nada al respecto. A continuación, me puse de pie.
—Buenas noches, Milo —susurró Ori.
—Buenas noches —farfullé y salí de allí tan deprisa que ni me molesté en coger la ropa que había quedado desperdigada por todo el sofá.