19 Un masaje en los pies
UN MASAJE EN LOS PIES
—¿Tenéis sitios asignados? —preguntó Ori al llegar hasta el sofá.
—No, ponte donde quieras —respondió ella.
Él se sentó en uno de los extremos y yo lo hice en el contrario.
Que Tania estuviera entre ambos me parecía lo más lógico y ella no puso objeciones de ningún tipo.
Nos acomodamos y comenzamos a pasarnos los recipientes y a comer directamente de ellos según lo que le apetecía a cada uno.
Ori se apañaba genial con los palillos, pero Tania y yo nos limitamos a nuestro familiar y conocido amigo el tenedor.
No nos comimos ni la mitad de todo lo que había y, en cuanto dejamos el último de los cacharros en la mesa, le dimos al play y arrancó la película.
En algún momento, Tania decidió que lo de estar sentada no era para ella y se recostó como pudo, con la cabeza en mi regazo y las piernas en el de Ori.
No tardó en conseguir que el artista le diera un masaje en los pies.
Y justo eso estaban haciendo cuando se desató en la película una conversación entre dos de los protagonistas acerca de lo íntimo que puede ser un masaje en los pies.
John Travolta decía que era algo muy íntimo, mientras que Samuel L.
Jackson aseguraba que no significaba nada.
En un momento dado, el segundo soltó una frase que me hizo reír en voz alta: «Oye, tal vez tu método de masaje no sea como el mío, pero tocarle los pies a su mujer o darle lengüetazos en su sagrado agujero no es el mismo juego, ¿comprendes?
No es la misma liga, ni siquiera es el mismo deporte.
Un masaje en los pies no significa un carajo».
Ori aprovechó ese momento para parar la película.
—¿Qué opináis de eso? —preguntó—. Tania, ¿dirías que es el mismo nivel de intimidad un masaje en los pies que los «lengüetazos en tu sagrado agujero»? —Ninguno de los tres pudo evitar una pequeña risa.
—Mmm, a ver… —dudó ella—. Intimidad hay en los dos casos. Yo no le dejo tocarme los pies a cualquiera… y yo me pongo cachonda con las dos cosas.
—Me temo que eso no es un argumento válido —intervine—. Tú te pones cachonda con casi cualquier cosa…
—Ya, eso es cierto. —Sonrió—. A ver, en favor de los lengüetazos diré que suelen acabar en orgasmo y los masajes de pies no…
—Ellos no están hablando de placer, están hablando de intimidad.
—Entonces puede que sí —resolvió ella.
—¿Y tú, Milo?
—Yo creo que no. Un masaje en los pies no significa nada —aseguré.
—¿Seguro? —cuestionó Ori.
—Sí, seguro.
—Vale.
Volvió a reproducir la película y el diálogo entre los actores continuó:
—¿Has hecho muchos masajes en los pies?
—A mí no me hables de masajes en los pies. Soy el jodido maestro de los pies.
—¿Has hecho muchos?
—Joder, sí. Perfeccioné tanto mi técnica que apenas hago cosquillas.
—¿Te importaría masajearle los pies a un hombre?
—Vete al cuerno.
—¿Has hecho muchos?
—Vete al cuerno.
Ori volvió a parar la cinta.
—¿Qué dices a eso, Milo? ¿Le has hecho algún masaje en los pies a un tío? —me preguntó Ori y Tania dejó escapar una risita.
—Que te jodan —murmuré. Pero el que se jodió un poco fui yo por haber caído en su «trampa». Él conocía la película y lo había hecho con toda la intención de que pasara justo eso.
—¡No te enfades! —Ori se rio—. Solo contesta: ¿Le has hecho alguna vez un masaje en los pies a un tío?
—Claro que no. —Bufé.
—Entonces, a lo mejor, quizá, sí piensas que significa algo… —comentó él, que no había dejado de sobar los pies de Tania en ningún momento.
—Si no lo he hecho es porque yo no voy por ahí tocando a los tíos. Pero ni los pies ni ninguna otra parte del cuerpo. Y, aun así, un pie es un pie, no tiene nada de erótico —aseguré.
—Oh, no estoy de acuerdo con eso para nada —dijo Ori al tiempo que deslizaba los pulgares por la base de los dedos de Tania.
—¡Oh, joder! —Ella exhaló, arqueó toda la espalda y su cabeza se deslizó por mi regazo con el movimiento—. Házselo a Milo, a ver si le parece erótico o no.
—Ni de coña —farfullé.
Ori se rio entre dientes y volvió a mover los dedos, lo que hizo que Tania dejara escapar un jadeo de los que yo conocía bien.
No parecía de coña, sonaba exactamente igual que los que le provocaba yo al tocarle otras zonas.
Él repitió el movimiento y ella el sonido.
Empezaba a sentirme entre incómodo y cachondo, así que levanté las manos antes de hablar.
—Si vais en ese plan, os dejo solos y ya vemos la peli otro día.
—No, Milo, no te vayas, que tú y yo teníamos planes… —Tania se incorporó y me besó.
Pasó sus manos por mi cuello y su lengua se abrió paso entre mis labios como había hecho tantas veces.
Aunque en esa ocasión algo parecía diferente.
No solo por el hecho de estar acompañados, sino porque yo era plenamente consciente de ese detalle.
Aun con los ojos cerrados, notaba la mirada de Ori clavada en mí. Tania se separó lo justo para susurrar:
—No seas dramático, Milo, si aquí no está pasando nada raro.
—Yo no lo tengo tan claro —murmuré.
—¿Qué es lo que te parece raro? —Su voz sonaba tan erótica como muchas otras veces y, cuando cogió mi mano y la llevó bajo su camiseta, acaricié su pecho por inercia, como hacía siempre.
Noté que movía una de sus piernas y la deslizaba más hacia el lado de Ori.
Él aprovechó para subir la mano por su muslo.
En cuanto fijé mi vista en ese gesto, ella volvió a besarme.
Le correspondí durante un momento, hasta que sus jadeos se intensificaron más de lo que solían hacerlo solo con un beso y unas caricias.
Abrí los ojos y comprobé que Ori tenía una mano dentro del pantalón de ella.
—Milo —murmuró Tania contra mis labios—. Relájate.
No sonó a orden, fue más como una súplica.
Ori también me miraba, pero en su expresión no había burla o desafío, las bromas sobre los pies parecían haber quedado olvidadas y las cabezas de los tres estaban pensando en lo mismo.
El artista tenía su vista fija en mí, pero daba la impresión de que estaba esperando mi siguiente movimiento, como para comprobar hasta dónde llegaba yo…
y no al revés. Era como si mi compañera de piso y él estuvieran en sintonía y supieran perfectamente lo que pensaba el otro, y solo estuvieran esperando expectantes mi reacción.
Aun así, no estaban haciendo nada, no me estaban forzando a nada, me estaban dejando elegir.
—Esto no tiene sentido —murmuré, aunque mi mano libre agarró la cadera de Tania mientras la otra seguía jugando con uno de sus pezones—. No puede ser buena idea…
—Quizá —comentó Ori en voz muy baja.
Tania abrió la boca para decir algo, pero todo lo que salió de su cabeza fue un grito ahogado que la hizo dejarse caer hacia atrás. Supongo que el hecho de tener nuestras cuatro manos sobre ella era demasiado intenso incluso para alguien con su actividad sexual habitual.
—O quizá sí —siguió mi amigo mirando la reacción de la chica—. ¿Crees que algo que la haga sentir así puede ser malo? —añadió en un murmullo.
—Supongo que no —respondí con un gemido cuando Tania llevó una de sus manos a mi bragueta y me acarició por encima del pantalón.
Todavía estaba a tiempo de parar aquello, de hacer una broma o de levantarme y pirarme de allí, pero no hice nada de eso.
La excitación era grande, pero la curiosidad lo era más.
Y un poco de miedo a lo desconocido también.
La mano de Tania intensificó su movimiento y tuve que cerrar los ojos un instante.
—Sigo sin tocar a un tío —farfullé al abrirlos—. Ni en los pies ni en ninguna otra parte.
Ori asintió antes de murmurar:
—Nosotros no tenemos por qué tocarnos.
Tragué saliva e identifiqué la sensación que me habían provocado sus palabras como un atisbo de ¿decepción, quizá?
Sí, era asiduo a los desencantos y las decepciones, era un sentimiento familiar para mí.
No tenía ninguna duda de que no quería tocarlo a él, pero no terminaba de entender el desengaño que me había supuesto que él no pensara tocarme a mí.
Disimulé con entereza, porque bajo ningún concepto pensaba dejar que Ori lo intuyera y, en cualquier caso, yo estaba muy ocupado tratando de convencerme a mí mismo que solo me interesaba Tania.
Desvié la mirada de él y me centré en ella.
Metí la mano que seguía aferrada a su cadera también bajo su camiseta y ella soltó un jadeo demasiado intenso como para dejar indiferente a nadie.
Parecía que empezaba a costarle hasta respirar.
Volvió a dejarse caer hacia atrás y su respiración se volvió más fuerte y errática.
Daba la impresión de estar desesperada por coger aire, pero se limitó a quitarse la camiseta, casi sin abrir los ojos, y volvió a dejarse caer.
Mientras ella hizo eso, Ori terminó de desnudarla en un único movimiento y volvió a colocar una mano entre sus piernas mientras con la otra le aferraba la cadera.
A mí se me aceleró la respiración casi tanto como a ella.
—Vamos a darle una primera alegría a la multiorgásmica —murmuró con un tono más grave de lo que le había oído nunca.
Tania se retorció hasta cambiar de posición y luego me pasó una mano por la nuca y acercó mi cabeza a su pecho.
Yo, obediente, me metí un pezón en la boca y comencé a jugar con él como sabía que a ella le gustaba.
Gritó, se agitó y me tiró del pelo apenas unos segundos después, cuando se corrió bajo cuatro manos y dos bocas.
Ori bajó del sofá y se quedó de rodillas en la alfombra que había justo delante. Apartó la mesa de centro y se apresuró a tirar de Tania hacia él. Ella seguía con la respiración agitada y los ojos entrecerrados.
—Voy a prepararte —le susurró—. Ocúpate de que Milo no se enfríe.