Adicto al fracaso 18 Nada demasiado intelectual
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18 Nada demasiado intelectual

NADA DEMASIADO INTELECTUAL

Las interminables piernas de Tania reclamaron mi atención nada más entrar en la cocina.

Llevaba uno de esos pantalones cortos veraniegos que no terminaban de encajar en octubre, pero que ella compensaba poniendo la calefacción.

Sentada en una de las sillas y con los pies en el borde de la mesa, trataba de pintarse las uñas con un éxito moderado.

—¿Vas a salir? ¿Has quedado con una chica? —preguntó en cuanto entré.

—No, me quedo en casa, ¿por?

—No sé, es sábado… Y estás guapo.

—He quedado con Ori para ver una peli, ese es todo mi plan.

—¿Aquí?

—Sí. ¿Tú no curras? —Miré el reloj y me sorprendí un poco porque, aunque era pronto para que se fuera a trabajar, lo normal habría sido que ya estuviera arreglándose.

—Pedí la noche libre. Mañana es la boda de mi prima y tengo que madrugar.

Por algún motivo, mi familia piensa que es muy importante que nos vistamos todas juntas.

—Puso los ojos en blanco y yo me reí al pensar que quizá le habían pedido eso para controlarla y que no apareciera con pinta de ir a hacer botellón en el aparcamiento de una discoteca.

Vi el destrozo que se estaba haciendo con el esmalte y me senté en la silla que había junto a la suya.

Me di un toquecito en el muslo y ella colocó ahí los pies con una sonrisa de agradecimiento.

Me recogí el pelo, todavía algo húmedo de la ducha, y procedí, con un algodón y acetona, a eliminar las pruebas de su maltrecho pulso.

Luego tomé el bote de pintauñas y comencé a deslizar el pincelito con precisión milimétrica.

Ella me observó en silencio durante un rato antes de intervenir.

—¿Por qué se te da tan bien? ¿Te pintas las uñas en secreto?

No era la primera vez que la ayudaba con eso, pero sí la primera que ella me preguntaba.

—Se las pintaba a mi madre —respondí sin querer darle más importancia y sin siquiera levantar la vista de mi tarea—.

Era como un ritual que teníamos desde que era niño…

Ni cuando ya estaba enferma dejó de pintárselas cada semana, era algo muy suyo…

o muy nuestro, supongo, según cómo lo mires… —expliqué con un deje de nostalgia.

—Ay, Milo. —Noté la compasión en su voz y me sentí un poco incómodo.

—No te lamentes por el pobre huérfano… —bromeé—. Es parte de la vida… y está superado, supongo.

—Yo creo que es bonito —dijo ella—. Tuvisteis que tener una relación muy especial —añadió con un tono emotivo que no era habitual en ella—. Si algún día tengo un hijo, me gustaría que fuera como tú —sentenció.

—¿Cómo yo? ¿Cómo? ¿Un fracasado? —pregunté con una sonrisa sin mirarla ni apartar la atención de lo que estaba haciendo.

—¡Un imbécil! —Me dio una colleja tan fuerte que le pinté más piel que uña.

Me reí y, a continuación, me dediqué a arreglar el estropicio.

—¿Y Lucía y Andrés? —pregunté por saber si iban a estar en casa esa noche y, cuando llegara Ori con la película, podríamos verla en el televisor del salón o tendríamos que irnos a mi cuarto, cosa que me inquietaba bastante.

Igual cuando acepté ver una película con él debí tener en cuenta todos los factores.

—Se han ido a pasar el finde fuera. Andrés con esa novia plasta que tiene y Luci con sus amigos tétricos. No vuelven hasta mañana por la noche.

—Guay —respondí con sinceridad ante la perspectiva de que la velada pudiera transcurrir en una zona mucho más neutral que mi cuarto. Solo el pensamiento fugaz de verme obligado a estar con Ori en mi cama durante un par de horas me provocó un cosquilleo bajo la piel que necesitaba ignorar.

Cerré el bote de esmalte al dar por concluida mi misión y lo dejé sobre la mesa.

—¿Guay por qué? —quiso saber Tania—. ¿Qué quieres hacer? —Al momento pareció tener una revelación ella misma—. ¡Oh, podemos echar un polvo en el sofá! ¡O en la cama de Andrés y hacernos una foto para que le estalle la cabeza!

Me reí ante lo absurdo de su idea, pero la cogí de los tobillos y tiré de ambos, con lo que acerqué su silla hasta que quedó pegada a la mía.

—O en la cocina —sugerí y ahí fue ella la que se rio, pero al momento se había subido a horcajadas sobre mí.

Hacía unas tres semanas que no tenía sexo, quizá por eso me había alterado tanto en los últimos días al estar a solas con Oriol y escuchar sus pullas y comentarios intencionados. Sí, sin duda, echar un polvo antes de que llegara era mi mejor opción para estar relajado con él.

—Cuidado con mis uñas, que se tienen que secar —murmuró ella al tiempo que levantaba los pies, lo que hizo que se pegara más a mi entrepierna.

A mí se me escapó un gruñido involuntario y la besé.

Mi lengua se abrió paso en su boca y mis manos se aventuraron bajo su camiseta.

Se la quité sin más preámbulos y la lancé al suelo, porque no teníamos tiempo que perder.

No había quedado con Ori a ninguna hora concreta, pero no creía que fuera a tardar demasiado.

La cogí por los muslos y me incorporé para dejarla sentada sobre la mesa.

Luego hice que se recostara sobre ella y pasé mi lengua desde el ombligo hasta uno de sus pezones.

Y durante ese breve recorrido me sorprendí preguntándome cómo sería hacer eso sobre el pecho plano de un hombre…

Pero, por supuesto, no el de uno genérico, sino el de uno en concreto que eligió ese preciso momento para interrumpir nuestros preliminares con un sonoro timbrazo.

—Joder —farfullé apoyando la frente sobre el vientre de Tania—. Qué oportuno.

—Qué cortabolas el artista —protestó ella entre risas.

—¿Terminamos cuando se vaya? —propuse antes de agacharme a recoger su camiseta del suelo.

—Claro —aceptó ella con una sonrisa tanto la proposición como la prenda.

Fui a responder al telefonillo y, apenas unos segundos después, Ori había subido hasta nuestro piso. Llevaba una cinta de vídeo en una mano y una bolsa de plástico con el nombre de un restaurante chino en la otra.

—Hola —saludó y nos miró con curiosidad a ambos.

Su mirada fue de la cara sofocada de Tania a mi bragueta, que con toda seguridad dejaba claro que todavía no me había relajado.

Sentí un primer impulso de girarme o cubrirme, pero pensé que eso lo haría más evidente y me limité a fingir que no pasaba nada.

—Hola —respondimos Tania y yo casi a la vez.

Él ignoró lo que estoy seguro que acababa de deducir y se unió a mí en lo de fingir normalidad.

—¿Cenas con nosotros, guapísima? —le preguntó a Tania y, ante el asentimiento de cabeza de ella, añadió—: Genial, porque no me decidía y me he traído medio restaurante chino.

—¿Y la peli? —pregunté—. ¿Cuál has traído?

—Pulp Fiction. He pensado que, de todas mis películas preferidas, esta era la que tenía más probabilidades de gustarle a un macho-pecho-peludo como tú.

Tania dejó escapar una risita.

—No tengo el pecho peludo —aclaré no sé bien por qué, no había terminado de entender el comentario.

—Lo sé —murmuró y me guiñó un ojo.

A mí me entró un cosquilleo al recordar la ¿broma?

del otro día con el micro. Sin duda, ahí había tenido tiempo y oportunidad de sobra para comprobar que mi pecho era tan lampiño como tenía pinta de ser el suyo.

«Hola de nuevo, pensamiento intrusivo». Mi idea de echar un polvo antes de que llegara para estar relajado y que mi mente no se fuera por donde no debía no solo había sido un fracaso, sino que el haberme quedado a medias me había dejado con un calentón que podía volverlo todo mucho más incómodo.

—¿Y por qué esa tiene más probabilidades de gustarme? —pregunté mientras me acercaba a uno de los armarios a por los vasos. Tania fue a por los cubiertos y Ori comenzó a sacar recipientes de la bolsa mientras respondía:

—Porque, dentro de la grandiosidad artística y cinematográfica que es, hay violencia, diálogos para enmarcar… y buena música.

—Vuelve a meterlos en la bolsa —le pidió Tania—. Vamos al sofá.

—Solo espero que no sea nada demasiado intelectual —bufé—, que los culturetas sois muy plastas.

—Ya verás como te encanta —aseguró—. Tu vida no volverá a ser la misma después de esta noche.

Y, en cierto modo, tenía más razón de lo que creía, aunque supongo que en aquel momento ni siquiera él era consciente de cuánto.