Adicto al fracaso 17 Ruido bajo mi piel
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17 Ruido bajo mi piel

RUIDO BAJO MI PIEL

La presión del papel en blanco se estaba convirtiendo en un dragón de tres cabezas que amenazaba con devorarme.

Y eso no era más que una metáfora manida, porque en realidad la hoja por la que tenía abierto el cuaderno tenía poco de blanco y mucho de tinta malgastada que me podía haber ahorrado, ya que a las pocas palabras que se atrevieron a salir del bolígrafo las había sepultado bajo odiosos tachones que no eran sino peldaños que me seguían guiando hacia el más absoluto fracaso creativo.

Mira, ese era uno que me había olvidado mencionarle a Ori.

Ori.

Sentado solo en mi cama, con la única compañía de mi guitarra, casi podía escucharlo reírse, como si estuviera ahí conmigo.

El micro. La cena. El tequila. Ori se reía todo el tiempo.

Y yo me reía con él. Me sentí ridículo por un momento al escuchar mi propia risa rebotar contra las paredes de mi habitación por el simple recuerdo, pero entonces un cosquilleo en mi interior me hizo coger el boli y pasar la página en busca de una virgen de tinta.

Y fue justo ese hormigueo el que guio mi mano sin que apenas me diera cuenta.

Una sensación familiar acababa de reaparecer y yo no me atrevía a darle muchas vueltas para no perderla.

«De nuevo ruido bajo mi piel», garabateé sin pensar demasiado y comencé a repiquetear el boli contra el cuaderno por la pura euforia de haber conseguido juntar un total de ¿seis?

palabras y no haberlas querido sepultar en un tachón al instante.

Por primera vez en meses, no me sentía en el fondo del pozo.

Si me dejaba llevar por las sensaciones, hasta me veía capaz de levantar cabeza.

No inmediatamente, pero quizá sí en algún momento indeterminado del futuro próximo.

«Ruido bajo mi piel», así me sentía. Y me encantaba.

—Bueno, ¿qué tocamos? —Fanny golpeó las baquetas entre sí por encima de su cabeza y, a continuación, las hizo girar entre sus dedos—. Milo, rey, ¿nos has traído algo?

Y esa inocente pregunta me cortó de golpe el subidón que llevaba desde esa mañana.

Porque, aunque para mi situación esas seis palabras habían sido un paso enorme, eran tan poca cosa que no podía decir siquiera que tuviese una canción a medias.

Así que me limité a negar con la cabeza con la excusa de tener la púa entre los labios, para no tener que dar más explicaciones.

—Pues así no podemos estar —se quejó la chica desde detrás de la batería.

—¿Tan malo sería tocar las de la maqueta? —preguntó Lena.

—¡Sí! —me apresuré a responder—. Eso no es negociable.

Raúl bufó y se dirigió a mí.

—Tienen razón ellas, Milo. Si no tienes nada nuevo, ¿qué hay de malo en tocar esos temas que están de puta madre y la gente ya conoce?

Lo fulminé con la mirada por traidor. Sus ansias por ligarse a cualquiera de las chicas le hacían ignorar lo doloroso que era para mí volver a esas canciones.

—No es por llevar la contraria… ni por tocar los cojones, Milo —dijo Lena con una prudencia que ya empezaba a conocerle—, pero son temazos.

—Esa no es la cuestión. —Respiré hondo—. Tienen mucha carga emocional para mí, ¿vale? Me resultan casi dolorosos… ¿Podéis respetar eso?

Se hizo un silencio en la pequeña sala de ensayo y las chicas se limitaron a asentir.

—Perdona, nano, no tenía que haber insistido —dijo mi bajista—. Tocamos otra cosa. Versiones, si quieres, hasta que te vuelvan a visitar las musas.

Bajé la mirada al mástil para evitar seguir viendo las caras de los tres. Una incómoda tensión iba volviendo el aire más espeso. Y entonces Fanny dejó caer con suavidad las baquetas sobre la caja con un golpecito sutil, casi imperceptible.

Y yo rasgué un acorde. Ni siquiera tuve consciencia de haberlo hecho, fue más una cosa de mis manos por propia iniciativa. Un acorde sucio. Cambié a otro. No era nada especial, era más como cuando compruebo si la guitarra está afinada.

Pero Fanny entró sin pedir permiso: Tac-tac-tac-tac.

Un ritmo suave, sencillo, con un punto perezoso. Raúl, con ese don suyo que me hacía amarlo musicalmente por encima de a casi cualquier otro mortal, comenzó a marcarse una línea de bajo que me seguía a ciegas como si lo que yo estaba haciendo tuviese algún sentido.

Miré a Lena, que, sin lugar a dudas, estaba buscando de qué modo colarse entre mis acordes.

—¿Qué es esto? —preguntó al rasgar sus propias cuerdas y darle con ello el golpe que le faltaba.

—Ni idea —respondí.

—¡Es algo! —dijo Fanny elevando la voz para que la escucháramos por encima de sus propios golpes.

No era una canción. Ni siquiera algo a lo que me atreviera a llamar riff sin avergonzarme. Pero, como había dicho Fanny, era algo. Algo pequeño, pero algo que tiraba hacia delante.

Sin apenas darme cuenta, murmuré:

—De nuevo ruido bajo mi piel…

Raúl levantó la cabeza y me miró de inmediato.

—¿Qué?

—Nada.

Fanny sonrió desde la batería.

—Repite eso.

Negué con la cabeza.

—No he dicho nada.

—Sí que lo has dicho —insistió Lena—, y quedaba de puta madre.

—Repítelo, Milo —se entusiasmó la batería.

—Solo son seis palabras —aclaré para quitarle importancia.

—Todo temazo tiene que tener seis primeras palabras —aseguró Lena.

Los cuatro dejamos de tocar al mismo tiempo.

—Vale, otra vez desde el principio.

—¿Desde qué principio? —preguntó Raúl.

—Desde… —Hice un gesto con la guitarra—. Desde lo de antes.

—«Desde lo de antes», ese momento tan concreto… —se burló Lena.

—Yo tiraría desde el acorde raro —añadió Fanny.

—No era raro —protesté—. Era un mi.

—No, era un mi con algo.

—¿Qué algo? Era un mi normal.

—Que no —insistió Lena—. Tenía algo más.

—Pero ¿cómo iba a tener algo más?

Probé el acorde otra vez. Mierda, tenían razón, no sonaba igual.

—¿Ves? —dijo ella.

—Pues tócalo tú si tan claro lo tienes.

—¿Yo? No lo tengo claro. No sé cómo lo has hecho —respondió—. Pero sé que no era eso.

Fanny marcó el ritmo otra vez desde la batería.

—Dejad de discutir y tocad: Un, dos, tres, cuatro…

Empezamos de nuevo. No era exactamente lo mismo, pero tampoco es que fuera peor. Y ni siquiera nos importó. Todos repetimos, más o menos, lo que estábamos haciendo hacía un momento y el tema comenzó a caminar por sí mismo.

—¡Ey, Milo! —gritó Lena para que pudiera oírla por encima del estruendo de nuestros amplis—. ¡¿Qué es eso que tienes en la cara?!

—¡¿Qué tengo?! —quise saber.

—¡¿Es una sonrisa?!

—¡Oh, dios mío! —gritó Fanny desde su banqueta y dio un golpe en el crash—. ¡Es una sonrisa!

Se me escapó una risa mezclada con un resoplido y me vinieron a la cabeza las palabras de Ori: «lo repetiría las veces que hiciera falta para volver a oírte reír de ese modo». Y creo que al recordar sus palabras la sonrisa se me ensanchó sola.

Raúl hizo una tontería con la línea de bajo que resultó de lo más cómica y todos estallamos en una carcajada casi al unísono que nos hizo dejar de tocar.

—Venga, otra vez —dije cuando se nos pasó un poco—. Desde el principio.

En esa ocasión, ya nadie se cuestionó que hubiera un principio. Fanny levantó las baquetas y las golpeó con energía.

—Uno, dos, tres, cuatro…

Y todos entramos a la vez, como si se tratara de un tema que lleváramos semanas ensayando.

Mi acorde de nuevo salió distinto y, por lo que sea, ese me gustó más.

Cerré los ojos y casi pude escuchar el ruido de la risa de Ori bajo mi piel, moviéndolo todo, cambiándolo todo…

Desafinándolo todo. Como la blue note en una canción de jazz, que no termina de encajar con la escala, pero, justo por eso, le da sentido a todo lo demás.

La hace única. Parece un error hasta que la colocas en el momento justo y ya no puedes imaginar la canción sin ella, porque pasa a darle sentido a todo.

Como Ori. Ori era como una puta blue note que se había colado en mi melodía sin avisar y lo estaba cambiando todo.

No abrí los ojos, me limité a sentir la música de cada uno de los instrumentos golpeando dentro de mí.

Seguí rasgando el acorde una y otra vez al ritmo que sostenía Fanny.

Lena parecía buscar un lugar en el que enredar sus cuerdas con las mías mientras ambas mantenían su lugar.

Y Raúl, por su parte, se pegó a la batería como una sombra… o como una segunda piel.

Por primera vez en mucho tiempo, no estaba pensando en el siguiente paso o en lo que debía salir después.

Dejé que la música fluyera y que el nuevo grupo encontrara el punto en común en el que todos estábamos cómodos.

Lo que nos unía. No teníamos temas propios, no teníamos ni nombre, pero acabábamos de encontrar una conexión lo bastante fuerte como para inyectar esperanza en el futuro más inmediato.

Cabía la posibilidad de que de esto pudiera salir algo grande.

Al menos, si Raúl no la cagaba intentando ligar con alguna de las chicas.

Ese último pensamiento no me había llegado de modo gratuito.

Las miraditas que le estaba dedicando a Lena no hubieran pasado el filtro de la sutileza.

Yo empezaba a pensar que su desesperación estaba aniquilando cualquier vestigio de amor propio con el que contara previamente mi amigo.

Eran tantos los rechazos acumulados que no parecía suponerle ningún problema cosechar uno más.

Pero a mí sí me parecía peligroso que ocurriera dentro del grupo.

Podría enrarecer las cosas justo cuando empezaban a caminar, cuando comenzábamos a escribir las primeras páginas de esta nueva etapa.

Se acercó a la guitarrista y pegó su hombro al de ella.

Yo le dediqué una mirada matadora que él decidió ignorar.

La chica se reía, pero no parecía tener más interés en él que el meramente musical.

—¿Has visto cómo me ha mirado Lena? —me preguntó Raúl en cuanto pusimos un pie en la calle. Las chicas habían decidido quedarse un rato más en el local tras acabar el ensayo—. Yo creo que le molo.

—Te ha mirado normal —aseguré—. Raúl, por favor, no la cagues, que lo de hoy ha sido brutal y no quiero que se enrarezcan las cosas.

—Joder, Milo, parece que te joda que pueda tener posibilidades…

—No es que me joda, es que, sinceramente, no creo que las tengas. —No quería ser cruel, pero con Raúl lo mejor siempre ha sido dejarle las cosas claras.

—¿Qué nos apostamos?

—No nos apostamos nada —resolví con cansancio.

—Creo que me estoy enamorando de ella…

—Raúl, por favor —supliqué.

—¿Qué?

—Que lo dejes estar.

—Debería haberle pedido una cita —me ignoró para seguir con su paja mental—. Voy a preguntarle qué hace este finde… ¿Tienes su teléfono?

—No, solo el de Fanny —aseguré—, aunque creo que me dijo que comparten piso.

—Dámelo.

—Para esto, no —dije al asumir que era el único de los dos preocupado por su dignidad.

—¿Vas en serio?

—Sí, Raúl, en serio, déjalo estar, busca en otro sitio.

—¡No hay otro sitio donde buscar! Somos músicos los dos, es perfecto, será una gran historia de amor…

—Si te rechaza, va a ser la hostia de incómodo —argumenté.

—Y ¿por qué me iba a rechazar, eh? ¿Qué tengo de malo?

—No tienes nada de malo, Raúl, pero vas tan a saco y estás tan desesperado que solo consigues espantarlas. Deberías haberte dado cuenta ya.

Él resopló y comenzó a caminar en dirección contraria.

—¿Adónde vas? —pregunté clavado en el sitio.

—Vuelvo al local, se lo voy a preguntar.

—¡No, Raúl, para! —Salí corriendo detrás de él.

—Déjame, Milo. Tú sigue hundido en la mierda si quieres, pero no quieras arrastrarme al fondo del pozo contigo… Yo quiero una gran historia, quiero enamorarme… y quiero follar de una puta vez —acabó la frase entre dientes.

Abrió la puerta de la nave con tanta fuerza que rebotó contra la pared y accedió al interior con una determinación mayor a la habitual en él, que ya de por sí no era poca.

Avanzó por el pasillo a grandes zancadas, conmigo pisándole los talones y tratando de disuadirlo, pero él hacía oídos sordos a cada una de mis objeciones.

Fuimos dejando atrás las entradas de las distintas salas de ensayo hasta que llegamos a la nuestra y Raúl se detuvo frente a ella.

Respiró hondo y agitó las manos con fuerza.

—No lo hagas —murmuré.

Me ignoró una vez más y abrió la puerta con más cuidado del que yo hubiera esperado a juzgar por cómo había abierto la del exterior, pero supongo que el hecho de ver tan cercano el momento le había moderado un poco el valor, cosa de la que me alegré, la verdad.

Las chicas estaban dentro, sí, pero no nos habían oído llegar. Estaban muy ocupadas comiéndose la boca la una a la otra tumbadas en el sofá. Raúl se quedó congelado un momento y juro que su cara perdió todo rastro de color.

Se giró hacia mí muy despacio, con la mano todavía en el picaporte. Me miró con los ojos vacíos y pestañeó un par de veces antes de murmurar:

—¿Y si me voy de putas?