16 Resaca #2
—Nos lo pasamos muy bien, Milo, tú te lo pasaste muy bien… Nunca te había visto reírte tanto. No le contaré jamás a nadie que me lamiste el cuello y que me pediste que yo hiciera lo mismo. Tu secreto morirá conmigo.
—Será mejor que me vaya a casa.
—¿Seguro? ¿No quieres dormir un poco más?
—No, mejor me voy.
Suspiró y se puso de pie.
—Vale, como quieras. —Se metió las manos en los bolsillos y agachó la cabeza, pero al momento volvió a levantarla—.
Fue divertido, Milo. Te juro que no hubo ninguna intención por mi parte más que la de pasárnoslo bien.
Y lo repetiría las veces que hiciera falta para volver a oírte reír de ese modo…
Aunque luego, al día siguiente, volvieras a estar como estás ahora, habría valido la pena.
Me miré los pies porque no sabía ni qué decirle. Él me cogió por la muñeca y dio un tirón para obligarme a levantar la cabeza.
—Eh, Milo. Si tienes algo que decir, dilo.
Fue idea tuya, pero si quieres enfadarte conmigo por no decirte que no, hazlo.
Yo soy una persona muy libre y para mí hacer algo así no significa nada, pero puedo entender que para otros sea diferente.
Ponme límites y dime cuándo debo pararte los pies si te has bebido el volumen de un camión cisterna en tequila.
Yo estoy muy seguro de mi sexualidad y no me siento amenazado, no en eso, al menos.
Pero sé que para los heteros a veces es complicado… ¿Te sentiste amenazado, Milo?
—¿Cómo puedo saberlo si no me acuerdo? —bufé.
—Ya, pues vas a tener que confiar en mí, porque te aseguro que no lo parecías en absoluto.
—Supongo.
—¿Y ahora? ¿Te sientes amenazado? —Dio un paso hacia mí.
Me obligué a clavar los pies en el suelo y a no huir de él. Necesitaba demostrarle que no me intimidaba, que estaba tan seguro de mi sexualidad como él.
—No me siento amenazado. —Crucé los brazos sobre el pecho de forma relajada, sin tensión.
—Genial entonces. —Puso sus manos sobre mis hombros—. ¿Estamos bien, Milo? No quiero que nada se enrarezca. Si hay algo que te preocupa o te molesta, vamos a hablarlo.
—No. —Agité la cabeza—. Perdona. Me he rayado un poco, pero estamos bien.
—¿Y si hago esto? —Se acercó a traición y me dio un lametón rápido en el cuello, pero se separó de mí enseguida.
No parecía algo sexual, sino más bien la típica broma que se podrían hacer dos hermanos.
Yo les había visto hacer cosas así a los de mis amigos, porque yo no tenía ese tipo de referencia en mi vida.
—¡Serás cerdo! —protesté, pero él se estaba riendo tanto que no podía mantenerme serio.
—¿Te ha parecido algo sexual? —preguntó sin dejar de reír.
—¡No! —me indigné, pero sus estertores eran demasiado contagiosos.
—Pues así fue lo de anoche… No hay nada de qué preocuparse, Milo. —Se recogió una lagrimilla que se le escapaba por la comisura del ojo.
—Vale, si es así, me quedo más tranquilo —aseguré antes de ser yo el que comenzara con un movimiento ninja.
Le cogí por la cabeza y lo acerqué a mí de un tirón. Bajé la cara hasta su cuello y le hice lo mismo. Él soltó un grito que se quedó rebotando por mi cabeza como si no encontrara la salida y luego se rio tanto que casi se cayó al suelo.
—Estamos en paz —dije por fin y le tendí la mano.
—¿Así nos vamos a saludar a partir de ahora? ¿Con un apretón de manos?
—Y si no, ¿cómo?
—Yo soy más de abrazos.
Si hubiera querido protestar, habría sido tarde, porque aún no había terminado de decirlo y ya me estaba abrazando.
—Perdona, Milo, si he hecho algo que te ha molestado —murmuró junto a mi oído.
Yo lo rodeé con mis brazos y susurré también.
—Gracias, Ori, por todo lo que estás haciendo por mí.
—Lo que necesites.
Nos separamos y él se me quedó mirando con una sonrisa bonita, puede que hasta divertida.
—Me marcho.
—Descansa, Milo, nos vemos.
—¿Cuándo? —pregunté y me di cuenta de que quizá había sonado demasiado ansioso.
—¿El sábado que viene? —propuso—. Lo retomamos donde lo hemos dejado hoy.
—¿A la nada de hoy te refieres?
Él se rio entre dientes y asintió.
—Bueno, tengo material, algo valdrá…
—Pero el sábado que viene es festivo, no abro la tienda… Aunque podríamos ir igual si quieres, incluso más pronto.
—No, si no abres la tienda, no vayas por allí. Tómate el día libre. Si quieres, me puedo pasar por tu casa y vemos una peli...
—Vale.
—¿Cuál es tu película preferida?
—No sé, creo que ninguna en especial.
Él chasqueó la lengua, cerró los ojos y negó con la cabeza.
—Tienes que tener una película preferida.
—¿Cuál es la tuya?
—Muchas: Tesis, Pulp Fiction, Cinema Paradiso, Amelie… Según el estado de ánimo.
—No he visto ninguna.
Ori demostró lo escandalizado que se sentía por mi afirmación con un evidente gesto de su cara.
—¿Ninguna? ¿Vives en una cueva?
—En una tienda de discos ubicada en un sótano, es casi lo mismo. —Me encogí de hombros.
—Vale, pues ¿cuál quieres que lleve?
—La que pienses que me va a gustar más.
—Si no te encantan todas, es que estás defectuoso —aseguró.
—Puede que lo esté aunque me encanten…
—No digas tonterías. —Se acercó y me dio un beso rápido en la mejilla—. Adiós, Milo, nos vemos el sábado en tu casa. Llevaré alguna peli que haga que tu vida no vuelva a ser la misma.
—Adiós, Ori, gracias por todo. Hasta el sábado.