16 Resaca
RESACA
Abrí los ojos y me sentí totalmente desubicado.
Apenas recordaba nada de la noche anterior y no identificaba el lugar en el que me encontraba.
La luz bañaba esa habitación en la que no había estado en la vida.
Parecía un piso viejo pero con encanto, como si alguien con pocos recursos, pero con gusto y paciencia, se hubiera empleado a fondo en dejarlo bonito.
Posiblemente había sido el tipo que me miraba serio desde una butaca.
Me incorporé un poco en el pequeño sofá en el que estaba tumbado, que era tan incómodo como esa situación.
Por el olor a café que se respiraba en el ambiente, juraría que eso era lo que contenía la taza de la que bebió un trago antes de hablar.
—Hola —dijo.
—Hola —respondí.
—¿Puedo preguntar quién eres y qué haces en mi casa? ¿O es mucho atrevimiento por mi parte?
—Lo-lo siento, tío. —Mi voz sonó rasposa y me arañó la garganta al salir. También me taladró la cabeza como si dentro tuviera un montón de enanitos armados con martillos y empeñados en llegar al fondo de mis ideas—. Nno-no lo sé.
—¿No sabes quién eres? Entonces igual sí tenemos un problema… ¿Voy a tener que llamar a la policía?
—No, no, soy Milo, perdona. Me llamo Milo. Pero no sé qué hago aquí. Llega un momento en el que la noche se me borra…
—Ori está dormido en el suelo del baño —interrumpió una chica pelirroja al entrar en la habitación y vino a sentarse en el brazo de la butaca en la que estaba él.
—Lo sé, lo he visto… Por eso no he sacado a este a patadas… ¿Eres uno de los ligues de la rata piojosa?
—¡No lo llames así! —Ella le dio una palmada en el brazo y él se rio—. ¿Quieres un café, Milo? Has dicho que te llamas Milo, ¿verdad?
—Sí, Milo, pero no quiero molestar.
—Un poco tarde para eso —soltó él.
—Lo siento. —Terminé de incorporarme y me quedé sentado en el sofá. Solo quería irme de allí, pero me encontraba demasiado mareado incluso para ponerme de pie.
—No te preocupes —siguió ella—. ¿Quieres un café? —volvió a preguntar.
Miré al chico y creí ver un amago de sonrisa. Puede que no estuviera tan cabreado como quería aparentar. Asintió con un movimiento casi imperceptible y eso me dio el valor para aceptar la propuesta de la pelirroja.
—Creo que un café me sentaría bien. Gracias.
Ella desapareció, intuí que en dirección a la cocina, y él se inclinó hacia delante y apoyó los codos en las rodillas.
—Dime, por favor, que la rata piojosa y tú no estuvisteis follando en mi sofá —me pidió en apenas un susurro.
—¡¿Qué?! ¡No! —lo dije absolutamente convencido, pero, durante apenas un segundo, dudé, porque lo cierto era que no recordaba nada, aunque estaba seguro de que si hubiera cruzado una barrera así lo recordaría, ¿no?—. Yo-yo… yo no soy gay…
—Ya, bueno… —Chasqueó la lengua y dejó escapar algo parecido a una risa—. Tampoco serías el primer gay for you que consigue el amigo…
Ni idea de qué hablaba, porque el inglés nunca ha sido lo mío, y menos con la pronunciación de ese tío, que era tan cerrada que no había entendido ni una palabra.
—¿Hablas por ti, cariño? —dijo con un bostezo Ori, que justo en ese momento entraba por la puerta rascándose las costillas. Fue hasta la butaca y se sentó en el brazo en el que hacía apenas unos segundos estaba la chica y luego se inclinó para abrazarlo y besarle la mejilla.
—Tus ganas, Tusquets —farfulló él y lo apartó de un empujón—. Y devuélveme la llave de mi casa.
—Ah, no, ni pensarlo —respondió mi amigo, que se puso de pie en ese momento y vino a sentarse a mi lado en el sofá—. Tu piso me viene fenomenal para cuando salgo por esta zona y estoy demasiado borracho para llegar al mío.
—Ni caso, Ori —dijo la pelirroja de vuelta con una bandeja con todo lo necesario para un desayuno rápido a base de cafeína, que dejó sobre la mesa de centro—, yo me quedo más tranquila si vienes aquí…
—Milo, ella es Rebe, mi mejor amiga en el mundo, la persona a la que más quiero… Daría mi vida por ella si hiciera falta…
—Y ese es el único motivo por el que todavía conservas tu miserable existencia —bromeó el otro chico.
—Y él… Bueno, es su insufrible novio, el peaje que hay que pagar por su compañía —me dijo Ori—. A él lo salva que la hace feliz, y eso es lo más importante…
Yo cogí una de las tazas y me serví café, leche y azúcar en mis proporciones habituales y di un primer trago que pareció despertar algo en el interior de mi cabeza.
—Me voy a la ducha —dijo el chico antes de largarse y la pelirroja ocupó su lugar en la butaca.
Ori me dio una palmada en el muslo.
—¿Cómo va esa resaca?
—Horrible —confesé.
—Ya, se nos fue la mano —dijo él y luego se dirigió a su amiga—: Rebe, ¿sabes quién es? —Me señaló con un dedo.
—¿Quién? —Sonrió ella.
—Has escrito tu nombre en mi piel… Y me arde cada vez que respiras… —empezó a canturrear Ori una de las canciones de la puta maqueta y la chica dio un gritito.
—Lo más fácil no siempre es caer… Pero por tu voz lo haría en cada vida… —se le unió ella para amplificar mi pesadilla.
—¿Qué te parece? —preguntó Ori mientras ella se levantaba del sillón e iba hacia el equipo de música—. Mira si te traigo peña VIP, al mismísimo compositor de los temazos de Póstumo en vida.
Ella sacó un casette de un cajón y puso la cinta en el equipo de música. Mis temores se confirmaron cuando la voz de Madi inundó la habitación.
—Joder —farfullé.
Pero como si nada, porque Ori se puso de pie y Rebeca y él comenzaron a cantar y bailar los temas que más odiaba de mi repertorio.
Me sorprendió la entereza de mi amigo que no parecía acusar una resaca tan grande como la mía.
Quizá estaba más acostumbrado, pero yo no me veía capaz ni por asomo de la actividad a la que estaba dando rienda suelta él.
—Beck, tenemos que irnos —interrumpió el chico de antes—. Hemos quedado en media hora.
—Estoy lista en cinco minutos, cariño —dijo ella antes de salir de la habitación y él lo hizo justo después.
Ori se dejó caer a mi lado y al momento se sirvió una taza de café.
—¿No tienes resaca? —le pregunté.
—No tanta como tú.
—¿Por qué?
—Porque vomité antes de quedarme inconsciente en el suelo del baño. No es que fuera intencionado, ni mucho menos, ni siquiera mínimamente agradable, pero lo chungo de ayer es el alivio de hoy —sentenció.
—¿Filosofía del fondo del pozo? —pregunté.
Él se rio entre dientes y apoyó la cabeza en mi hombro.
—Me encantas, Milo. —Suspiró.
Todo mi cuerpo se tensó por inercia.
—Chicos, nos vamos —interrumpió la pelirroja cuando ella y su chico volvieron a entrar—. Un placer conocerte, Milo. Ori, vente una tarde de esta semana a verme…
—Cuenta con ello —respondió él sin levantar la cabeza de mi hombro.
—Echa la llave al salir, y no te despelotes en ningún lugar de mi casa —dijo el otro chico y ambos se marcharon.
—Podría quedarme dormido otra vez —murmuró Ori contra mi cuello y el cosquilleo que sentí en la piel me trajo de vuelta sensaciones de la noche anterior. No recuerdos en sí, fue más como algo sensorial.
Me puse en guardia casi sin ser consciente y cerré los ojos para tratar de recordar.
El olor de los rizos de Ori era tan vivo como la noche anterior.
Me llegaron fogonazos de la cabeza de Ori muy cerca de la mía.
Hice un esfuerzo por volver a aquel local, a aquellos asientos de skay.
La botella de tequila, sus rizos en mi cara… ¿Qué?
Se me aceleró la respiración y empecé a sudar sin sentido.
No me atrevía a preguntarle, porque no estaba seguro de querer saber.
Con el pulso a mil por hora y el aire de mis pulmones amenazando con abandonarme, hice un esfuerzo por inspirar hondo y me tragué todo su olor, el de su piel mezclado con el del tequila que destilaban sus poros.
Recordé las risas, mi cabeza sobre la mesa, la lengua de Ori en mi cuello…
—Joder —farfullé ante la duda de si era un recuerdo real o algo que había soñado.
—¿Qué pasa? —murmuró.
—¿Qué pasó anoche, Ori? —me atreví a preguntar.
—Que bebimos demasiado. —Se frotó la cara y resopló.
—Pero ¿qué pasó?
—Que nos bebimos una botella de tequila, creo que entera, entre los dos…
—¿Y qué más?
—Estabas muy divertido. Durante unas horas te olvidaste de tu bajonazo y fuiste muy tú. —Se acomodó en mi hombro—. Me encanta ese Milo desinhibido…
—¿Desinhibido? —pregunté con un temblor en la voz imprevisto.
Él se rio entre dientes.
—¿Hasta dónde recuerdas?
—Hasta que trajeron el tequila.
—Vale, pues la noche se alargó un poquito más…
Se movió contra mí y su cuello quedó más cerca de mi boca. Su olor me trajo recuerdos de su… ¿sabor? Me puse en pie de golpe y él se desestabilizó por lo brusco de mi movimiento.
—¿Qué pasa?
—¡Eso digo yo! ¡¿Qué pasa?! ¡¿Por qué no me quieres contar qué pasó anoche?!
Ori me miró con los ojos demasiado abiertos para la resaca que debía de tener y levantó las manos como si le estuviera apuntando con un arma.
—Tranquilo, tío, que no pasó nada. Nada de lo que debas preocuparte, creo yo. Bebimos, nos reímos… y luego vinimos aquí porque nos pillaba cerca. Tú has dormido en el sofá y yo me quedé inconsciente en el suelo del baño. Eso es todo.
Cerré las manos en puños para que dejaran de temblar.
—¿Seguro? ¿Y por qué tengo recuerdos de tu cabeza muy cerca de la mía o de tu…?
—Mi ¿qué? —Juntó mucho las cejas como si realmente no supiera de qué le estaba hablando.
—Tu… —se me hacía dificilísimo hasta decirlo— tu lengua… en… —Me llevé una mano al cuello, incapaz de hablar.
—Ah. —Él respiró aliviado—. Eso fue por el tequila.
La sal. Al principio nos la pusimos en la mano y cada uno se ocupó de la suya, pero luego nos pareció divertido intercambiar.
De hecho, creo que fue idea tuya. Empezamos por las manos y luego ya que si el brazo, el cuello… No sé, lo recuerdo vagamente…
—¿Y ya está?
—Sí, ya está. Tranquilo, amigo, tu culo sigue virgen, si es lo que te preocupa.
Apreté los dientes con fuerza, pero no dije nada.