15 Demasiado hetero #2
—No es un sitio especialmente elegante, pero los manteles son de tela, eso sí. —Sonrió Ori.
—Pide tú, me fío. —Cerré la carta y se la devolví. No me sentía cómodo ante la idea de elegir algo sabiendo que iba a pagar él. Su invitación, sus decisiones.
Aceptó y llamó a la camarera. Pidió lo que consideró y volvió a prestarme toda su atención.
—¿Sabes lo que me parece más gracioso de todo? —preguntó tras entrelazar sus dedos.
—Sorpréndeme.
—Que llevas toda la noche intentando convencerme de que eres un fracaso y es justo en eso en lo único que has fracasado…
—No lo intento, es un hecho, tío.
—Qué va. —Negó con la cabeza—. Es una pose.
—¿Una pose? —Mis cejas se alzaron solas.
—Sí, de músico atormentado. Muy grunge.
—Vete a la mierda —farfullé con intención de parecer más molesto de lo que estaba en realidad.
—A ver, no digo que no tengas motivos para estar jodido, pero lo del fracaso te lo estás creyendo demasiado, y eso es peligroso.
—¿Y tú qué sabes?
—Te he visto tocar.
—Eso ya lo has dicho antes…
—Y te he visto reír.
—¿Y qué pasa cuando me río?
—Que, durante un momento, se te olvida el personaje.
—Yo no tengo ningún personaje. Soy un tío muy básico. Lo que ves es lo que hay.
—Igual es que he visto poco…
Chasqueé la lengua y puse los ojos en blanco.
—¿Eso es otra insinuación sexual de las tuyas?
—No era la intención, pero si quieres que lo sea…
Bufé por respuesta y él soltó media carcajada.
Supongo que mi bufido no merecía ni una entera.
En ese momento, llegó la camarera y dejó varios platos en la mesa.
Ori se movió un poco para echarle una mano y, al hacerlo, su rodilla rozó la mía por debajo de la mesa.
Y ninguno de los dos la retiró, como si no fuésemos conscientes de ello.
Noté el contacto cálido a través de la gruesa tela del pantalón vaquero.
Intenté concentrarme en el plato que Ori me había colocado delante, pero mi atención estaba justo donde nuestras rodillas se tocaban.
No quería que eso fuera raro, ni que él pensara cosas que no eran, pero tampoco quería cortar el contacto… No me entendía ni yo.
Ori trasteaba en los platos con total normalidad.
—Prueba esto. —Dio un toquecito con el tenedor en uno de los cuencos—. Está brutal.
Le hice caso y lo probé. El sabor y la textura abrazaron mi sentido del gusto como pocas cosas lo habían hecho antes. Era como si se deshiciera en la boca mientras la llenaba de la cantidad justa de salsa.
—Joder —farfullé todavía con la boca medio llena, pero no podía esperar para comentarlo—. Sí que está brutal.
—Te lo dije… Ya ves que nunca miento.
—Un hecho aislado no hace norma —sentencié y él se rio.
—Qué duro eres, Milo Vergara.
La comida estaba tan buena y teníamos tanta hambre que durante un rato apenas dijimos nada. Solo se escuchaba el murmullo del restaurante y el repiqueteo de nuestros cubiertos.
—Cuéntame algo de ti —le pedí.
—¿Como qué? ¿Qué quieres saber?
—¿Qué quieres hacer con tu vida? ¿Ser artista? ¿Cineasta?
Tragó lo que tenía en la boca antes de hablar.
—Creo que cualquiera de las dos opciones me haría feliz. Ahora mismo, si tuviera que elegir, creo que me decantaría por el cine… Me siento un poco desencantado del arte, la verdad.
—¿El público no entiende que te saques el rabo como expresión artística? —bromeé y él se rio.
—¿Volvemos a eso? Empiezo a creer que a lo mejor piensas demasiado en mi rabo…
—Tus ganas —me defendí.
—Sí —se limitó a decir y a mí me subió toda la sangre a la cara.
Él se rio bastante fuerte.
—¿De qué te ríes?
—De lo fácil que es descolocarte. Quieres hacer bromas con naturalidad, pero te pesa la construcción social heredada y temes que, si llevas la broma demasiado lejos, yo me la crea y acabe intentando algo contigo.
—No —aseguré y me apresuré a cambiar de tema—. Así que cineasta… ¿Estás cerca de conseguirlo? ¿Cómo te ganas la vida?
Dio un trago a su copa antes de responder.
—Doy clases de dibujo y pintura en una academia, pero mi fuente principal de ingresos es una renta que recibo de mi abuela, es la única que entiende que me dedique al arte…
—¿Una renta de tu abuela?
—Sí, esas cosas de ricos. —Hizo un gesto con la mano como para quitarle importancia—.
Recibo un dinero todos los meses, hasta que pueda vivir de lo que quiero.
Su idea es que no tenga que trabajar de nada que no me guste y que mate mi sueño.
Mi abuela quiso ser artista, pero por su familia, por la época y por su condición de mujer no pudo.
Supongo que está viviendo lo que no pudo en su día a través de mí. Es mi mayor fan.
—Eso está bien.
—¿Tú solo tienes la tienda? ¿Es tu única fuente de ingresos? No te irá tan mal entonces…
—No, también tengo alquilado el piso que era de mi madre. Cuando Madi se largó, me fui de allí a donde estoy ahora. Es más barato que lo que cobro de alquiler a la familia que vive ahí, así que me sale rentable.
—Claro —asintió.
Cuando di un último trago a mi copa y fui a rellenarla, comprobé que la botella también estaba vacía.
—Se ha acabado —dijo.
—Suena a tragedia —asentí.
—O a excusa —sugirió.
—¿A excusa para qué?
Apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia mí.
—Para no irnos a casa todavía.
—¿Y a dónde quieres ir?
—A algún pub, y puede que incluso después a algún after… Me apetece mucho salir, ¿y a ti?
—Vale. Me siento mal por haber pasado de los planes mentales de Raúl y ahora salir sin él, pero qué se le va a hacer…
—Si quieres vamos a buscarlo… ¿Suele salir por esta zona?
—Qué va. Por aquí nunca. Si ha salido con sus colegas músicos, habrán ido por el Cedro. Y si ha salido con los del curro, se habrá quedado en el Carmen. Incluso puede que esté en su casa refunfuñando. —Sonreí.
—Y tú ¿a dónde quieres ir?
—Ni idea. —Me recliné en la silla—. No conozco esta zona, me fío de ti.
Él sonrió y, con un gesto, le pidió la cuenta a la camarera. Ella no tardó en traerla acompañada de unos chupitos.
La noche era fresca, pero la media botella de lambrusco y los dos chupitos de grappa me hacían ignorarlo.
Seguí a Ori hasta un local en el que parecía conocer a alguien.
Mis sentidos no estaban tan despiertos como en otras ocasiones, pero era agradable el sitio y la compañía.
Nos acomodamos en un reservado de asientos acolchados y Ori pidió una botella de algún licor que nos fuimos bebiendo a pequeños chupitos.
Continuamos hablando, como llevábamos haciendo toda la noche, con la diferencia de que, debido al volumen, teníamos que acercarnos mucho para hacerlo.
En un momento dado, la botella se acabó y la reemplazamos por una de tequila.
Y ya no sé qué más pasó.