15 Demasiado hetero
DEMASIADO HETERO
Me giré hacia él para que estuviéramos cara a cara, y nuestras rodillas volvieron a tocarse, como la vez anterior, pero en esa ocasión no retiré la mía. Respiré hondo y le aguanté la mirada.
—Lo que he dicho es absolutamente irrefutable —solté por fin—. Que he fracasado en todo es un hecho.
—Para nada, estás muy equivocado —aseguró—.
No firmar con una discográfica no es fracasar, es solo que ese disco no se va a grabar.
Se grabará otro. Y en cualquier caso, se grabe o no, eso no afecta en lo más mínimo a tu calidad como músico.
Tu talento es indiscutible y tu valía también.
Que seas o no rentable para una empresa que hace discos es independiente de ello…
Tus canciones son la hostia, de hecho; recorrieron todo el país sin una discográfica detrás.
Eso es talento, Milo, tus temas tienen algo… Tú tienes algo.
—Y tú tienes un don para dar ánimos, eres único subiendo la moral. —Me reí.
—Y eso que no he hablado de lo bueno que estás —bromeó.
—¿Me estás tirando la caña? —Me volví a reír.
—Qué va, soy consciente de lo fuera de mi alcance que estás… Eres demasiado guapo y demasiado hetero.
Se me escapó una carcajada.
—¿Se puede ser demasiado hetero?
—Por supuesto. Todo lo que no sea que te sientas mínimamente atraído por mí es ser demasiado hetero. —Cerró los ojos como muestra de lo categórica que era su afirmación, pero los volvió a abrir enseguida—. Porque no hay ni un «mínimamente» por ahí, ¿verdad? —bromeó.
Yo sonreí y negué con la cabeza, aunque las manos comenzaron a sudarme, como me ha pasado toda la vida siempre que estoy nervioso o que miento.
—Lo siento, tío, pero me temo entonces que sí soy demasiado hetero.
Él chasqueó la lengua como si le fastidiara, pero era evidente que estaba de coña.
—En fin, ¿qué se le va a hacer? Bueno, ¿en qué más se supone que has fracasado?
—¿En mi relación? —pregunté en un tono que dejaba claro lo obvio de mi respuesta.
Ori se rio en voz alta y luego soltó un pequeño bufido.
—Milo, cariño, si esa chica te dejó por Sergio, está claro que la que fracasó fue ella.
Sus palabras me gustaron, no lo voy a negar, pero me limité a sonreír de modo amargo, porque yo no lo sentía así en absoluto.
—¿Por qué?
—Aparte de lo obvio. —Me señaló con la mano abierta—.
Sergio me caía bien, pero siempre me pareció una persona mediocre, la verdad.
Tocaba bien, pero no espectacular. Las músicas que nos compuso para los cortos eran adecuadas, correctas, pero no emocionaban…
En el escenario tenía rollo, pero tú te lo comías… Tú te los comías a todos.
Resoplé y me tapé los ojos con una mano al notar que me subía la sangre a la cara.
—Vale, no sé qué pretendes diciéndome esas cosas, pero al final me las voy a acabar creyendo —dije sin mirarlo.
—Pretendo justo eso. —Se rio—. Que te las creas, Milo, y que te quites de encima esa aura de fracaso que te acompaña, porque eres un tipo brillante y me encantaría que lo vieras.
Esos dos cabrones te hicieron mucho daño, y lo entiendo, pero que no te hagan dudar ni por un momento de lo que vales.
—Me cogió por la muñeca y me quitó la mano de la cara, pero no me soltó; se limitó a dar un tironcito al decir—: Mírame, Milo.
Lo hice. Su expresión era seria, aunque no dura.
Me aguantó la mirada más de lo socialmente aceptable y yo lo hice también.
Sentí por un momento que algo me atraía hacia él, como una conexión o un magnetismo.
Luché contra el impulso de acercarme más, de tocarlo, de…
No quise ni pensar en todas las posibilidades que había.
Sin duda, sus palabras, su cercanía y su carisma natural me estaban creando un espejismo de confusión y me estaban condicionando.
Supongo que nadie es inmune a que le digan esas cosas, todos queremos creer que somos únicos de algún modo, que tenemos algo diferente, que valemos más de lo que pensamos.
—Tienes algo especial, te lo aseguro —dijo por fin—. He conocido a pocas personas que brillen como tú. Y no deberías dejar que lo que hicieron dos imbéciles que no supieron ver eso te haga dudar de lo que eres y lo que vales.
Tragué saliva y miré al techo durante un segundo, hasta volver a atreverme a mirarlo a él.
—Aunque tuvieras razón… —solté.
—La tengo —me interrumpió.
Se me escapó media sonrisa.
—Aunque la tuvieras… No por eso duele menos. —Se me quebró la voz al final de la frase.
Él desplazó un poco la mano que sostenía mi muñeca y me acarició el dorso con el pulgar.
—Ya lo sé —susurró—. Pero llegará un momento en el que lo hará. Incluso dejará de doler…
—¿Y tú qué sabes? —Me reí—. ¡Si nunca te has enamorado!
—Cierto. —Asintió con la cabeza—. Pero lo he visto muy de cerca.
Mira, por ejemplo, mi mejor amiga pasó por algo mucho peor que lo tuyo, e incluso ella lo superó.
Necesitó años, eso es cierto, pero el caso es que el tiempo lo pone todo en su sitio…
Estoy seguro de que llegará un momento en el que ya no te duela acordarte de…
¿Madi? ¿Se llamaba así? —Asentí para confirmarlo—. ¿Qué nombre es «Madi»? ¿De dónde viene?
—De Magdalena.
Él soltó una carcajada.
—¡¿En serio?!
—Sí. —Me reí algo confuso—. ¿Por qué?
—¡Menos mal que no te casaste con ella!
—¡¿Por qué?! —Me volví a reír.
—¿Te imaginas las invitaciones? «Os invitamos al enlace de Camilo y Magdalena»… La peña hubiera dicho: «¿y estos quiénes son?». No habría ido ni Dios.
—Eso es una chorrada. —Me volví a reír, no creí que fuera posible al hablar de una hipotética boda con mi ex, pero ahí estaba la risa, brotando de mi garganta—. Podríamos haber puesto en las invitaciones «Milo y Madi».
—Eso también habría confundido a la gente, suena a serie de dibujos animados: «Las aventuras de Milo y Madi», «Milo y Madi resuelven un misterio»… No era nombre de pareja adulta, ¡eso estaba condenado!
—Eres un capullo. —Quise sonar serio, pero la risa se me escapaba contra mi voluntad.
—Lo sé. —Me apretó la mano—. Pero haberte visto reír así lo compensa, la verdad.
Me solté de su agarre y me froté la cara un momento, supongo que para disimular que había conseguido que me pusiera rojo de nuevo.
—Así que mi nombre te parece ridículo —dije cuando por fin volví a mirarlo.
—En realidad no. Me gusta, es la combinación lo que suena a dibujo animado. Menos mal que ya no estás con ella, en serio.
—Eres tontísimo. —Me volví a reír.
—Ya, me lo dicen mucho, Camilo.
Yo me reí entre dientes.
—No vayas por ahí…
—¿Y puedo llamarte «Cami»?
—Si esperas algún tipo de respuesta por mi parte, no.
Él se rio con ganas y el ruido rebotó en cada rincón de la trastienda.
Yo me quedé mirando cómo la nuez de su cuello acompañaba con leves movimientos al sonido que salía de su garganta.
Su risa se fue calmando poco a poco hasta que lo hizo del todo y se limitó a mirarme con tranquilidad.
Comencé a sentirme incómodo y, como si pretendiera echarme un cable, mi estómago rugió por mí.
—¿Comemos algo? —pregunté aliviado por tener qué decir.
Ori abrió la boca como si también fuera a decir algo, pero la cerró al momento.
—Vale —respondió al final.
—¿Qué ibas a decir?
—Eso, que vale.
—Mentira. ¿Qué ibas a decir antes?
—No lo quieres saber. —Se rio.
—Sí lo quiero saber. ¿Qué era?
—Una guarrada sexual.
—Vale, tienes razón, no quiero saberlo. —Me reí yo también. Y era cierto que no quería escucharlo, pero no estaba seguro de los motivos por los que no quería hacerlo.
—Hoy no he traído cena, ¿tienes tú algo aquí? —preguntó.
Me levanté y abrí el minifrigo de la tienda.
—No, solo birra y algo que no consigo identificar, qué lamentable…
—Pues salimos. Te invito a cenar. —Se puso de pie y yo me incorporé.
—¿Me invitas? ¿Por caridad? —pregunté entrecerrando los ojos—. ¿Te da lástima el tercero de mis fracasos?
—¿Cuál es el tercero de tus presuntos fracasos?
Abrí los brazos y abarqué mi ruinoso negocio.
—¿Hace falta decirlo? Y con esto no creo que pretendas convencerme de que es un éxito… Te puedo enseñar los libros de cuentas si quieres. —Me reí entre dientes.
—Seguro que no montaste una tienda de discos alternativos con intención de hacerte rico…
—No, pero la ruina tampoco entraba en mis planes.
—¿Pierdes dinero?
—No, pero casi.
—Entonces no es un fracaso. —Sonrió.
—Cómo le das la vuelta a todo…
—¿Te gusta estar aquí o preferirías trabajar en algún otro sitio?
—Me gusta. No me molaría nada tener que currar para otro, aunque ganara más… Que ganaría más, seguro.
—Entonces definitivamente esto tampoco es un fracaso. Vamos, conozco un italiano espectacular… y la comida tampoco está mal —bromeó y yo me reí.
—¿No habías dicho que querías adelantar hoy bastante? No hemos grabado prácticamente nada.
—Es mi excusa para volver otro día. —Me guiñó un ojo—. Venga, vamos, que ha sido una semana rara, y también necesito desconectar. Invito yo.
—Puedo pagar mi cena —aseguré.
—Y yo quiero invitarte.
—¿Por qué? —Entrecerré los ojos.
—Por agradecimiento. Y porque me apetece. Punto.
Ori me llevó a un restaurante italiano de los de verdad, de los de mantel de cuadros y pasta fresca casera. La camarera que nos recibió nos acompañó a una diminuta mesa para dos junto a la pared y nos entregó las cartas.
—¿Para beber?
—¿Una botella de lambrusco para los dos? ¿Te gusta?
—Claro —asentí. Ya que me iba a invitar, no iba a ponerme tocapelotas. Y el lambrusco me gustaba, la verdad.
Abrí la carta y empecé a salivar con las fotografías y los nombres de los platos.
—¿Qué te apetece? —preguntó Ori—. ¿Carne? ¿Pescado? ¿Lasaña? ¿Pizza?
—Todo —confesé.
Cerró la carta y me miró un momento. Luego se inclinó hacia delante y susurró.
—Milo, ¿no comes?
—¡Sí! —Se me escapó una carcajada—. Claro que como. ¡Que no estoy en la indigencia! De hecho, a estas horas en casa ya me habría comido un bocadillo de una barra entera… Lo que no hago mucho es salir por ahí y menos a un sitio con mantel de tela. —Lo cogí entre los dedos para comprobarlo.