Adicto al fracaso 14 Relajar el ambiente
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14 Relajar el ambiente

RELAJAR EL AMBIENTE

Por suerte para todos, los mosqueos de Raúl siempre han acostumbrado a durar lo mismo o menos que sus enamoramientos, por lo que al día siguiente ya se comportaba como si nada hubiera ocurrido.

Llevaba toda la tarde en la tienda conmigo, haciéndose pajas mentales acerca de todo lo que íbamos a conseguir con el nuevo grupo, cuando, diez minutos antes de cerrar, llegó por fin Ori.

—Hola —saludó al acercarse a nosotros.

—Ah, es verdad, que me habías dicho que ibais a seguir con eso del documental de Póstumo.

Entonces, ¿esta noche no salimos? Vaya mierda…

—protestó Raúl, aunque no llegó a sonar muy convincente, y luego se dirigió solo a Oriol—: ¿A mí no me quieres entrevistar?

¿No te viene bien el punto de vista de otro miembro del grupo?

—Busco una visión individualista —explicó él—. Pretendo que sean una serie de documentales acerca de individuos concretos. Si pusiera el centro de interés en el grupo, lo deshumanizaría, perdería el foco del yo en pro del colectivo y no lograría el impacto social que pretendo…

—Ah, claro —dijo Raúl como si de verdad hubiera entendido a qué se refería Ori—. Vamos, que me quedo tirado esta noche…

—En ningún momento habíamos hablado de salir hoy —me defendí, aunque no tenía por qué hacerlo. Solo intentaba evitar otro drama como el del día anterior.

—Ya, bueno, se da por hecho, ¿no?

—Bueno, se da por hecho si alguien lo dice —argumenté.

—Pues ya lo estoy diciendo… —insistió Raúl—. Yo había hecho planes mentales, muy firmes. Te vas a perder una gran noche.

—Asumo el riesgo —confirmé y él bufó.

—Siento haber trastocado tus planes mentales —se disculpó Ori—. En mi defensa diré que suelen ser los primeros en venirse abajo…

—Pues a ver con quién salgo esta noche para ligar —protestó mi bajista, y de pronto pareció tener una revelación y se giró hacia Ori—.

Oye, tú eres bisexual, ¿no? ¿Has ligado con tíos y con tías?

¿Dirías que con tíos es más fácil? Nunca me lo había planteado, pero igual… No sé… Igual debería abrir la mente…

Ori se giró hacia mí con una expresión más de sorpresa que de mosqueo, pero no lo conocía lo suficiente como para estar seguro.

—Sí, se lo conté, perdona. —Me rasqué la nuca—. En mi defensa, también te conté a ti que él es virgen. —Señalé a mi amigo—. Estáis empatados en indiscreciones mías respecto a secretos vuestros.

—Joder, Milo, ya te vale —protestó Raúl y Ori escondió una sonrisa, no supe si por no dañar los sentimientos de Raúl o para hacer ver que su parte le había molestado y no estaba contento conmigo.

—No soy bueno guardando secretos… Además, los dos sabéis mis miserias, estamos en paz —zanjé el tema.

—Yo no he dicho nada —puntualizó Oriol y luego se giró hacia mi colega—: Y en cuanto a tu pregunta, ligar con un tío puede ser más fácil según el contexto.

Si te vas a un bar de ambiente, por ejemplo, no tendrás problema en echar un polvo esa misma noche.

Lo jodido es cuando te gusta un chico en concreto, al que conoces de otro contexto, y tienes que tantear para adivinar si puede estar interesado…

—Hizo una pausa mínima y me miró de reojo apenas un segundo—.

Y lo que has dicho antes de que igual deberías abrir la mente…

Creo que es el primer paso, todo el mundo debería hacerlo más a menudo, no solo en ese sentido, pero también…

Hay estudios que dicen que todos somos bisexuales en mayor o menor medida, y normalmente la gente ni se lo plantea por condicionantes sociales…

Las palabras de Ori se quedaron flotando unos segundos a mi alrededor.

«Lo jodido es cuando te gusta un chico en concreto, al que conoces de otro contexto, y tienes que tantear para adivinar si puede estar interesado…».

Intenté desviar la mirada, pero no podía quitarle la vista de encima.

«¿Cómo lo tanteas, Oriol?», me pregunté. «¿Mirándolo fijamente mientras te follas a otra persona?». Traté de alejar el pensamiento intrusivo que llevaba varios días evitando.

Un calor sofocante me trepó desde el estómago y se expandió por todo el cuerpo al recordar lo ocurrido ya cuatro días atrás, en lo que me había obligado a no pensar desde entonces.

—Pues yo debo de tener muchos condicionantes de esos —interrumpió Raúl mis pensamientos—, porque creo que no me van nada los tíos…

—Suele pasar. —Ori se encogió de hombros.

Yo miré el reloj para comprobar que era la hora.

—Venga, Raúl, te acompaño fuera, que voy a cerrar la reja —le dije.

—Vale, ¿me estás echando? Qué fuerte, Milo. ¿No puedo quedarme a mirar?

—Prefiero que no —se adelantó Ori—. Me gusta crear una atmósfera muy concreta…

—Bien, pues me largo. —Raúl bufó y cogió su chaqueta—. Me llevo mi atmósfera inconcreta lejos de aquí… No quiero…, ¿cómo era?, deshumanizar nada con mi presencia colectiva.

Yo intenté con todas mis fuerzas no reírme para no empeorar la situación. Él, sin esperar respuesta, se largó con un mosqueo similar al del día anterior. La campanilla sonó de nuevo, como si se burlara de cada una de sus salidas teatrales.

—Se ha mosqueado —dijo Ori tras unos segundos de silencio.

—Se le pasará. —Hice un gesto con la mano para quitarle importancia—. Le va mucho el drama, pero se le olvida tan rápido como le viene.

Levantó la vista y me sostuvo la mirada, esa que empezaba a conocer bien, la que no daba ninguna pista de lo que pasaba por su cabeza.

—¿Cómo vas de cansancio? Me gustaría avanzar bastante, para compensar el corte de luz del otro día… —dijo—. No quiero que esto se alargue más de lo necesario y te agobies. Además, creo que hoy llegamos a un punto delicado, y me gustaría un tono más íntimo.

—¿Más íntimo cómo? —Tragué saliva.

—Mas tú.

—¿Y eso qué significa?

—Eso es justo lo que quiero averiguar.

Apenas diez minutos después, estábamos de nuevo en la trastienda, como la vez anterior. Lo primero que hizo fue rescatar el micro de una de sus bolsas.

—¿Crees que sabrás ponértelo tú? —me preguntó—. Para que no pienses que te estoy metiendo mano y tal…

—Siento haber dicho aquello… —suspiré—, y siento si estuve raro.

Ori dejó escapar ese gesto suyo con el que elevaba más un lado de la boca que el otro.

—Tranqui, ya está olvidado. Aunque he estado pensando que igual debería meterte mano, para que notes la diferencia…

—Gilipollas. —Me reí.

Él me tendió la petaca y el micro.

—Toma, póntelo tú —pidió—. No quiero que veas amenazada tu hombría.

—No me siento amenazado —aseguré y no lo cogí—. No sé si piensas que soy un troglodita o qué, pero…

—Vale —me interrumpió—. Yo te lo pongo si quieres.

Se acercó a mí. Mucho. Más que el día anterior… o eso me pareció. En un movimiento rápido, me cogió por las caderas y me dio la vuelta. A mí se me escapó un jadeo por la sorpresa.

—¿Eso ha sido susto o expectación? —susurró junto a mi oído y noté la sonrisa en su voz.

—Eres imbécil. —Me reí—. ¿Lo sabes?

—Lo sospechaba…

Una de sus manos se coló en la cinturilla de mi pantalón para engancharme la petaca, y a mí me dio la impresión de que se internó más que el día anterior.

Lo mismo que la otra mano subiendo por mi pecho para colocarme el micro.

¿Era posible que todo fuera igual, pero que solo con saber que a él le gustaban los tíos lo estuviera interpretando todo diferente?

Al parecer, sí tenía más prejuicios de lo que pensaba.

Siempre me había considerado una persona de mente abierta, pero esa situación me estaba demostrando que no lo era tanto como yo creía.

En mi defensa diré que no me causaba rechazo ni repulsión, solo era… raro.

Se le escurrió un par de veces el micro y estuvo trasteando por debajo de mi camiseta bastante más que la otra vez. Y no solo con los nudillos o el dorso, también con toda la mano abierta.

—Perdona, estoy torpe hoy —dijo—. No sé por qué he empezado a ponerlo así, si desde atrás es más difícil —murmuró como para sí mismo.

Notaba su respiración en mi nuca y su pecho pegado a mi espalda.

Sus manos torpes seguían sin encontrar el camino y a mí se me empezó a erizar la piel por voluntad propia.

Su mano descendió desde mi pecho a mi vientre muy despacio y yo hice mi mayor esfuerzo por no soltar un gemido.

Él apoyó la frente en mi hombro y se empezó a reír.

—¿Qué pasa? —pregunté.

—¿Tienes pensado pararme o estás esperando a que te haga una paja?

—¡Joder, ¿lo estabas haciendo adrede?! —me indigné y aparté sus manos de golpe.

Él ahí dejó salir todo el aire en una carcajada y yo me di la vuelta para mirarlo a la cara—.

Eres un cabrón. Yo pensando que era un retrógrado y que me estaba sugestionando y tú vacilándome —quise sonar más indignado de lo que conseguí.

—Venga, Milo, no te enfades, que te ha gustado. —Me rozó apenas un segundo la barbilla con el dorso de la mano y yo se la aparté casi antes de que lo hiciera él, que se limitó a reírse más fuerte.

—No flipes —dije al tiempo que se me escapaba un poco la risa—. Eres un crío.

—¿Tú crees? Porque yo juraría que hasta hace un momento te parecía todo de lo más adulto…

—Imbécil. —Me mordí la sonrisa que no quería enseñarle para que no pensara lo que no era—. Estaba haciendo un esfuerzo para ser tolerante y no meterte una hostia…

—¿Seguro? Mira que yo creo que lo que querías meterme era otra cosa…

Mis ojos se abrieron más allá de sus posibilidades y ahí fue él quien se rio con más ganas.

—¡Pero ¿cómo flipas?! —me indigné.

—Era coña, Milo. Solo quería relajar un poco el ambiente. No quería que estuvieras raro conmigo después de lo de la otra noche…

—¿El qué de la otra noche?

—¿Vamos a fingir que no te quedaste mirándome follar con Tania o que no te acuerdas?

Vale, perfecto entonces, un problema menos.

—Sonrió. Yo noté cómo me subía toda la sangre a la cara, pero no fui capaz de decir nada.

Por suerte para mí, no hizo falta, él se limitó a dar una palmada en el aire y siguió hablando—: Venga, pues vamos a grabar.

Apenas unos minutos después, ya estábamos colocados como la vez anterior. Él tras la cámara y sobre el billar y yo en mi maltrecho sofá.

—Vale, si no recuerdo mal, te quedaste por la llegada de Raúl al grupo y el «flechazo musical». —Hizo el gesto de las comillas en el aire para enfatizar sus palabras.

—Sí. —Sonreí con cierta nostalgia—. Fueron buenos tiempos… Sergio, Raúl y yo encajamos de putísima madre. Quedábamos muchísimo para ensayar y nos iba muy bien. Probamos a un par de cantantes y con una llegamos a estar más de seis meses, pero al final la cosa no cuajó.

—¿Y entonces?

Respiré hondo.

—Entonces apareció Madi y algo en el grupo hizo clic y encajó del todo. Fue una época brutal. Ensayábamos casi a diario, hacíamos versiones, tocábamos mis canciones… —Suspiré.

—Y empezaste a salir con ella.

—Eso no forma parte de Póstumo —puntualicé en tono serio.

—Vale, no lo añadiré en el montaje final, pero ¿me lo quieres contar?

—Tampoco es muy interesante… Me fui enamorando de ella, no fue un flechazo, fue más algo que fue creciendo con el tiempo, pero cuando me quise dar cuenta estaba pilladísimo.

Ella tenía que dejar el piso en el que vivía y buscarse otro, por casualidades de la vida, y yo vivía solo, así que se vino a vivir conmigo.

—¿Vivías solo? ¿Y ahora compartes piso con tres personas?

—Sí, vivía en la casa de mi madre… Bueno, cuando murió, pues la heredé yo. Y vivía ahí… Y cuando Madi se largó, sentí que necesitaba salir de ahí, que esa casa solo me traía recuerdos dolorosos… Yo qué sé, soy más débil de lo que pensaba, supongo…

—No me lo pareces.

—¡Ya! —Bufé—. Pues eso, que me puse a buscar habitación en un piso compartido y encontré ese… A Andrés ya lo conocía por Sergio, habían sido colegas en la uni y Sergio les hacía músicas y tal… Bueno, y a ti, claro, estabais todos en lo mismo, ¿no?

Ori asintió.

—Sergio me caía bien, pero sin más. Nos invitó a ir a uno de vuestros bolos y ni siquiera era lo mejor del concierto.

—¿Qué era lo mejor del concierto?

—Tú.

—¡Ya, claro! —Me reí—. Ya te dije que sí a esto, no necesitas hacerme la pelota…

Se cruzó de brazos de modo despreocupado y me miró sin pestañear.

—No estoy de coña —aseguró—. Tienes un aura y un flow que no tenía él… Ni la chica que cantaba… El grupo eras tú.

—Las canciones eran mías y ya. El grupo éramos todos.

—Ya te digo que no.

—Si fuera como dices, no se habría cancelado el contrato con la discográfica, me lo habrían ofrecido solo a mí.

—Esa gente solo quería números, no arte… Pero bueno, que no estoy aquí para convencerte de nada. Sigue… Te fuiste a vivir con ella… ¿Y?

—Pues eso. —Me rasqué la nuca—. Que me enamoré de ella, en fin, ya sabes cómo es eso…

—No —negó muy convencido.

—No ¿qué?

—Que no lo sé. —Se encogió de hombros.

—¿El qué no sabes?

—Cómo es «eso».

—¿El qué?

—Enamorarse.

—¿Nunca te has enamorado?

—No.

—¿Vas en serio?

—Muy en serio —aseguró—. Yo no me enamoro, pero no tiene más importancia…

—¿De verdad nunca te has enamorado? ¿No has salido con nadie? —pregunté con curiosidad real.

—No y sí. He tenido parejas, tanto chicas como chicos, y no me supone un problema ser monógamo, pero nunca he sentido amor romántico…

Siento amor por casi todo el mundo que conozco.

—Se llevó una mano al pecho—. No me interpretes mal.

Quiero mucho a mis amigos, a mis parejas cuando las tengo e incluso a mis ligues…

, pero no me enamoro. No pretendo hacerle daño a nadie y siempre lo aviso, pero supongo que todos piensan que pueden cambiar eso de mí.

—Volvió a encogerse de hombros—. Pero hasta el momento no ha pasado.

—Eres un tipo peculiar, Oriol Tusquets. —Sonreí.

—Y tú eres un tío muy interesante, Milo Vergara.

—¿Yo? Para nada: soy el fracaso hecho persona.

Bajó del billar y vino hasta el sofá para sentarse a mi lado, girado hacia mí, y dedicarme toda su atención al decir:

—Ni-de-pu-ta-co-ña.