13 Crema de espárragos
CREMA DE ESPÁRRAGOS
Me desperté antes de que sonara el despertador.
Estaba muy cansado y no quería levantarme, pero esa pequeña parte del cerebro que asumía que era adulto me recordó que no tenía más remedio que hacerlo.
Me había pasado media noche sin poder dormir y chupando techo.
Creo que me aprendí cada mancha y cada imperfección de la escayola.
Otro puñado de neuronas que había malgastado en algo del todo inútil, empezaba a ser algo muy mío.
Normal que no pudiera componer una puta canción, si empleaba mi escasa masa gris en gilipolleces…
El olor a café invadía la casa y deseé con todas mis fuerzas que fueran Lucía o Andrés, no me apetecía nada cruzarme con Ori o con Tania.
Me puse un pantalón de chándal y una camiseta y fui hasta la cocina.
Mi peor temor se hizo realidad: allí solo estaba Ori, de espaldas a la puerta, con pinta de recién duchado y sirviéndose un café.
Cuando vi que se giraba, desvié la mirada para no cruzarla con la suya.
—Buenos días —dijo él.
—Buenos días —contesté sin prestarle atención—. ¿No están Lucía o Andrés?
—Se acaban de ir.
—Hmm…
Empecé a moverme como un autómata y traté de evitar, en todo momento, mirarlo directamente. Abrí la nevera. Cogí el brik. Cerré la nevera. Fui hasta donde estaban las tazas y alcancé una. Me eché café. Pero, justo cuando iba a echar el contenido del envase, él me rodeó la muñeca con la mano.
—¿Crema de espárragos? —preguntó.
Miré el cartón y comprobé que efectivamente no era leche, tenía toda la pinta de ser una de las mierdas sanas de Andrés.
—Joder, estoy sobado. Gracias.
Eché un vistazo a la encimera sin levantar la cabeza, y no tardé en localizar la leche de verdad. Terminé de prepararme el desayuno mientras Ori parecía querer hacerme hablar.
—Anoche llegaste tarde.
—Sí —murmuré distraído—. Tuvimos ensayo.
—¿Ensayo? ¿En serio? ¿Ya tenéis grupo?
—Bueno… Supongo que sí. En principio fue una prueba, pero salió tan bien que parece que ya está claro… No sé, ha ido todo demasiado deprisa…
—Genial.
—Sí, supongo.
Guardé la mierda de Andrés en la nevera y cogí mi taza. Me apoyé contra el mármol y di un primer trago sin apartar la vista del suelo, como si estuviera muy concentrado pensando en algo.
—Milo.
No contesté, me limité a emitir una especie de gruñido.
—Eh, Milo —insistió.
—¿Qué? —dije, todavía mirando el café.
Hubo un segundo de silencio que se me hizo eterno.
—Milo, mírame.
No lo dijo en ningún tono especial, ni siquiera a más volumen del acostumbrado. Solo lo dijo. Y yo tragué saliva y levanté la vista. Su mirada transmitía calma. Inclinó apenas la cabeza antes de hablar.
—Buenos días —volvió a decir.
—Eso ya lo has dicho.
—Quería confirmarlo… ¿Todo bien?
—Sí, todo bien. —Me encogí de hombros—. He dormido regular.
—¿Por algo en especial?
—¡No! —me apresuré, quizá demasiado, a aclarar.
Y ahí sí que le cambió la expresión y lo vi morderse la sonrisa que amenazaba con escapársele.
—Mñuenos dñías —gruñó Tania, que entró en ese momento con una coleta mal hecha, la cara lavada y vestida con una camiseta y un pantalón corto.
—Buenos días —respondió Ori.
—Joder, Tania, creo que nunca te había visto tan guapa —le dije con una sinceridad que me salió del alma—. No sé para qué pierdes tanto tiempo en arreglarte, si así es como mejor estás.
Ella, en respuesta, me enseñó el dedo corazón.
—Que te jodan, Milo —respondió a mi cumplido y luego se giró hacia el que la había hecho gemir la noche anterior—. ¿Café?
Ori le tendió una taza que ya debía de tener preparada y, en cuanto ella la cogió y se sentó en una de las sillas a bebérselo, él me pilló por sorpresa de la muñeca y me arrastró al pasillo.
Fue todo tan rápido que no pude ni reaccionar.
El punto donde sus dedos se aferraban a mi piel ardía como si me fuera a salir un sarpullido y mi corazón había comenzado a marcarse un ritmo tan rápido y desacompasado que no debía de haber metrónomo en el mundo capaz de pillarle el punto.
Me soltó en cuanto entramos en mi habitación. Luego cerró la puerta tras él. Se acercó mucho a mí, mucho más de lo que yo esperaba, pero no me aparté. Me quedé clavado en el sitio y creo que hasta dejé de respirar.
—¿Te mola Tania? —susurró, aunque no habría hecho falta, porque los oídos de mi compañera de piso quedaban muy lejos—. ¿Me estoy metiendo en medio de algo? ¿Por eso estás raro conmigo?
—N-no, para nada —aseguré y crucé los dedos mentalmente para que se conformara con la versión breve, porque «no, estoy raro porque ayer me mirabas a mí mientras te lo montabas con ella y luego me vine aquí mismo y me hice una paja.
Y si encima pienso que a ti te mola follar con tíos, toda esta movida me da un vértigo que me muero» era una explicación demasiado elaborada que no me apetecía compartir con él en ese momento…
Ni en ninguno, la verdad. De hecho, no pensé que fuera necesario aclarar algo así.
No dejaba de resultar extraño que él no estuviera en absoluto raro conmigo.
—¿Seguro?
—Segurísimo, tío —respondí con entereza y le di un golpe en el hombro—. Ve tú a por ella, sin problema.
—No, yo con ella ya lo he hablado, ninguno queremos nada con el otro más allá de un polvo despistado de vez en cuando.
—Pues como yo.
—Vale, me quedo más tranquilo. ¿Todo bien entonces entre nosotros? ¿Sigue en pie lo del sábado?
—Sí, claro —asentí con más convicción de la que sentía.
De repente, la idea de estar a solas con él en la tienda cerrada me despertaba sentimientos encontrados, era algo que me apetecía hasta casi ilusionarme y, al mismo tiempo, me provocaba unos nervios en el estómago que parecían pellizcarme las tripas.
—Guay, me alegro. —Sonrió—. Lo último que quiero es darte mal rollo o que estés raro conmigo.
—Tranquilo por eso. —Me forcé a sonreír—. Nos vemos el sábado.
—Genial. —Me dio una palmada en el hombro.
—Bueno, me voy a la ducha, que tengo que abrir la tienda. Nos vemos, Ori.
Los días que separaban ese miércoles del sábado pasaron a una velocidad desigual.
Las horas solo en la tienda se me hicieron más eternas que nunca, pero las dos noches que quedé para tocar con el nuevo grupo volaron.
En ese sentido, todo fluía, era como si lleváramos mucho más tiempo con ellas.
Yo no terminaba de ver lo de ser el que cantara, pero, de momento y para ir pillándonos el punto, estaba bien así.
Todavía no teníamos nombre ni canciones nuevas, pero ni siquiera nos preocupaba.
Con tocar versiones y algunas de las nuestras antiguas era suficiente.
Yo no quería entusiasmarme demasiado, prefería ser prudente y no volcarme de más en algo que no estaba claro si iba a salir bien.
El viernes por la tarde, vino Lucía a echarme una mano en la tienda porque teníamos un evento para el que esperábamos a bastante gente.
Pese a las reducidas dimensiones del local, un grupete de rock alternativo, Mala fe, me había pedido tocar unos temas en acústico para presentar su maqueta nueva.
Me habían traído copias hacía un par de semanas y ya las tenía a la venta en la tienda.
Lo cierto era que de vez en cuando venía alguien preguntando por ella.
Se estaban vendiendo bastante bien, les auguraba un buen futuro.
Mejor que el de Póstumo en vida desde luego, aunque tampoco era muy difícil.
Mi gótica compañera llegó todo lo puntual que acostumbraba y lo primero que hizo fue ir a la trastienda a dejar sus cosas.
—Has limpiado la salita —dijo al volver junto a mí.
—A veces pasa… —contesté sin darle más importancia.
—Ni una vez en el último año —aseguró.
—«A veces» es un periodo de tiempo relativo.
Sonrió con esos labios negros y me miró de reojo.
—¿Por qué has limpiado?
—Porque había un espíritu maligno y no estabas aquí para hacerte amiga suya…
—¿Intentas impresionar a una chica?
—Claro que no. —Bufé.
—¿Y la cámara esa tan tocha?
—Ah, de un colega de Andrés, que está grabando una movida y me pidió si la podía dejar ahí unos días. —Me encogí de hombros para no darle más importancia.
—¿Qué movida?
—Una que no te importa, no tiene que ver con cementerios ni gente bebiendo sangre dentro de calaveras.
—Qué capullo eres. —Se rio.
—Lo sé, pero me quieres así.
—Eso es lo que te salva.
No tardó en llegar la gente, incluido mi bajista, que venía con ganas de hacerme partícipe de sus planes de conquista.
—Creo que me mola Fanny —me dijo cuando Lucía estaba ocupada echando una mano a los del grupete que iba a tocar—. ¿O crees que tengo más posibilidades con Lena?
—No la líes, Raúl —le advertí—. Si intentas ligar con alguna de las dos, la vas a espantar y nos tocará volver a montar el grupo.
—No veo por qué.
Resoplé porque me desesperaba cuando empezaba con lo mismo una y otra vez.
—Raúl, déjalo estar. Pasa de ellas en ese sentido. El grupo es el grupo, no mezcles cosas.
—Joder, nunca me apoyas, nano.
Bufé y lo miré a los ojos.
—No puedo apoyarte en esto, tío. Estoy viendo venir el drama de lejos.
—Pues yo no veo por qué.
—Joder, Raúl —empecé a cabrearme—, pues porque no va a salir bien.
—Ah, vale, tú sí que puedes, pero yo no… ¿Es eso?
—Yo no voy a intentar nada con ninguna de ellas.
—Ya, pero con Madi sí, era lo mismo.
—Pues igual por eso, porque ya tengo experiencia y te puedo decir con conocimiento de causa que es una mala idea…
—A vosotros os salió mal, pero igual a nosotros…
—¡¿A quienes?! —lo interrumpí a más volumen de lo esperado—. ¡Pero si ni siquiera sabes cuál de las dos te mola! Yo de Madi estaba enamorado, viví dos años con ella… ¡Era mi puta familia!
Me di cuenta de que se me había ido un poco la olla cuando comprobé que todo el mundo en la tienda se había quedado en silencio y mirándome.
—Perdón —dije dirigiéndome a todos y a nadie—. Os invito a unas cervezas.
Abrí la caja, saqué un billete y se lo tendí a Raúl.
—En el ultramarinos del final de la calle tienen latas de cerveza frías, tráete dos bandejas, así de paso te da el aire.
—Vale —refunfuñó, pero cogió el dinero y salió por la puerta.
La campanilla tintineó con el mismo buen rollo de siempre, ajena por completo al mosqueo de mi amigo. Yo me quedé un momento mirando el cristal con una sensación incómoda en el pecho.
—Bonito show —dijo Lucía, que acababa de volver al mostrador.
—Gracias, llevo años ensayándolo.
—Se nota.
Empecé a ordenar unas chapas que ya estaban todo lo ordenadas que podían estar, pero la mirada inquisidora de Lucía no dejaba de seguirme.
—Si esto va a ser algún tipo de juicio —solté—, espero velas negras y un pentagrama pintado en el suelo. Qué menos que un poco de ambientación…
—No flipes, el juicio te lo estás montando tú solo.
—Pues entonces ya está: me absuelvo y cerramos el caso…
—Eso espero, Milo, que en algún momento te absuelvas de verdad y puedas cerrarlo del todo.
Apreté la mandíbula con fuerza y le sostuve la mirada.
—Está todo más que cerrado —aseguré.
—Ya —se limitó a decir, y fue peor que cualquier sermón de los suyos.
Desde el fondo de la tienda comenzaron a sonar los primeros acordes y nos dieron la excusa para dejar el tema ahí.
—Relájate, poeta maldito —dijo por fin—, que aquí vendemos discos, no dramas.
Yo bufé por respuesta y me limité a mirar las chapas perfectamente alineadas, con un orden tan forzado como el que sentía que tenía toda mi vida.