Adicto al fracaso 12 Desafinado #2
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12 Desafinado #2

—Mira, no seáis cabrones —protesté—. Lo de cantar ya me hace poca gracia, pero cantar en inglés…

—Algún temazo en inglés hay que meter. Te las escribiremos fonéticamente, pero dale, Milo.

Refunfuñé, pero me uní a ellos, porque había algo en el ambiente que me hacía querer ir a tope con ellos.

Llegué a casa con el subidón del ensayo.

Hacía mucho que no me sentía así. Haber recuperado ese sentimiento era algo grandioso.

Necesitaba la música, necesitaba tocar y necesitaba hacerlo en un grupo.

Ese era yo y así quería que fuera. No obstante, mi intención era ser prudente, y seguía dándole vueltas a si meter a dos tías con Raúl era buena idea, pero el flow que había sentido tocando con ellas me había despertado algo dentro que llevaba tiempo dormido.

Cerré la puerta con el pie y solté las llaves en el mueble de la entrada, como siempre.

Entonces escuché algo que reconocí enseguida: un ritmo constante, los golpes de un cabecero contra la pared, el inconfundible modo de respirar de Tania cuando está en el tema… Sonreí, supongo que por inercia, porque me asombraba que no perdiera ocasión. Y me alegraba por ella, la verdad.

Mi intención era ir directo a mi habitación, pero, al pasar por delante de la suya, noté que la puerta estaba abierta.

Y miré. No sé por qué lo hice, ni lo pensé.

Supongo que fue un reflejo. Podría haber apartado la mirada, pero cuando vi que era Ori el que estaba con ella, me quedé clavado en el sitio.

Tania estaba tumbada sobre la cama y él encima, con las piernas de ella rodeándole las caderas.

Sus pies chocaban contra el cabecero y sus cabezas estaban orientadas hacia la puerta.

Los movimientos eran firmes y decididos.

Él se apoyaba sobre sus manos y mantenía todo el torso en tensión, al menos hasta donde alcanzaba la vista, que era donde su cuerpo se unía al de ella.

Algo me mantuvo anclado ahí, inmóvil. Ori levantó la cabeza y me vio.

No tengo muy claro por qué, porque no hice ruido ni dije nada.

Su expresión no se inmutó, pero nuestros ojos se engancharon durante apenas unos segundos.

Él no se detuvo. Siguió moviéndose como si mi presencia no cambiara nada, pero esa forma de mirarme yo sentía que lo cambiaba todo.

Y también sentí… Puto fuego en la cara, eso fue lo que sentí.

Aunque no tenía claro si era por vergüenza, mosqueo o alguna otra cosa.

Di un paso hacia atrás. Yo no tenía motivos para sentir vergüenza. Luego otro. Tampoco había razón para estar enfadado. Y otro más. No estaba nada claro por qué mi cuerpo había reaccionado así.

Llegué a mi dormitorio y yo sí cerré la puerta, como deberían haber hecho ellos. Luego me apoyé contra la madera y solo entonces fui consciente de que estaba temblando. Mi corazón latía desbocado y me sudaba todo el cuerpo.

Sentí que me ahogaba, con esa trampa mental que te hace creer que no puedes respirar aunque tu mente te asegure que no es cierto. Me quité la camiseta y la cosa mejoró un poco, pero no lo suficiente. Terminé de desnudarme casi por inercia y me metí en la cama.

Cerré los ojos y respiré hondo, pero eso no sirvió sino para traer a mi mente con más nitidez las imágenes que debía olvidar: las piernas de Tania alrededor de unas caderas que no eran las mías, el cabecero golpeando la pared, el torso tenso bajo la tenue luz de ambiente…

Estaba dolorosamente empalmado y ni siquiera tenía claro en qué momento había pasado.

—Joder…

Bajé la mano y busqué alivio con una actitud que quizá no era la indicada.

Desde luego, no era la habitual. Tenía prisa por terminar y estaba muy cabreado.

No quise indagar en el motivo, pero puede que se debiera a haberme visto abocado a hacer eso por una respuesta física de mi cuerpo que yo no había buscado.

Evoqué a Tania, mi mente fue a por ella.

Recreé las veces en las que había estado conmigo.

Pensé en cuando esos gemidos eran por mí, en su boca entreabierta, su modo de arquear la espalda, su respiración entrecortada, su piel cubierta de sudor…

Pero no hacía más que engañarme y no era ninguna de esas la imagen que venía a mi mente de modo natural.

Era el momento exacto en el que él había levantado la cabeza.

Era su torso tenso aguantando la presión del momento.

Era su gesto imperturbable al mirarme sin detener lo que estaba haciendo.

Era ese puto modo de observarme. Sentía como si todavía estuviera ocurriendo, y eso, en lugar de hacer que me detuviera, solo hizo que mi mano se acelerara más.

Apreté más fuerte y me di mucha prisa. El movimiento, de tan rápido, casi se volvió incómodo. Solo quería terminar y cerrar esa fantasía que no era del todo limpia, sino que mezclaba diferentes imágenes contra mi voluntad.

Me corrí con los ojos cerrados, los dientes apretados y el nombre equivocado cruzando mi cabeza, aunque no llegué a pronunciarlo en voz alta.

Me quedé bocarriba, todavía con la respiración agitada, apenas unos segundos.

Me limpié rápido, como si necesitara ocultar las pruebas de lo que me parecía casi un delito.

Y de nuevo permanecí un rato tumbado en la cama mirando al techo.

Ya no estaba excitado, y ni siquiera me sentía bien. Pero tampoco sucio ni culpable. Me sentía… desafinado. Como si alguien hubiese subido la canción medio tono sin avisar y yo hubiera seguido tocando en el tono equivocado sin darme ni cuenta.