Adicto al fracaso 12 Desafinado
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12 Desafinado

DESAFINADO

—A ver, explícamelo otra vez, que no lo pillo —pidió Raúl cuando ya íbamos en el metro, cargados con la guitarra, el bajo y ambos amplis, de camino a la dirección que me había dado Fanny el día anterior—. Entonces ¿es una tía buena que toca la batería? ¿Qué sentido tiene eso?

—¿Cómo que qué sentido tiene? —Me reí. Con Raúl era imposible no hacerlo.

—No sé, tío, no le veo la gracia a tener a una tronca en el grupo y que se esconda detrás de la batería. ¿Crees que será buena de verdad? Mira que Sergio era un crack… —Mi gesto debió de delatarme, porque se apresuró a aclarar—: y un hijo de puta, claro, pero tocaba de la hostia.

—Ni idea, en un rato saldremos de dudas.

El metro se detuvo y nos bajamos. Comenzamos a caminar hacia las afueras del pueblo en el que nos había dejado el tren, donde se ubicaba la nave que albergaba las salas de ensayo de precio razonable a las que ya habíamos ido alguna que otra vez. Tras un rato caminando, Raúl volvió a hablar:

—Y si nos mola, ¿le decimos que sí? ¿Vamos a tener a una tía de batería?

—No sé, ¿por qué no? Si es buena…

—¿Crees que puede ser tan buena como un tío?

—Pues tiene que ser muy políticamente incorrecto decir que no, pero no puedo evitar pensarlo. —Me rasqué la nuca—. Qué asco damos.

—Sí, vamos a darle una oportunidad a la chica… Lo mismo es el amor de mi vida…

—¿Qué tendrá que ver una cosa con la otra? No vamos a cogerla de batería porque te mole… Que te va a molar, lo tengo claro. Además, ¿no habíamos dicho que nada de rollos en el grupo?

—No, me dijiste que no me tirara a la cantante… Y ella sería la batería. —Sonrió como si fuera una mente privilegiada que había conseguido colarse por una grieta del sistema, por un vacío legal en nuestro trato.

Yo negué con la cabeza con auténtica diversión.

—Si en todo este tiempo no has conseguido ligarte a ninguna tía, ¿crees que la primera va a ser esta?

—Pues oye, nunca se sabe —se defendió.

—Calla, que está ahí. —La señalé con la cabeza, aunque estábamos todavía a una distancia suficiente como para que no pudiera oírnos.

—Joooder. —Tras ese comentario tan ingenioso, Raúl soltó un silbido—. Está buenísima… ¿Quién es la que está con ella?

—Ni idea, ayer vino sola…

—¿Cita doble? —susurró acercándose más a mí, supongo que porque ya nos aproximábamos demasiado a ellas—. ¿A cuál te pides?

—No me pido a ninguna —contesté con cansancio en la voz—. Estamos aquí para tocar.

—Eso quiero: tocar.

Le di un codazo para que se callara porque ya estábamos demasiado cerca de ellas.

—Hola, Milo —me saludó Fanny—. Ella es mi amiga Lena. Le apetecía venir a vernos tocar, espero que no os importe.

—Sin problema —confirmé.

Ella se giró hacia mi amigo.

—Tú debes de ser el bajista, ¿verdad?

—Raúl —lo presenté.

—Encantado —dijo él.

—Pues ya nos conocemos todos —siguió Fanny y sacó unas llaves—. Vamos para dentro.

El local no era de los más pequeños en los que había tocado, aunque tampoco es que diera lugar a mucho más.

Tenía la batería montada, tal como había asegurado ella el día anterior.

Aparte de eso, había un soporte múltiple de guitarras con una eléctrica del mismo palo que la mía y una acústica.

También un par de amplis y un micro. Completaban la decoración una nevera pequeña, similar a la que tenía yo en la tienda, un sofá que parecía pedir a gritos la eutanasia y varios pósters de bandas de música y carteles de películas en los trozos de pared que no estaban acolchados.

—Poneos donde queráis —dijo Fanny mientras se sentaba directamente en la banqueta de la batería. Luego dio un par de vueltas a las baquetas en el aire y señaló con ellas una regleta que llegaba hasta el centro de la sala—. Ahí os podéis enchufar.

—Guay —contestó mi colega.

—¿De quién son esas guitarras? —pregunté mientras conectaba mi ampli.

—De Lena. —Fanny señaló a su amiga, que se había dejado caer sobre el lamentable sofá.

—¿Tocas? —pregunté quizá con más sorpresa de la que habría mostrado si hubiera sido un tío. Los prejuicios son una mierda, pero también una realidad.

—Un poco —aseguró ella y a Fanny se le escapó una carcajada.

—De «un poco» nada, ¡toca de la hostia! —Hizo un redoble y luego dio un fuerte golpe en el crash.

—Dime que también cantas y tenemos el grupo completo —pidió Raúl.

—No, no canto —negó ella.

—No canta, no —aseguró Fanny divertida—. Es horrible.

Lena le enseñó el dedo corazón y la otra se rio más fuerte todavía.

—Bueno, ¿qué tocamos? —preguntó la batería—. ¿Alguna de las vuestras? Estabais en Póstumo en vida, ¿verdad? Tengo la maqueta, podemos tocar alguna de esas. Me las sé.

—Me cago en mi puta estampa —murmuré y Raúl se rio.

—Venga, Milo, no seas agonías, vamos a tocar alguna de las nuestras.

Fanny empezó a marcar el ritmo y Raúl asintió con la cabeza.

—Buena elección —sentenció.

Yo me uní contra mi voluntad, y porque no me quedaban más cojones.

Parecía como si Fanny y Raúl hubieran tocado juntos infinidad de veces…

De él no me sorprendió, porque ya le pasaba conmigo, pero el nivelón de ella era similar al de Sergio.

O puede que incluso más. El groove que estaban marcando entre la batería y el bajo invitaba al movimiento.

A mi guitarra no le costó nada entrar en el rollo.

Y, al echar un vistazo a la chica que seguía en el sofá, comprobé que se le iban las manos y los pies solo de escucharnos.

Rasgué un riff justo en ese momento y ella asintió casi sin darse cuenta.

Le hice un gesto con la cabeza para invitarla a coger su guitarra y unirse.

Lo pilló a la primera y no se hizo de rogar.

Enchufó su ampli en un visto y no visto y comenzó a marcarse un acompañamiento que nos dejó a Raúl y a mí flipados.

La canción cogió más cuerpo del que había tenido nunca.

Me sentí vibrar, se me erizó la piel de todo el cuerpo y me llené de una euforia que hacía meses que no experimentaba.

Era brutal tocar con ellas, nos entendíamos, había feeling, había flow y, lo más importante, había ganas de seguir tocando.

—Milo, canta —pidió Raúl, intentando hacerse oír, a duras penas, por encima del sonido.

Yo negué con la cabeza.

—¡Milooooo, cantaaaaaaaaaaa! —pidieron a continuación los tres a gritos.

Resoplé y bufé para dejar clara mi disconformidad, pero lo hice.

Me acerqué al micro y mi voz grave y rasgada se hizo con la melodía.

Entre el cuerpo que le daba la otra guitarra y mi voz tan diferente a la de Madi, parecía otra puta canción.

Y era mejor. Mil veces mejor. No es que yo cantara mejor que ella, ni muchísimo menos, pero había llegado a odiar tanto esa maqueta, que sentirla tan diferente era un puto soplo de aire fresco.

No hizo falta decir nada. Cuando terminó el tema, Fanny se puso directamente a marcar el ritmo del siguiente. Y así, sin palabras, tocamos los cuatro de la maqueta con el mismo buen rollo del primero. Terminamos el último con un golpe seco de la batería y Lena y yo dimos hasta un salto. Bru-tal.

—¡Ha sido la hostia! —se entusiasmó Raúl—. Nunca habría pensado que dos tías tocaran así de bien —añadió como uno de esos comentarios tan suyos que explicaban por sí solos por qué la virginidad seguía siendo su fiel compañera de vida.

—Se te han caído unos pocos prejuicios machistas —dijo Fanny desde la batería—. Acuérdate de llevártelos cuando te vayas.

—Perdón, perdón, perdón. —Raúl enfatizó su disculpa juntando las manos como si estuviera rezando—.

A veces soy un poco bocachancla… Pero la verdad es que nunca había tocado con tías y me habéis sorprendido para bien.

¡Por mí haríamos un bolo ya mismo! ¡Y lo de tener una segunda guitarra es un puntazo!

Los tres se giraron hacia mí con expectación.

—A ver. —Resoplé—. Sí, ha sido la hostia —confirmé—.

Y me encanta la idea de una segunda guitarra…

Pero lo cierto es que cuantos menos seamos en el grupo, más fácil es tomar decisiones y más probable también que nos salgan bolos.

Cuatro es el número perfecto, con cinco ya la cosa se nos va de madre…

—Somos cuatro —dijo Fanny como si fuera la cosa más obvia.

—Nos sigue faltando la cantante —aclaré.

—¡Canta tú! —dijo Lena.

—¡Sí, tío! ¡Canta tú! —se unieron Raúl y Fanny.

—No, no, para un ensayo, vale; pero necesitamos una cantante.

—¿Por qué? —quiso saber Lena.

—Porque yo no soy bueno. Mi voz es muy limitada. Necesitamos a alguien con un registro más amplio…

—Mira, Milo —siguió Fanny—, tienes un rollazo que flipas.

Si me lo permites, te diré que la canción ha ganado mil comparada con la versión de la maqueta.

Que sí, que la chavala tenía una voz única y reconocible y lo que quieras…

Y cantaba bonito, las cosas como son, pero era una figamolla, se notaba al escucharla…

Y que yo os vi en concierto. Le faltaba carácter.

Todo el que tienes tú. Igual porque las canciones son tuyas, ¿no?

¿Quién va a defender tus palabras mejor que tú mismo?

—No lo veo —aseguré.

—Yo sí —respondieron los tres a la vez.

—¿Votamos? —preguntó Raúl—. ¿Quién quiere que Milo sea el que cante?

Los tres levantaron la mano y yo me limité a resoplar.

—¿Y ya está? —farfullé—. Ya dais por hecho que este es el nuevo grupo y que tenéis voz y voto…

—Sí —confirmaron los tres, y yo no pude más que sonreír. Me habían hecho sentir bien. Puto mejor de lo que me había sentido en meses.

—Vaya encerrona —protesté—. Bueno, DE MOMENTO cantaré yo… Hasta que encontremos una solución mejor.

—Nos sirve —dijo Fanny.

—Habrá que cambiar el nombre del grupo, ¿no? —sugirió Raúl.

—Sí —confirmé enseguida—. Y, en cuanto se me pase el bloqueo este de mierda, compondré nuevos temas. No quiero tocar los de la maqueta… ni ningún otro de Póstumo, la verdad.

—Vale —aceptó Lena—. También podemos tocar versiones mientras tanto.

Empezó a tocar por su cuenta el principio de «Smells like teen spirit» de Nirvana y los otros dos se le unieron al momento.