Adicto al fracaso 11 Cincuenta fotocopias
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11 Cincuenta fotocopias

CINCUENTA FOTOCOPIAS

—Milo, necesito mis piernas, me estoy meando —escuché antes de abrir los ojos.

Estaba tan profundamente dormido que tardé en ubicarme e identificar la voz.

Mi espalda crujió cuando intenté incorporarme.

Había dormido con la cabeza en el brazo del sofá y Ori parecía haber hecho lo mismo en el contrario.

Nuestras piernas estaban enredadas de un modo que, medio dormido como estaba, no terminaba de entender.

Nuestros vaqueros eran tan parecidos que no tenía claro qué extremidades eran mías y cuáles suyas.

Moví las piernas tratando de deshacer el enredo y él hizo lo mismo.

—Joder, aún me mearé encima, ¿siempre eres tan torpe cuando te despiertas? —Se rio y yo también—. Por cierto, creo que te están llamando a gritos desde la calle.

Me hizo un gesto para que escuchara y obedecí.

—¡Miloooooooooo! —escuché a la perfección junto al sonido metálico de la reja agitándose.

—Mierda, ¿qué hora es? —gruñí. Ori consiguió soltar sus piernas y se fue directo al baño. Yo miré mi reloj y flipé—. Hostia puta, las diez y veinte, ya tendría que haber abierto la tienda.

Me encaminé hacia allí con la calma de ir todavía medio sobado y me desperecé por el camino.

Cogí las llaves que había dejado sobre el mostrador la noche anterior y comprobé que el que agitaba la reja era Raúl.

El sol lucía como si lo de la noche anterior no hubiera sido más que una pesadilla chunga.

—¡Milo, joder, que tenías que haber abierto hace media hora! —gritó desde la calle en cuanto me vio.

Abrí la puerta del local y finalmente subí los escalones e hice lo propio con la reja metálica.

—Vaya pintas, ¿estabas sobando? —preguntó al reparar en mi aspecto, supongo.

—Sí. —Mi reflejo en el cristal me confirmó que mi pelo hablaba por mí, pero es materialmente imposible tenerlo tan fino y tan largo como lo tengo y amanecer sin que parezca que has dormido con la cabeza en una centrifugadora—. Me pilló aquí la tormenta y pasé de irme.

—Bien pensado. —Entró conmigo en la tienda y abrió una carpeta que llevaba en la mano—. Mira, ya tengo el anuncio.

Cogí el papel que me tendió, un folio cutre en el que había intentado ponerse creativo y había escrito en rotulador negro, con más motivación que talento:

—¿Qué te parece? —preguntó con su entusiasmo característico—. Espero que bien, porque acabo de hacer cincuenta fotocopias.

—Joder, qué animal eres… Podías haberte esperado a que lo viera… —Me froté la cara, porque aún no había terminado de espabilarme—. Yo le hubiera dado una vuelta al texto, pero bueno, ya está, ¿dónde los vas a poner?

—Pues uno aquí en tu tienda, y los otros… No sé, creo que en tiendas de instrumentos, escuelas de música… Y con los que me sobren empapelaré la puta ciudad.

Ori salió en ese momento por la cortina de la trastienda, con el pelo un poco húmedo y poniéndose la chaqueta, y se acercó a nosotros. Raúl ya estaba colocando uno de los carteles con celo en la pared más despejada que encontró.

—Milo, me marcho. Gracias por todo. ¿Qué es esto? —Cogió uno de los miles de folios de Raúl—. ¿Vais a volver a montar un grupo?

—Estamos en ello, supongo —dije sin darle demasiada importancia.

—¿Y para qué buscáis cantante? ¿Por qué no cantas tú?

—Yo no canto —aseguré.

—El otro día en el garito ese donde subisteis a tocar lo hiciste. Tienes una voz muy personal, me encantaría escuchar tus canciones cantadas por ti.

—Pues mala suerte, porque eso no va a pasar… Además, queremos a una tía al frente de la banda.

—Bueno, tú sabrás. Por cierto, dejo lo de ayer ahí, ¿te parece? Así mantenemos el encuadre… No creo que pueda venir hasta el sábado, que tenemos una inauguración y seguramente nos tendrá liados toda la semana.

—Claro, sin problema. Deja lo que no vayas a necesitar y nos vemos el sábado.

—¿Inauguración de qué? —preguntó Raúl que no podía dejar pasar la oportunidad de comportarse como la vecina chismosa que llevaba dentro—. Tú eres uno de los colegas de Andrés, ¿no?

—Sí —confirmó Ori—. Inaugura un compañero, una expo de arte moderno. Y nos ha pedido a algunos que estudiamos con él que hiciéramos una performance en la inauguración.

—¿Qué es una performance? —preguntó mi inculto bajista.

—Arte moderno —le expliqué—. Una de esas «acciones» —hice el gesto de las comillas en el aire para enfatizar— en las que el artista se saca la polla y mea en un vaso y luego se lo bebe delante de todos y dice que es arte… ¿No, Ori? ¿No es algo así?

Él dejó escapar una carcajada antes de contestar.

—Bueno, eso podría ser una performance, sí, si tuviera algún tipo de discurso reivindicativo o concienciador detrás, aunque debo decir que no se parece a ninguna que yo haya hecho…

—¿Cuáles has hecho tú? ¿Te has sacado la polla en alguna? —quiso saber Raúl y yo no pude evitar reírme.

—He hecho varias. —Ori chasqueó la lengua—. Y en alguna nos desnudamos, sí. Pero porque lo requería la acción.

—¿Por ejemplo? —tanteé.

—A ver… —Hizo una mueca, aunque no parecía molesto, más bien daba la impresión de que le hacía gracia—.

Pues en una nos escribimos en la piel con zumo de limón fragmentos de los libros de texto que habíamos estudiado, tanto en la carrera como en el instituto y en el colegio.

Luego nos iluminaron con luz ultravioleta y se podía leer todo.

—¿Y eso tenía un «discurso» detrás? —preguntó Raúl.

—Claro, a simple vista parecía que no llevábamos nada, pero si mirabas del modo adecuado, podías ver que estábamos vestidos con nuestro saber. Era un modo de evidenciar que la construcción de nuestra identidad viene marcada por nuestra educación y nuestro conocimiento —aclaró.

—Ah —fue todo lo que Raúl pudo decir.

—Claro, Raúl —seguí yo—, está claro que la identidad no se puede construir con calzoncillos. No es exhibicionismo… ¡Es arte!

—Entonces, si en el próximo bolo salgo a tocar con la chorra fuera…, ¿es arte? —preguntó mi amigo y nos sacó una risa a los dos.

—A ver —protestó Ori—, la ropa es un condicionante, una construcción social que hubiera limitado nuestro mensaje. Cualquier prenda dice algo de ti, aunque sean unos calzoncillos. La idea era que fuéramos solo nosotros y nuestro conocimiento adquirido…

—Ya, como en el corto del otro día, ¿no? —insistí—. Es curioso que en vuestras expresiones artísticas la peña siempre acabe en pelotas… Puede parecer que el mensaje no es lo bastante potente y necesitáis transgredir de algún otro modo. ¿Me vas a hacer desnudarme en la entrevista del sábado?

—Eso solo si quieres, y en tu caso fuera de cámara. —Me guiñó un ojo y a mí se me secó la garganta.

Vale, estaba claro que había sido una vacilada y me la había buscado yo solito. Me calló la boca, porque, aunque sabía que era coña, mi mente no pudo evitar visualizarlo y me tuve que obligar a apartar esa imagen de mi cabeza.

—Bueno, chicos, me marcho —siguió Ori—. Lo dicho, Milo, nos vemos el sábado. Y yo que tú me peinaría y me pondría la camiseta de tu talla para atender a la gente.

—Sí, ya voy. —Me rasqué la cabeza un poco desubicado.

—Adiós, que vaya bien la semana —se despidió.

Y se largó.

—Vale, ¿qué hacía este aquí? —me preguntó Raúl en cuanto nos quedamos solos.

—Vino anoche. Me pidió el otro día si me podía grabar una entrevista, que quiere hacer un docu sobre lo que pasó con la maqueta de «Póstumo» y eso. Nos pilló la tormenta y nos quedamos sobados… Sin más.

—¿Y a mí no me entrevista por lo de la maqueta? ¿Por qué?

—Ni idea. —Me encogí de hombros—. ¿Quizá porque los temas de la maqueta eran míos y la banda la monté yo?

—Puede ser, pero yo podría dar mi punto de vista —protestó—. Y ¿qué es eso que ha dicho de desnudarte fuera de cámara? ¿Es maricón?

—Eso ha sido una vacilada. —Me pasé una mano por la cara y dudé si contarle lo que habíamos hablado la noche anterior.

No me dio la impresión de que Ori fuera de los que se esconden, y Raúl era un tío de mente abierta—.

Me contó anoche que es bisexual y yo me puse raro, supongo.

Y hoy necesitaba callarme la boca porque me estaba metiendo con su arte y me ha soltado eso, imagino que para que parara.

—Hice un gesto para quitarle importancia.

—Pero tú no eres gay, ¿no?

—No.

—Ni bisexual de esos, ¿verdad?

—Tampoco —insistí.

—Porfa, no te cambies de acera y te lo tires. —Juntó las manos en señal de súplica.

—No pensaba, ni de coña, vaya, pero ¿por qué? ¿A ti qué más te daría?

—Porque sería humillante que tú, después de follarte a tantas tías, empezaras con los tíos y yo… —miró a ambos lados y bajó la voz hasta que fue apenas un susurro—, pues virgen todavía.

Se me escapó una carcajada que no pude contener.

—Joder, Raúl, nunca sales por donde uno espera. —Le puse una mano en el hombro—. Quédate un rato aquí por si viene alguien, voy a peinarme y a cambiarme la camiseta para estar un poco más digno.

—Vale. Tampoco tengo nada mejor que hacer.

Ya por la tarde, estaba la tienda tan desierta como era habitual cuando la primera respuesta al anuncio de Raúl se materializó ante mí.

Yo me había llevado la guitarra al mostrador y estaba intentando sacar alguna frase decente que pudiera convertirse en canción.

La campanilla sobre la puerta anunció la llegada y yo levanté la vista sin estar preparado para lo que me iba a encontrar.

Puede que fuera la tía más buena que había visto nunca.

Era alta, medía más de metro setenta seguro.

Pelo largo y liso. Sin apenas maquillaje, pero guapa a rabiar.

Y con las curvas justas y precisas que los cánones de belleza que aquel 1998 dictaban.

—Hola, ¿eres Milo? —preguntó al llegar hasta mí. Yo me limité a asentir como si alguien me hubiera robado la voz—. Encantada, soy Fanny. —Me tendió la mano y se la estreché—. Estoy aquí por el anuncio que habéis puesto en la Asociación Musical de Benimaclet.

—Sí, claro —conseguí decir. Y crucé los dedos internamente para que su habilidad vocal fuera acorde a su aspecto. Con una tía así al frente de la banda, lo íbamos a petar en cada bolo, aunque solo vinieran por verla a ella.

—¿Hacéis prueba o es más un ensayo para ver si conectamos?

—Mmm, no sé, la verdad es que aún no lo hemos pensado… Los carteles han sido cosa de Raúl y los ha puesto esta mañana, yo no esperaba respuesta tan rápido…

—Ya, entiendo… Si queréis un ensayo, yo tengo local, que lo ponía en el anuncio. Eso daba puntos, ¿no? —Me guiñó un ojo—. Está la batería ya montada y todo, solo tenéis que venir a tocar…

—Ya, bueno, que esté la batería es lo de menos, porque todavía no tenemos quién la toque, está en el anuncio también, pero has llegado tú antes…

—Claro, por eso —insistió.

—Sí, pero vaya, que podemos hacer la prueba sin batería, y si nos encajas, ya nos ayudas a buscarlo, ¿no?

—A ver, Milo. —Agitó la cabeza y levantó las manos—.

Creo que no nos estamos entendiendo: he visto vuestro anuncio y he venido para hacer la prueba como BA-TE-RÍ-A.

La tengo montada en mi propio local de ensayo y podéis venir a tocar allí sin problema.

Aunque sea una tía, no soy cantante, soy batera…

—Ah, joder, perdona. —Me rasqué un poco la nuca—. Nunca había conocido a una chica que tocara la batería…

—Tranquilo. —Suspiró—. Me pasa siempre lo mismo… ¿Cuándo os viene bien? ¿Mañana?

—Tendrá que ser cuando cierre la tienda. ¿Ocho y media? ¿Dónde tienes el local?

—Ocho y media me va genial. Dame un papel, te apunto la dirección y nos vemos allí.

—Perfecto.