10 A la luz de las velas
A LA LUZ DE LAS VELAS
Me solté de su mano para meter la mía en el bolsillo y buscar el mechero.
Lo encendí y fui hasta la estantería donde tenía una caja con velas para situaciones como esa.
No eran infrecuentes los cortes de luz. Encendí varias candelas y las dejé sobre la inútil mesa de centro, pero mantuve una en la mano.
—Voy a ver si se ha ido también en el resto de la calle o solo es aquí.
—Te acompaño —murmuró Ori al ponerse de pie.
Me siguió de vuelta a la tienda pegado a mi espalda. La única luz era la vela que yo llevaba en la mano, que proyectaba sombras que hacían que pareciera que las paredes se acercaban y se alejaban, como si respiraran con nosotros. Sonó otro trueno y Ori se agarró a mi camiseta.
—¿Tienes miedo? —pregunté con algo de diversión, no lo niego.
—No soy fan de las tormentas, la verdad. No sé si diría miedo…, pero no me gustan. Y menos si estoy en un sitio extraño y pienso que tengo que volver a mi casa.
—No tienes por qué volver —dije sin pensar, más para tranquilizarlo que otra cosa—. Podemos quedarnos aquí hasta que pase la tormenta.
—Podría estar así hasta mañana.
—Tenemos cerveza y creo que en la nevera hay una pizza chunga… —Dejé la llama sobre el mostrador y cogí las llaves—. Ah, y la piedra que me ha dado el punki que dará para un par de porros… ¿Qué más le pides a la noche?
Ori dejó escapar una sonrisa y abrió la boca para decir algo, pero al momento la cerró y arrugó la nariz apenas un segundo.
—Nada —dijo por fin, pero estaba claro que no era eso lo primero que había pensado.
—Pues ya está —sentencié. Estuve tentado de preguntarle qué había querido decir en realidad, pero no estaba seguro de querer saberlo.
Me acerqué hacia la puerta de cristal y observé la cortina de agua que no dejaba ni ver la calle. Metí la llave y la giré.
—¿Vas a salir? —preguntó.
—Solo hasta la reja, desde aquí no se ve nada…
—Pues espera, que te quito el micro, por si acaso.
—Vale.
Se acercó tanto como antes y repitió el proceso. Fue algo más rápido, pero el roce era el mismo. La iluminación ambiental de apagón y el olor a lluvia (uno de mis favoritos del mundo) no ayudaban a que el momento fuera menos íntimo.
—Listo —susurró.
Yo salí al exterior y subí los escalones, todavía a cubierto. Sin llegar a abrir la reja pude comprobar que la calle estaba sumida en la oscuridad total.
—¡Nada, se ha ido la luz en todas partes! —grité para que me oyera por encima del sonido de la lluvia que, desde ahí fuera, era atronador.
Volví a entrar y Ori se me quedó mirando.
—Qué fuerte, te has mojado entero, y eso que estabas bajo techo. —Me pasó una mano por el pelo para comprobar que era así.
—Un poco —confirmé al palpar mis prendas y mi melena—. Creo que tengo algo de ropa aquí, ahora me cambio. —Me quité la camiseta y me sequé con ella el pelo y los brazos—. Vamos dentro, ¿pillas tú la vela?
Él asintió y fue a cogerla. Me siguió hasta la trastienda y la colocó junto a las otras. Yo me puse a rebuscar entre los enredos que tenía y solo encontré una camiseta, que además tenía ya varios años. Ni rastro de pantalones. Así que me puse la parte de arriba y me resigné a los vaqueros húmedos.
—Pues nada, con estos me quedo, ya se secarán. Joder —protesté—, qué incómoda es la camiseta, es como volver a tener dieciséis años, parezco la foto de «antes» del anuncio de un gimnasio.
Él se rio y yo saqué un par de cervezas de la nevera antes de dejarme caer de nuevo a su lado en el sofá. Le tendí una y le di un trago a la otra. Estábamos tan cerca que hasta nuestras rodillas se tocaban, a través de los pantalones, por supuesto.
—Bueno, ibas a hablarme de ti —le recordé.
—¿Qué quieres saber? —Se giró un poco para quedar de lado en el sofá, de cara a mí. Yo hice lo mismo.
—No sé, ¿de dónde eres? ¿Qué has estudiado?
—Pues soy de Tarragona y estudié Bellas Artes.
—¿Allí o aquí?
—Aquí. —Sonrió—. Escapé de allí en cuanto tuve oportunidad.
—¿Escapaste?
—Sí, necesitaba una libertad que en casa de mis padres no tenía. —Suspiró.
—¿Por qué?
—Porque ya no entendieron que quisiera hacer Bellas Artes, menos aún iban a entender otros aspectos de mi vida… Y a mí no me gusta fingir, pero tampoco quiero crear conflictos innecesarios, así que cuanto menos los vea, mejor. Además, somos una familia grande, yo creo que ni notan que no estoy.
—¿Muy grande?
—Mucho.
—¿Cuántos hermanos tienes?
Me miró un momento y se le escapó ese gesto suyo que elevaba más una comisura que la otra.
—Once —contestó por fin.
—¡Venga ya!
—Te lo juro.
—Pero ¿once en total?
—No, once hermanos tengo. Conmigo, doce.
—Jo-der. ¿En serio?
—Y tan en serio.
—¿Qué número eres?
—¿Por edad, quieres decir? El noveno. De los chicos, el séptimo.
—Madre mía, qué fuerte.
—Supongo. —Se encogió de hombros—. Suele causar ese efecto. —Se rio.
—¿Cómo se llaman?
—Por orden, somos: Ferran, Guillem, Helena, Arnau, Roger, Anna, Eduard, Pau, Oriol, Montserrat, Bernat y Jaume.
—Las comidas familiares tienen que ser un puto caos. —Me reí.
—Sí, la verdad. Voy a pocas, pero si cuentas las parejas y los hijos…
—Hostia, ¿tienen hijos?
—Veintitrés sobrinos tengo. —Asintió con la cabeza.
—Qué locura. —Me reí—. ¿Dónde hacéis las comidas familiares?
—En casa de mis abuelos. Bueno, ahora es solo de mi abuela. Tiene una masía enorme. Son gente de mucha pasta —contestó con indiferencia—. ¿Cuántos sois en tus comidas familiares?
Di un trago a la cerveza y sopesé la respuesta. Luego saqué el tabaco y la piedra de hachís que me había dado el punki.
—Solo yo —dije por fin y comencé a quemarla.
—Venga ya. —Se incorporó en el asiento—. No es posible que no tengas a nadie.
Me encogí de hombros para quitarle importancia.
—Mi madre era sueca, no conozco a su familia de allí.
Cortó toda relación cuando se vino a España embarazada.
No quisieron saber nada de mí. Mi padre se largó cuando yo no había cumplido ni un año, se ve que para ser un pianista reconocido una mujer y un hijo estorban.
No sé, él sabrá… —Rompí un cigarro y lo mezclé con el costo.
—¿No tienes relación con tu padre?
—No. Lo único que tengo suyo es el puto nombre. —Saqué un papel de fumar del chivato de la cajetilla de tabaco y comencé a liarlo—. Su ego era demasiado grande para darme un nombre propio.
—Pero ¿has hablado con él alguna vez?
—Oh, sí. Llama de vez en cuando… Cuando se acuerda de que existo. Incluso lo he visto una media docena de veces. Tiene que coincidir que tenga concierto en Valencia y que le apetezca verme… No suele pasar, la verdad.
—¿Y tu madre? —tanteó.
—Murió hace cuatro años. —Lamí el papel de fumar y cerré el porro—.
Cáncer de páncreas. Cuando se lo detectaron, se empeñó en darme un futuro que ambos sabíamos que no iba a conseguir con los estudios.
Me ayudó a montar la tienda de discos donde tenía ella su mercería.
Esa es la respuesta al misterio de las cajas de fajas y sujetadores que hay en el rincón.
No los quiero tirar. Es una estupidez, pero es lo último que queda de aquella época…
—Vale, lo entiendo —murmuró—. ¿Qué has hecho las últimas cuatro Navidades?
—Pues las últimas las pasé borracho. —Encendí el porro y di una primera calada—.
Madi se había largado con Sergio hacía pocos meses y yo estaba en la mierda…
Más incluso que ahora, quiero decir. Estuve aquí.
No me apetecía ni estar en el piso. Lucía, Tania y Andrés se habían ido con sus familias, iba a estar solo igual.
Y aquí me siento más cerca de ella… Qué gilipollez. —Me reí entre dientes.
—Eh, no me parece una gilipollez. —Me puso una mano en el hombro y yo di otra calada y se lo pasé.
—Las dos Navidades anteriores a esta última, estaba con Madi.
Vivíamos juntos. Pasamos los días clave con su familia y el resto los dos en casa.
Y la anterior a esa, la primera desde que murió…
La pasé en casa de Sergio, con su familia.
Ahí tienes material para otro documental, ¿eh?
Dramas urbanos: de la tragedia familiar al fracaso musical.
—Joder, no digas eso. —Apretó la mano que tenía en mi hombro y dio él una calada—. Estas Navidades te vienes con mi familia.
—Sí, claro. —Bufé y acepté el porro de vuelta.
—¿Por qué no? Acabarás hasta los cojones, eso sí, pero será divertido. Seremos más de cuarenta personas, nadie te hará ni caso. Me partiría el corazón pensar que estás aquí solo borracho.
—Bueno, faltan un par de meses, ya veremos. —Di otra calada y se lo pasé.
—Me vale de momento. —Sonrió y volvió a fumar. Luego lo apagó en el cenicero.
—¿Y por qué dices que en tu casa no tendrías libertad? Casi todos tus hermanos se habrán marchado ya, ¿no? Si tienen tantos hijos…
—Sí, no es por eso. —Negó con la cabeza—. Me refería más a… mi modo de vida.
—¿Qué modo de vida?
—Ya sabes, se supone que, para la gente como mis padres, uno ha de tener un trabajo estable con un sueldo sustancioso. Mujer, hijos… El pack completo, vaya.
—Bueno, aún eres joven. Estás a tiempo. —Me reí.
—No entra en mis planes. —Se rio también—. Y ese es el problema, que ya les cuesta aceptar que les ha salido un hijo artista, bohemio. —Hizo un gesto teatral con la mano—. Llevarían mucho peor saber que soy… amante del amor.
—¿Amante del amor? —Se me escapó una carcajada—. ¿Es tu manera elegante de decir que te tiras cada noche a una?
Hizo una mueca que no supe interpretar y luego respiró hondo.
—O a uno… —dijo por fin.
—¿Qué? ¿Estás de coña? ¿Eres gay? Pero ¿no te tiraste a Tania la otra noche?
—Si quieres saberlo, soy bisexual.
—Pero ¿eso existe de verdad?
—¡Claro que existe! —Se descojonó.
Yo aparté de modo involuntario la rodilla que tocaba la suya. Se dio cuenta y le cambió el gesto.
—Mierda, perdona. No tengo nada contra el colectivo gay…
—Pero nunca habías estado solo con uno a la luz de las velas…
No pude evitar reírme, pero creo que me notó nervioso.
—A ver, Milo, no tiene por qué ser nada diferente entre nosotros… Tú tienes amigas chicas, ¿verdad?
—Sí, claro.
—Y no todas te atraen, a que no…
—Claro que no.
—Incluso con las que te atraen, puedes estar con ellas a solas sin intentar follártelas, ¿verdad?
—Sí. —Me reí.
—Pues esto es igual.
—Ya, supongo, visto así…
—No hay otro modo de verlo.
—Entonces, ¿eres como un viciosillo? ¿Te va todo?
—¡No me va todo! —se defendió—. Me pueden gustar indistintamente hombres o mujeres, lo cual no quiere decir que me gusten todos ellos…
¡Ni mucho menos! Y no soy un perturbado.
Hay por ahí gente a la que le van los niños, o los muertos, o los animales…
Así que no, no me va todo. ¡Ni de coña me va todo!
—Vale, vale, lo pillo. —Levanté la mano con la que no sostenía la cerveza en señal de disculpa.
Un silencio espeso se instaló entre nosotros y duró más de lo que debería.
—Igual no tendría que habértelo dicho, ahora vas a estar raro.
—No, no, te lo juro que no.
Él me miró con las cejas alzadas.
—No te lo crees ni tú.
—Pero tengo una pregunta. Solo por dejar las cosas claras…
—Dime.
—Antes, cuando me has puesto el micro, ¿me estabas metiendo mano?
—¡¿Qué?! —Con el grito se le escapó un gallo y un bufido de indignación mezclado con un punto de diversión—.
Créeme, si te hubiera metido mano, no tendrías dudas.
Pero tranquilo, tu masculinidad está intacta.
Y antes de que lo preguntes, si te he dicho que vinieras a casa de mis padres en Navidad no era para follar contigo entre los viñedos… Te lo aseguro.
Joder, cómo había sonado ese «follar contigo entre los viñedos» en su boca.
—Vale, perdona. —Sentí que me ponía un poco rojo. Le di un último trago a la cerveza y aproveché para levantarme a por otra—. ¿Quieres?
Él asintió y luego apuró la suya. Volví al sofá y de nuevo me dejé caer a su lado. Nuestras rodillas volvieron a tocarse, pero esta vez la dejé ahí, como una declaración de intenciones, para que tuviera claro que no me sentía amenazado. A él se le escapó una carcajada.
—Eso no es necesario. —Fue Ori quien apartó la suya.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Claro.
—Entonces, ¿has follado con tíos?
—Sí. ¿Y tú?
—¡No! —me apresuré a aclarar—. A mí solo me van las tías.
—Lo sé, estaba de coña.
—¿Con muchos?
Se encogió de hombros.
—Unos cuantos, supongo.
—¿Es verdad la leyenda urbana que dice que los tíos la chupan mejor que las tías?
A él se le escapó una carcajada involuntaria y se dio una palmada en la pierna tan fuerte que apagó dos velas. Yo saqué el mechero para volver a encenderlas.
—Lo pregunto en serio —me defendí—. No me parece algo que dé tanta risa.
—Ya, perdona, es que esa no me la he visto venir. —Se limpió una lagrimita con los últimos coletazos de la risa—. A ver, hay de todo, por supuesto. Hay tías muy hábiles y tíos muy patanes… Pero si encuentras a uno que lo hace bien…, es otro nivel.
—¿Otro nivel? No sabía que los tíos teníamos otro nivel…
Él se rio.
—Somos más básicos que ellas, no te voy a engañar…
—Pero, en general, ¿mejores o peores? Se supone que un tío sabe de pollas, por eso la leyenda de que la chupan mejor…
—¿Te la has chupado alguna vez a ti mismo?
—Claro que no.
—Pero porque no te llegas… Todos lo hemos intentado. —Se rio y yo lo hice también.
—Pero el caso es que no.
—¿Sabes lo más divertido de todo esto?
—Sorpréndeme.
—Que tu primer impulso ha sido apartar la rodilla y pensar que igual te había metido mano. Vas de heterazo ofendido, pero llevas un rato haciendo preguntas técnicas.
—¡Pero por curiosidad científica! —Me reí—. Lo mismo en algún momento escribo sobre el tema.
—Claro, claro… Lo veo: «Milo, el cronista de las felaciones comparadas».
—Calla, joder, qué mal suena. —Le di un golpe en el hombro.
—Perdón, macho alfa. Mejor: «Milo, el analista del cunnilingus contrastado». ¿Te suena mejor así?
—La verdad es que no. —Me volví a reír. Sin duda, el porro que nos habíamos fumado empezaba a hacer efecto.
Me recliné en el sofá a gusto, en paz. Cerré los ojos y respiré hondo. El sonido de la tormenta seguía llegando con fuerza, sin dar tregua.
—Milo —susurró.
—Dime.
—Puedes estar tranquilo conmigo, no te voy a convertir —bromeó.
Sonreí sin abrir los ojos.
—Menos mal, bastante tengo con convertirme en un adulto funcional.
Y su risa fue lo último que escuché antes de quedarme dormido.