Adicto al fracaso 9 Una buena historia
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9 Una buena historia

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UNA BUENA HISTORIA

Yo intentaba con todas mis fuerzas disimular el temblor de una de mis piernas y me froté un par de veces las palmas de las manos contra los vaqueros para secar el sudor.

—No tienes por qué estar nervioso —dijo Ori sin mirarme, mientras ajustaba algo en la cámara.

—No lo estoy —aseguré.

—Ajá, vaaale —alargó la sílaba con toda la intención—. Entiendo entonces que lo de que parezca que estás a punto de despegar hacia el techo es tu estado natural… Es bueno saberlo. —Me miró de reojo con una sonrisa disimulada.

Yo me limité a bufar como respuesta, porque era evidente que sí estaba nervioso, pero era más evidente todavía que no pensaba reconocerlo. Ori tocó un último botón y pareció quedar satisfecho con el resultado. Luego se giró hacia mí con un cacharro en la mano lleno de cables.

—Ponte de pie —pidió mientras se acercaba—. Voy a ponerte el micro.

Obedecí y él se acercó. Demasiado. Lo suficiente para notar su olor a jabón, a hamburguesa e incluso a cerveza…

Todo mezclado con algo más personal. Más él.

Intenté quedarme muy quieto, pero creo que mis nervios eran aún más evidentes que hacía un momento.

No dije nada, tenía la garganta tan seca que no hubiera salido más que un jadeo que no me podía permitir.

Él se colocó a mi lado y cogió la cinturilla de mi pantalón por la parte de atrás, justo donde suele estar la etiqueta exterior de la marca.

Sus dedos rozaron el borde de mi camiseta durante un segundo y a mí se me tensó el estómago.

Fue un contacto mínimo. No sé si necesario, pero sí suficiente para alimentar mi estado.

—Vale, la petaca ya está. —La cogió y la movió un poco, supongo que para confirmar que el enganche era firme—.

Ahora te pondré el micro. Voy a pasar el cable por dentro de la camiseta, para que no lo lleves colgando, que queda muy feo en cámara y es más incómodo para ti si se te enreda con algo…

¿Te parece? Bueno, no tenemos mucha opción porque la pinza es de las que van por dentro.

Yo me limité a asentir porque no tenía ni puta idea de qué me estaba hablando, los únicos micros que conocía yo eran los de los escenarios y los de los estudios de grabación.

Cuando una de sus manos se aventuró desde el lugar donde había colocado la petaca y se abrió camino bajo mi camiseta, respiré más hondo de lo que pretendía. Sus nudillos rozaron mi piel en su recorrido desde mi espalda hasta el pecho. Estaban helados, y me provocaron un escalofrío involuntario.

—Creo que tengo las manos frías, perdona.

La sacó de debajo de mi ropa y se colocó el pequeño micrófono entre los dientes para tener las manos libres y frotarlas entre ellas. Cuando consideró que habían cogido temperatura, llevó el dorso de una de ellas a mi mejilla para que lo comprobara yo también.

—¿Qué tal? —preguntó tras coger con la otra mano el micro que había aguantado con la boca—. ¿Bien así?

Asentí con la cabeza, incapaz de vocalizar nada, porque ese cálido gesto me había producido un cosquilleo que corría el riesgo de terminar en un gruñido si intentaba abrir la boca.

—Genial, pues vamos de nuevo.

Repitió el proceso anterior y esta vez el roce de sus nudillos fue muy diferente.

Ahora parecía quemar la piel a su paso. Creo que aguanté la respiración durante todo el proceso.

Sacó el pequeño micro por el cuello de mi camiseta y lo atrapó con la otra mano.

La que quedaba dentro de mi ropa se puso a juguetear con la pinza, tratando de engancharla al tejido.

—Perdona, esto cuesta un poco —murmuró.

El dorso de su mano no dejaba de rozar mi pezón en cada intento, y eso era más de lo que nunca un tío me había tocado un pectoral, cosa que hasta la fecha había ocurrido un total de cero veces, que yo recordara. Igual algún puñetazo de un colega cabrón, pero ni siquiera podía asegurarlo.

Y me gustó. Reconocí la sensación con una nitidez brutal y aplastante: me gustaba notar el roce de sus dedos por debajo de la ropa. Y eso me puso más nervioso todavía.

—Estate quieto, que no quiero pellizcarte con la pinza —murmuró, concentrado. Algo hizo clic y la pieza que había dentro de mi camiseta encajó con la de fuera. El sacó la mano a toda velocidad—. Vale, listo, ya está.

Me dio la impresión de que sus manos también temblaban un poco cuando cogió el micro con dos dedos y lo agitó para comprobar que estaba bien sujeto.

—Perfecto, esto no hay quien lo mueva —aseguró—. Con este micro puedo escuchar hasta tus pensamientos —bromeó, aunque su voz parecía haber bajado medio tono.

Y yo tragué saliva ante la idea de que realmente pudiera saber lo que yo acababa de pensar.

—Era broma —confirmó lo evidente—, no hace falta que me mires así.

—No te miro de ninguna manera —aseguré y él sonrió, porque creo que los dos sabíamos que era mentira. Ambos teníamos que haber notado que algo raro pasaba. O quizá solo era yo y para él esto era lo más normal del mundo.

Dio un paso atrás y eché de menos la microatmósfera que se había creado a nuestro alrededor, aunque agradecí poder volver a respirar con normalidad.

—Puedes sentarte, que empezamos. —Volvió hacia la cámara con toda su calma y se colocó los auriculares que estaban conectados a ella—. A ver, habla.

—Hola, hola, ¿me escuchas?

—Vale, perfecto. Le doy a grabar. ¿Me puedo subir aquí? —Se sentó en el billar de un salto sin esperar mi respuesta, y yo me limité a asentir.

Luego cogió el trípode que sostenía la cámara, lo colocó entre sus piernas y se concentró en mirar por el visor y ajustar el encuadre.

No me perdí ni uno solo de sus gestos. Había algo en la forma en la que inclinaba la cabeza, en cómo se pasaba la mano por el pelo o me sostenía la mirada medio segundo de más que me dejaba sin aliento.

Entonces no supe ponerle nombre, o no quise ni pensar en ello.

Me convencí de que era curiosidad, simple interés.

Ori tenía ese carisma inevitable que reclama y consigue atención sin proponérselo.

Aunque no se trataba solo de eso. En aquel momento no era consciente, pero ahora lo sé.

Me resultó atractivo. Atractivo de un modo peligroso y excitante.

No quise (o no supe) verlo entonces, pero Oriol Tusquets era, con diferencia, el hombre más interesante que había conocido.

Tenía algo magnético que le daba sentido literal a esa palabra, porque me atraía de un modo que me obligaba a deslizarme hacia él, cuesta abajo y sin frenos.

Lo absurdo es que ni siquiera me daba cuenta.

Porque era un tío. Y eso, para mí, sencillamente no podía estar pasando.

—Vamos a hacerlo muy distendido, piensa que estás hablando con un colega —sugirió—. Empieza, si quieres, contando cómo surgió lo de la maqueta. O cómo montasteis el grupo, mejor…

—¿Es necesario?

—Depende de ti, te aseguro que luego no utilizaré lo que no quieras, pero creo que me vendría bien algo de contexto…

—Pues, a ver… —Resoplé—. ¿Por dónde empiezo? Supongo que por Sergio. Él y yo éramos colegas de toda la vida, desde críos, del colegio…

—¿Edad?

—A saber…, ¿cuatro años? Desde preescolar.

—Bufé—. No sé justo el momento, Sergio simplemente estuvo siempre ahí, desde mis primeros recuerdos.

Cada uno tenía su rollo, porque él era de una familia de mucha pasta, y yo…

pues no. El caso es que a los catorce o así, cuando dejé el piano y cogí la guitarr…

—¿Tocas el piano? —me interrumpió.

—Lo toqué una temporada, pero, como he dicho, lo dejé.

—¿Tiene algo que ver con tu padr…?

—Mira —lo corté yo esa vez—, de mi padre no voy a hablar. No quiero ni que lo nombres en nada público que tenga que ver conmigo… ¿Está claro? Si esto lo haces porque soy hijo de Camilo Vergara y es lo que te interesa, has perdido el tiempo…

Él asintió en silencio antes de hablar.

—Vale, no era mi intención. No me interesa para nada tu padre, te lo aseguro… Venga, sigue, perdona. Me contabas que a los catorce dejaste el piano y cogiste la guitarra…

—Sí, eso, que decidí que quería el piano muy lejos de mi vida, pero no podía renunciar a la música, así que conseguí que mi madre me comprara mi primera guitarra y se me abrió todo un mundo…

—¿De tu madre sí podemos hablar? —tanteó.

—No creo que sea importante para esto, pero fuera de cámara te puedo contar lo que quieras de ella…

—Vale, te tomo la palabra. —Sonrió—. En fin, tu primera guitarra...

—Pues eso, que empecé con la guitarra y a Sergio se le ocurrió que podíamos montar un grupo.

Sus padres le compraron una batería, no tuvo que insistir demasiado, él siempre tenía todo lo que quería…

Era un malcriado… Esto no lo pongas, que no quiero quedar como un envidioso resentido.

Aunque supongo que lo soy… —Me reí sin ganas y él se limitó a mirarme en silencio—.

Pues eso, que sus padres tenían muchísima pasta y siempre le compraban todo lo que quería.

Vivían en un pisazo en una de las mejores zonas de Valencia, aunque también contaban con un chalet en las afueras, y allí fue donde montó la batería y donde comenzamos a tocar y ensayar juntos.

Teníamos que coger dos autobuses para llegar, pero valía la pena cada kilómetro.

Siempre que se daba la oportunidad, nos íbamos para allá.

Fueron buenos años, solo guitarra y batería, pero no necesitábamos más en aquel momento…

—¿Cuándo cambió eso?

—Unos tres años después, supongo. Sí, yo creo que rondábamos los diecisiete cuando empecé a componer.

Sergio hacía algunas músicas, pero las letras nunca fueron lo suyo.

Los primeros tres años habían sido de aprender a tocar a base de machacar temazos ajenos y hacer versiones chungas y pretenciosas.

—Me reí entre dientes y él sonrió—. Luego, a mí me dio por componer y empezamos a tocar temas propios.

Eso le daba otra dimensión a todo, cada vez nos motivaba más la idea de crear una banda de verdad, pero estábamos acabando COU y era prioritario pensar lo que íbamos a hacer el curso siguiente.

—Claro —asintió Ori.

—El caso es que oímos hablar de la Berklee, no sé si la conoces, la única escuela de música donde puedes estudiar jazz, rock, pop, producción, composición…

a nivel profesional. Ya sabes. Pero está en Boston.

El caso es que Sergio se flipó y quería estudiar allí.

Bueno, cualquiera habría querido, claro, pero algunos éramos más realistas.

El caso es que sus padres le prometieron que si se sacaba primero una carrera «seria», le pagarían después la Berklee y la estancia en Boston y todo.

Total, que se metió en ADE, que fue lo que dictaron sus padres…

—¿Y tú?

—Yo tenía más libertad, mi madre no me presionaba… Me matriculé en Historia del Arte.

Ori abrió mucho los ojos y pestañeó un par de veces.

—¿Y eso? —preguntó.

—Porque soy gilipollas y no se me ocurrió mirar el temario o las asignaturas…

Pensé que se tratarían todas las artes y que estudiaría historia de la música y la literatura, y me vendría bien para componer…

Pero no. Deberían llamarla «Historia de las Artes Plásticas», porque allí solo se hablaba de pintura, escultura y tal…

Total, que lo dejé antes de terminar el primer curso.

¿Por qué te estoy contando esto? No tiene nada que ver con la maqueta ni con el grupo…

—Es contexto. A mí me interesa… Y me encanta escucharte. —Un cosquilleo en el estómago acompañó a la sensación cálida que me habían provocado sus palabras—. Pero, insisto, no usaré lo que no quieras. Nadie verá nada que no autorices…

—El caso, lo que es importante para esto… Dejé los estudios, que tampoco fue un drama, lo de estudiar nunca ha sido lo mío, y, en fin, por movidas, un par de años después monté la tienda. —Hice un gesto para abarcar lo que nos rodeaba.

—Esas «movidas» que dices, ¿tienen algo que ver con las cajas de fajas y sujetadores que tienes en ese rincón?

—¿Siempre abres las cajas ajenas?

—Siempre que puedo, sí —confesó sin ningún atisbo de vergüenza—. Nunca se sabe dónde puede haber una buena historia… ¿Me la cuentas?

—En otro momento, fuera de cámara si quieres.

—Sí quiero.

—Vale, a lo que iba… Que empezamos a tomarnos todo más en serio y quisimos formar un grupo de verdad. Pusimos un anuncio en varias tiendas de instrumentos musicales y en locales de ensayo y tal… Hicimos algunas pruebas y conocimos a un montón de bajistas… hasta que apareció Raúl.

—Tu colega del otro día, ¿verdad? —preguntó y yo asentí—. Todo un personaje.

—Sí, es un personaje. —Me reí—. Como ser humano es un desastre, y es el único tío virgen de veintiséis años que conozco… Borra esto, que como se entere que te lo he contado me mata.

Ori soltó una carcajada.

—¿En serio? ¡¿Por qué?! Lo borraré, tranquilo, pero cuéntamelo…¿Es muy religioso o algo?

—Qué va, lo suyo es castidad involuntaria. —Me reí—. Ni puta idea, es muy torpe ligando.

—Pero aun así… ¡Veintiséis años! Alguna vez le tendría que salir bien, aunque sea por estadística…

—Ya, es un misterio que se me escapa, pero siempre le pasa algo y nunca ha llegado hasta el final…

En fin, a lo que iba. Que como ser humano es un desastre, pero musicalmente fue un flechazo.

Tiene un puto don. Me pilla componiendo y, aunque tenga el tema a medias, se marca una línea de bajo improvisada que me desbloquea el resto de la melodía.

Bueno, eso era antes, ahora ya ni con esas…

—Ante la cara de confusión de Ori, aclaré—: Hace más de un año que no compongo.

Bloqueo creativo gordo. —Resoplé y me dejé caer en el respaldo—.

Lo intento, pero solo sale mierda. En fin, que eso tampoco tiene que ver con lo que te interesa.

—Todo me interesa —aseguró.

El sonido brutal de un trueno hizo temblar hasta los cimientos y le dio un toque teatral a sus palabras. El agua caía cada vez con más fuerza y Ori puso cara de fastidio.

—Se está colando el ruido de la tormenta por el micro —se quejó.

—¿Paramos?

—Creo que sí… Vamos a descansar un rato a ver si afloja. —Detuvo la grabación, dejó los auriculares sobre el objetivo de la cámara y subió las dos piernas al billar para poder bajar por un lateral sin mover el trípode.

Vino hasta el sofá y se dejó caer a mi lado, girado hacia mí. Y demasiado cerca para lo grande que era el asiento.

—Bueno, ¿qué quieres hacer mientras esperamos? —preguntó—. ¿Me cuentas lo de las fajas?

—¿Por qué no me cuentas algo tú a mí?

—Claro, ¿qué quieres saber?

Un nuevo estruendo nos interrumpió. Luego un chasquido justo antes de que la luz se apagara. La oscuridad se lo tragó todo y yo sentí la mano de Ori aferrarse con fuerza a la mía.

Mi corazón empezó a latir más deprisa y ni siquiera tenía claro el motivo.