Adicto al fracaso 8 Ambientazo #2
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8 Ambientazo #2

—Las he traído yo.

—Mejor cerveza, en realidad… Si me vas a hacer preguntas incómodas, lo prefiero —confesé.

—Eh, Milo. —Se acercó y me puso una mano en el hombro—. No tienes que responder a nada que no quieras, ¿vale?

—Vale. —Cogí aire y lo dejé escapar despacio, sin tener muy claro por qué había accedido a esa movida. No era algo propio de mí, y menos para hacerle un favor a un tipo al que acababa de conocer.

Él sacó las hamburguesas y las metió en el microondas. Yo cogí dos cervezas de la nevera y me senté en un extremo del sofá. En cuanto el timbre indicó que nuestra cena estaba lista, él la sacó y se sentó en el otro lado. Me tendió la mía y, tal como la cogí, la solté. Ardía como el infierno.

Ori dio un primer mordisco sin preocuparse por ello, pero no tardó en emitir un gruñido y abrir la boca.

Comenzó a respirar así, con el clásico intento de enfriar el bocado a base de aire fresco.

Le dio la risa y yo no tardé en unirme. Tenía la mandíbula tensa, acorde al resto de su cara.

Cada uno de sus rasgos, visto por separado, era anguloso, marcadamente masculino; sin embargo, en conjunto, creaban una armonía tan dulce que casi rozaba lo femenino.

—Me parece que eres un poco exagerado. —Me reí—. No será para tanto.

Todavía sin cerrar la boca, me hizo un gesto para que probara yo la mía.

Y lo hice. Quería hacerme el duro y demostrarle que exageraba, pero lo cierto es que mi reacción involuntaria fue idéntica a la suya, lo que nos dio más ganas de reír todavía.

Durante unos cuantos segundos, estuvimos ambos respirando con la boca abierta y sin ser capaces de tragar.

Para cuando la cosa se enfrió y conseguimos terminar ese primer bocado, ya se nos saltaban hasta las lágrimas.

—Has bajado al Averno a calentarlas, ¿eh? —dije cuando por fin hube tragado. Hasta me lloraban los ojos.

—Eh, culpa de tu microondas… ¡Lo he puesto un minuto! ¿Qué tipo de pacto con el diablo tiene?

—Ah, sí, es un poco cabrón. Lo mismo lo deja frío que lo pasa por el núcleo terrestre, es una ruleta rusa térmica…

Prueba a meter una taza, que el asa parecerá recién salida de la forja y el líquido más helado que…

—Me quedé un momento en silencio, porque quería decir algo ingenioso, o gracioso, pero no se me ocurría nada.

—¿Que el corazón de tu ex?

Hice una mueca.

—No te pases, que el microondas puede tener sentimientos…

—Pues tiene que aprender a gestionarlos mejor… —sugirió—. Igual deberías llevarlo a terapia.

Nos volvimos a reír y, en un gesto involuntario, ambos nos acercamos un poco más al centro del sofá. Ni lo pensé, fue una de esas decisiones que toma tu cuerpo por ti, eso que llaman «lenguaje no verbal», supongo.

Seguimos comiendo ya con más cuidado, a pequeños trozos que soplábamos antes de morderlos, como dos críos que han aprendido la lección a base de escarmiento. La cerveza fría ayudaba también a la causa.

Ori me miraba sin disimulo, como si me estuviera observando como parte de su documental.

Yo fingía no darme cuenta, porque no quería reconocer que me sentía como la presa protagonista de uno de esos programas ideales para echar la siesta.

Cada vez que notaba sus ojos fijos en mí, me tensaba un poco por dentro, más por la intensidad que notaba en el ambiente que por verdadera incomodidad.

No mordí bien un trozo de tomate y se vino detrás de mí en el siguiente bocado.

Parecía que se debatiera entre quedarse a buen recaudo entre el pan o seguirme a una nueva y desconocida aventura.

Solo de imaginarme visto desde fuera me dio la risa y empecé a descojonarme como un retrasado.

Cerré la boca para que no fuera desagradable y solo conseguí que el indeciso vegetal quedara colgando de mis labios.

Ori me miraba con un gesto a medio camino entre la confusión y la diversión, supongo que contagiado por la mía.

Me reía tanto que era incapaz de abrir la boca por miedo a que se me saliera todo lo que tenía dentro y que era incapaz de tragar dadas las circunstancias.

Tras unos segundos así, él estiró la mano y me quitó el trozo de tomate.

Rozó mis labios con los dedos al hacerlo y lo sentí demasiado íntimo para lo que había sido el gesto en realidad.

Un cosquilleo migró desde mi boca hacia el interior y me cortó la risa de golpe.

Aproveché para tragar lo que no había podido y Ori dejó caer la díscola rodaja en el cenicero.

—¿Mejor? —preguntó.

—Sí, gracias —conseguí decir.

—¿Siempre te ríes así?

—¿Así cómo?

—Como si fueras feliz.

Di un trago largo a la cerveza para ganar tiempo, pero no aparté la mirada.

—¿Qué te hace pensar que no lo soy?

—Tú.

—Ya, supongo que no me pillas en mi mejor momento… —confesé.

Él asintió y apoyó la espalda en el respaldo.

Luego estiró las piernas e invadió un poco mi espacio, pero no corrigió la postura ni yo retiré las mías.

Fue raro, pero solo durante un momento, enseguida pasó a resultarme algo natural.

El sonido de la lluvia cayendo se intensificó y yo no sentí prisa por nada: ni por hablar, ni por grabar, ni por marcharnos…

Ni siquiera por entender qué me pasaba con él, por qué era todo a la vez tan extraño y tan familiar.

—¿Qué tal ha ido el día? ¿Has hecho buena caja? —preguntó.

—Sí —asentí—. Creo que mis ganancias netas ascienden a —hice una pausa dramática para fingir que realmente estaba haciendo el cálculo—: menos un paraguas.

—¿En serio? —Se incorporó un poco y se rio—. ¿Tan mal ha ido?

—Los lunes suelen ser malos. —Me encogí de hombros con indiferencia—. Pero los lunes de lluvia son absolutamente catastróficos.

—Entiendo…

—No, espera, he ganado algo. —Me revolví en el asiento para poder buscar en mi bolsillo sin levantarme y saqué el pedacito de costo que me había dado el punki—. He ganado esto.

Ori se acercó a mirar lo que era, puede que más de lo necesario, y luego se rio.

—Bueno, algo es algo… Te puedes colocar para que no te importe tanto el balance del día.

—No me preocupa demasiado, en realidad —aseguré—, pero, si quieres, luego nos lo fumamos.

—Vale… Oye, ¿no estamos en un sótano? ¿Por qué se oye tanto la tormenta?

—Porque esa pared da al patio interior del edificio. —La señalé—. Y ese ventanuco de mierda, por el que por el día apenas entra luz, no cierra muy allá.

—A ver. —Se levantó y fue hasta allí.

Yo lo seguí y nos quedamos los dos como tontos plantados delante de la pequeña abertura que mostraba una cortina de agua que casi parecía sólida.

—Espero que no se cuele el sonido por el micro —murmuró.

—Ah, joder, claro.

—Bueno. —Se giró hacia mí y dio una palmada—. ¿Grabamos?