8 Ambientazo
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AMBIENTAZO
El sonido de la lluvia había sido constante durante toda la tarde.
Era uno de esos días de gota fría tan típicos de septiembre.
Los lunes no eran especialmente buenos para la caja, pero los lunes lluviosos eran algo así como un cataclismo empresarial.
Los clientes de esa tarde se limitaban a tres colgaos con pantalones tan ajustados que parecían llevarlos pintados, pinchos por todas partes y unas crestas que desafiaban la gravedad y el abastecimiento de laca de toda la ciudad.
Punkis, sin duda. Era evidente que no hacía día de ir a un parque a beber cerveza, así que estaban usando mi tienda para oír música y pasar el rato.
Y beberse las litronas que llevaban, eso también.
Yo sabía que no iban a comprar nada, pero ni siquiera me importaba.
—Ey, chaval, ¿quieres? —Me ofreció uno de ellos la botella.
—No, gracias, estoy trabajando. —Le mostré mi amable sonrisa de dependiente y seguí revisando albaranes.
—¿Y un calo al piti? —Me tendió en esa ocasión el cigarro liado que ambos sabíamos que llevaba condimento.
Al olerlo la primera vez, estuve a punto de decirles que no quería que fumaran porros en mi tienda, pero al final pasé, porque tampoco me molestaba y era tan improbable que entrara la policía como que lo hiciera un ejército de clientes a por discos de rock experimental.
—¿Y nos pondrías Fresh Fruit for Rotting Vegetables? —pronunció de un modo literal leído en castellano—. Para ver si nos mola antes de pillarlo…
Me reí entre dientes y resoplé un poco por la nariz. Tendí la mano.
—Dámelo, anda, pero creo que aquí todos sabemos que no lo vais a comprar…
Uno de sus colegas se acercó a toda prisa con el disco y yo lo cogí.
—Eres el mejor, chaval, en serio. ¿Cómo te llamas?
—Milo —respondí ya mientras ponía el vinilo en el tocadiscos.
—Milo —repitió—. Milo, ¿serías tan amable de darle mucha caña? ¿Hasta que nos exploten los tímpanos?
—Me parece que no. —Negué con la cabeza—. Un vecino podría llamar a la policía y vendrían a ver qué pasa… Sin duda olerían lo que os estáis fumando y ya tendríamos el lío hecho.
—Ya, claro, pero un poco… —Me puso cara de cachorro desvalido y juro que es humanamente imposible no ablandarse ante un punki que hace ese gesto.
Me reí y subí el volumen. Ellos gritaron y se pusieron a dar botes como dementes.
El que llevaba el porro en ese momento lo apagó en el cenicero, con mucha ceremonia para que no me perdiera detalle, como dándome a entender que lo hacía por lo que yo había dicho.
Mi plan A era no hacer nada que desembocara en presencia policial, pero que si venían los maderos lo único grave que encontraran fuera la música demasiado alta y tres punkis dando saltos no estaba mal como plan B.
Apenas escuché el sonido de la campanilla cuando la puerta volvió a abrirse.
Ori entró empapado y cargado con un montón de bultos.
Se quedó plantado en la puerta observando el panorama, imagino que sorprendido por encontrarse un estruendo punk de culto y tres devotos dando saltos que parecían estar invocando a algo muy concreto y no necesariamente benigno.
Me miró a mí por encima de las crestas, arqueó una ceja y sonrió.
—Veo que en esta tienda se tratan los lunes como se merecen —dijo al acercarse hasta el mostrador. Luego soltó los trastos en el suelo—. Esto le da una nueva visión a mi proyecto, no sé si reconsiderar el enfoque.
—Clientela fija —respondí—. No suelen traer pesetas, pagan en ambientazo.
—Entonces hoy te estás forrando, ¿no? —Me dedicó una sonrisa y yo asentí—. ¿Dónde quieres grabar? ¿Aquí fuera rodeado de vinilos? Que tiene su punto, ¿eh? ¿O tienes algún lugar donde te vayas a sentir más cómodo?
—En la trastienda tengo un sofá. —Hice un gesto con la cabeza hacia la cortina que separaba la tienda del almacén—. Igual allí mejor.
—Guay, ¿puedo? —preguntó, supongo que por educación, y señaló hacia donde yo le había indicado.
—Claro, tú mismo —aseguré con una amabilidad que me salía sola con él—. Mueve lo que necesites… o lo que puedas. —Me reí internamente porque en esa habitación no había mucho margen de maniobra.
—Vale, genial, pues voy al lío. Ven cuando termines.
—Hecho.
Volvió a cargar con todas sus bolsas y desapareció hacia la parte de atrás del local. Los punkis protestaron cuando, tres canciones después, quité la música del todo.
—Lo siento, tíos, es la hora de cerrar.
Uno de ellos empezó a maldecir, pero otro lo cortó rápido.
—Venga, tronco, que Milo se ha portao, vamos a dejarle descansar. Gracias, chaval, volveremos.
Los otros murmuraron algo, pero asintieron y los tres se encaminaron a la puerta.
Se quedaron plantados frente al cristal, sin atreverse a salir en vista de la cascada de agua que se adivinaba más allá de las escaleras que bajaban hacia la tienda, o que subían hacia la calle, depende de cómo las miraras.
Me acerqué a ellos y les tendí un paraguas enorme bajo el que, sin duda, cabían los tres.
—Muchas gracias, Milo, eres nuestro puto salvador.
—Pasad buena noche, tíos.
Uno de ellos me tendió la mano y, al estrechársela, noté que dejaba algo en la mía con disimulo. Nada más separarla, vi la diminuta piedra de hachís que no daba para más que dos o tres porros y me reí.
—Esto no es necesario. —Se la ofrecí de vuelta.
—Shhh, por las molestias —insistió—. Y por ser un tío tan legal… Otro nos habría mandado a la mierda. Fúmate uno con tu colega a nuestra salud. —Señaló con la cabeza la cortina por la que había desaparecido Oriol y yo asentí.
—Vale, pues gracias. —Me la guardé en el bolsillo—. Lo dicho: pasad buena noche.
Los tres se marcharon y yo subí los escalones para cerrar la reja tras ellos.
Luego volví a bajar y eché la llave a la puerta de cristal.
Oí trastear a Ori e incluso me pareció escucharlo canturrear algo.
Me fijé con atención y me dio la impresión de que era uno de los temas de la puta maqueta, pero no afinaba demasiado y no lo podía asegurar con certeza.
—¿Todo bien por aquí? ¿Te apañas? —le pregunté al acceder a la sala.
—Porque he visto tu piso y tu habitación, si no pensaría que vives aquí… ¡Lo tienes superbién montado! ¡Tienes hasta un billar!
—Ya, bueno. —Me rasqué un poco la nuca—. Eso fue un arrebato. Me lio Raúl. Un colega suyo cerraba un bar y tenían que deshacerse de él. Me comió tanto la oreja que al final acepté meterlo aquí temporalmente… hace ya tres años. —Suspiré.
—Me encanta. Además, es rojo, que tiene su punto.
—¿Tú crees? ¿No es un poco «bienvenido a mi burdel»?
Él soltó una carcajada.
—Qué va, yo los he visto rojos en varios garitos. Le da un toque más original que el típico verde, ¿no te parece?
—No sé, yo llevo demasiado tiempo con esto aquí.
—Bueno, pues luego podemos jugar una partida… La revancha por lo del otro día.
—¿Y si gano me libero del trato?
—¿Quieres liberarte? —Apoyó la cadera contra la mesa de billar y me miró a los ojos—. ¿Lo ves como una, no sé, «condena»?
—No lo sé. —Respiré hondo—. Y tampoco sé si esto va a valerte para algo… No soy un tío interesante…
—Ahí tengo que disentir, a mí sí me pareces interesante… Pero ¿quieres que nos lo volvamos a jugar?
—No podemos —aclaré—. No en este, al menos. Le falta una bola.
—¿Le falta una bola? —Arrugó las cejas y se cruzó de brazos—. ¿Lisa o rayada?
—La negra, la bola ocho.
—¿Hay una historia detrás? ¿Por qué se te ha perdido la bola más importante? ¿Cómo puedes haberla perdido? Tiene que estar por aquí…
—Yo no he dicho que la haya perdido, he dicho que falta.
—¿Y dónde está?
—Ahora mismo, no lo sé.
—¿Y no es lo mismo que haberla perdido?
—No necesariamente.
—Pero no sabes dónde está —afirmó.
—Ahora mismo, no —insistí.
—¿Y la última vez que la viste? —preguntó con un tono de voz entre la curiosidad y la diversión.
—La última vez que la vi atravesaba la luna trasera del coche de Sergio.
—Disimulé una sonrisa y él dejó escapar una carcajada—.
¿Sabes esas chapas que llevan algunas mujeres de: «¿Quieres perder peso?
Pregúntame cómo»? Pues me voy a hacer una que ponga: «¿Quieres aprender a controlar tu ira? Pregúntame cómo».
—Yo no sé si te preguntaría cómo… —Se rio.
—Tú no tienes pinta de tener problemas para gestionar la ira.
—La verdad es que no, aunque nunca se sabe…
—Se volvió a reír y se incorporó del billar para acercarse a una de las bolsas que había dejado en el sofá—.
He traído unas hamburguesas, pensé que no tendrías comida aquí y no hace noche para salir por ahí o para pedir que traigan algo.
Pero luego he visto que tienes hasta una nevera…
—Bueno, igual llamarlo «nevera» es algo pretencioso.
—Señalé con la cabeza el pequeñísimo frigorífico que ocupaba menos que un lavavajillas, pero que para guardar algunas bebidas y un poco de comida de emergencia, me sobraba.
Y con el viejo microondas que tenía encima, era casi como tener una cocina completa aquí mismo.
No había mucho más en esa salita. Un enorme y desvencijado sofá de cuero marrón de tres plazas que había conocido tiempos mejores (de hecho, cualquier otro tiempo había sido mejor para él, hasta uno hipotético en el que no hubiera existido) frente al que había una mesa de centro demasiado baja para él que solía utilizar más para apoyar los pies que cualquier otra cosa; una estantería con cajas de discos, papeles y demás movidas empresariales, archivadores con facturas y albaranes que nadie revisaba jamás; algunas cajas al otro lado del billar donde todavía quedaban cosas de cuando este local era la mercería de mi madre y el espacio justo para moverte entre todo eso sin abrirte la cabeza… si ibas con un poco de cuidado.
Ah, y también una guitarra en su soporte, por supuesto. El único resquicio de luz al que agarrarse en esa trastienda de sueños frustrados. Y la puerta de acceso a un aseo anticuado que pedía a gritos una reforma que no tenía ninguna intención de hacerle. Fin del recorrido.
—¿Cerveza o cocacola? —me preguntó Ori.
—No tengo cocacolas.