Adicto al fracaso 7 La fuga
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7 La fuga

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LA FUGA

Un par de horas después, y con más cervezas encima de las que podía contar, entramos en La Fuga, un antro de mala muerte en el que nos sentíamos como en casa.

Poca luz, mucho humo y un deje de nostalgia preventiva de la que en aquel momento no era consciente.

Uno de esos lugares que, en el presente inmediato, me reconfortaban.

Y años después, al echar la vista atrás, siento que me marcaron de algún modo y dieron forma al decorado de toda una época.

Raúl tiró de mí hacia el escenario. Y yo lo seguí, porque tenía más ganas de tocar que de continuar bebiendo.

El de La Fuga era el único escenario al que había subido desde hacía casi un año, y así tenía pinta de seguir durante un tiempo indefinido.

Nuestros improvisados acompañantes habían venido con nosotros, y todos pidieron bebidas y tomaron asiento lo más cerca que pudieron.

Había dos chavales tocando que, al vernos llegar, nos hicieron un gesto para que nos uniéramos a ellos.

Eran un bajista y un guitarra, por lo que yo me colgué otra guitarra y Raúl se sentó a la batería.

Podía haberse limitado a un shaker, pero decidió que la discreción era de cobardes.

Yo pillé enseguida los acordes del tema que estaban tocando y, para mi sorpresa, Raúl comenzó a marcar el ritmo sin que dieran ganas de meterle las baquetas por un lugar oscuro.

Cerré los ojos y me concentré en la música.

Dejé que hiciera vibrar mis huesos con cada arpegio.

Los tipos habían elegido una canción sensiblera que todo el mundo conocía por castigo, de esas que sonaban en la radio hasta que se convertían en una forma de tortura moderna y socialmente aceptada.

No pude evitar cantarla al tiempo que la tocaba.

Siempre me ha gustado cantar; me libera como pocas cosas lo hacen.

Aun así, nunca lo hacía en el escenario, me resultaba algo demasiado íntimo.

Como era el otro guitarra el que lo estaba haciendo, me limité a entonarla para mí.

No sin sorpresa, y por culpa de quienes habían decidido que ese era el tema que se te tenía que incrustar en el cerebro contra tu voluntad, conocía la letra al completo.

Nacía en mi interior y flotaba a mis oídos, y solo a los míos, hasta que escuché mi voz por los altavoces del local.

—Y mientras ella está con otro tipo / Mis lágrimas se mezclan con alcohol / Ella se fue por qué no me lo dijo / Y siento que mi vida fracasó.

Abrí los ojos para comprobar que alguien me había puesto un segundo micro. Hubiera quedado peor negarme a esas alturas, así que me limité a terminar la canción con la mayor dignidad que me permitía el nudo que la letra intentaba formar en mi garganta.

—Y mientras en la calle está lloviendo / Una tormenta hay en mi corazón. / Dame otro vaso, aún estoy sereno / Quiero beber hasta perder el control / Quiero beber hasta perder el control.

Como si hubiera interpretado la letra de la canción de modo literal y se tratara de una petición, Andrés me trajo un cubata que dejó en el suelo junto al pie de micro. Hubiera preferido otra cerveza, pero llevaba demasiadas encima como para quejarme o que me supusiera siquiera un problema.

En cuanto terminó el tema, di un primer trago.

El público, que a esas horas de la noche (o madrugada, más bien) ya se entregaba a lo que fuera, aplaudió con entusiasmo.

Un grupo de chicas, que parecían más fans de ser el centro de atención que de la música en sí misma, nos silbaron y vitorearon como auténticas groupies.

Yo me sentía tan en paz conmigo mismo esa noche que casi hasta podría haber llevado bien que me nombraran la puta maqueta.

Casi. Porque cuando una de ellas gritó «Tu nombre en mi piel», en referencia a una de las canciones que nos habían hecho tan populares, tensé la mandíbula como siempre, aunque quizá con un poco menos de intensidad.

Era un avance, pequeño para los demás porque ni de coña iba a tocarla, pero enorme para mí, que no sentí ganas de golpear a nadie.

Con elegancia, decidí ignorarla y empecé a tocar una canción que también había sonado en la radio hasta la saciedad, pero que molaba mil veces más que la anterior.

El chaval de la otra guitarra se unió enseguida.

Me sorprendí a mí mismo tomando la iniciativa para entonar la letra, pero supongo que, como todo lo bueno, cuando empiezas ya no es fácil parar.

—Puede que me deje llevar / Puede que levante la voz / Puede que me arranque sin más / A ver qué me dice después…

El otro chaval se unió y entre ambos terminamos la canción y comenzamos la siguiente.

Las chicas cantaban y gritaban como si fuera justo lo que habían venido a escuchar.

Andrés y sus colegas asentían y aplaudían cuando era el momento.

Y Tania y Ori se besaban y se metían mano como si estuvieran a punto de consumar allí mismo.

No recuerdo cuántas canciones toqué, ni cuánto canté. Ni siquiera cuánto bebí. La única certeza es que aquella noche terminó en algún momento, como lo hacen todas, al fin y al cabo.

—Eh, tío. —Me despertó un golpe en el hombro. Alguien me agitaba con poca consideración hacia mi resaca—. ¡Milo, despierta!

Abrí un ojo y descubrí a la propietaria de la desconsiderada voz.

Una tía a la que no conocía de nada, pero que con toda probabilidad era del grupito de gritonas de La Fuga.

Me incorporé un poco para comprobar con alivio que estaba en mi dormitorio.

Ella, a mi lado, en mi cama, tapada con mi sábana y, por lo que podía apreciar, desnuda.

Yo, lo mismo. Miré hacia el suelo y localicé a primera vista un condón usado.

Guay, borracho pero responsable, ese era yo.

—Hola —farfullé, porque no sabía ni qué decir.

—Me tengo que ir, pero hazme un café antes, ¿no?

—Sí, perdona. —Me froté la cara—. Vamos.

Ella se vistió a toda velocidad y yo me limité a ponerme un pantalón vaquero que pillé por el suelo.

El olor a café recién hecho nos saludó en cuanto salimos al pasillo y nos dirigimos hacia la cocina, el epicentro del aroma, sin lugar a dudas.

Al pasar por delante del baño de las chicas, escuché el inconfundible sonido de la ducha, por lo que me sorprendió encontrarlas a las dos en la cocina.

—¿Quién se está duchando en vuestro baño? —pregunté.

—Ori —contestó Tania.

—Ah, ha pasado la noche aquí —comenté.

—Sí, vinimos juntos, contigo y con Mar —dijo Tania.

—¿Quién es Mar? —pregunté sin pensar.

—Yo —contestó la chica que había dormido en mi cama.

En fin, ¿qué puedo decir? Creo que ha quedado claro que yo no estaba en mi mejor momento y que era bastante gilipollas. Uno no tiene la capacidad de hacerse pequeñito y desaparecer cuando quisiera, pero sería un superpoder por el que yo habría pagado en momentos como aquel.

—Perdona, tía —farfullé—. Bebí mucho anoche y…

—No te preocupes —me cortó—. Todas necesitamos de vez en cuando liarnos con un capullo.

Supongo que eso me lo había ganado. Ella aceptó la taza que le tendió Lucía y se sentó a dar el primer trago.

—¿Qué cojones…? —Tania se acercó a ella y, sin venir a cuento, le abrió apenas un par de centímetros el cuello del top—. Milo, eres un animal.

La chica se miró el trozo de piel que Tania nos estaba mostrando a todos, y los demás hicimos lo mismo. Le había hecho una marca, a medio camino entre un chupetón y un mordisco, justo sobre la clavícula izquierda.

—Igual no he sido yo —me defendí.

—Sí fuiste tú —contestó ella, aunque tampoco parecía enfadada o molesta.

Tania apartó su propia camiseta y me mostró una marca exactamente igual en el mismo puto sitio.

—Sí fuiste tú —repitió mi compañera bakalaera y a Lucía le dio la risa.

—Tú no te rías… —me quejé—. ¿No tienes que irte a asaltar tumbas o algo así?

—Eso por la noche —aseguró la muy gótica.

—Y el tuyo lo mismo te lo hizo Oriol —le repliqué a Tania.

—Ni de coña —aseguró él desde la puerta—. Eso no se lo he hecho yo…

—Milo, fuiste tú, me lo haces siempre… Y siempre en el mismo sitio.

Tanto Ori como Mar nos miraron de uno a otra.

—¿Qué es esto? ¿Es algún juego de rol raro de pareja? —preguntó Mar. Ori se limitó a mirarnos con un gesto que no supe interpretar.

—No, no. —Tania agitó la mano para quitarle importancia—. Solo somos follamigos. Está bueno, lo tengo a mano y no se le da mal, pero, si puedo elegir, prefiero a cualquier otro, a uno que no me marque como a una vaca, a poder ser…

—Que te jodan, Tania —protesté y salí de allí, porque no tenía humor para aguantarla cuando se levantaba con ganas de tocarme los cojones.

Me largué a mi habitación y me puse a recoger. Lo primero fue el condón que seguía ahí desde la noche anterior. Lo tiré a la papelera y me puse con la ropa que había desperdigada por todo el dormitorio. No tardó en aparecer Oriol en el umbral de mi puerta.

—¿Puedo pasar? —preguntó.

—Claro —respondí, porque me parecía grosero decirle que no, pero era raro tener en mi cuarto a ese chico al que había conocido el día anterior.

Llegó hasta la cama y se sentó con una naturalidad tal que parecía que lo hubiera hecho mil veces. Tenía el pelo húmedo de la ducha y el olor del jabón que usaban mis compañeras se dejaba notar en el ambiente.

—No sabía que tenías algo con Tania.

Chasqueé la lengua molesto.

—No tengo nada con ella —aseguré—. Follamos de vez en cuando, ya lo ha dicho ella, pero igual dejamos de hacerlo, porque no me compensa aguantar luego sus tonterías… ¿Tienes algún problema con eso? ¿Pensabas que era virgen? —bromeé.

—No. —Negó despacio con la cabeza—. No me supone ningún problema. Aunque sí tengo curiosidad, ¿por qué les haces eso del hombro? ¿Es algún fetiche raro? —Levantó las manos—. No te juzgo, pero no puedo evitar que me resulte interesante, ¿lo haces siempre?

—¡No! Sí… Yo qué sé. —Hice una mueca para esconder una sonrisa—. Te juro que no me doy ni cuenta. No soy consciente, pero la verdad es que, a la mañana siguiente, ahí está. —Me encogí de hombros y lancé la camiseta que llevaba en la mano al cesto de la ropa sucia.

—¿Tanto pierdes la cabeza cuando estás cachondo? —Juro que me pareció que sus ojos emitían un destello.

—Claro que no —respondí algo incómodo—. O eso creo, no sé…

Él frunció un poco el ceño, pero sin perder el gesto divertido.

—No tienes pinta de ser de los que hacen cosas sin darse cuenta… Más bien pareces de los que piensan más de lo que toca.

—Sí, ese puede que sea más mi rollo, pero supongo que todos tenemos momentos en los que no estamos muy centrados, ¿no?

—Ahí tengo que darte la razón, en todo lo referente al sexo, no mido… Pierdo los límites muy fácil.

Un silencio denso se instaló en la habitación tras ese comentario. Estuve a punto de preguntarle a qué se refería, pero no estaba seguro de querer saberlo.

—No pretendía que te sintieras incómodo, no iba con mala intención.

—Ya —murmuré.

—En fin, ¿del trato que hicimos anoche te acuerdas? ¿Sigue en pie lo de mañana?

—Claro —asentí y seguí doblando camisetas con más cuidado del habitual, porque necesitaba ocupar el tiempo, y también las manos, supongo. No sabía muy bien qué hacer una vez terminara, porque sentarme a su lado en mi cama deshecha iba a ser muy raro.

—Perfecto entonces. —Se puso de pie—. Tengo tu tarjeta. Me paso por la tienda mañana un poco antes de las ocho.

—Vale.

—Hasta mañana, Milo.

Me miró un segundo desde la puerta antes de desaparecer por el pasillo.

Escuché sus pasos alejarse y dejé salir el aire con alivio.

No tenía claro si acababa de esquivar una bala o se trataba de alguna otra cosa.

Algo que, en el fondo, quizá quería que me diera.

Quizá no sentí nada de eso en aquel momento, y solo lo recuerdo así de forma distorsionada por todo lo que pasó después.