6 Algo desde cero #2
—Bueno, ¿qué os pongo?
—A mí, cerveza. Los demás que pidan lo que quieran. ¿Hay sitio al fondo?
—Sí, creo que hay un par de mesas vacías —contestó mientras abría un botellín y me lo pasaba.
—¿Y a vosotros? —se dirigió al resto y yo me fui a mi bola hacia el fondo del local.
Me senté en una de las mesas y no tardaron en llegar los demás.
Fueron tomando asiento a mi alrededor y los que no me conocían se presentaron.
La novia de Andrés, Su, se sentó a mi lado y comenzó a darme la brasa con su causa del momento.
Era una tía pequeñita y muy intensa que siempre estaba cabreada con el mundo.
En general me caía bien, pero cuando estaba en modo reivindicativo de más me agotaba rápido, como era el caso aquel día.
A su lado, su novio hablaba con otros técnicos.
A mi lado, Raúl intentaba meterle ficha a una de las actrices, supuse que con la esperanza de terminar la noche con ella.
Era un optimista nato. Frente a mí, Oriol estaba sentado junto a Tania, con un brazo sobre sus hombros.
De lo que fuera que hablaran, solo se enteraban ellos, pero el caso es que cuchicheaban y se reían.
No había forma de colarse en esa conversación, por lo que solo me quedaba aguantar la chapa de Susana y rezar por que esa noche tuviera argumentos limitados.
Tania y Ori comenzaron a besarse y creo que los miré más de lo que recomienda la buena educación, pero había algo en él y su actitud que me obligaba a ello.
Su, o «la Susi-plasta», como la llamaba Lucía, seguía comiéndome la oreja con una injusticia muy grande que alguien le había hecho a otro alguien y el inconsciente de su novio no estaba planeando un documental sobre el tema.
Apuré mi cerveza de un trago y murmuré un «voy a por otra» con toda la intención de huir de allí.
Me acodé en la barra y dejé el casco vacío y un billete.
—Greta, ponme otra, por favor. Sin prisa, tómate tu tiempo.
Ella asintió y siguió con los cubatas que estaba sirviendo.
—¿Huyendo de Susanita? —Ori se apoyó en la barra a mi lado y me miró con una mueca divertida.
Resoplé.
—No es mala tía, pero es que me agota.
—Agota a cualquiera. —Sonrió—. A veces se involucra en los proyectos, tiene buenas ideas, pero es demasiado…
—¿Radical?
—Sí, vamos a decirlo así. —Se rio y luego se giró hacia la sala de los juegos, que estaba algo apartada del resto del local—. ¿Necesitas una excusa para huir? ¿Echamos un billar?
—¡Por favor! —respondí a la que me pareció la mejor idea que nadie había tenido jamás.
Rompí yo, y ya desde el primer golpe supe que llevaba demasiado alcohol encima como para hacer una partida digna.
La blanca avanzó con menos fuerza y menos intención de lo que acostumbraba.
Ori observaba desde el otro lado de la mesa, apoyado en el taco.
Desde mi posición, su aspecto andrógino y su pose le daban un rollazo que me despertaba algo que no estaba seguro de si era envidia.
El estruendo de una bola cayendo por la tronera dejó claro que me había quedado en la parra.
—Mierda, ¿cuál era?
—Rayas para ti —dijo y yo asentí—. ¿Apostamos algo para hacerlo más interesante?
—Vale. —Me encogí de hombros—. ¿Como qué?
—Si gano yo, hacemos el documental que te he pedido.
—¿Y si gano yo?
—¿Eso es un sí?
—No, es una negociación. Primero tendré que ver si me compensa el riesgo…
—¿Te parece un riesgo? —Rodeó la mesa y comenzó a acercarse a mí.
—Nn-no, no sé… Depende de lo que hurgues en la herida…
—Milo, no tengo intención de hacerte daño, te lo aseguro. No es por morbo, creo de verdad que tienes una historia que merece ser contada.
Bufé y miré al techo.
—Tira. —Señaló con la cabeza las bolas y yo obedecí. Otra rayada se fue a la tronera—. Venga, estás en racha… ¿Qué quieres si ganas?
—¿Qué ofreces?
Apoyó las manos en la punta del taco y sobre ellas la barbilla.
—¿Te grabo un videoclip?
—No tengo ni una puta canción a la que quiera hacerle un vídeo ahora mismo…
—Pues se queda como un vale que no caduca, cuando quieras, cuando tengas otro grupo… Yo pongo el equipo y los técnicos y todo… ¿Qué me dices? ¿Tenemos trato? —Me tendió la mano.
Se la estreché y me reí.
—Venga, trato hecho.
El siguiente lo fallé y le tocó a él.
Su primer tiro fue limpio y directo. No vaciló al golpear el taco y tampoco lo hizo la bola al caer en el agujero.
Cada vez que se inclinaba sobre la mesa, me costaba concentrarme en la partida y en la disposición de las bolas.
Pensaba en sus dedos apoyados en el tapete, seguía con fascinación el modo en el que deslizaba el taco y no podía dejar de fijarme en la forma en la que fruncía de modo muy leve el ceño justo antes de golpear.
Luego una de sus comisuras se elevaba más que la otra cuando comprobaba que el tiro había salido como esperaba.
Yo iba más a trompicones, metí alguna de pura coña y fallé otras que deberían haber entrado solas.
De hecho, metí más tragos de cerveza en mi garganta que bolas en las troneras, pero ni siquiera me importaba.
Más allá de esa sala, nos llegaba el ruido del bar, con sus risas, sus vasos chocando y la música demasiado alta.
Yo tarareaba una canción tras otra más pendiente de la mesa verde y de Ori que de la partida en sí.
Por supuesto, ganó. Pero no lo celebró. Se acercó a mí dando pequeños golpecitos con la goma del taco en el suelo hasta que estuvo más cerca de lo que es necesario estarlo para hablar.
—¿Cuándo empezamos?
—¿El lunes?
Asintió con una sonrisa.
—¿Dónde? ¿En tu casa?
Negué con la cabeza.
—¿En mi tienda? Prefiero que no estén mis compañeros.
—Claro, mucho mejor. Me paso por allí cuando termines de currar. ¿A qué hora cierras?
—A las ocho.
—Hecho. —Me tendió la mano y cerramos el trato con un apretón que me iba a dejar un cosquilleo tonto durante un buen rato—. Ha sido una buena partida.
—Sí —mentí, porque había sido una de las peores que había jugado en mi vida, pero acababa de darme cuenta de que en ningún momento había estado jugando para ganar.