6 Algo desde cero
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ALGO DESDE CERO
«Si no lo intentas una vez más, ellos habrán ganado»… «Ellos habrán ganado»…
Las palabras de Oriol Tusquets se repetían en mi cabeza mientras avanzaba por las estrechas calles del barrio del Carmen esquivando a modernos y borrachos. Tenía razón. Tenía toda la puta razón.
Yo no estaba seguro de cómo había conseguido hacerme hablar de toda mi mierda a los pocos segundos de conocernos, pero la verdad era que había algo en él que invitaba a confiar y a dejarse llevar. Y me había salido así, sin darme cuenta.
Doblé la última esquina y avancé los pocos metros que separaban la calle Baja de la plaza del Tossal.
Lo vi enseguida. Raúl repartía flyers y acosaba a la peña, como cada fin de semana.
Seguía teniendo curro de adolescente. Todo él parecía reticente a abandonar esa etapa de la vida en muchos aspectos, aunque desde luego contra su voluntad en más de uno.
—¡Ey, Milo! —gritó con entusiasmo en cuanto me vio. Supongo que cualquier otro habría estado cabreado por lo del día anterior, pero él no.
—¿Qué pasa, tío? —Le choqué la mano—. Oye, perdona por lo de ayer.
—¿El qué de ayer?
Si es que no había más opción que quererlo tal como era.
—Lo de ponerme borde y largarme así.
—Ah, tsss, olvídate, no tenías un buen día, le puede pasar a cualquiera. —Hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.
—Ya. —Sonreí y me rasqué una ceja—. Pero es que siempre me pasa a mí.
—Bueno, ya estoy acostumbrado a tus mierdas, es parte de tu encanto…
¡Guapas! ¿Os pasáis por un garito nuevo que acaba de abrir en la calle Alta?
—les soltó a un grupo de chicas al tiempo que las obligaba a coger los folletos que estaba repartiendo—.
Con esto os darán unos chupitos, «La Zona prohibida», así se llama el local, ¡en la calle Alta!
—gritó para que lo oyeran porque ya casi las había perdido de vista, no habían llegado a detenerse del todo—.
¿Qué te decía? Ah, sí, que no pasa nada, nano, que me alegro de que estés de mejor rollo hoy.
—¿Qué tal fue? ¿Triunfaste?
—Ah, no, qué va… Después de que te fueras, la cosa se torció, eran tres contra uno. —Hizo una mueca entre el fastidio y la diversión.
—¿Sigues siendo virgen entonces? —Sonreí, porque estaba clara la respuesta, pero me gustaba picarlo.
—Calla, joder. —Miró asustado a ambos lados, por si me había escuchado alguien—. Que cualquiera que te oiga pensará que soy un rarito.
—Es que eres un rarito. —Me reí—. Virgen a los veintiséis, eso tiene que ser algún tipo de récord fijo.
—Sabes que ha sido todo mala suerte, pero cualquier noche será mi noche… ¡Ya lo verás! Lo noto cerca…
—¿El qué? ¿El celibato? Yo también te lo noto cerca. Es parte de tu personalidad.
—Eres un cabrón. —Quiso ponerse serio, pero hasta a él le daba risa su situación.
—Lo sé. —Sonreí—. Bueno, que yo he venido por un motivo… Tengo algo que proponerte.
—Tú dirás… ¡La Zona prohibida! ¡En la calle Alta! ¡Chupitos gratis! —Repartió folletos a discreción a varios grupos que pasaban en ese momento—. Perdona, ¿qué decías? ¿Proponerme algo?
—Antes de que te emociones, debes saber que tengo condiciones…
—Condiciones —repitió para dejarme claro que me estaba escuchando, supongo.
Suspiré antes de volver a hablar:
—Estoy pensando que montemos otro grupo.
—¡Venga ya! ¡Sí, joder!
Lanzó los flyers a tomar por culo y saltó a mis brazos como si fuera un futbolista que hubiera marcado un gol.
—Baja, joder, que parecemos julandrones. —Me reí y él obedeció. Y qué bien sentaba reírse, joder.
Me cogió por los hombros, me zarandeó y comenzó a dar saltos.
—¡Sí, joder! ¡Sííííííííííí!
—Vale, vale, controla el arrebato… Te he dicho que tengo varias condiciones.
Frenó en seco los saltos, aunque no el entusiasmo.
—Dispara. —Se cruzó de brazos y se me quedó mirando.
—Recoge tu basura primero, ¿no? —Los folletos que había dejado caer seguían en el suelo y algunos se estaban empezando a volar.
—Paso, esto es más importante. Dime.
—A ver, lo primero, el nombre. Nada de Póstumo en vida, eso está cerrado, no será revivir aquello, será crear algo de cero.
—Hecho.
—Segunda condición: ni una de las canciones de la maqueta. Temas nuevos.
—¿Has compuesto más? —El brillo de sus ojos me dolió como propio.
—No. —Suspiré—. Sigo bloqueado, pero tiraremos de versiones o lo que sea hasta que tengamos canciones nuestras, pero la maqueta a tomar por culo.
—Es una pena, porque todo dios se las sabe, pero son tuyas, tú sabrás… ¿Algo más?
—Sí, hay que buscar un batería y una cantante… La última condición es que… —Me puse todo lo serio que pude y creo que resulté bastante convincente—. No te puedes follar a la cantante.
—¡Qué cabrón! —Me dio una palmada en el hombro—. Si llego virgen a los veintisiete, será tu culpa.
—Claro, culpa mía, seguro. —Se me escapó una carcajada.
—Oye. —Se puso serio de repente—. ¿Y si es una chica maravillosa y me enamoro de ella y ella de mí, qué pasaría?
—Que te despertarías.
—¡Vete a la mierda! Hablo en serio…
—Vale, en ese caso, uno de los dos tendría que dejar el grupo. —Me encogí de hombros—. Pero mi experiencia debería desanimarte de algo así…
Puso una mano sobre mi hombro y me miró con gesto severo.
—Madi fue una hija de puta, Milo.
Imité el gesto de su mano y su mirada intensa.
—Recoge los flyers, Raúl.
Con una sonrisa más grande que su cara, lo hizo.
—Espérame aquí un segundo, no te pires.
Salió corriendo por la plaza y repartió en tiempo récord todos los folletos que le quedaban. No hubo pijo, gótico, alternativo o rocker que no fuera acosado por mi colega. Volvió hasta mí en cuanto terminó.
—Listo, ya he currado por hoy. Vamos a celebrarlo.
—Venga, vamos —acepté para mi sorpresa, hasta me apetecía salir.
La primera parada fue el garito para el que curraba Raúl.
Tenían que pagarle la noche y él quería beneficiarse también de los chupitos gratis que había ido ofreciendo.
Otro de sus intereses ocultos (o no tanto) era comprobar si las chicas a las que había enviado al local habían cumplido, cosa que sí, y si tenía alguna posibilidad con cualquiera de ellas, cosa que ni de coña.
Tres chupitos y un par de cervezas después, salimos de allí entre risas.
No es que sintiera que era la mejor noche de mi vida, ni de lejos, pero había recuperado por un momento una sensación que hacía meses que no me acompañaba.
Nos quedamos plantados en medio de la calle sin tener muy claro a dónde ir.
—¿Qué hacemos? ¿Dónde vamos?
—A casa no, Milo, no te rajes tan pronto —suplicó—. Por favor.
—No me rajo, vamos a por más birra… ¿Qué hay abierto ahora? ¿Vamos a una jam? Me apetece tocar… ¿A La Fuga?
—Estaría guapo, pero a estas horas solo hay críos, mejor a partir de las tres.
—Vale, ¿y a dónde vamos hasta entonces?
—Ni idea. —Se llevó una mano a la mandíbula, como si así fuera a pensar mejor.
—¡Ey, Milo! —La voz de Andrés me pilló por sorpresa, me llamaba desde el otro extremo de la calle. Iba con un grupo grande, también estaban Tania, Oriol y los que intuí que eran más miembros del equipo, porque me sonaba que los había visto en el evento de hacía un rato.
—¿Qué pasa, tío? ¿Dónde vais? —le pregunté mientras me acercaba a ellos para escuchar su respuesta. Raúl me pisaba los talones.
—A La Cueva. ¿Os venís? ¿O ibais a otro sitio?
—No teníamos muy claro dónde… —comenté, pero Raúl me interrumpió.
—Tenemos que hacer tiempo hasta las tres, porque lo que nos apetece de verdad es ir a una jam session, estamos que nos tocamos encima.
Yo cerré los ojos tras ese comentario y escuché las risas de los colegas de Andrés.
—Y aún te preguntarás por qué nunca ligas. —Me reí y le di un golpecito en el hombro.
—¿Qué, nano? ¿Qué he dicho?
—¿Os tocáis encima? ¿Los dos? —preguntó Oriol con un gesto divertido y sus ojos fijos en los míos.
Había algo en su mirada tan reconfortante como inquietante.
Me provocó un cosquilleo extraño al que decidí no prestar atención.
Llevaba bastante alcohol encima y hacía mucho que no salía.
No estaba demasiado lúcido y en ocasiones así a la cabeza le puede dar por pensar cosas raras.
—Bueno, ¿a La Cueva entonces? —cambié de tema para no acabar diciendo alguna estupidez peor que la de Raúl.
—Vamos.
La Cueva hacía honor a su nombre. Estaba en un semisótano oscuro al que se accedía bajando unas escaleras.
Casi casi como mi tienda de discos, aunque no tanto, porque lo mío sí era una bajada a los infiernos.
El ambiente siempre estaba cargado, pero la música era decente.
No era la primera vez que iba, ni mucho menos.
Conocía a una de las camareras porque era la novia del bajista de un grupo de rockabillies con el que habíamos compartido local de ensayo unos meses.
Ellos tenían un par de años más que nosotros, rondarían los veintisiete o veintiocho, pero ella con suerte acabaría de cumplir la mayoría de edad.
En cualquier caso, no estaba yo en condiciones de juzgar la relación de nadie en vista del éxito de la mía.
Raúl se vino arriba en cuanto la vio tras la barra y, por alguna razón, quiso dejar ver a nuestros improvisados acompañantes que aquí tenía «contactos».
—Hola, Berta, guapa, ¿qué tal? ¿Nos pones unas cervezas?
Yo cerré los ojos y chasqueé la lengua a la espera de la respuesta de ella.
—Me llamo Greta, no Berta, capullo.
La verdad es que la niña era capaz de poner en su sitio a cualquiera. Andrés y sus colegas dejaron escapar la risa y a Raúl le subió toda la sangre a la cara.
—Lo sé, lo he dicho para ver si estabas atenta —improvisó y ella le puso una cara que no invitaba a volver a pedirle nada.
Aun así, acudí al rescate de mi amigo y me dirigí a ella con mi mejor intención.
—Hola, Greta, ¿qué tal? ¿Te acuerdas de mí?
—Hola, Milo, ¿verdad? Me dijo Rober que dejasteis el local… Qué putada. —Miró a ambos lados y bajó la voz—. Me gustaba más vuestra música que la de ellos. —Se llevó un dedo a los labios como pidiéndome que le guardara el secreto.
—Gracias. —No pude evitar una sonrisa triste.