5 El estreno
cHM
EL ESTRENO
No sé por qué pensé que el «estreno» del cortometraje sería en una sala de cine alternativa o en un teatro pequeño, como si no estuviera ya acostumbrado a que las expresiones artísticas de bajo presupuesto suelan acabar la mayoría de las veces en garitos de mala muerte.
En honor a la verdad, el pub en el que se iba a proyectar no era tan cutre como los que frecuentábamos al salir de copas, pero tampoco era lo que uno esperaría para un acontecimiento de este tipo.
Casi parecía más una fiesta de culturetas multitudinaria que un evento cinematográfico.
Tania, Andrés y yo llegamos juntos; y Lucía nos esperaba en la puerta.
Me quedé solo con mi amiga gótica en cuanto nuestros otros dos compañeros se acercaron al resto del equipo.
Elegimos una mesa alta con dos banquetas desde la que teníamos muy buena vista de la pantalla y pedimos un par de birras.
Ante las múltiples opciones de cerveza que nos ofrecieron, nos decantamos por la más básica, aunque el local contaba con unos siete grifos diferentes y puede que más de veinte tipos de botellines.
—¿Qué tal ha ido? —pregunté más por romper el silencio que como si realmente pensara que podría haber algo que reseñar de un día en mi tienda.
—Bien, no ha ido mal la caja. Ha venido un rarito preguntando por un par de discos de esos que no conoce ni su puta madre, para ver si se los podíamos conseguir. Te lo he dejado todo apuntado, eso ya lo miras tú.
—Vale, guay. Por lo demás, ¿todo bien?
—Todo bien —asintió.
El equipo del cortometraje al completo tomó asiento en una serie de sillas bajo la pantalla y el murmullo del público comenzó a bajar de volumen.
En cuanto se sentaron las ocho o diez personas que nos iban a dar la charla, entre las que estaban Tania y Andrés, el chaval que había tomado asiento en el centro cogió el micro y empezó a hablar.
Había algo en su voz, o en su aura, que hizo que el local entero enmudeciera para escucharlo.
—Hola. —Se acercó el micro a la boca, que se elevó más por un lado que por el otro.
Era casi como si la sonrisa se le cayera sin querer, pero a la vez como si tuviera el gesto más que preparado—.
Para quien no me conozca, soy Ori. —Andrés le dio un codazo y él se rio—.
Perdón, Oriol Tusquets, el director del cortometraje que vamos a ver en unos minutos.
Muchas gracias a todos por venir y por apostar por el arte, la cultura y el cine minoritario.
Cuando empezamos esta aventura, no teníamos muy claro si se acabaría proyectando ni dónde.
Gracias, por cierto, a La Central, por permitirnos presentar esto aquí hoy, nos habéis salvado la vida…
Así que vosotros hacednos el favor de consumir mucho para que nos dejen repetir con el siguiente.
—Todos dejamos escapar la risa en mayor o menor medida, incluso él—.
Gracias de verdad a todos los que habéis venido, hemos conseguido llenar el aforo, sois unos valientes, porque nadie sabe muy bien lo que va a pasar.
Esto que vais a ver está hecho con mucha ilusión, poco dinero y un montón de horas robadas al sueño.
Y gracias a todas estas personas que dijeron que sí sin preguntar demasiado.
—Hizo un gesto que abarcaba a los que estaban sentados a ambos lados de él—.
A ellos les debo que hoy esto sea una realidad.
Ya solo por ver a todos los que os habéis animado a acompañarnos, nos consideramos afortunados.
No quiero enrollarme mucho más, el corto dura apenas once minutos, que es menos de lo que vais a tardar en elegir qué cerveza pedir.
Espero que os quedéis un rato a charlar con nosotros después de la proyección.
Y ahora me gustaría ceder la voz también a mis compañeros, para que conozcáis un poco cómo ha sido el proceso creativo.
Andrés mostró un segundo micrófono y entre los dos hablaron de cómo habían coescrito el guion.
Escuché con atención y cierta envidia esa parte.
Aunque mi creatividad estaba muerta y enterrada, no quería rendirme, necesitaba creer que en algún momento podría volver a componer.
No me dieron ninguna clave, ni siquiera una idea o una solución milagrosa.
Pero fue interesante conocer el proceso creativo en otro ámbito.
Andrés hablaba. Ori lo miraba en silencio y asentía.
De vez en cuando, hacía alguna puntualización.
Se retiraba de la cara las greñas con calma, como si en realidad no le molestaran y fuera parte de una coreografía estudiada al milímetro.
El pelo le llegaba casi a los hombros y parecía que cada onda caía justo donde tenía que hacerlo, aunque a la vez daba la impresión de que no se había molestado en peinarse desde hacía un mes.
Todo en él parecía así de contradictorio.
Tenía aspecto de ser el más joven de los presentes, pero, a la vez, su actitud y su modo de hablar lo desmentían.
Los micrófonos fueron pasando de mano en mano y cada uno de los miembros del equipo contó su parte del proceso. Eché de menos formar parte de algo así, y de hacer algo creativo también. Finalmente se callaron y empezó la proyección.
No sabría decir si el corto era bueno, porque de cine no entiendo.
De la música, en cambio, sí podía opinar.
La había compuesto Sergio, me lo había dicho Andrés y me lo habían confirmado los títulos de crédito.
Y Sergio podía ser un hijo de puta (lo era, de hecho), pero también un buen músico, eso no había forma de negarlo.
Aunque otro dato igual de cierto, y sin que suene a vanidad, es que yo componía mejor.
Siempre he compuesto mejor que él. No por nada todos los temas de la famosa maqueta de los cojones eran míos.
Terminó la proyección y todo el mundo se acercó a felicitar al equipo. Lucía me dijo que había quedado y se marchó tras asegurarse de que no me hacía una putada. Yo no tenía intención de demorarme mucho más, lo justo para terminarme la cerveza que tenía en la mano.
Apoyé la espalda en una pared y di un trago largo. Paseé la vista por el local y me fui fijando en los diferentes grupitos que se habían formado.
Andrés estaba con otros gafapastas, supuse que hablando de cosas de intelectuales.
Tania firmaba autógrafos y les bailaba el agua a un montón de moscones que, con toda probabilidad, buscaban llevársela a la cama.
El director, por su parte, estaba rodeado de gente. Todo el mundo parecía querer que el hombre de la noche les prestara atención. Todos menos yo. Quizá por eso desperté su interés y vino directo hacia mí.
Ahora lo recuerdo como si algo en el ambiente me mantuviera alerta, aunque, en realidad, no hubo temblores ni avisos.
Nada parecía peligroso, Oriol Tusquets se acercaba a mí como si tal cosa, con esa tranquilidad suya que llegaría a conocer tanto, la que desprende alguien que no necesita caer bien, pero sabe que lo hace.
Ori era luz, eso es innegable. Y cuando estás hundido, como lo estaba yo, es fácil que te enganches a algo así sin darte cuenta.
El problema es que, después de tanto tiempo a oscuras, un fogonazo de ese calibre no te saca del pozo, te deja ciego.
Y la luz, vista desde abajo, no te salva.
Solo te recuerda lo hondo que has caído.
Ignoró a todo el que quiso retenerlo a su paso y llegó hasta mí. Me ofreció la mano y una sonrisa. Le correspondí a la primera, pero desconfié de la segunda.
—Hola, soy Ori.
No sé si fue su forma de estrecharme la mano o el modo de mirarme, pero lo cierto es que sentí un cosquilleo extraño donde mi piel tocaba la suya. Supongo que era el magnetismo natural de Ori, que ya entonces comenzó a hacer de las suyas.
—Milo —respondí y di fin al apretón.
—Milo Vergara, ¿verdad? —Volvió a sonreír.
Asentí y tensé un poco la mandíbula. Otra vez la mierda de siempre.
—Os vi una vez en concierto con Póstumo en vida; nos invitó Sergio. Tengo vuestra maqueta, me encanta…
—Claro —mascullé como única respuesta.
—Sergio nos contó que habíais fichado con una discográfica, que ibais a grabar la maqueta como disco… ¿Qué pasó?
—Que nos dejó tirados, igual que a vosotros… Consiguió plaza en la Berklee y se piró a Boston —solté con una voz tan tensa que me arañó las cuerdas vocales—. Pero seguro que eso ya lo sabías.
Me sostuvo la mirada durante unos segundos.
—Sí, eso lo sé —dijo por fin—. Lo que no sé es por qué se rompe un proyecto así porque falte el batería. Sergio era bueno, pero no insustituible.
Respiré hondo y lo miré a los ojos. Creo que mis dientes rechinaron un poco, pero me vi en la necesidad de contestarle.
—La cantante se fue con él. Sin ella, a la discográfica no le interesaba el proyecto, porque no iba a sonar igual que la maqueta…
—Entiendo. Lo cierto es que la chica tenía una voz muy personal. —Una chispa en su mirada me dio a entender que sabía, o intuía, más de lo que decía—. Y ¿qué haces ahora? ¿Estás en otro grupo?
—No.
—¿No vas a formar otra banda?
—No.
—¿Vas a intentarlo en solitario?
—No. —Me reí con un bufido que no pude esconder.
Él se limitó a mirarme antes de volver con el interrogatorio.
—Por cierto, Milo Vergara, tengo curiosidad… ¿Tienes algo que ver con el pianista ese tan famoso, Camilo Vergara? ¿Os une algún vínculo familiar?
Volví a respirar hondo porque el chaval no tenía por qué saber que no paraba de meter el dedo en la llaga y retorcerlo.
—Yo diría que más genético que familiar… Es mi padre.
Dejó escapar un silbido.
—Intuyo que no tenéis muy buena relación…
—Intuyes bien.
—Mira, te voy a ser sincero, porque no sé cuándo nos vamos a volver a ver y no puedo andarme con rodeos. Tengo que atender a toda esa gente y hay algo que quiero decirte.
Mis cejas se alzaron por voluntad propia ante su franqueza.
—Tú dirás.
—Tengo un proyecto para hacer una serie de reportajes, de documentales humanos… Y me interesa tu historia.
—¿Mi historia? —Abrí más los ojos—. ¿Qué historia?
—La de tu grupo, la de Póstumo en vida. Pero no lo que todos sabemos, me interesa tu visión.
Cómo viviste que vuestra maqueta corriera como la pólvora, que todo el mundo se la copiara, que vuestros conciertos se empezaran a llenar de gente que se sabía vuestras canciones y los garitos se os quedaran pequeños…
Que os empezaran a hacer reportajes en las revistas y que, antes de llegar a triunfar formalmente, el proyecto fracasara.
—Pues parece que ya lo sabes todo —di otro trago a la cerveza—, no me necesitas para nada…
—Sí, claro que sí. Solo quiero grabarte algunas entrevistas y que me cuentes la parte humana, lo que no conoce la gente.
—Soy el tipo que fracasó antes de triunfar —mascullé y volví a beber—. Ya lo sabes todo, no te hago falta.
—Por supuesto que sí. —Llevó una mano a mi hombro—.
Precisamente es eso lo que quiero, coger una historia que conoce todo el mundo y humanizarla, que el público entienda que detrás de lo que nos cuentan las revistas, o los medios en general, hay personas con las mismas inquietudes y los mismos miedos que cualquiera.
—¿Miedo? —Me reí con un bufido—. ¿Por qué iba a tener miedo? ¿De qué?
De nuevo me sostuvo la mirada durante unos segundos con una expresión que no tuve claro qué pretendía. Si por aquel entonces lo hubiera conocido tanto como llegué a hacerlo, habría sabido que era su modo de hacer que te enfrentaras a ti mismo, de ponerte un espejo delante.
—Igual, en tu caso —dijo por fin—, el sentimiento es más de ira, o rabia, rencor… —Una sombra de duda recorrió su mirada, como si no estuviera seguro de si plantearme la pregunta que se moría por que le contestara, pero finalmente lo hizo—: Era tu novia, ¿verdad?
—¿Perdona?
—La chica, la cantante, la que se marchó con Sergio. En el único concierto al que fui, os besasteis en medio de una canción…
—Pues parece que sí lo sabes todo. Lo dicho, no te hago falta. —Di otro trago a mi cerveza para evitar decir alguna burrada.
—Vamos a hacer una cosa, si lo ves bien. Me concedes las entrevistas, me dejas grabar el documental y yo te juro que si luego no quieres que lo difunda, no lo hago. Si no estás de acuerdo con el resultado, lo destruimos… ¿Te parece?
—Qué pérdida de tiempo y de dinero.
—Sin equipo, solos tú y yo. Será como si quedáramos a tomar café y a conocernos mejor, como dos amigos, solo que yo llevaré una cámara.
—Pretendes que te cuente todas mis miserias… Eso suena más a interrogatorio que a amistad.
—Yo te contaré las mías, si quieres… Venga, di que sí…
—Me lo tengo que pensar.
—Vale, lo entiendo… ¿Cómo puedo contactar contigo?
Saqué mi cartera y, de ella, una tarjeta de la tienda.
—«Discos Cara B» —leyó—. ¿Es una tienda de discos? ¿Curras ahí?
Asentí con la cabeza sin intención de dar más explicaciones. En ese momento, apareció Tania y se colgó de su brazo.
—Los dos chicos más guapos de la fiesta hablando entre ellos y pasando del resto… ¿Os parece justo? —Se estiró para mirar la tarjeta que Ori todavía sostenía en la mano—. Ah, la tienda de Milo, ¿le has pedido que te busque algún disco rarito?
—Algo así —respondió sin mirarla, con su atención puesta en mí. Supuse que esa contestación era su modo de demostrarme que eso que quería grabar era algo entre nosotros y que no se lo iba a contar a nadie.
—Guay. Oye, Ori, nos reclaman, quieren hacer unas fotos de todo el equipo… Milo, me lo llevo, te veo luego.
—Yo me voy ya —aseguré.
—Vale, pues te veo en casa —dijo ella, y tiró del brazo del director.
—Un segundo. Adelántate y ahora voy yo, que le tengo que decir una última cosa a Milo.
Tania lo miró con las cejas demasiado juntas y luego a mí. Pero al momento pareció no darle demasiada importancia y, tras un «no tardes», se marchó.
Ori me tendió la mano.
—Ha sido un placer, Milo, te llamaré. —Le correspondí al apretón, pero él aprovechó para tirar de mí y darme un abrazo.
Me susurró al oído—: Miedo a empezar un proyecto nuevo, a volver a fracasar, a confiar otra vez en alguien y que vuelvan a traicionarte…
A todo eso puedes tener miedo. Y sería tan legítimo como comprensible.
Pero si no te reinventas, si no lo intentas una vez más… , ellos habrán ganado.
Se separó de mí y me sostuvo la mirada con una sonrisa que no encajaba nada con lo que acababa de decirme. Tanto era así que, por un momento, llegué a pensar que quizá me lo había imaginado.
—Me lo pienso —dije por toda respuesta.
—Cuento con ello.
Se dio la vuelta y se alejó de mí. Lo vi reunirse con su equipo y eché de menos las risas y la complicidad que había entre ellos, la misma que habíamos tenido en el grupo después de cada concierto.
Entendí sus palabras, porque yo había tenido eso y, aunque mi parte más emocional me decía que no iba a volver a tener nada igual, mi parte racional, tras las palabras de Ori, parecía empeñada en convencerme de que ni Sergio ni Madi eran irreemplazables. En ningún aspecto.
Tomé una decisión con la misma velocidad con la que acostumbro a mandarlo todo a la mierda y salí de allí a toda prisa.