4 Una reunión improvisada
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UNA REUNIÓN IMPROVISADA
—¡Milo! —llegó la voz de Lucía a través de la puerta cerrada, acompañada de un par de golpes suaves en el cristal—. ¿Estás despierto? ¿Abro la tienda?
—¡Lo que quieras! —respondí con la voz tomada todavía por el sueño, por fin había conseguido dormir un rato.
—¿Está Tania ahí? No ha dormido en su cuarto, ¿sabes si volvió anoche?
—Sí, está aquí.
—Vale, me quedo más tranquila, ¿puedo entrar?
—Sí, claro —confirmé, porque, aunque iba en pelotas, estaba tapado hasta la cintura, no había problema de que Lucía se escandalizara. Y sabían de sobra, tanto ella como Andrés, que Tania y yo follábamos de vez en cuando.
Abrió la puerta con el cuidado y respeto que nadie esperaría de una siniestra como ella, pero creo que ha quedado claro que Lucía lo único que tenía de gótica era la estética.
—Buenos días.
—Buenos días, guapa —respondí.
—¿Abro la tienda entonces?
Me froté la cara y fantaseé con la tentadora idea de seguir durmiendo.
—¿Lo prefieres? ¿Necesitas la pasta?
—Me vendría bien, la verdad.
—Vale, pues abre tú… —Me quedé pensando unos segundos en cómo iba el balance del mes. Llegué a la rápida conclusión de que podía permitirme un descanso—. ¿Quieres hacer el día entero?
—Eso sería genial.
—¿Os calláis? —gruñó Tania y se tapó la cabeza con la almohada.
—¿A qué hora es lo tuyo, Tania? —preguntó Lucía sin intención de dejarla seguir durmiendo.
—A las ocho y media. Vienes, ¿no?
De repente, mi compañera parecía haberse despejado lo suficiente como para prestar atención a su interlocutora.
—Sí, si cierro a las ocho, me da tiempo.
—¿De qué habláis? —pregunté porque no me gustaba quedarme fuera de una conversación que se mantenía en mi puta cara.
Tania se incorporó hasta quedarse sentada, con el pelo revuelto, las tetas al aire y los ojos incapaces de abrirse del todo.
—Del estreno del corto ese que hice con los colegas de Andrés.
Algo me sonaba, pero no tenía claro si me lo había dicho a mí también en algún momento para que fuera.
Si lo hizo, seguramente me pillaría muy ocupado pensando en mí mismo y en mi desgracia.
Sabía que ella quería ser actriz, de eso no tenía duda.
Y que había participado en un corto hacía poco, de eso también estaba al corriente.
Lo de que fuera hoy el estreno lo desconocía.
—¿Tú vienes?
—No sé. —Me desperecé—. No sabía que era hoy.
—Joder, Milo, te lo dije la semana pasada tres veces… Es que no haces ni puto caso cuando te hablamos.
—¡Taniaaaa! —llegó la voz de Andrés desde el otro lado del pasillo.
—¡Estamos todos en la habitación de Milo! —gritó Lucía hacia la puerta.
—Venga, reunión en mi cuarto —protesté—. Ni dormir ni levantarme ni vestirme me dejáis.
—Qué mala hostia tienes por la mañana, Milo… —Tania me empujó un poco la cara con la mano y se rio.
—¿Solo por la mañana? —preguntó Lucía con una sonrisa.
—Tania, para lo de esta tarde…. —dijo Andrés entrando en mi habitación—. ¡Oh, joder! —se interrumpió y nos dio la espalda, intuyo que al verla con las tetas al aire—. Perdón, tápate, espero.
—Va, payaso. —Tania se rio y, en lugar de taparse, se estiró con pereza y emitió un gritito. Luego se puso de rodillas en la cama para liberarse por completo de mantas y sábanas.
—Ya está, ya me he tapado —mintió—. ¿Qué pasa, Andrés?
—Que si esta tarde… —Se giró sin plantearse que Tania lo hubiera engañado y se sobresaltó más todavía—. ¡Hostia, tía, tápate!
Se le puso toda la cara roja y estoy seguro de que se empalmó, pero me dio demasiada risa como para fijarme.
—Venga, no hagas este numerito, que me tuvisteis desnuda todo el rodaje… Sabes de sobra lo que hay.
—Eso es distinto —aseguró él todavía de espaldas—. Era trabajo, era arte… Y tampoco fue todo el tiempo, solo en las escenas en las que era imprescindible para la historia… Pero aquí, en casa, en la cama de Milo… Es diferente.
—Pues no veo por qué. —Tania se encogió de hombros y salió de la cama—. Las tetas son las mismas, y el coño también.
—¡Qué fina ella! —grité mientras Tania cogía del suelo una de mis camisas de cuadros.
Se la puso encima sin abrochar, tal como solía hacerlo yo, claro que en mi caso me ponía una camiseta debajo.
Y llevarla como ella en mí no habría resultado tan sexi.
Se la cruzó sobre el pecho y la aguantó con las manos, al modo clásico de batín de abuela, supongo que para que a Andrés no le diera un aneurisma.
—Vale, ya estoy, dime —aseguró.
Él se giró con prudencia y, cuando comprobó que esta vez sí estaba tapada, se relajó.
—Gracias. —Respiró hondo—. Pues verás, te decía que esta tarde…
—¿Todavía tienes esa novia? —lo interrumpió ella.
—¿Qué? —preguntó Andrés con cara de confusión y Lucía y yo disimulamos la risa. A Tania le encantaba picar a Andrés y él siempre entraba al trapo, no teníamos muy claro si por inocencia o porque en el fondo le molaba.
—Que si todavía estás con esa chica.
—Ehm, sí, claro…
—Qué lástima. —Tania chasqueó la lengua con fastidio y dejó caer los brazos a los lados de su cuerpo en señal de derrota, lo que hizo que se le volviera a abrir la camisa.
Andrés esta vez no pudo evitar mirar y tragó saliva de un modo nada discreto.
Ella sonrió con satisfacción y Lucía y yo hicimos lo imposible por no reírnos—.
En fin, ¿qué me decías? Uy, perdón —fingió que no se había dado cuenta de que se le había abierto la camisa y se apresuró a cruzarla de nuevo, pero en lugar de hacerlo sin más, la abrió primero durante unos segundos de un modo muy natural, como si realmente necesitara coger carrerilla o algo.
Andrés parecía al borde del desmayo. Yo no podía culparla, si yo tuviera ese cuerpazo, también iría en bolas siempre que pudiera, lo enseñaría y lo usaría para provocar y para putear a los colegas, estoy seguro.
—Que me ha preguntado Ori que a cuánta gente vas a traer…
—Solo nosotros. —Hizo un gesto que abarcaba a los presentes—. Ay, Ori, ¿y él tiene novia?
—No —se apresuró a responder Andrés.
—Maravilla, ya tengo objetivo para esta noche.
—¿Quién es Ori? —preguntó Lucía poniendo voz a mi propio pensamiento.
—Uno de los directores, el artístico. Es monísimo.
Tiene pinta de crío, pero un rollazo de esos que dices «este tío tiene que ser una fiera», ¿me entiendes?
—Se acercó a Lucía y la cogió del brazo—.
Vamos a tomar un café y te cuento. Milo, haz lo que quieras con tu vida, pero, si vienes, a las ocho en punto en casa y listo para salir.
—Vale.
Las chicas se marcharon de la habitación y Andrés me miró durante un segundo a través de sus gafas de pasta.
Yo no tenía muy claro si de verdad las necesitaba o si eran parte de su look de cultureta alternativo.
La expresión de lerdo que se le había quedado encajaba perfectamente con su pelo de pardillo.
No es que fuera tonto, ni mucho menos, pero siempre que Tania le hacía algo así, lo parecía.
—¿Te acostaste con ella? —preguntó cuando las chicas ya no podían oírle.
—¿Con Tania? Anoche —asentí—. Pero no es la primera vez… Si ya lo sabes…
—Sí, sí, lo sé, y yo no he hecho nada, ¿eh? Ha sido ella, ya lo has visto.
—Tranquilo —me reí—, que podrías hacer lo que quisieras. Ella y yo solo somos amigos. No tenemos nada. Lo hacemos de vez en cuando y ya, cuando ninguno de los dos tiene nada mejor… Yo creo que a ella le molas, así que por mí no te cortes.
—No, no, que yo tengo novia.
—Lo sé. Pues no dejes que Tania te intimide, que cuando quiere es muy cabrona. Lo hace para desestabilizarte porque sabe que lo consigue. —Me reí.
—Lo consigue. —Resopló—. Lo consigue.
No dijo nada más durante unos segundos, pero tampoco se marchó. Yo estaba sentado en mi cama, en pelotas, tapado hasta la cintura con la manta y con ganas de volver a sobarme. El momento raro-incómodo no me venía nada bien.
—¿Quieres algo más, Andrés?
—En realidad, sí. —Me dio la impresión de que se ponía un poco rojo—.
Verás, estamos preparando ya el corto nuevo y hasta ahora las músicas nos las hacía Sergio, ya lo sabes…
y, claro, pues ya no está… —Se me tensó la mandíbula solo de escuchar su nombre y de anticipar lo que me iba a pedir—.
¿Te apetecería a ti ocuparte de la música del próximo?
No haría falta ninguna canción con letra, solo música.
—Paso —solté en un tono quizá demasiado desagradable para la nada que me había hecho Andrés.
—Ya, lo entiendo. Es difícil encontrar a gente que quiera implicarse en proyectos sin presupuesto…
—De todas formas, tampoco me queréis en el equipo, soy muy gafe. —Bostecé—. Últimamente todo lo que toco se convierte en mierda.
—No digas eso, Milo.
—Voy a sobar un rato. Cierra al salir, por favor.
—Claro.
Obedeció y se marchó en un silencio que solo rompió el leve clic de la puerta al cerrarse tras él.
Me supo mal decirle que no, porque de verdad que Andrés me caía bien y me parecía buena gente, pero ¿en serio pensaba que aceptaría sustituir al tío que los había dejado tan tirados como a mí?
¿Al gilipollas que había conseguido que toda mi vida se fuera a tomar por culo?
Ni-de-puta-coña.