3 La gótica y la bakalaera
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LA GÓTICA Y LA BAKALAERA
—¡¿Quién es?! —me llegó la voz de Lucía, una de mis compañeras de piso, nada más abrir la puerta de casa.
—¡Milo! —grité desde la entrada para hacerme oír.
Dejé la chupa en el perchero del recibidor y me asomé al salón.
La encontré hecha un ovillo en el sofá y, como siempre, cubierta de negro de los pies a la cabeza.
Era tan pequeña que casi se perdía entre los cojines y su ropa de ultratumba.
Hasta para ver la tele sola en casa iba con sus botas militares, el collar de la cruz, los labios oscuros y ese perfilador negro que, pese a sus intentos de parecer siniestra, no conseguía ocultar del todo que era demasiado dulce para el personaje que se empeñaba en representar.
Se incorporó un poco y recogió las mangas de su sudadera de The Cure para sacar las manos. Luego se levantó y vino hasta mí. Me miró desde abajo con esos enormes ojos claros bordeados de un negro más oscuro que mi alma en aquel momento.
—¿Todo bien? —preguntó con la fingida despreocupación que usaba cuando en realidad estaba preguntando: «¿te has roto por dentro hoy un poquito?».
—Sí. Bueno. Lo de siempre.
Asintió con calma. Tenía la maravillosa costumbre de no pedir nunca explicaciones.
Su habilidad para entenderme y acompañarme sin hurgar en la herida era un auténtico tesoro.
Pese a su metro y medio y su aspecto de recién salida de un casting de Tim Burton, yo la consideraba algo parecido a mi ángel de la guarda.
—Creía que salías esta noche —tanteó.
—Y salí, pero me cansé pronto.
—Lo entiendo —asintió—. Los jueves están sobrevalorados.
—Sí. ¿Y los demás? —pregunté en referencia a Tania y Andrés, nuestros otros dos compañeros de piso.
—Han salido también.
—¿Tú no? ¿Qué hacían tus colegas? ¿Ir a un cementerio a desenterrar cadáveres?
—Algo así. —Hizo una mueca para esconder una sonrisa y no dio más explicación.
—¿En serio?
Se encogió de hombros.
—¿Has cenado? —cambió de tema descaradamente y no quise indagar más.
—Algo he picado con Raúl, pero no tengo hambre. Me voy a dormir.
—Vale. —Se quedó callada un segundo—. Oye, ¿mañana abro la tienda o no? Me habías dicho que sí, pero como al final no has salido…
Solía echarme una mano cuando lo necesitaba, sin poner condiciones, sin quejarse nunca de mis horarios improvisados. Le pagaba por horas y siempre le parecía todo bien. Pese a la impresión que daba, era la persona de trato más fácil que conocía.
—Si consigo dormir, abro yo. Te digo algo por la mañana.
—Siempre manteniendo el suspense hasta el último momento, como si nadie tuviera nada mejor que hacer que plegarse a tus deseos —bromeó—. Muy rockstar por tu parte.
—No soy una estrella del rock. —Suspiré—. Soy un puto pringado que no sabe ni por dónde le da el aire.
Se puso de puntillas y me besó la mejilla.
—Es una racha, Milo. Aunque ahora no te lo parezca, con el tiempo te reirás de esto.
Bufé sin darme cuenta, porque era absolutamente imposible que yo en algún momento me llegara a reír de esto. De todo lo que había perdido. De todo lo que había podido ser y no había sido.
—Supongo —mentí, porque, aunque no lo creía en absoluto, tampoco quería que esa chica tan dulce se preocupara por mí.
Lucía sonrió y asintió. Volvió al sofá y me dijo desde allí:
—Si necesitas lo que sea, estoy aquí.
—Lo sé —aseguré. Y eso sí era cierto.
Las horas pasaron lentas. Escuché a Lucía apagar el televisor e irse a dormir. Luego oí llegar a Andrés a una hora más o menos decente, pero a mí el insomnio no me estaba dando tregua. El desvelo me pilló con ganas de tocar, pero, como ya era habitual, con cero inspiración para componer.
Bien entrada la madrugada, decidí rendirme a la evidencia de que no iba a conseguir dormir, por lo que me senté a lo indio en la cama y comencé a rasgar la guitarra con mucho cuidado para no hacer demasiado ruido y dejar dormir al resto.
Llevaba más de una hora así cuando escuché la puerta de la calle y, a continuación, los inconfundibles pasos de Tania, mi otra compañera de piso, por el pasillo.
Las puertas de los dormitorios eran de cristal esmerilado, por lo que, aunque no se viera lo que pasaba dentro, si había alguna luz encendida, era imposible no darse cuenta.
La vieja puerta de mi cuarto chirrió sin muchas ganas en cuanto la propietaria de las zancadas llegó hasta ella y la abrió.
Las largas piernas de mi compañera se colaron en mi habitación, y luego el resto de ella misma.
Botas hasta la rodilla con una plataforma imposible, medias hasta medio muslo, un trozo de piel a la vista, una minifalda minúscula y un top que le cubría las tetas y poco más.
Pendientes gigantes, bisutería dorada en la cantidad adecuada para hacer interferencias con la antena de televisión y una coleta alta con el pelo tan estirado que le podría valer de lifting.
Completaba el look una chaqueta peluda demasiado corta para abrigar su casi desnudez y tres toneladas de maquillaje en la cara totalmente innecesario, porque era una chica guapísima que cuanto más intentaba «arreglarse», más se «estropeaba».
Y por supuesto, mascando chicle con la boca abierta, un detalle marca Tania 100 %.
—Ey, ¿qué haces despierto? —preguntó nada más entrar—. ¿No has salido esta noche?
—Sí. —Paré de tocar para hablar con ella, pero no aparté la guitarra—. He vuelto pronto, no estaba de humor…
—Ay, tenemos que hacer algo con ese bajón tuyo… ¿Echamos un polvo?
Me reí entre dientes.
—¿Esa es tu solución?
—A ver —sonrió—, solución como tal tampoco, porque tú lo que necesitas es un milagro, pero igual te anima un poco… Y a mí me apetece… ¿Quieres?
—Vale. —Me encogí de hombros.
Tania y yo teníamos una relación especial, éramos lo que se podría llamar «follamigos». Nos llevábamos muy bien, había entre nosotros una clara atracción física y éramos muy compatibles sexualmente, pero ninguno de los dos sentía el más mínimo interés romántico por el otro.
—Ese entusiasmo… —bromeó—. Oye, que si no te apetece me busco a otro.
—Sí que me apetece —aseguré y ella se quitó la chaqueta—. Pero ¿te desmaquillas antes? Mejor para tu piel por si te quedas dormida, y ya sabes que tu rollo de poligonera mascachapas no me pone nada. —Me reí y ella sonrió.
—Vale, pero a ver si te crees que el tuyo grunge atormentado es sexi, colega…
—Un poquito sí, confiésalo —bromeé.
Aunque no podíamos ser más diferentes, y era una chica en la que no me habría fijado de haberla conocido en otras circunstancias, teníamos una dinámica curiosa y siempre conseguía ponerme de buen humor.
Ser primero compañeros de piso, luego amigos y más tarde follamigos había establecido una buena base en nuestra relación en la que los dos estábamos cómodos y teníamos confianza.
Chasqueó la lengua y salió de la habitación. Yo volví a prestar atención a mi guitarra y, apenas unos minutos después, volvió con la cara lavada e infinitamente más guapa que antes. También se había quitado todo el oro falso que hacía un momento la cubría con pésimo gusto.
—Bellísima —aseguré sin dejar de tocar.
Ella cerró la puerta a su espalda y se quitó el top.
No llevaba sujetador, por lo que me regaló la bonita visión de sus tetas al aire, algo casi irresistible porque Tania tenía las mejores tetas que yo había visto jamás.
La combinación con esa minúscula falda era una puñetera locura.
Me mataban las botas de bakalaera, pero eran parte de su personalidad.
La parte menos bonita, desde mi punto de vista, pero algo muy suyo.
—Si te subes así a bailar al podio de la discoteca, triunfas fijo. Te suben el sueldo, no tengo duda de ello. —Me reí.
—¿Tú crees?
Comenzó entonces a tararear alguna de esas canciones máquina que ponían en las discotecas que ella frecuentaba y a bailar como una gogó, que era, al fin y al cabo, de lo que curraba en aquel momento. A mí se me puso dura al instante, como Tania sabía que iba a pasar.
—Suelta la guitarra, Milo —ronroneó y yo dejé escapar una sonrisa, pero me limité a cambiar de acorde.
—No puedo si sigues tarareando esa mierda. —Sonreí.
—¿Tienes algo mejor? ¿Has compuesto algo?
Paró de bailar y me prestó toda su atención.
—Qué va. —Negué con la cabeza—. Sigo bloqueadísimo.
—¿No te inspiro yo una canción? ¿No te sirvo de musa? —Bajó la cremallera de su falda y la dejó caer al suelo. Se quedó solo con el tanga y las putas botas. Comenzó a contonearse de un modo tan sexi como divertido.
—A ver, voy a probar. —Comencé a hacer un riff rápido e improvisé una melodía muy sosa con un ripio de lo más básico—: Tania, quítate las botas de poligonera que me estás bajando la libido entera…
Ella se rio entre dientes y, en lugar de hacerle caso a mi verso, lo que se quitó fue el tanga.
Chasqueé la lengua.
—Qué mal —protesté—. Me vas a obligar a hacerme cantautor para componer una canción protesta.
Ella solo se volvió a reír y se acercó a la cama para comenzar a trepar por ella hacia mí, con esa naturalidad con la que se comportaba siempre, como si mi cama o mi habitación entera fueran su territorio.
Supongo que ese era parte de su encanto, la seguridad en sí misma que desprendía siempre en lo que al sexo se refería.
Yo dejé la guitarra en el suelo justo un segundo antes de que me alcanzara.
Se montó a horcajadas sobre mí y me besó sin tantear y sin pedir permiso.
Con las mismas ganas con las que te bebes el último chupito cuando ya se han encendido las luces de la discoteca.
Sabía a tabaco y a chicle de menta.
—Tira el chicle, tía —le pedí.
—Claro, perdona. —Se rio y lo dejó en el cenicero de mi mesilla. Aprovechó para coger un condón de la caja que había allí mismo y lo dejó a nuestro lado en el colchón.
Agarró mi camiseta y tiró de ella hacia arriba hasta quitármela. Me dejé, por supuesto. Sus manos estaban un poco frías, pero todo lo demás ardía.
—Pues hoy vamos a follar con las botas puestas, por capullo. —Sonrió.
—Ni hablar. Se me baja seguro, eso es gatillazo fijo —aseguré con la respiración entrecortada.
Ella llevó la mano a mi entrepierna y confirmó mi erección.
—Ni de coña. —Soltó una carcajada—. Si en el fondo te ponen…
—Te aseguro que no —jadeé bajo su contacto.
Me bajó el pantalón con la eficacia que le proporcionaba su amplia experiencia, tanto conmigo como a saber con cuántos tíos más.
Eso era algo que nunca había querido preguntarle, y así iba a seguir porque ni me interesaba ni era asunto mío.
En un par de movimientos estábamos los dos desnudos, aunque ella todavía con las putas botas puestas, como si fuera la Spice Girl actriz porno.
—Parece que estás más fuerte… —murmuró entre beso y beso—. ¿Has estado haciendo ejercicio? ¿Levantando traumas del pasado quizá?
—Qué cabrona. —Me reí entre dientes, llevé una mano a su coronilla y le solté el pelo. Ella agitó la cabeza y su larga melena lisa cayó sobre sus hombros y su pecho. Luego la agarré por la cintura—. Estoy comiendo más, supongo.
—Eso está bien, antes solo te comías la cabeza.
—Estás graciosilla hoy, ¿no?
—¿Tú crees? —Cogió el condón que había dejado preparado y me lo puso antes de que pudiera reaccionar, aunque tampoco me habría quejado.
Tenía un modo especial para ponerme el preservativo que casi podía valer como preliminares.
Se acopló a mi cuerpo y yo cerré los ojos un instante por la impresión de ese primer momento de sentirme dentro de ella.
Empezó a moverse sobre mí, arriba y abajo, arriba y abajo, con un contoneo de caderas matador que sabía que me volvía loco.
Sus brazos rodeaban mi cuello y mis manos aferraban su cintura.
Nuestras respiraciones se mezclaban en ese abrazo tan cercano y yo me concentré en el hipnótico movimiento de su cuerpo.
Me encantaba follar con ella, siempre era todo muy natural, sin presión, sin promesas y sin comidas de olla. Pero con la confianza de dos colegas que se aprecian y se entienden. Los dos sabíamos a lo que íbamos y estábamos de acuerdo.
Me soltó y se arqueó hacia atrás. Apoyó las manos a su espalda y siguió moviéndose con esa cadencia demencial.
Sus tetas seguían el ritmo de un modo totalmente hipnótico, sin darme opción a prestar atención a nada más.
No tardó mucho en sentirse incómoda y estiró las piernas hacia delante, dejándolas a ambos lados de mis caderas.
Sí, con las putas botas. Yo no pude soportarlo y la solté a ella para ir directo a por una de las cremalleras.
—No es verdad —jadeó, pero no se detuvo—. ¿Vas en serio?
—Y… tan… en… serio —respondí entre jadeos al tiempo que le quitaba la primera y la lanzaba al suelo.
—Eres… gilipollas…, Milo…
Repetí el proceso con la otra bota.
—Lo sé…
Deslicé las manos por sus piernas y le quité las dos medias a la vez.
Ella aumentó el ritmo de sus movimientos, con esos gemidos entre risas que parecía reservar para los días que yo los necesitaba. Y yo me olvidé de todo durante unos minutos: de Madi, de Sergio, de la maqueta, de la discográfica… De todos mis fracasos.
Terminó antes que yo, pero supo cómo hacer que la siguiera al instante. Tania siempre sabía cómo alterar la velocidad y el movimiento para conseguir que me corriera cuando ella lo decidía. Y a mí me parecía bien, al fin y al cabo, esa era la finalidad de nuestros encuentros.
Se preocupó ella de quitarme el condón, era una manía que tenía, y de tirarlo. Luego se dejó caer a mi lado respirando con pesadez.
—Ha estado bien —murmuró todavía con falta de aire.
—Sí —confirmé.
—Pero eres muy gilipollas con el tema de las botas.
—Lo sé. —Me giré hacia ella y la besé en el hombro—. ¿Te quedas a dormir o te vas a tu cuarto?
—Lo que prefieras.
—Me da igual —respondí con sinceridad. No era demasiado maniático. Sabía que con ella no iba a haber malentendidos de que se pensara lo que no era, y a mí no me suponía ningún problema dormir acompañado. Tampoco hacerlo solo.
—Pues me quedo, que me da pereza.
—Vale. —Tiré de la manta y nos tapé a ambos.
La miré durante un momento, cuando ya estaba a punto de dormirse.
—Deberías ir siempre así: completamente desnuda y sin maquillar —susurré—. Es como más guapa estás.
Ella sonrió y me enseñó el dedo corazón.
—¿De verdad crees que voy a aceptar opiniones o consejos de estilo de un rockero grunge depresivo venido a menos?
Eso escoció, aunque fuera verdad. O quizá precisamente por eso.
—Pues deberías —bromeé.
—Buenas noches, Milo. —Suspiró.
—Buenas noches.