2 Los de póstumo en vida
LOS DE PÓSTUMO EN VIDA
El antro al que se empeñó en ir Raúl olía a cerveza negra, costo del chungo y decadencia en estado puro.
Tampoco me pillaba de nuevas, era un local al que habíamos ido en otras ocasiones, pero aquella noche todo se me antojaba peor de lo habitual.
Quizá fuera mi actitud de mierda, pero lo cierto era que, más que nunca, aquello me parecía la decrepitud hecha garito.
También debo reconocer que encajaba a la perfección con mi estado de ánimo, pues yo no podía tener menos ganas de estar allí. Ni en ningún otro sitio.
Raúl fingía que no pasaba nada, pero yo estaba tan insoportable que hasta él tenía que darse cuenta por cojones. Esperaba de corazón que no nos encontráramos con nadie conocido, porque para mí no era noche para soportar ni media dosis de conversación banal.
Nos abrimos paso hasta la barra a empujones, los míos no tan delicados como los de mi colega, pero es que todo el mundo me molestaba… ¿Lo había dicho ya?
—¿Cerveza? —me preguntó Raúl casi en un grito para hacerse oír por encima del murmullo.
La música no estaba demasiado alta, pero las conversaciones de la gente parecían amplificadas, como si la estupidez colectiva fuera un altavoz al que alguien había decidido subir los decibelios hasta casi la saturación.
Asentí con la cabeza con desgana y él se las pidió a la camarera con un gesto.
Cuatro chicas nos miraban desde un extremo de la barra y cuchicheaban. No tardaron en acercarse a nosotros y una de ellas se lanzó a hacer la pregunta que todas tenían en mente:
—Hola, ¿sois los de Póstumo en vida?
A Raúl se le hinchó el pecho y respondió con una sonrisa casi más grande que sus ganas de echar un polvo con cualquier persona, animal o cosa que se moviera.
—Sí —contestó con un orgullo del que yo carecía en aquel momento en lo referente a nuestra antigua banda.
—¡Lo sabía! Os vi una vez en concierto… ¡Tengo vuestra maqueta!
«Tú y media España», pensé, pero no se lo dije.
«Y de que os paséis y os grabéis nuestra maqueta como fans entregados no vemos un puto duro, por cierto», pero eso también me limité a pensarlo para mí, porque no aportaba nada y de ese proyecto ya no esperaba recibir ninguna remuneración económica.
Ni de ningún tipo, en realidad. Con que dejara de doler, ya iría bien.
—¿Y te sabes todas las canciones? —preguntó mi colega con su habitual carencia de talento para despertar interés en el sexo opuesto.
—¡Sí! ¿Cuándo vais a hacer otro concierto?
Resoplé sin querer y le di un trago a mi cerveza para evitar soltar alguna bordería.
—Nunca. De Póstumo en vida ya no queda nada —dije en cuanto volví a dejar el botellín en la barra. En fin, es evidente que mi técnica para no ser borde fracasó, como todo lo demás de mi vida.
Raúl me fulminó con la mirada, pero no hubiera hecho falta, porque yo ya sabía que no era eso lo que quería que dijera.
Era más fácil ligar si fingíamos que el grupo todavía existía, pero esa noche no estaba de humor para gilipolleces.
Ni para ligar. Ni para ser un interlocutor interesante o tan siquiera civilizado, supongo.
Más bien era una de esas veladas ideales para meterme en una gruta y hacerme el muerto.
Pero Raúl se había empeñado en salir, así que ahí estábamos, haciendo el imbécil como a él le gustaba…
No podía pretender que también estuviera de buen humor.
—Es una cuestión de tiempo, lo vamos a resucitar —aseguró mi amigo.
—De eso nada. —No es que me apeteciera hablar del tema delante de unas desconocidas, pero había ciertas cosas que a Raúl había que dejarle claro en cuanto surgían o se aferraba a cualquier absurda e imposible esperanza.
El grupo había muerto. Punto. O lo habían asesinado, más bien.
A sangre fría y con crueldad. «Póstumo en vida», puta ironía.
—Es una pena, porque me flipan las canciones —dijo una de ellas.
—Pero la cantante ha dejado el grupo, ¿no? Dicen que fue por eso por lo que ya no vais a grabar el disco… ¿Es cierto? Qué pena, porque tenía una voz preciosa y superespecial… —añadió otra de ellas.
Raúl me miró de reojo y pude adivinar el pánico en sus ojos. Pánico a que yo dijera lo que opinaba de Madi, supongo. Me limité a apretar la mandíbula con fuerza y mirar al infinito.
—Sí, yo creo que con otra cantante no sería lo mismo —confirmó la primera que había hablado.
En ese momento, sentí la necesidad de abandonar la conversación. Podría haber murmurado un educadísimo «si me disculpáis», como en las películas, un «ahora vengo, voy al baño» o incluso un «voy a tomar un poco el aire»; pero me limité a farfullar un grosero «a tomar por culo» y me largué de allí.
Escuché algún «qué borde tu amigo» al alejarme y luego un par de gritos de Raúl que, con toda seguridad, había salido detrás de mí. Me alcanzó en la calle y me agarró del brazo para que no me escapara.
—Joder, Milo, ¿de qué vas? Eres un capullo.
—Déjame en paz. Vuelve dentro con ellas y diles lo imbécil que soy, igual así ligas por una vez en tu vida…
Con un poco de suerte, te estrenas esta noche y dejas de estar tan obsesionado con las tías.
—Le di un leve empujón en el pecho y él resopló por la nariz como muestra de lo mal que le había sentado mi comentario.
Normal, por otra parte, porque había sido de lo más borde.
Ser virgen a los veintiséis era algo que lo atormentaba y lo avergonzaba, y yo acababa de utilizarlo contra él.
Supongo que siempre he sido de los que huyen hacia delante, de los que mueren matando, de los que muerden cuando se sienten heridos.
Ahí Raúl podría haberme hundido en la mierda, podría haberme reprochado que mi situación era más patética que la suya. Pero no lo hizo. No sé si por compasión, por amistad o porque no se le ocurrió, pero se limitó a fingir que yo no había dicho eso.
—Iba a reconducir la conversación sobre el grupo a algún tema más neutro, no hacía falta ser tan desagradable con ellas.
—No estoy de humor para conocer a nadie —gruñí—, y menos para hablar del grupo o de Madi.
—Ha pasado más de un año, tío, supéralo ya. No puedes quedarte atrapado en la misma mierda para siempre…
—Que te jodan, gilipollas —farfullé como un cretino que no aprende de su amigo a pasar por alto comentarios hirientes—.
Supera tú que aquello fue nuestra gran oportunidad y la perdimos.
Que el grupo nunca va a volver y que no vamos a montar otro.
Nuestro momento pasó. Se acabó. Somos unos fracasados.
—Di un tirón para soltarme de su agarre y comencé a caminar para alejarme de él.
No me giré a mirarlo, pero lo conocía lo suficiente como para imaginarlo plantado en medio de la calle con cara de flipado.
Los ojos y la boca abiertos, como el troncho que era, y sin saber bien qué decir.
Ese era el principal problema de Raúl, que casi nunca sabía qué decir.
Aunque, cuando lo sabía, era casi mejor que no lo hubiera dicho.