Adicto al fracaso 1 Una musa
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Adicto al fracaso

Adicto al fracaso

Por Marisa Sefra

© inepub.com

1 Una musa

UNA MUSA

UN AÑO DESPUÉS

Los tachones de tinta negra se multiplicaban como cucarachas sobre el papel como si tuvieran vida propia, igual que el repugnante insecto.

Y eso no era más que otra evidencia de mi absoluta nulidad.

Daba la impresión de que podían escaparse en cualquier momento para huir de mí y de mi incapacidad creativa.

Si hubieran comenzado a moverse por la página, tampoco me habría sorprendido demasiado.

Llevaba tres días atrapado en el mismo maldito estribillo, y cada intento fallido alimentaba un poco más mi frustración.

Encadenaba palabras sin gracia ni intención y las borraba al momento.

Las frases que se me ocurrían eran más propias de un pseudopoeta pretencioso que de alguien con talento.

Quizá me había convertido en eso. Quizá siempre lo había sido y simplemente los golpes recientes me habían dotado de una autocrítica de la que carecía con anterioridad a todo lo que había pasado.

Convertí el bolígrafo en una baqueta improvisada con la que golpeaba el borde del mostrador, con la esperanza absurda de que el ritmo trajera algo más que ese eco sordo que parecía reírse de mi falta de inspiración.

Pero no. Al compás que marcaba mi inesperado instrumento, solo lo acompañaban el zumbido de los tubos de neón del techo y el peso de un nuevo fracaso sobre mis hombros.

Ya empezaba a perder la cuenta de todos los que arrastraba.

—¿Sigues atascado? —La voz de Raúl, el bajista de mi grupo, llegó desde el otro lado del mostrador, rasposa y desagradable como si se hubiera fumado dos paquetes de Fortuna desde esa mañana, cosa que muy probablemente había hecho.

Ni siquiera lo había oído entrar. Podría haberse colado un ladrón o un fantasma, y yo habría seguido clavado en ese maldito bucle de acordes mediocres, esperando que la inspiración me pillara currando, como decía Picasso.

—Sí, tío. Puto estribillo —gruñí y golpeé el mostrador en señal de rendición. Una nueva derrota, algo que ya empezaba a ser recurrente.

—Lo que te hace falta es una musa —soltó Raúl y se acodó sobre la superficie de madera rústica que nos separaba.

—¿Una musa? —Resoplé antes de soltar el bolígrafo sobre el papel con hastío.

Rodó hasta el borde y cayó al suelo con un tintineo más musical que cualquiera de mis intentos de esa tarde.

Parecía burlarse de mí y de mi ya crónica incapacidad—.

Lo que me hace falta es que alguien me pegue una patada en el cerebro y me lo rebobine.

Igual si me meto el boli por la oreja y doy vueltas como con los cassettes…

—bromeé, porque el humor era el único recurso que me quedaba.

—Una musa, tío, una que no base su filosofía de vida en la SuperPop, a ser posible. —Dejó escapar la risa y giró una púa entre los dedos, como si intentara hipnotizar mi mente inútil—. Y que no sea una zorra que… Bueno, ya sabes, no hace falta que te lo diga.

Lo miré con gesto serio, no me hacía gracia que removiera eso, pero así era Raúl, un metepatas profesional, un bocachancla de manual.

—Paso de esa mierda. Mi sequía creativa no va a mejorar gracias a una chica.

El problema es mío, y las tías no son una solución, son más bien la parte fundamental del conflicto.

—Yo sabía que no era justo castigar a todo el género femenino por los actos de una sola cabrona, pero no estaba en mi momento más racional.

Necesitaba descargar de algún modo toda la ira que acumulaba—.

Además, ¿tú qué sabes de musas? ¿Me vas a dar lecciones?

Si la última vez que hiciste algo parecido a ligar la chica confundió tus gestos insinuantes con un ataque de ansiedad…

—Y aun así, mis líneas de bajo suenan mejor que tus estribillos —respondió con esa media sonrisa que a veces me alegraba el día y otras quería borrar de un guantazo—. Oye, a lo mejor es este sótano el problema. Aquí abajo, la inspiración se ahoga con el aire a naufragio que tiene esto.

Levanté la cabeza y miré el lugar: Discos Cara B.

Un nombre que sonaba más a amenaza que a marca comercial, quizá yo mismo había vaticinado el fracaso al bautizarlo.

Era un sótano mal iluminado, con estanterías que parecían a punto de desmoronarse bajo el peso de discos olvidados, pósters amarillentos por el humo del tabaco que siempre parecía ambientar el local y una humedad insana tan desagradable como una resaca chunga.

Parecía un lugar hecho a medida de los que nunca llegaron a nada.

Era un local de culto, con muchas pretensiones y pocos clientes, con un destino similar al de las bandas cuyos discos vendía.

Ahí no encontrarías el último éxito comercial que abarrotaba las grandes superficies, pero sí una grabación inédita de un grupo grunge alternativo del que un total de cuatro personas en el mundo había oído hablar.

Muy adecuado para alguien como yo, cuya carrera musical había terminado antes de comenzar.

La puerta del local chirrió como lo habría hecho en una película de terror barata, lo que contrastó con el tintineo de la campanilla que tenía encima y que parecía alegrarse por cada nueva visita.

Entraron tres chicas con pinta de haber caído de otro planeta.

Ropa cara, peinados perfectos y zapatillas tan blancas que casi brillaban con luz propia.

Se quedaron en el dintel y parpadearon como si acabaran de aterrizar en un universo donde el grunge se había tragado su campo de golf.

—¿Esto es… L’Atelier Urbain? —preguntó una de ellas con voz de anuncio de colonia francesa.

—No, princesa. Eso está arriba, donde venden modelitos que cuestan más que mi bajo —soltó Raúl, con esa actitud que tenía cuando intentaba ligar que, lejos de provocar un flechazo, acababa consiguiendo algo más parecido a un disparo en el pie.

Las tres miraron a su alrededor con una mezcla de asco y curiosidad. Una de ellas se quedó observando un vinilo de un grupo underground y se dirigió a mí.

—Ey, Axl Rose, ¿no tenéis discos normales?

Estaba acostumbrado a que algunos de los desconocidos que entraban en el local me llamaran así.

No me parecía a él más que en el pelo, que ambos lo teníamos muy liso y bastante largo.

Supongo que la gente tiende a buscar referentes conocidos y poco originales.

Aunque confieso que yo a veces me ponía un pañuelo en la cabeza como solía hacer él.

Si le echas un aire, aunque sea en el peinado, a uno de los tíos que más molan del puto mundo, lo suyo es aprovecharlo, ¿no?

—No, lo siento —respondí sin mirarla, mis ojos habían vuelto al paraíso de los tachones, ya que por un momento llegué a pensar que había dado con la frase perfecta. Para mi desgracia, había sido una falsa alarma—. Lo que ves es lo que hay.

—Los de Luis Miguel y Ricky Martin los tenéis aquí al lado, en El Corte Inglés —dijo Raúl, que parecía empeñado en defender su virginidad con uñas y dientes.

La más alta bufó antes de darse la vuelta con un movimiento elegante y las tres salieron de allí. Cuando la puerta se cerró con un golpe seco, me giré hacia mi amigo y dejé escapar una carcajada ronca.

—Joder, has quedado de puta pena —le dije sin tratar de disimular la diversión.

—¿Qué querías que hiciera? —gruñó Raúl y se encogió de hombros—. Eran de otro mundo, tío. Esas no han escuchado una buena canción en su puñetera vida.

—Tío, hasta si les hubieras ofrecido un cigarro de esa mierda que fumas habrías quedado mejor. —Negué con la cabeza y me reí—. No sé cómo lo haces, pero cada vez que hablas con una tía, te juro que veo sobre tu cara el cartelito de Game Over.

—Al menos lo intento, que es más de lo que se puede decir de ti. —Me dio una palmada en el hombro aun a través del mostrador.

—Yo no estoy para mierdas —protesté con desgana.

—Vamos, cierra este agujero. Es hora de ir a tocar algo que no suene a fracaso.

—No estoy de humor para tocar —gruñí. Luego cogí el cuaderno que parecía reírse de mí en cada borrón y lo desterré al fondo de un cajón.

—Pues salimos. ¿Unas birras?

—Es jueves…

—Perfecto, estará todo lleno de universitarias. —Movió las cejas arriba y abajo un par de veces y yo me limité a resoplar.

—No tengo ganas de nada, Raúl, de verdad.

—Llevas más de un año así, Milo. Necesitas volver al mundo de los vivos…

—Para eso tendría que sentirme así, y no es el caso. —Suspiré y salí del mostrador.

Apagué las luces, giré el cartel de ABIERTO a CERRADO y eché la llave.

Salimos al frío y me encendí un cigarro que me supo a la libertad de haber terminado la jornada laboral.

Que en mi tienda se podía fumar, todo el mundo lo hacía, pero yo intentaba no hacerlo para que la satisfacción al cerrar y encender ese primer pitillo fuera doble.

No es que mi negocio fuera un suplicio, ni muchísimo menos.

De hecho, quizá era lo único que iba bien en mi vida.

Y con bien me refiero a que no perdía dinero, lo cual ya era mucho dada la patética situación de los otros aspectos de mi lamentable existencia.

Me encontraba en mi peor momento musical y sentimental, y ambas cosas estaban estrechamente relacionadas, por supuesto.