CAPÍTULO 52
Scarlett
Presente
Este hombre es idiota.
Me he tenido que resistir a gritarle como si fuera una histérica para evitar que los padres de Trevor sacaran conclusiones precipitadas de la relación que mantengo con el que se supone que es solo mi cliente.
Por eso, en todo el trayecto que realizamos hasta llegar a mi piso, tengo las manos aferradas con más fuerza de la necesaria al volante y apenas lo miro a la cara.
Estoy tan furiosa con él en estos momentos que agradezco que mi mente tenga que estar pendiente de la carretera para no estrellarnos en vez de pensar en todas las cosas que podrían haber pasado si no hubiera conseguido que Leighton cerrara la maldita boca.
Aparco en mi plaza y apago la música antes de cerrar la puerta de mi lado de un portazo con el que espero que le haya quedado mi disgusto con la situación que acabamos de vivir.
Por suerte, sigue mis pasos sin decir absolutamente nada y, cuando entramos al fin en la privacidad de mi piso puedo desahogarme todo lo que quiera. Dejo las llaves del coche con un golpe seco en el cuenco de mármol de la entrada y me dirijo a paso apresurado hasta el salón.
—¿Se puede saber qué te pasa, Scarlett?
Su desconcierto me pone más de mala leche de lo que ya lo estaba hace unos segundos. Me giro enfurecida y por poco me choco con su pecho, pues me ha seguido hasta el salón casi sin hacer ruido.
—No, ¿qué te pasa a ti? —Lo señalo con el dedo índice hasta el punto de estrellarlo con fuerza contra su pecho.
Leighton observa el movimiento y frunce el ceño.
—Oye, si es por lo que ha pasado en el hospital…
—¡Claro que es por lo que ha pasado en el hospital!
¿No podías simplemente pasar de ellos y seguir tu camino?
No, lo mejor para esta situación era enfrentarte a ellos, ¿no?
—le recrimino, con la respiración acelerada y cuando me percato de que trata de calmarme colocando una mano en mi codo me zafo de su agarre y me alejo un poco más de él.
—Scarlett, cálmate, por favor.
—¡No puedo calmarme! ¿Te haces una idea de lo complicado que va a ser llevar tu defensa ahora?
—¿Por qué es ahora más complicado?
—¡Porque te sigo queriendo, joder! No puedo permanecer estoica en el juicio como si no sintiera que me voy a morir ante la idea de que mi defensa no sea lo suficientemente fuerte como para evitar que acabes en la cárcel.
Leighton aprovecha mi descontrol para acercarse más y colocar una mano que ahora ya no aparto en mi mentón para que pueda fijarme en sus ojos.
—Scarlett, mírame.
Niego con la cabeza dejando salir algunas lágrimas que ya no puedo reprimir. Porque llevo tanto tiempo conteniendo todas estas malditas emociones referentes a él que en algún momento tenían que salir a la luz. Y ha tenido que ser justo ahora, joder.
Seca mis lágrimas con las yemas de sus dedos y deja sus dos manos acunando mis mejillas. Luego, me da un beso en la frente cuando se da cuenta de que ya me he tranquilizado un poco.
—No vas a perderme, Scarlett. No otra vez —asegura.
—¿Y por qué debería creerte ahora?
—Porque ahora soy consciente de lo mal que lo hice al marcharme sin despedirme, sin darte un motivo que hiciera que comprendieras que nunca tuviste la culpa. Que fue culpa del momento que atravesábamos ambos, no tuya.
—No rompas mi corazón de nuevo, Leighton —murmuro cuando nuestras frentes se unen en un gesto tan íntimo que me eriza la piel.
—Antes rompería el mío con mis propias manos sin dudarlo ni un segundo.
Sus palabras me llegan al alma de tal forma que siento la imperiosa necesidad de unir nuestros labios para sellar esa promesa a la que tanto me aferro en estos momentos.
Nos besamos con desesperación, nuestros labios vuelven a reconocerse al instante como si los días que han pasado desde que lo besé por primera vez desde nuestro reencuentro, hubieran sido un solo segundo.
Leighton coloca su mano en mi nuca para afianzar el beso y me estremezco de placer al notar cómo esa misma mano sube hasta encontrarse con mi cabello, ese cabello que tanto ha extrañado que fueran sus manos las que lo mecieran.
Un jadeo desesperado sale a través de mis labios antes de separarme unos milímetros de él para coger el suficiente impulso como para rodear con mis piernas su cintura.
Sus manos bajan hasta ese mismo lugar y sonrío cuando percibo con los ojos cerrados cómo empieza a caminar a tientas hacia mi habitación.
Me deja sobre el colchón con una delicadeza que consigue que tenga ganas de llorar por todas las veces en las que me he acostado con otros hombres y he deseado que tuvieran la delicadeza que está teniendo él en estos momentos, que me miraran como si todo su maldito mundo se concentrara en esta habitación… en mí.
Su mirada centelleante me roba el aliento y no dudo en empezar a deshacerme de mi camisa blanca con premura, rompiendo algunos botones en el proceso.
—Es una pena, me gustaba esa camisa —bromea, con una sonrisa lasciva al escuchar los botones rebotar contra el suelo.
Niego con la cabeza con una sonrisa en los labios antes de agarrarlo por la nuca y atraerlo hacia mí. Leighton se coloca entre mis piernas mientras siento toda mi piel arder al notar su peso.
—Joder, me sobra toda la ropa —maldice con la boca enterrada en mi cuello, donde no duda en dejar un beso que estoy completamente segura de que a la mañana siguiente será un chupetón.
—Pues no sé a qué esperas para quitártela —replico, al separarme de él unos instantes.
Leighton no tarda nada en deshacerse de su camiseta y vuelve a mí como un lobo hambriento, recorriendo con sus manos desnudas mi abdomen, erizándolo al completo a su paso y consiguiendo que me retuerza en las mismas sábanas en las que he soñado con este momento más veces de las que jamás reconocería.
Mi sujetador acaba cayendo al suelo unos segundos después con una maestría propia de las manos experimentadas de Leighton, que parecer recordar cada centímetro de mi cuerpo tan bien como yo conozco los del suyo y, al fin, cuando vuelve a meterse entre mis piernas, nuestros pechos desnudos acaban encontrándose y logrando que ambos soltemos un sonoro gemido antes de unir nuestros labios de nuevo.
Leighton me devora con sus labios con el ansia propia de un reencuentro que llevaba demasiados años pendiente. Deja un largo reguero de besos por mi abdomen hasta llegar a esa zona que lleva reclamando su atención desde que hemos entrado por la puerta.
Desliza mi ropa interior hasta dejarla a un lado y lleva dos de sus dedos a su boca para humedecerlos y…
Joder.
Agarro con fuerza las sábanas, retorciéndome de placer mientras vuelvo a sentir los labios de Leighton contra mi cuello al tiempo que sus dedos hacen maravillas en mi zona íntima.
Gimo como llevaba tiempo sin hacerlo y llevo una de mis manos a su cabello para agarrarlo con fuerza y regodearme en el placer que sé que está sintiendo ante mi contacto.
Leighton me lleva al límite con sus dedos y acabo dejándome llevar del todo con un gemido que reverbera por toda la habitación y que saca una sonrisa por su parte que me deja algo descolocada.
—¿Qué pasa? —pregunto con la respiración acelerada.
—¿Me das permiso para escribir una canción con el ritmo de tus gemidos?
Suelto una gran carcajada antes de guiar sus labios de nuevo hacia los míos mientras me retuerzo en la cama hasta lograr que Leighton quede debajo. Me deshago de sus pantalones y muerdo mi labio inferior al ver su erección.
En un movimiento rápido, me dirijo a mi mesita de noche para alcanzar un preservativo y abrirlo con las manos antes de ofrecérselo a Leighton para que se lo coloque y acabe con esta tortura emocional de una vez por todas.
Después, al introducirse en mí de una sola estocada que me lleva al mismísimo cielo, nos descubrimos de nuevo con los recuerdos que tan anclados llevamos ambos en el alma.
Nos descubrimos de nuevo con esos silencios y esa soledad que tanto nos ha pesado.
Nuestros cuerpos vuelven a encontrarse en una vorágine de emociones que solo estaba reservada para un amor como el nuestro.
Un amor que ni el tiempo ni las canciones han sido capaces de borrar.