CAPÍTULO 48
Scarlett
El instituto había acabado y con ello habían transcurrido ya dos años desde la marcha de Leighton.
Dos años en los que Scarlett ya había dejado de visitar con asiduidad la casa en la que vivía junto a sus padres porque ya había aceptado —o al menos eso quería creer— que no iba a volver.
Que se había marchado sin decir absolutamente nada y dudaba mucho que un día llegara a su puerta y le suplicara que lo perdonara.
Sabía que Leighton era de ideas fijas y si había decidido abandonarla a su suerte en uno de los peores momentos de su vida, poco podía hacer ella para poder cambiarlo.
La entrada a la facultad de Derecho a la que finalmente logró acceder, sacrificando muchos fines de semana encerrada en casa para estudiar para los exámenes finales del último curso del instituto fue un cúmulo de emociones y sensaciones nuevas que le vino estupendamente bien para no pensar en todo lo que dejaría atrás cuando se sumergiera en los cuatro años que duraría la carrera.
Al menos, al centrarse en una meta fija, dejaría de pensar tanto en él, a pesar de que por las noches siguiera haciéndolo.
Sin embargo, por el día se centraba tanto en pensar en cualquier cosa que no fuera el dolor que le producían los recuerdos que durante unas horas creía que, en el momento menos esperado, acabaría superándolo.
Solo esperaba que ese momento acabara llegando cuanto antes.
Su relación con Kairon había mejorado considerablemente.
Ya no le lanzaba miradas de reproche en silencio ni le recriminaba algo que ambos sabían que estaba mal.
Simplemente su hermano acabó admirando que Scarlett hubiera salido al fin de ese pozo sin fondo en el que se hundió cuando su madre fue ingresada en la clínica, siendo completamente inconsciente de que el motivo por el que su hermana había perdido la luz que llevaba siempre consigo tenía tanto que ver con la marcha de su madre como del que ya había tatuado en su corazón como su primer amor.
Al comenzar la universidad, Scarlett empezó a abrirse poco a poco emocionalmente con algunas compañeras de clase para así distraerse un poco del ruido que había en su mente cuando se permitía pensar de más.
Y, con sus nuevas amistades, también surgieron los primeros chicos después de él.
Esos chicos a los que prácticamente se acercaba de manera algo forzada cuando salía de fiesta con sus compañeras de clase con la esperanza de sacarse esa espinita que llevaba su nombre y que esperaba que dejara de doler de una vez por todas.
Los besos con otros chicos se le antojaron extraños, como si los labios que estaban en contacto con otros no fueran los suyos sino los de una Scarlett que ella misma había configurado a la perfección con la intención de borrar cualquier rastro en su corazón que le recordara su ausencia.
Se sentía en una especie de terreno astral en el que se veía a sí misma besándose con otros chicos y, cuando el encuentro finalizaba, volvía a meterse en su propia piel y los remordimientos por lo que había hecho, remordimientos que no tenían ningún tipo de sentido porque ya no había nada que la atara a él, acudían a su mente de golpe y porrazo y la trastocaban durante varios días.
Scarlett logró encontrar en el primer año de universidad esa rutina que tanto anhelaba y que le permitía mantener los pies anclados a la tierra.
Una rutina que le recordaba que la vida seguía y que, aunque su recuerdo la dejara algunas noches en vilo mientras seguía aferrándose a ese cuaderno que ya se encontraba algo desgastado por las veces que había pasado las yemas de sus dedos entre las letras que él había compuesto, debía seguir adelante.
Porque no podía convertirse en su madre.
No podía permitir que un amor fallido condenara su vida a una llena de sombras y de preguntas para las que jamás obtendría respuesta.
Hablando de Callie, habían pasado dos años y Scarlett todavía no se había atrevido a ir a verla.
Temía que, al hacerlo, no fuera capaz de reconocer a la mujer que hacía unos años sonreía sin previo aviso y con la que tenía largas charlas a cualquier hora de la noche.
Temía mirar sus brazos desnudos y no ver en ellos los abrazos que solía darle cuando era pequeña y las pesadillas la asustaban, sino esas cicatrices que le recordarían que estuvo tan ciega que no pudo ser capaz de apreciar el dolor de su propia madre.
Un dolor que probablemente tardaría años en desaparecer.
Scarlett empezó a convertirse poco a poco en una versión de sí misma que jamás esperó y que, sin embargo, la mantenía viva.
Y eso ya era un avance, teniendo en cuenta el estado en el que se había encontrado meses atrás.
Ahora había recuperado un resquicio de esa relación maravillosa que mantenía con su hermano antes de que todo estallara, solía salir de fiesta para acallar sus demonios y de vez en cuando, se atrevía a probar unos labios desconocidos que le recordaban que, después de él seguía habiendo una vida por descubrir.
Una vida que jamás esperó desear y a la que, sin embargo, debería empezar a acostumbrarse, pues la alternativa no era otra que sumergirse en unos recuerdos que con cada mes y año que pasaba, empezaban a desdibujarse lenta e inexorablemente.