CAPÍTULO 43
Scarlett
Pasado
Había pasado una semana desde que mamá ingresó en el hospital. Una semana horrible en la que los reproches silenciosos parecían vagar por la casa como si las palabras se las hubiera llevado el viento.
Kairon solo me dirigía la palabra para avisarme de que iba a salir de casa unas horas o que iba a ver a mamá al hospital, pero nada más.
Las horas se me hacían eternas, entre el sentimiento de culpa, la pérdida de mi relación con Kairon y la compañía de Leighton, que no se había separado de mí ni un instante desde lo que le ocurrió a mamá.
En esos instantes, me encontraba viendo la televisión.
O eso era lo que me decía a mí misma para evitar pensar en que realmente no estaba prestando la más mínima atención.
Al final la apagué al darme cuenta de que no encontraría nada con lo que poder entretenerme y decidí tumbarme en el sofá para descansar un poco, aunque estaba claro que huir de mi propia mente no era posible.
Sin embargo, mis planes se fueron al traste al percatarme de que la puerta de entrada se abría y se cerraba con un sonoro portazo. Kairon estaba de vuelta y al parecer no estaba de buen humor. Genial, pues ya éramos dos.
Escuché el repiqueteo de las llaves de Kairon en el cuenco de la entrada y tragué saliva al sentir sus pasos dirigiéndose al salón. No estaba preparada para enfrentarme a él de nuevo, no cuando me sentía tan vulnerable que podría ponerme a llorar a la mínima de cambio.
Soltó un largo suspiro antes de sentarse en el lado más alejado del sofá, con toda la distancia posible. Me dolió tanto ese gesto que ni siquiera pude soltar una lágrima, porque ya sentía que me había quedado desprovista de ellas.
—Scarlett, tenemos que hablar.
Joder. Después de esas palabras nunca venía nada bueno.
—¿Ahora quieres hablar?
Sabía que no estaba haciendo bien, que caldear el ambiente era lo último que necesitaba nuestra relación de hermanos para acabar de resquebrajarse del todo.
Pero, sinceramente, estaba harta. Harta de que, por el simple hecho de ser el mayor, se creyera con algún tipo de poder de decisión sobre mí y sobre la situación familiar.
¿Acaso mi opinión y mi sufrimiento no importaban lo más mínimo?
Estaba claro que no. Y la simple idea de sentirme tan indefensa hacia él me ponía de los malditos nervios.
—No empecemos, Scarlett. Por favor te lo pido, ya están las cosas demasiado complicadas como para que metas la puntilla.
Resoplé, cansada de tanta parafernalia y lo insté a hablar. Quería que esa incómoda situación acabara cuanto antes.
—He estado hablando con los médicos y creen que la mejor decisión para que mamá se recupere del todo es… — hizo una pausa, calibrando sus palabras antes de soltar la bomba: —ingresarla en una clínica de desintoxicación.
No sabía si era posible, pero realmente sentí que mi corazón se paró durante unos segundos.
Giré mi rostro lentamente, con una mirada de odio y decepción que jamás creí ser capaz de dedicarle a nadie y mucho menos a mi hermano, a una de las personas a las que más quería en este maldito mundo.
Aunque, al parecer, la traición siempre acababa viniendo de quien menos lo esperabas.
—Espero que esto no sea una broma de mal gusto, Kairon —espeté, señalándolo con el dedo índice y cruzando las piernas sobre el sofá.
—¿Crees que bromearía con algo así?
La indignación que destilaban sus palabras podría ser un reflejo de la mía perfectamente.
—A ver, entiendo que si mamá hizo lo que hizo es porque no está bien, pero… no sé, hay terapias, grupos…
Kairon negó con la cabeza y su silencio me puso más histérica de lo que ya lo estaba.
—Pero es que no es la primera vez que mamá intenta algo así, Scarlett.
Nunca llegas a saber cuándo se te va a terminar de caer el mundo entero encima. Y, mucho menos, que vas a descubrir en cuestión de segundos todo el dolor que ha sufrido alguien a quien tanto quieres sin siquiera darte cuenta de ello.
—En la exploración que le hicieron cuando ingresó, vieron cortes en algunas partes de su cuerpo y ella misma reconoció que se había sobrepasado con el alcohol y con las pastillas alguna que otra vez, solo que esta última… se le fue de las manos.
Lo soltó todo con tanta entereza que llegué a plantearme la idea de que Kairon careciera de corazón. ¿Cómo podía hablar de algo tan duro sin inmutarse? ¿Acaso no sentía el dolor lacerante que me embargaba a mí en esos momentos?
Sin poder evitarlo, empecé a pensar en todos los momentos que había compartido con mamá desde que papá se fue. Todos los momentos en los que, al parecer, no me di cuenta de lo que estaba sufriendo. ¿Cómo no pude darme cuenta, joder?
—Esto nos viene muy grande, Scarlett. No podemos hacernos cargo de la situación de mamá nosotros solos, necesitamos ayuda.
Kairon hizo el amago de coger mi mano, pero rehuí su contacto como si quemara. Como si la traición que se había asentado en esos instantes entre nosotros no me permitiera rozar siquiera su mano.
—Eres un hipócrita de mierda, Kairon.
Las palabras me salieron a través de los labios como si de veneno se trataran. Pero estaba harta. Harta de su condescendencia y de que todo tuviera que ser como él quería.
—¿De qué estás hablando? —farfulló, incrédulo.
—Te quieres deshacer de ella como si fuera un trapo viejo porque te estorba, porque no encaja en la vida que estás empezando a construir con Lisa.
Ya pasabas de ella cuando estaba en casa, pero ahora que está en esta situación te ha venido de perlas para acabar de deshacerte de ella, ¿no? —Escupí, con resentimiento.
—¡SCARLETT!
Kairon se levantó del sofá hecho una furia. Bueno, las palabras dolían cuando la persona que las recibía era consciente de que eran la verdad más absoluta.
—No pienso permitirte que hables así de mí, ¿estamos?
Ya hablamos de esto en su momento, pero al parecer no te ha entrado en esa cabecita.
Papá nos abandonó y tuve que hacerme cargo de todos los gastos, de todas las facturas y de los trabajos de la universidad y muchas más mierdas.
Te pido perdón por querer escapar durante unas horas de la mierda de vida en la que me he metido de lleno por culpa del cabrón de nuestro padre.
Pero no te pienso permitir que me hagas sentir mal por esto, Scarlett.
Mamá no está bien, y esta es la única solución. Punto —apostilló.
La vehemencia de sus palabras se asentó en mi estómago con tanta fuerza que tuve hasta ganas de vomitar. Pasaron varios segundos hasta que Kairon habló de nuevo.
—Echarnos mutuamente las culpas no va a solucionar nada, Scarlett. Esta tarde podemos ir a verla antes de que la trasladen a la clínica. Si quieres puedes ir, está claro que no te lo voy a impedir.
Tragué saliva, mirándolo de reojo porque me sentía tan sumamente traicionada que no podía hacer otra cosa que contemplarlo desde la lejanía que me permitía el sofá que compartíamos.
—¿Y qué pasará ahora que ella no estará? —pregunté cuando Kairon se levantó del sofá, probablemente harto de tener que compartir espacio conmigo.
Él sí que se atrevió a mirarme antes de añadir:
—No tengo ni la más remota idea, Scarlett.
Acto seguido, desapareció del salón para meterse en la cocina y me recosté en el sofá para intentar cerrar los ojos. Esperando que, al abrirlos, todo lo que estaba ocurriendo fuera una maldita pesadilla.
◆◆◆
Abrí los ojos unas horas después al darme cuenta de que alguien estaba llamando a la puerta. Fruncí el ceño porque no esperaba la visita de nadie y esperé a ver si Kairon se dirigía a la entrada porque lo más probable era que se tratara de Lisa.
Sin embargo, tras unos minutos, no escuché a Kairon y seguían llamando a la puerta.
Así que lancé un largo suspiro antes de desperezarme por completo y levantarme del sofá.
Anduve con pasos lentos y pesados hacia la puerta de entrada y mi corazón se saltó un latido al abrir la puerta y encontrar a Leighton en el umbral.
Sin poder evitarlo, mis ojos se llenaron de lágrimas.
Lágrimas que acabé derramando sobre su sudadera cuando, sin pensarlo demasiado, me lancé a abrazarlo.
En ese preciso momento, me importaba bien poco que Kairon pudiera estar en casa.
Solo necesitaba el cobijo de la presencia de Leighton para creer que, aunque mi mundo estuviera cayéndose a pedazos de una forma sumamente rápida, él siempre sería esa tierra firme a la que poder aferrarme cuando el miedo estuviera a punto de vencerme.
Temblé tanto entre sus brazos durante un tiempo que se me antojó eterno que ni siquiera me di cuenta de que había posado sus manos sobre mis mejillas hasta que susurró:
—¿Quieres que hablemos en el porche?
—Espera.
Le pedí a Leighton que esperara en las escaleras mientras comprobaba que Kairon no se encontraba en casa. Al subir rápidamente las escaleras en dirección a su habitación, en la puerta de esta encontré una nota en la que me avisaba de que iba a pasar por el hospital antes de regresar a casa.
Mierda.
Tenía que ir al hospital ver a mi madre antes de que la trasladaran a la clínica. Mi respiración empezó a descontrolarse en el mismo momento en el que debatí durante unos instantes qué narices hacer.
Por una parte, odiaba la idea de imaginarme yendo a ver a mi madre para dejarla en esa residencia. Tenía la sensación de que la estaba abandonando, de que nos estábamos dando por vencidos con ella y que queríamos echarla a un lado en lugar de estar ahí para ella.
Por la otra, me sentía tan sumamente culpable por no haberme dado cuenta de su sufrimiento que la parte más masoquista de mí me decía que a lo mejor, cuando me atreviera a mirarla a los ojos, me echaría en cara no haber estado a su lado lo suficiente para haber sabido apreciar su dolor y haber evitado el estado en el que se encontraba en esos momentos.
Pasé tanto tiempo dentro de casa que Leighton tuvo la necesidad de acercarse a mí para cerciorarse de que no me pasaba nada.
—Scarlett, ¿va todo bien? Si quieres, puedo venir en otro momento.
—¿Kairon te ha contado lo que va a pasar con mamá?
Me di la vuelta para contemplar su rostro y escuchar su respuesta y su asentimiento me tranquilizó un poco porque al menos no tendría que repetir las palabras de mi hermano.
—¿Y qué diría de mí como hija si me estoy planteando la idea de no ir a verla antes del traslado? —confesé, acongojada.
Leighton me miró con tanta ternura y comprensión que me deshice entre sus dedos antes de que estos me acariciaran la mejilla.
—Puedes ir a verla cuando estés preparada, Scarlett. Esto es muy difícil de asumir. Cada uno tiene sus tiempos, ¿vale? Y, si necesitas que te acompañe…
—¿Me acompañarías? —lo interrumpí, con un hilo de voz.
—Claro que sí. ¿Acaso lo dudabas?
Su pregunta finalizó con un beso corto en mis labios con el que le correspondí con un abrazo.
—No me sueltes, Leighton.
—Nunca.
Lo que probablemente no sabía él en esos momentos era que empezaba a anclarme a la necesidad de sentirlo siempre cerca.
A una necesidad que, tarde o temprano, sería nuestra condena.
Esa condena que acabaría llevando nuestra historia a un punto y seguido que duró más años de lo que me hubiera gustado.