CAPÍTULO 37
Leighton
Pasado
Salía de la ducha cuando escuché que alguien me estaba llamando al móvil. Me coloqué rápidamente la toalla alrededor de la cadera antes de salir del cuarto de baño e intenté correr con cuidado para coger la llamada. Mi corazón se paró en seco al leer en la pantalla que se trataba de Scarlett.
Habían pasado un par de días desde el fin de semana que pasé en casa de los Lambert.
El eco de mi confesión me había perseguido mañana, tarde y noche.
Por una parte, sentía que había hecho bien al hablarle de mis sentimientos, pero, por la otra, me aterraba lo que viniera ahora.
El no saber cómo actuar con ella me desconcertaba, pero prefería eso a que ella no supiera lo que mi corazón sentía cada vez que la veía o cada vez que nuestros cuerpos se rozaban sin querer.
Antes de que el tono de llamada finalizara descolgué y su voz lo inundó todo, me inundó a mí también.
—¿Leighton?
—Hola, perdón por tardar en contestar. Acabo de salir de la ducha —me excusé, mientras la ponía en altavoz para ir vistiéndome a la vez que hablaba con ella.
—Tranquilo, no pasa nada. Te llamaba por si te apetecía venir a casa. Kairon ha vuelto a quedar con Lisa porque ella quiere presentarle a sus padres antes de la cena de Navidad y me ha dejado a solas con este maldito árbol pendiente de ser decorado.
Reprimí una risa ante el tono que había usado para referirse a las fechas en las que acabábamos de entrar.
—¿Esta llamada es acaso un aviso de socorro para que te auxilie?
—Qué bien me conoces.
Escuché su risa al otro lado de la llamada antes de colgar. Me vestí rápidamente porque ahora sí que tenía un motivo para querer salir a toda prisa de casa y cerré la puerta de entrada con la ilusión de compartir un nuevo momento con Scarlett.
◆◆◆
Parecía un quinceañero emocionado ante la idea de estar a punto de ver a la chica que le gustaba.
Pulsé el timbre de casa de los Lambert con más nervios que nunca porque las cosas habían cambiado entre nosotros y mi corazón se saltó un latido al ver a Scarlett abrir la puerta y sonreírme con una alegría que se veía perfectamente reflejada en sus ojos.
Y, ¿por qué no admitirlo? me encantaba ser el motivo de ello.
Me invitó a pasar y le pregunté por su madre, ya que me extrañaba que no se encontrara en el salón o en la cocina. Atisbé a ver cómo la expresión en el rostro de Scarlett cambiaba al instante.
—Antes le encantaba la Navidad y reunir a toda la familia, pero desde lo de mi padre…
—Vaya, lo siento mucho, Scarlett. —Apoyé una de mis manos en su hombro para reconfortarla y ella me ofreció una mirada de agradecimiento.
—No creo que salga de la habitación en todo lo que queda de día.
Asentí ante su comentario y para evitar que siguiera pensando en el estado anímico de su madre, porque empezaba a afectarle demasiado, la animé a que me enseñara el árbol, que todavía se encontraba dentro de la caja de cartón, que a su vez estaba rodeada de un montón de bolsas llenas hasta los topes de decoración con la que recargar el árbol hasta el punto de que costara mantenerlo en pie.
Ambos nos cruzamos de brazos ante el panorama en un gesto cómico y reímos antes de ponernos manos a la obra.
Fui a la cocina a por tijeras para abrir del todo la caja mientras Scarlett descartaba la decoración que ya estaba algo desgastada por el uso del año anterior y apartaba al otro lado la que íbamos a colocar.
Las horas pasaron sin que apenas me diera cuenta mientras charlábamos de cosas cotidianas; de sus clases, de sus ganas de entrar en la universidad para estudiar Derecho, de mis avances con la banda y también sobre la complicada situación familiar que ambos estábamos viviendo.
Era tan sencillo hablar con Scarlett de mis problemas que llegué a pensar si realmente el amor no era eso: hablar con la persona adecuada de lo que te duele y, al final, acabar sintiendo que el dolor mengua cuando dejas salir lo que te atormenta.
Admiramos nuestro trabajo una vez acabado; el árbol se alzaba ante nuestros ojos lleno de guirnaldas, bolas de cristal y algún que otro elemento decorativo.
Pero, al ver el ceño fruncido de Scarlett al girarme para mirarla porque llevaba más segundos de la cuenta en silencio, no pude evitar preguntarle:
—¿Qué pasa? ¿Acaso quieres recargarlo más? — La chinché, consiguiendo que me pusiera los ojos en blanco.
En completo silencio, se acercó de nuevo a las bolsas de plástico que contenían toda la decoración y ahora se encontraban medio vacías y empezó a removerlas a la vez que murmuraba:
—Tiene que estar aquí, no puede ser que…
Se interrumpió al iluminársele la mente con una idea que solo ella conocía.
—Espérame aquí —comentó, con la ilusión reflejada en su mirada antes de desaparecer del salón y escuchar sus pasos subir apresurados las escaleras.
Me quedé cruzado de brazos mirando el árbol para ver si me daba cuenta de qué era lo que faltaba, pero lo veía tan recargado de luces y colores que hasta me dolía la vista.
Nunca había sido muy dado a las fiestas navideñas porque siempre me habían supuesto un sobreesfuerzo mental para con mis padres, pues durante esos días señalados fingíamos que seguíamos siendo esa familia que dejamos de ser hacía ya demasiado tiempo.
Me tragué el regusto amargo de mis pensamientos al escuchar a Scarlett trotar hacia mí con una sonrisa que me derritió por dentro.
—Un árbol de Navidad no puede considerarse un árbol de Navidad sin una estrella enorme en su punta, ¿no crees? —preguntó, mientras sacaba de detrás de su espalda la estrella más hortera que había visto en toda mi vida. Hortera y enorme, todo había que decirlo.
Traté de reprimir una carcajada, de verdad que sí, pero no pude evitarlo y acabé partiéndome de risa con ella.
—No te rías tanto y ayúdame a colocarla, anda.
Callé al darme cuenta de lo que me estaba sugiriendo.
El árbol era relativamente grande y era cierto que, si Scarlett quería colocar la estrella iba a necesitar ayuda, pero para conseguirlo necesitaba que yo la alzara y, teniendo en cuenta nuestra última conversación, no sabía si acabaría siendo una buena idea.
Sin embargo, al ver la súplica en su mirada, a la que estaba claro que no podría resistirme ni en mil vidas, acabé accediendo y colocando las manos en su cintura.
Una corriente eléctrica me erizó el vello completo de todo el cuerpo y aunque quisiera echarle la culpa al tiempo que acaecía en esas fechas, estaba claro que la dueña y señora de todas mis emociones en esos momentos era la chica morena de cabello rizado que se encontraba a unos metros de suelo.
La sostuve por la cintura con firmeza, no solo por miedo a que acabara cayéndose y estampándose contra el suelo, sino también por miedo a que todo lo que habíamos vivido hasta ese momento acabara difuminándose en el espacio- tiempo y todo resultara haber sido un sueño.
Traté de ver con el poco espacio que tenía en esos momentos si Scarlett había logrado colocar la estrella y cuando soltó un chillido de emoción, descubrí que lo había hecho.
Se emocionó tanto que empezó a revolverse entre mis brazos y acabó estrechándose contra mi pecho mientras mis manos la seguían sosteniendo con toda la fuerza y con todo lo que sentía por ella en esos momentos.
Me quedé más segundos de la cuenta contemplando cómo nuestros pechos se alzaban y se deshinchaban ante la ferocidad de los sentimientos que nos profesábamos.
Me encontré con su mirada oscura, que brillaba tanto que temía que en algún momento acabara cegándome si seguía mirándome así, como si fuera digno de que alguien como ella, con tanta luz en su interior, pudiera ver algún destello de algo bueno en mí.
Tragué saliva al bajar la mirada a sus labios y me estremecí al notar cómo ella daba un paso más y unía nuestros pechos en un perfecto baile sincronizado que poco tenía que ver con la piel y mucho con nuestras almas.
Con esas almas que se habían encontrado en el peor momento de nuestras vidas y que, sin embargo, no parecían querer soltarse nunca.
—Leighton…
Scarlett susurró mi nombre como si le costara pronunciarlo, como si no acabara de creerse que el momento que estábamos compartiendo fuera real.
Acabó rozando su nariz con la mía y ese simple contacto, esa simple cercanía, me aceleró el corazón de tal manera que la única solución que encontré a que dejara de atronarme los oídos, fue abalanzarme sobre sus labios.
La humedad de sus labios encontró la mía y la estreché aún con más fuerza para profundizar el beso. Rocé con una mano —temblorosa por la emoción— uno de sus rizos y eso consiguió que ella soltara una risa nerviosa con sus labios todavía posados en los míos.
Mi lengua se introdujo en su boca, porque empecé a perder la cordura casi antes de cerciorarme de lo que estaba ocurriendo y, a pesar de que me aterrorizó la idea de que Scarlett pensara que estaba yendo demasiado rápido, dio la bienvenida a mi lengua con un gemido que fue música para mis oídos y que estaba más que seguro de que acabaría protagonizando todos y cada uno de mis sueños hasta el último de mis días.
Con los ojos cerrados por la emoción del momento, de un momento tan trascendental en nuestra relación después de confesar lo que ambos sentíamos, acabé sentándome en el sofá con Scarlett a horcajadas sobre mí.
Mi erección no tardó en hacerse presente y quise morirme de la vergüenza, pero, joder, teniendo en cuenta que tenía a la mujer más bonita sobre la faz de la Tierra observándome con las mejillas sonrojadas y con la lujuria ardiendo en sus ojos, no se me podía culpar de que mis sensaciones más primarias acabaran saliendo a la luz.
Miré a Scarlett con las dudas reflejadas en mi mirada, las dudas por si íbamos demasiado rápido o si esto no estaba siendo lo que ella esperaba.
Temía tanto no estar a la altura que realmente creí estar soñando cuando Scarlett agachó la cabeza para posar sus labios en mi cuello y dejarme un reguero de besos con el que dejé escapar algún que otro suspiro que me hizo pensar que acabaría muriéndome de felicidad de un momento a otro.
Con los ojos aún cerrados por el placer que estaba sintiendo en esos momentos, volví a enredar mis dedos en su cabello rizado y juro que sentí que ese era el mejor lugar del mundo en el que podría estar.
Que daban igual las canciones que acabara creando a lo largo de mi vida, sus gemidos y jadeos en mi oído siempre serían la mejor melodía del mundo.
Presos de la emoción por el momento compartido, casi no nos percatamos de que el ambiente se estaba caldeando bastante cuando mis manos acabaron en su trasero y las manos de Scarlett viajaron con demasiada rapidez al botón de mis vaqueros.
Separé mis labios de los suyos al instante porque no quería que, si en algún momento acabábamos llegando hasta el final, fuera así. Deprisa y corriendo y en el salón de su casa. La mirada decepcionada de Scarlett me rompió el corazón cuando fijó sus ojos en los míos.
—¿Por qué no quieres hacerlo? ¿Acaso no te apetece?
Todavía sentía su respiración acelerada por las emociones que revoloteaban a nuestro alrededor y en nuestros corazones.
Posé una mano temblorosa por tenerla sentada sobre mí en su mejilla y ella acunó el rostro en mi mano.
El gesto me pareció tan tierno que quería inmortalizarlo para siempre y llevarlo conmigo como un tatuaje hecho de tinta invisible en el corazón.
—Disfrutemos de esto sin prisa, Scarlett. No quiero sentir que nos podemos perder sentimientos y emociones por el camino por culpa de las prisas.
—Está bien —acabó asintiendo antes de sellar nuestra especie de pacto de ir con nuestros tiempos con un beso en los labios.
Después del momento tan íntimo que habíamos compartido acabamos abrazados en el sofá mientras mirábamos el árbol decorado en el que habíamos dedicado toda nuestra tarde y mientras sentía su cabeza apoyada contra mi pecho, empecé a pensar en la primera canción que iba a llevar su nombre.
Porque, cuando un músico encontraba a su musa, era complicado que su mente no parara de pensar en formas de hacer a su musa inmortal.