CAPÍTULO 33
Scarlett
Pasado
Me levanté por la mañana con la sensación de que me quedaban todavía muchas cosas por exprimir de ese fin de semana.
Era sábado y al día siguiente Leighton se marcharía y, a pesar de que nos volveríamos a ver porque nuestra amistad no nos permitía estar más de tres días sin vernos, la suerte de tener al chico del que estás pillada viviendo durante un fin de semana entero en tu casa no es algo que ocurra todos los días.
Estiré mi cuerpo entero mientras permanecía envuelta en las sábanas y una vez vencí la pereza, acabé poniendo un pie en el suelo y me asomé a la ventana llevándome al momento una gran sorpresa al ver a mamá sentada en los escalones del porche.
Me calcé las zapatillas lo más rápidamente que pude y bajé las escaleras a trompicones.
Había algo dentro de mí que me instaba a correr por si lo que había visto desde la ventana de mi habitación era una especie de espejismo.
Porque, a pesar de que mamá se encontraba medianamente bien después de todo, se me hacía extraño que ella misma por su propio pie hubiera acabado sentada en el porche.
Sin embargo, al abrir la puerta, mi corazón trastabilló en mi caja torácica al cerciorarme de que era verdad lo que había visto.
Mamá se encontraba de espaldas, con el camisón con el que dormía todas las noches y que recordaba porque era lo último que veía cuando era pequeña, tenía una pesadilla y ella venía a acunarme hasta quedarme dormida.
Se me encogió el corazón por el cúmulo de recuerdos que me invadieron la mente en cuestión de segundos y carraspeé para que se percatara de mi presencia.
Ella se dio la vuelta y me sonrió como hacía tiempo que no lo hacía. Quizá la sonrisa no llegaba a sus ojos, pero me enorgulleció igualmente que tuviera las fuerzas suficientes como para ofrecerme esa versión de ella a pesar de que por dentro seguramente no se acabara de encontrar del todo bien.
—Hola, mamá. ¿Qué haces aquí?
Me indicó con la mano que tomara asiento a su lado y nuestras piernas se rozaron cuando me senté. En un acto meramente cotidiano, que hacía tanto que no sucedía que no pude evitar estremecerme, mamá agarró mi mano y se quedó mirando nuestras manos entrelazadas hasta que empezó a hablar.
—Hace un rato he bajado a beber un vaso de agua y me he encontrado a Leighton en la cocina. Ha ido a comprar algo para desayunar y me ha dicho que, si no me apetecía volver a la cama, podía quedarme aquí esperando a que volviera.
Joder, qué complicado me ponía no sentir cada vez más y más por él.
Leighton sabía perfectamente que tal y como estaba últimamente la mente de mi madre, lo que menos necesitaba era volver a meterse dentro de la cama para seguir torturándose con el eco de los recuerdos y de todos aquellos sueños que se habían quedado a medias desde que papá se fue.
Y, como quizá ir al supermercado, que se encontraba a unos quince minutos en coche, sería demasiado atrevido dado su estado, le ofreció la posibilidad de quedarse en el porche, viendo amanecer y con el viento algo fresco de primera hora acariciando su rostro.
Se me formó un nudo en la garganta al pensar en él y en todas aquellas cosas que me encantaría decirle si no tuviera un miedo atroz a perder su amistad para siempre.
Sin embargo, con sus gestos y sus actos, me ponía muy difícil el hecho de poder resistirme a la tentación de soltar todas las palabras que se agolpaban en mis entrañas y esperar a ver qué pasaba.
—¿Cómo te encuentras, mamá? —pregunté, con tiento, porque últimamente tenía la sensación de que debía medir mis palabras cada vez que estaba con ella.
Ella suspiró e hizo una mueca con los labios que siempre hacía cuando una pregunta la incomodaba o no sabía cómo responderla.
—Sé que no va a volver, pero eso no hace que duela menos y que no pare de preguntarme si pude hacer algo para evitar todo esto.
Como aún teníamos las manos entrelazadas, pude notar cómo empezó a temblar al pensar en él. Estreché aún más el contacto para reconfortarla y para animarla a seguir contándome cómo se sentía.
—No pudiste hacer nada por evitarlo, mamá. Él tomó esa decisión porque quiso ser un cobarde en vez de afrontar la realidad.
—¿Y qué realidad era esa, Scarlett? ¿Dejó de amarme y por eso buscó ese amor en otro lado? Creía que…que el amor no podía doler, ¿sabes? Pero esto que siento en el pecho —soltó mi mano de la suya para colocarla en el lugar del que hablaba— solo puede ser dolor por haberlo amado tanto.
No pude evitar que un par de lágrimas traicioneras rodaran por mis mejillas. No quería mostrarme débil delante de ella, necesitaba que me viera fuerte para poder desahogarse conmigo sin miedo a hacerme daño.
—Mamá, el amor no duele. Duele todo lo que confundes con amor.
Ella negó con la cabeza y posó las manos encima de sus piernas.
—Scarlett, prométeme una cosa, cariño.
Tras unos segundos en silencio me sorprendió que fueran esas palabras las que acabaran saliendo de sus labios.
—Cualquier cosa, dime.
—Prométeme que, si algún día te enamoras de alguien, no antepondrás el amor que sientas hacia él por encima del amor hacia ti misma. Solo así podrás evitar el dolor y no acabarás… así.
No hacía falta que dijera nada más para que comprendiera que se refería a ella y a la situación que estaba atravesando.
—Mamá, ¿seguro que estás bien?
Ella me miró con los ojos anegados en lágrimas y se me partió un poco más el corazón al ver tanto dolor reflejado en esa mirada en la que antes solo había amor y bondad.
—Voy día a día, Scarlett. Pero, supongo que llegará un día en el que pensaré en él y no se me cortará la respiración.
Apoyé la cabeza en su hombro y ella pasó una mano por mi cintura. Permanecimos abrazadas hasta que escuchamos el coche de Leighton llegar y lo ayudamos a llevar las bolsas hasta la cocina.
Mientras ayudaba a Leighton a colocar la comida en la nevera, mamá se fue al salón a ver la televisión y, en el momento en que lo miré sin necesidad de pronunciar palabras para agradecerle lo que había hecho por mi madre, supe que tenía que confesarle lo que sentía por él antes de que acabara el fin de semana para no vivir siempre con la pregunta de qué hubiera pasado si no le hubiera confesado la verdad.
A pesar de que con ello corriera el riesgo de perderlo para siempre.