Adicto a tu recuerdo CAPÍTULO 32 #2
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CAPÍTULO 32 #2

Antes de que la chica responda a los datos que le ha ofrecido Scarlett, mi móvil suena.

Suelto una maldición en voz baja y me disculpo con ambas para coger la llamada.

Es un número desconocido, de ahí que cuando me aparto a un lado para contestar, no espere encontrarme al otro lado de la línea la voz de mi padre.

—Hola, Leighton, ¿podemos hablar?

Me rasco la nuca intentando encontrar la calma que acabo de perder en cuanto he escuchado su voz. Parece que da igual lo mucho que trate de continuar con mi vida y dejar el maldito pasado atrás, este siempre correrá mucho más que yo y me alcanzará cuando menos lo espere.

—Ahora no es un buen momento y, si no te importa, me gustaría que no me llamaras más—contesto lo más calmadamente que puedo.

—Leighton, tu madre y yo tenemos que hablar del divorcio contigo. Y también quiero presentarte a Cass.

—¿Quién coño es Cass? —espeto, más alto de lo que me gustaría teniendo en cuenta que nos encontramos en un sito tan tranquilo que lo único que se escucha, además de mi conversación telefónica son los ascensores.

Escucho un suspiro por parte de mi padre que me hace afirmar que esta conversación le está gustando tan poco como a mí. Entonces, ¿por qué cojones hacemos todo este paripé si está claro que cuanto más alejados estemos el uno del otro mejor?

—Cass es mi prometida, Leighton. Te dije el otro día que me voy a casar. ¿Acaso lo has olvidado?

¿Que si lo he olvidado? Supongo que cuando una persona lleva mintiéndote durante tantos años, ya llega un punto en el que no la crees, y todo lo que dice te entra por un oído y te sale por el otro.

—No sé, pensaba que se te había ido completamente la olla. Hasta donde yo sé, estabas tan aferrado a tu matrimonio con mamá que no concebías una vida sin ella, a pesar de que llevabas engañándola durante años.

Aunque no pueda verlo, sé que mi padre está a punto de replicar, sin embargo, noto la presencia de Scarlett a mis espaldas acompañada además de ese maldito perfume al que está claro que me he convertido en un maldito adicto.

Me doy la vuelta para pedirle un par de minutos más, pero al ver su rostro de comprensión ante la conversación que estoy manteniendo, acabo mandando a paseo a mi padre y cuelgo la llamada sin darle opción a replicar. Ya me he cansado de todas sus tonterías, joder.

Paso una mano por mi pelo, tratando de calmarme, y cuando bajo la mano se me acelera el corazón al instante al ver con mis propios ojos a Scarlett agarrar mi mano libre. ¿Acaso estoy soñando?

Me quedo más segundos de la cuenta observando nuestros dedos entrelazados antes de escucharla susurrar:

—Era tu padre, ¿verdad?

—Eso ahora no importa, vamos a ver a tu madre.

Mis pasos se ralentizan al notar que mi mano sigue agarrada a la de Scarlett. No ha soltado nuestras manos y yo realmente me estoy empezando a plantear si esto no es un jodido sueño.

—Leighton, de nada me sirve que quieras ayudarme con mis problemas si yo no puedo ayudarte con los tuyos. ¿Qué pasa?

Lanzo un suspiro agotado mirando al techo blanco de la clínica y bajo la mirada de nuevo para encontrarme con los ojos marrones de Scarlett en los que ya no encuentro ese odio que parecía permanente desde que nos hemos vuelto a ver.

Lo peor es que el sentimiento que me transmiten sus ojos es uno completamente nuevo al que nunca me he enfrentado.

Esta nueva versión de Scarlett me aterra y me atrae a partes iguales, joder.

—Así, en resumidas cuentas, el muy gallina de mi padre va a divorciarse de mi madre para casarse con una tal Cass.

La boca de Scarlett se abre completamente en una clara mueca de sorpresa y no puedo reprimir mi sonrisa instantánea ante su gesto.

No hace falta decir que aprovecho también para mirar sus labios durante el tiempo que ella me lo permita porque me estoy dando cuenta de que me he convertido en algo parecido a un cazador de momentos.

Momentos que cazo al vuelo en los que ella parece no percatarse de mis gestos porque está centrada en otra cosa y yo aprovecho para recrearme en lo preciosa que sigue siendo, en lo sumamente equivocado que he estado todo este tiempo pensando que escribir canciones sobre ella sería suficiente cuando la verdad es que no hay nada más fuerte que esos amores para los que las palabras no son suficientes.

Porque nuestro amor no puede reducirse a estribillos y bandas sonoras.

Nuestro amor siempre ha estado relacionado con ese pasado que nos unió, ese presente que parece habernos vuelto a unir—o al menos eso deseo—y ese futuro que, por primera vez, no me aterra porque si existe la mínima posibilidad de que ella esté allí, me aferraré a él con uñas y dientes.

—Joder, ¿todo lo que no ha hecho desde que nos conocemos lo piensa hacer ahora?

Río ante su comentario y ella no tarda en contagiarse de mi gesto. Y me parece tan sumamente sencillo y cotidiano estar riendo con ella así, sin rencores y sin malas miradas entre nosotros, que me pregunto cómo he podido vivir todos estos años sin que todo mi ser la escuche reír.

—Mira, ¿qué te parece si vamos poco a poco, primero me enfrento a mi madre y luego vemos qué hacemos con el tuyo?

Maldito corazón, que se acelera al darse cuenta de que ha utilizado un pronombre que nos une a los dos.

—¿Como amigos?

«Joder. Está claro que calladito estoy más guapo».

Al ver que Scarlett se ha quedado en completo silencio, me reitero en que la he cagado y que todo ese buen rollo que estábamos teniendo me lo acabo de cargar de golpe y porrazo.

Sin embargo, cuando cojo fuerzas para decirle que olvide por completo lo que acabo de decirle, ella me sorprende una vez más demostrándome que no se parece en nada a la Scarlett que conocí hace años y, a pesar de eso, me gusta incluso más que antes. Como si eso fuera posible.

—Como personas que comparten un pasado que no pueden olvidar.