Adicto a tu recuerdo CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

Leighton

Presente

Observo a Spencer mover la cucharilla del café con lentitud mientras mira la taza como si fuera lo más interesante del mundo. Más interesante que yo, seguro.

Desde que se enteró de la verdad que escondía mi relación con Scarlett y que se lo había estado ocultando, llevamos dos semanas sin hablar. Dos semanas que se convierten en un completo infierno si la persona que está enfadada contigo resulta ser tu compañero de piso.

Al parecer, mi mirada inquisitiva hace efecto en Spencer porque acaba soltando la cucharilla y lanzándome una mirada llena de odio antes de murmurar las primeras palabras que me dirige en dos semanas:

—¿Puedes parar de mirarme como un puto acosador?

—¿No crees que deberíamos hablar de lo que pasó? —pregunto, con tiento, al tiempo en que me cruzo de brazos.

Spencer me fulmina con la mirada y veo tanto resquemor en ella que me empequeñezco un poco en la silla.

Acostumbrado a que él siempre sea el alma de la fiesta, ese amigo divertido y que siempre tiene una broma para hacerte reír, se me hace complicado lidiar con esta faceta de Spencer.

Aunque supongo que me lo he ganado a pulso.

—¿Sabes lo que pasó, Leighton? Lo mismo que lleva pasando siempre. Que para ir de juerga o pasar un rato divertido, siempre cuentas conmigo, pero, en el momento de la verdad, en el verdadero momento en el que importan los amigos de verdad y más si comparten piso contigo, me das de lado. ¿Por qué?

Joder. ¿En qué momento Spencer ha empezado a sentirse así?

—Claro que cuento contigo, tío. Es solo que con Jaden tengo algo más de afinidad porque cuando lo conocí en la universidad ya conocía a Scarlett y pude hablar con él sobre mis sentimientos hacia ella, como comprenderás no podía hacerlo con Kairon.

—¿Y no tenías pensado decírmelo en algún momento? No sé qué clase de amigo crees que soy, si crees que por estar siempre de cachondeo no me puedo tomar las cosas en serio, pero, joder…

Me estremezco al verlo tragar saliva para calmar su respiración.

—Spencer, yo…

—No, ¿sabes qué? Que estoy harto de solo estar para ti cuando te viene bien.

¿Quién te acompañaba las noches en las que llorabas porque lo tuyo con Caroline no podía ir a más?

Yo. No Jaden ni Macy. Era yo el que se levantaba por la noche al escucharte sollozar al otro lado de la pared y te traía un vaso de agua y trataba de calmarte.

Me duele que me uses a tu maldito antojo, Leighton.

Agacho la cabeza porque está claro que razón no le falta, pero es que… ¿cómo simplificar en una sola conversación una historia tan grande como la que compartimos Scarlett y yo? ¿Compartimos o compartíamos?  Bueno, eso no viene al caso.

—Tengo que irme, mi hermana pequeña ha estado toda la noche vomitando y mis padres no pueden quedarse con ella.

Spencer empieza a recoger su plato y su taza y lo sigo hasta la cocina porque no se va a deshacer de mí tan fácilmente.

—Spencer, huir de la situación no hará que desaparezca, te recuerdo que seguimos viviendo juntos.

—Para mi desgracia, sí. Pero no te preocupes, con lo jodidamente mal que va el tema de la banda por tu culpa no creo que tarde mucho en volver a casa de mis padres por no poder pagar el maldito alquiler.

Aprieto la mandíbula para calmar el torrente de palabras mal acertadas que se agolpan en mi mente y trato de encontrar las adecuadas para no agitar aún más el maldito avispero.

—Te prometo que lo arreglaré, Spencer. La banda es importante para mí, es mi vida.

—Es curioso que algo que supuestamente es tan importante para ti, haya acabado hecho trizas. Mira, como tu relación con Scarlett.

Creo que un balazo en el pecho habría dolido menos que las palabras de Spencer. Comprendo que esto es temporal y que las palabras venenosas que acaba de soltar son fruto del dolor por mi traición, pero, joder, eso no hace que duela menos.

Al ver que se decide a fregar los platos que dejamos apilados anoche antes de marcharse a casa de sus padres para cuidar de su hermana, doy la conversación por terminada, muy afectado y voy directamente a la habitación para vestirme.

Mientras abotono el último botón de mi camisa, me miro al espejo de cuerpo entero que se encuentra al lado de mi armario y me pregunto en qué momento las cosas con Scarlett se han vuelto tan serenas y calmadas como para que confíe en mí para ir a visitar a su madre al centro de desintoxicación en el que lleva ocho años ingresada.

Pero no pienso desaprovechar esta oportunidad.

Ya fallé su confianza una vez y no pienso volver a hacerlo.

Quiero enmendar al fin los errores cometidos en un pasado y preparar un camino directo a Scarlett que me haga creer que aún no la he perdido del todo.

◆◆◆

Aparco delante del piso de Scarlett antes de enviarle un mensaje para avisarla de mi llegada.

Todavía me pregunto si esto es realmente una buena idea, pero luego pienso que es lo que ella necesita y, para qué engañarnos, todo lo que sea acercar posturas entre nosotros, siempre tendrá cierto atractivo para mí, a pesar de que el lugar que vamos a visitar es uno inhóspito y algo frío.

Trago saliva al ver que ha leído el mensaje y espero unos minutos hasta que la veo salir del portal.

Me dedica una pequeña sonrisa antes de subir al coche.

Trato de no fijarme en que se le sube unos centímetros la falda que lleva puesta cuando intenta acomodarse en el asiento.

Le ofrezco una mirada tranquilizadora, mirada que aprovecho para recrearme en la blusa de color claro que lleva y que enseña más de lo que me gustaría por el bien de mis malditas hormonas.

No creo que sea una buena idea aparecer en la clínica para ver a Callie con una empalmada digna de estudio, así que carraspeo y nos sumergimos en silencio en el tráfico de primera hora de la mañana, silencio que se ve interrumpido por el movimiento que hace Scarlett para encender la radio, cosa que le agradezco enormemente porque el corazón me late tan jodidamente rápido que estoy seguro de que si se acercara unos centímetros más a mí, sería capaz de escucharlo sin necesidad de recostar su cabeza en mi pecho.

—Gracias de nuevo por lo que estás haciendo por mí, Leighton. Significa mucho para mí, lo sabes, ¿no?

El temblor en su voz rompe algo dentro de mí y aprovechando que nos encontramos delante de un semáforo en rojo, separo una de mis manos del volante con la intención de posarla en su pierna. Por suerte, me arrepiento al instante, aunque Scarlett se percata de ello.

—No pasará nada porque me toques, podré soportarlo.

—Es que yo no creo que pueda hacerlo —murmuro, agradeciéndole al universo que el semáforo se haya puesto en verde.

Madre mía, la mañana acaba de empezar y ya he tenido que serenarme demasiadas veces, tantas que ya casi he perdido la cuenta.

Unos largos minutos después, Scarlett baja el volumen de la radio al llegar a nuestro destino.

La clínica en la que lleva ingresada Callie durante estos últimos años, se erige ante nosotros como un edificio blanco de múltiples ventanas de color grisáceo y mucho más grande de lo que esperaba.

Miro a Scarlett para cerciorarme de que se encuentra bien y aunque está claro que su cuerpo entero delata que no, asiente pasados unos segundos y ambos salimos del coche.

Dejo que respire unos segundos aprovechando el aire fresco de primera hora de la mañana y asiente por segunda vez cuando consigue controlar sus nervios.

Empieza a caminar con algo de inseguridad, pero cuando me posiciono a su lado para seguir sus pasos, avanza con más seguridad. O quizá sean imaginaciones mías. No sé, creo que los nervios a mí también me están pasando mala factura.

Pasamos a través de las puertas batientes de la clínica y lo primero que observamos es una amplia recepción con un par de chicas que tienen las manos ocupadas en el ordenador.

Apoyo la mano durante unos segundos en la cintura de Scarlett para animarla a seguir y no quedarse parada, castigándome mentalmente al instante porque lo que le he dicho hace escasos minutos en el coche ya ha saltado por los aires.

Porque me supone un mundo entero tanto tocarla como no hacerlo. Con Scarlett Lambert nunca ha habido un punto claro, todo ha sido siempre una gran variedad de grises en vez de un blanco y negro definido.

Scarlett ladea la cabeza al darse cuenta de que mi mano ha acabado posada en su cintura durante unos segundos y sé las preguntas que recorren su mente en este momento, pero ahora mismo no debemos contestarlas.

Primero, porque no tengo una respuesta clara y, segundo, porque lo que vamos a hacer ahora no se trata de nosotros, se trata de ella y de recuperar una parte de su vida que se ha mantenido en pausa durante estos ocho años.

Llegamos al mostrador y cuando la chica morena que se encuentra a nuestra izquierda se percata de nuestra llegada deja lo que está haciendo y nos dedica una sonrisa amable antes de preguntarnos por el motivo de nuestra visita.

—Veníamos a…—Scarlett traga saliva ante la dificultad de formular las siguientes palabras.

La chica frunce el ceño al ver el silencio que ha secundado nuestra llegada y me mira a mí para ver si puedo sacar algo en claro. Y como sé que Scarlett necesita que le eche un cable, acabo respondiendo:

—Venimos a visitar a Callie…

Maldigo para mis adentros al no acordarme del apellido de soltera de la madre de Scarlett.

—Callie Everhart. Soy su hija, Scarlett. Normalmente, suele venir mi hermano, Kairon, a verla.

Las palabras salen algo atropelladas de los labios de Scarlett, pero al menos ha podido pronunciar más de dos seguidas y, teniendo en cuenta la situación que estamos atravesando, ya es más que suficiente.