Adicto a tu recuerdo CAPÍTULO 31 #2
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CAPÍTULO 31 #2

Reí ante su comentario y separó su mano de la mía con tanta delicadeza que estuve a punto de agarrarla de nuevo para pedirle que no me soltara o que sí lo hiciera para dejar de tener la cabeza loca como cada vez que estaba cerca.

No sabía qué hacer, si era lo correcto alejarme de alguien que me hacía sentir tan viva, solo sabía en ese preciso instante que debía aprovechar ese fin de semana en el que Kairon no estaría presente para aclarar mis dudas en cuanto a Leighton y volver a mi vida antes de conocerlo cuanto antes si mi reflexión final acababa siendo tratar de olvidarlo.

—¿Me esperas en el jardín? Tengo que coger unas cosas antes.

—Vaya, esto se va volviendo cada vez más interesante.

Leighton negó con la cabeza mientras sonreía y mentiría si dijera que no me quedé más segundos de la cuenta contemplando el gesto. Hasta lo había observado a cámara lenta, lo mío ya empezaba a ser un problema serio, de verdad.

Me serené cuando Leighton salió de la cocina y yo fui en dirección contraria para salir por la puerta de la cocina ya que era el acceso más rápido al jardín.

Me senté en el último escalón y mientras contemplaba la luna llena que iluminaba un poco el cielo oscuro que se cernía sobre mí, esperé a que Leighton volviera.

Cuando lo hizo, apareció con una libreta y un bolígrafo en su mano. Me estremecí al percatarme de que no se trataba de una libreta cualquiera, era la libreta en la que siempre escribía esas canciones con las que soñaba llenar conciertos el día menos pensado.

Durante las últimas semanas, Leighton me había hecho saber que lo que empezó como un simple hobby que conseguía calmar su mente de la situación familiar que estaba viviendo, se había convertido en algo mucho más grande para él.

Empezó a buscar cursos que podría hacer cuando acabara la carrera e incluso encontró también algún que otro concurso en el que podría participar y, si ganaba, conseguir una productora musical que pudiera trabajar con él y sus canciones y tratar de buscarle un hueco en la industria.

Sin embargo, mientras deambulaba por la universidad un día cualquiera, encontró a una chica que si no recordaba mal se llamaba Macy que según me dijo, cantaba como los ángeles.

Y, gracias a esa especie de revelación, lo tuvo claro al momento: no quería que una productora utilizara sus canciones como le diera la gana y lograran desprender la canción del artista, lo que él quería realmente era llegar a conseguir un grupo, una banda incluso, con la que lograra encontrar su lugar en el mundo.

Un lugar que no le hiciera recordar todo lo que había sufrido con su familia y que le hiciera creer en esos imposibles que dejaban de serlo en el momento más inesperado.

—Macy me ha comentado que le gustan mucho las canciones que le he enseñado, pero cree que quizá debería darle un enfoque más…¿profundo?

—¿Profundo? ¿A qué te refieres?

Leighton inspiró hondo y comprobé en cuestión de segundos que empezaba a ponerse nervioso.

—Sí, ¿no crees que estaría bien empezar a crear más canciones de…amor?

Mis mejillas no tardaron en enrojecerse al escuchar a Leighton pronunciar esas palabras.

Estaba claro que teniendo en cuenta nuestro primer y único beso, no tenía pensado volver a hablar de algo tan íntimo con él, pero parecía que el universo tenía otros planes.

Aunque si quería demostrar ser una persona razonable y que lo que había entre nosotros estaba más que enterrado —una mentira más grande que una casa —debía hacer de tripas corazón.

—¿Y por qué me lo preguntas a mí?

—Venga ya, Scarlett. Deberías saber de sobra que eres la única persona, además de tu hermano, en la que confío plenamente. Eres la única a la que le enseño mis canciones antes de mostrárselas a Macy.

Joder, el corazón empezó a latir como un loco en mi caja torácica y realmente tuve la sensación de que acabaría estrellado contra la hierba de jardín.

Tragué saliva para tratar de calmar los latidos acelerados que me taponaban hasta los oídos y sonreí antes de añadir:

—El amor… menudo tema principal para una canción, ¿no?

Leighton asintió y se quedó callado durante unos segundos. Estaba claro que los dos éramos unos inexpertos en un sentimiento tan grande. Nuestras relaciones personales y familiares eran la prueba de ello.

—No sé, yo siempre he asociado el amor con la intensidad—comenté más al aire que a él.

Vi por el rabillo del ojo cómo empezaba a tomar apuntes, era tan tierno que traté de reprimir una sonrisa en vano.

—¿Por qué crees que el amor es intenso, Scarlett?

Me lo pensé por unos segundos antes de responder.

—¿No es obvio? Cuando alguien está enamorado el prisma de su vida cambia por completo. Creo que cada vez que alguien se enamora aprende a vivir de nuevo. Como si el amor otorgara a la persona que lo siente un prisma con el que ver la vida de otra manera.

—Vaya, parece mentira que nunca hayas estado enamorada.

Por poco me atraganté con mi propia saliva al escucharlo hablar. Porque, si el hecho de que no paraba de pensar en él día y noche no era estar enamorada, no tenía ni idea de qué lo sería.

—¿Y tú? Me dijiste una vez que nunca habías estado enamorado. ¿Cómo lo sabes realmente?

Me miró durante unos segundos que me parecieron eternos e incluso me pareció ver que su mirada bajaba unos milímetros hasta posarse en mis labios.

¿Acaso…? No. Él mismo me había dejado claro que lo mejor era quedar como amigos y que lo que pasó la otra vez debería quedar como un error porque estaba claro que él no sentía nada por mí.

No lo dijo expresamente, imaginaba que para no hacerme daño, sin embargo, ahora que me contemplaba en silencio mientras esperaba una respuesta por su parte, me permití pensar que quizá no estaba todo perdido, o quizá solo estaba alimentando mis fantasías porque siempre era mejor pensar en el amor como un sentimiento compartido que como uno solitario.

Leighton tragó saliva y cuando pensaba que iba a confesarme eso que llevaba tantos días esperando, ese final de cuento de hadas que deseaba conseguir algún día tiró por tierra ese pensamiento que había aparecido de la nada.

—Me han gustado algunas chicas, pero nada tan serio como para plantearme relacionarlas con el amor. Ese es un sentimiento tan grande que creo que no cualquiera merece.

Asentí a su respuesta mientras recogía algunos de los pedazos de mi corazón que acababan de romperse y seguí hablando con Leighton sobre el amor durante toda la noche como si fuera lo más mundano del mundo y no lo más doloroso que estaba segura de que viviría a mis dieciséis años de vida.

Porque esa noche de luna llena, sentada en el porche acompañada del mejor amigo de mi hermano, de la persona que empezaba a convertirse en refugio y en tierra firme en un mundo en el que me aterraba plantar los pies por miedo a caerme, me di cuenta de que me sumergí de lleno en la piscina del amor por culpa o gracias a Leighton Sullivan y que, más pronto que tarde, acabaría ahogándome entre el agua formada por las posibilidades de un futuro juntos y por esas esperanzas que colmarían mis pulmones de un aire que se acabaría convirtiendo en mi más profunda obsesión.