CAPÍTULO 31
Scarlett
Pasado
Se me hacía sumamente extraño ver a Leighton deambular por mi casa como si fuera suya, como si ese fuera su lugar.
Me encontraba sentada en el sofá mientras Leighton trasteaba en la cocina.
Ya había anochecido y debía ir a buscar a mamá a su habitación para avisarla de que teníamos que cenar.
Estos últimos días había estado sorprendentemente bien.
Sí que es cierto que la escuchaba llorar todas las noches, pero, al menos, en algún que otro momento del día se atrevía a salir de la habitación y quedarse conmigo en el sofá.
Y, aunque estuviéramos la mayor parte del tiempo en silencio, para mí ya era más que suficiente porque eso quería decir que poco a poco nuestra madre estaba encontrando de nuevo su lugar en un mundo completamente desconocido para ella.
Con la determinación de ir a la habitación de mamá, me levanté del sofá y fui a avisar a Leighton de que iba a ausentarme durante unos minutos.
Entré en la cocina y me reproché al momento por anhelar que la escena que se estaba desarrollando delante de mis ojos fuera mucho más cotidiana y mucho menos fuera de lo habitual.
Un trapo colgaba del hombro derecho de Leighton mientras removía lo que parecía ser un salteado de verduras en la sartén.
Uno de los mechones de su cabello oscuro se pegó a su frente y su mirada concentrada en la tarea consiguió que me apoyara en el marco de la puerta y me quedara mirándolo como una acosadora.
En serio, debía dejar esa fijación insana que tenía con él si no quería perder al único amigo de verdad que había tenido nunca. Pero, joder, me lo ponía tan complicado que no podía evitar resistirme a la tentación de quedarme mirándolo un poco más, siempre un poco más.
Leighton esbozó una sonrisa sin levantar la mirada de la sartén y por poco me caí de culo al suelo de no ser porque estaba bien apoyada en el marco de madera.
—¿Vas a quedarte mirándome mucho rato?
Mis mejillas se tornaron del mismo color que el salteado de pimiento rojo que se encontraba en el fuego y me castigué mentalmente por no ser más cuidadosa. Tragué saliva y con la intención de no alargar más ese momento incómodo añadí tan rápido que las palabras me salieron de forma atropellada:
—Voy a avisar a mi madre para que baje, ahora vuelvo.
Él se limitó a asentir y más pronto que tarde me abalancé sobre las escaleras deseando que la vergüenza que sentía por todo mi cuerpo se acabara marchando por donde había venido porque solo estábamos a viernes y debía hacerme a la idea de que Leighton no se marcharía hasta el domingo por la tarde, cuando Kairon llegara de pasar su fin de semana romántico —estaba completamente segura de que él lo negaría hasta la saciedad—, y que ese sueño en el que me habría visto sumergida en esos días, llegaría a su fin.
Pero hasta que ese momento no llegara quería darme el lujo de permitirme disfrutar del momento.
Avancé varios pasos sobre las escaleras y aprovechando que la puerta de mamá se encontraba entreabierta me atreví a mirarla un poco a escondidas para saber en qué estado se encontraba.
Sostenía un álbum familiar entre sus piernas.
Contemplé su rostro para cerciorarme de que no estaba llorando y cuando me tranquilicé al ver que solo se había quedado embobada mirando una foto, entré y ella se percató de mi presencia al instante.
—Hola, cariño. Siéntate, estaba mirando este álbum, lo he encontrado al fondo del armario, no sé qué hacía ahí.
Me callé el pensamiento de que en uno de esos días en los que no quería recordar absolutamente nada de papá, había guardado ese álbum al fondo del armario para evitar verlo cada vez que se levantara de la cama.
Sonreí a medias y me fijé en la foto que estaba observando tan anonadada antes de que la interrumpiera.
Era la fotografía de mi sexto cumpleaños; en ella, nuestros padres sonreían abrazados a cámara con una de esas sonrisas con las que luego te dolían las mejillas y Kairon soplaba las velas conmigo.
Recuerdo que luego me enfadé con él por robarme el protagonismo.
Pero, en verdad, me gustaba la imagen mental que generaba esa fotografía en mi mente.
Kairon siempre se encontraba a mi lado como ese guardián que solo se preocupaba por mi seguridad.
Siempre lo había hecho, a pesar de que en esos momentos, notaba a Kairon más perro ladrador y menos guardián.
Tragué el regusto amargo que me generó ese pensamiento y me fijé de nuevo en mamá para sugerirle que bajáramos a cenar porque sino se nos haría tarde.
—Éramos una familia bonita, ¿no crees?
El corazón se me partió en tantos trozos justo en ese momento que pensé automáticamente en cómo podría recogerlos todos luego sin dejar unos pocos en la estancia en la que mamá pasaba los días, tardes y noches.
Me removí incómoda sobre el colchón y con cuidado de no asustarla, cerré el álbum y lo coloqué sobre la mesita de noche.
Antes de que pudiera preguntarme qué estaba haciendo, agarré sus manos, que empezaron a temblar y tragué saliva antes de añadir con voz algo inestable:
—Seguimos siendo esa familia, mamá. Aunque él ya no esté. Kairon, tú y yo.
Ella alzó la mirada e hizo una mueca con los labios.
Supuse en ese momento que quería llevarme la contraria, pero, por lo que fuera, prefirió callar y pasar a otro tema.
Estaba claro que guardar el polvo bajo la alfombra era algo que hacíamos mucho en esta familia.
Pero temía que ese polvo acabara ahogándonos el día menos esperado.
—¿Te apetece cenar? Leighton está preparando la cena.
—¿Leighton?
La confusión en su mirada me hizo sonreír un poco porque hasta a mí me había sorprendido lo que acababa de decir. Se me hacía tan extraño ese escenario que si no fuera porque lo acababa de ver con mis propios ojos, también creería que era una locura.
—Sí, ¿recuerdas al mejor amigo de Kairon? ¿El chico que nos acompañó el otro día a dar un paseo? —Mamá asintió y seguí hablando. —Pues se va a quedar este fin de semana porque Kairon se ha ido unos días con Lisa.
—¿Quién es Lisa?
Sonreí antes de contestar.
—Aunque Kairon se niegue a conocerlo, es la chica que lo trae de cabeza.
Mamá sonrió ante mi respuesta y ese simple gesto llenó mi alma con una luz que esperaba que permaneciera un poquito más y que luchara con la durabilidad de lo efímero.
Bajé con ella las escaleras y me sorprendió enormemente ver que la mesa del salón ya estaba preparada para que los tres cenáramos.
Le agradecí a Leighton con la mirada todo el esfuerzo que estaba haciendo para que todo fuera tan sumamente sencillo y él se limitó a guiñarme el ojo, consiguiendo que mis mejillas se enrojecieran.
De verdad, tenía que darme un baño de agua fría o algo para que las tonterías que se me pasaban por la cabeza cada vez que tenía un gesto así, desaparecieran y no volvieran por nada del mundo si quería seguir manteniendo una simple amistad con él.
La cena fue como la seda. Leighton se encargó de llenar las conversaciones con tonterías que probablemente no tenían sentido ninguno pero que al menos conseguían que mi madre pensara un poco menos en lo oscuro que se había vuelto su mundo de la noche a la mañana y fuera consciente de que seguía habiendo un mundo nuevo y lleno de una luz que acabaría alcanzándola tarde o temprano.
Cuando terminamos de cenar, acompañé a mamá de nuevo a la habitación porque quería leer un poco una revista que había llegado con el correo de la mañana y sonreí al ver cómo le agradecía a Leighton el gesto que había tenido con un corto abrazo que me llenó el alma.
Una vez bajé de nuevo las escaleras al cerciorarme de que mamá se había quedado a gusto estirada en la cama con la revista entre las manos, vi a Leighton empezar a fregar los platos.
—Al final me vas a malacostumbrar. Déjame que friegue los platos al menos, anda.
Él se dio la vuelta al percatarse de que había entrado en la cocina y rio antes de negar con la cabeza y añadir:
—Solo si me dejas secarlos.
Hice ver como que me lo pensaba antes de asentir y ponerme manos a la obra.
Adquirimos con facilidad una acción tan sumamente mundana como fregar y secar platos, solo que acompañados el uno del otro, algo que si me paraba a pensar en hace unas semanas o incluso unos meses, jamás se me hubiera pasado por la cabeza que acabaría sucediendo.
Una vez acabé de fregar el último plato y aprovechando que en ese momento tenía la mirada ocupada en el trapo que secaba mis manos, comenté tan bajo que pensé que no me escucharía:
—Gracias por todo lo que estás haciendo.
Leighton sostuvo durante unos segundos el plato que tenía en sus manos antes de dejarlo en su sitio y apoyar la parte baja de su espalda en la encimera.
—No tienes que agradecerme nada. Ya lo sabes, Scarlett.
—Pero siento que debo hacerlo. Hacía tanto que no veía un ligero brillo en los ojos de mi madre que casi me parecía que era un maldito sueño. Gracias por haber devuelto un poco de normalidad a esta casa, de verdad.
Enmudecí porque sabía que si seguía haciéndolo acabaría llorando y me estremecí al darme cuenta de que una de sus manos iba camino de encontrarse con la mía.
—La noche todavía no ha acabado, y la verdad es que ahora necesitaría tu ayuda, Scarlett.
El susurro me resultó tan íntimo que no pude evitar que un escalofrío me recorriera la piel.
—Espero que la ayuda que necesites sea completamente legal.
—Oh, por supuesto, ¿por quién me tomas?