CAPÍTULO 29 #2
Me miró con la pena y la preocupación colmando sus ojos y por un segundo, uno más largo del que me hubiera gustado, me planteé decirle que no.
Me planteé decirle que no porque estaba claro que, si trataba de huir de Scarlett, quedarme con ella a solas con su madre durante un fin de semana entero era la peor de las ideas.
Sin embargo, se trataba de mi mejor amigo y algo me decía que se sentía completamente desbordado con aquella situación, que solo podía contar conmigo y con Lisa para evitar acabar de perder la cabeza.
Los nervios no tardaron en asentarse en mi estómago al acabar pronunciando esas palabras que acabarían condenándome al pozo sin fondo que suponía ver a Scarlett Lambert como algo más que la hermana pequeña de mi mejor amigo.
—Vale, lo haré. Puedes irte tranquilo.
La sonrisa que Kairon me dedicó, acompañada de un abrazo, me reconfortó por dentro y nos acabamos despidiendo, no sin que antes me comentara que iba a explicarle a su hermana la decisión que había tomado en cuanto al fin de semana.
Me limité a asentir y justo cuando crucé la puerta de entrada de la casa y mis pies pisaron ese césped que ya guardaba un recuerdo del día en el que decidí abrirle mi corazón a Scarlett, escuché su voz a mi espalda, sin evitar que fuera acompañada de un vuelco al corazón que por poco consiguió que acabara trastabillando contra el césped.
—¡Leighton! Espera.
Me di la vuelta y observé cómo caminaba hacia mí. Atisbé detrás de ella y respiré algo más tranquilo al percatarme de que Kairon se había quedado dentro de casa. No quería por nada del mundo que escuchara algo que estaba claro que no debía escuchar.
No tardé en ver el rubor que tiñó sus mejillas en cuestión de segundos, un rubor que había atribuido al instante a lo que venía a contarme o, mejor dicho, a lo que venía a recordarme: ese maldito beso que no quería irse de mi mente de ninguna de las maneras.
—Kairon me acaba de contar que vas a pasar aquí el fin de semana. No tienes que hacerlo si no quieres.
Su nerviosismo al hablar no me pasó desapercibido y mucho menos cómo su mirada iba de un lado a otro con tal de no fijarla en mí.
—¿Por qué crees que no quiero hacerlo? —pregunté, pese a saber la respuesta.
—No hagas esto más complicado, por favor. —Agachó la mirada y, yendo en contra de todo lo que había pensado hasta ese momento de mantenerme alejado de ella, cogí su mano para que fijara de una vez por todas su mirada en la mía.
—Scarlett, mírame.
Ella negó con la cabeza antes de sucumbir a mi súplica. Sus ojos oscuros se fijaron en los míos y tuve que tragar saliva antes de hablar para dejar de escuchar mi corazón en los oídos.
—No sé por qué el otro día ocurrió eso, pero sabes que no está bien, ¿no?
No sabía si la estaba convenciendo a ella o a mí mismo. La expresión de vergüenza al recordar lo que había pasado el otro día entre nosotros no tardó en aparecer en su rostro.
—Lo siento muchísimo, no quería estropear nuestra amistad por una tontería así, Leighton.
El miedo en su mirada me rompió el corazón y tuve que coger fuerzas de donde ni siquiera sabía que las tenía para agarrar sus manos temblorosas entre las mías y tranquilizarla:
—No has estropeado nada, Scarlett. Son cosas que pasan, ¿vale? A veces, cuando pasas mucho tiempo con alguien se confunden los gestos o los sentimientos, pero no voy a dejar de hablar contigo por eso.
Mi voz calmada pareció mitigar su temblor y noté cómo empecé a respirar con más libertad al percatarme de ello.
—Entonces, ¿todo sigue igual entre nosotros?
Aparté mi mirada de nuestras manos entrelazadas y me fijé en sus ojos algo llorosos.
Me limité a ofrecerle una pequeña sonrisa y reprimí el impulso de acariciar su rostro para calmarla.
Ya había estado más cerca de ella de lo que me podía permitir y, teniendo en cuenta que iba a pasar un fin de semana entero con ella, había que empezar a mantener un poco las distancias.
A pesar de que sabía a ciencia cierta que ninguno de los dos quería hacerlo.
Nos despedimos con el abrazo más corto que nos habíamos dado hasta el momento y, mientras vagaba por las calles con la intención de regresar a esa casa sin vida que empezaba a asfixiarme, la pregunta que me hizo Scarlett hacía unos segundos vagaba por mi mente con una única respuesta:
«¿Ha cambiado algo entre nosotros?»
Todo. Absolutamente todo. Porque si antes la veía como algo prohibido, como esa sensación de plenitud que llenaba mi corazón cada vez que estábamos juntos, ahora empezaba a verla como una tentación a la que me costaría muchísimo resistirme para que no acabara saltando todo por los aires.
Fui un completo idiota por pensar que sería capaz de hacerlo, pero en esos momentos era lo único tangible y con sentido a lo que podía agarrarme. Porque la simple idea de perderla, de perder esa amistad que cada vez se iba volviendo más íntima con Kairon, me impedía respirar con normalidad.
Los hermanos Lambert se habían colado en mi corazón sin yo esperarlo siquiera y habían conseguido que un chico que se sentía cada vez más solo y perdido dejara de estarlo cuando se encontraba con ellos.