CAPÍTULO 29
Leighton
Pasado
El recuerdo del beso que me dio Scarlett dos semanas atrás pululaba por mi mente con libre albedrío durante todas las mañanas, tardes y noches. Era un maldito zombie que repetía en bucle un momento que duró segundos y que permanecía en mi mente las veinticuatro horas del día.
Mis pensamientos iban de la idea de que quizá Scarlett había malinterpretado algo en mi amabilidad o en mis gestos de protección hacia ella al pensamiento por excelencia que me martirizaba más que otra cosa: que ese beso me gustó.
Me gustó más de lo que debería porque no era lo correcto, joder.
No solo por nuestras respectivas edades ni porque estábamos en dos puntos de la vida muy distintos, sino porque la traición que había cometido hacia Kairon me dolía como si de un balazo en el centro del pecho se tratara.
Me encontraba atrapado entre lo que debía hacer y lo que realmente quería hacer.
Y para colmo, Kairon me había llamado hacía unas horas para preguntarme si me apetecía pasarme por su casa para acabar de finiquitar el proyecto que teníamos entre manos y luego celebrarlo viendo una película en el salón.
No podía decirle que no porque no tendría ninguna excusa lo suficientemente creíble para darle.
Pero el simple hecho de tener que enfrentarme a Scarlett después de lo que había sucedido, de mirar su rostro, de fijarme irremediablemente en esos labios que habían estado tan sumamente cerca de los míos durante lo que hubiera querido que fueran más segundos, me erizaba todo el maldito vello del cuerpo.
No quedaba de otra; debía afrontar las consecuencias de mis actos, así que antes de pensármelo una vez más, me levanté de la cama, me di una ducha de agua bien fría, a pesar de que las temperaturas ya empezaban a ser algo frescas y bajé las escaleras con la intención de salir de casa sin tener en cuenta que mi padre iba a abordarme antes de colocar la mano en el pomo de la puerta.
—Leighton, ¿podemos hablar?
Llevaba semanas sin pasar por casa y si lo hacía era a altas horas de la madrugada, cuando yo ya estaba en el quinto sueño. Y que precisamente ahora le entraran las ganas de hablar me sentaba como una jodida patada en el culo.
—Ahora no puedo, tengo prisa —le advertí, dándole la espalda.
Sin esperarlo, noté su mano cálida posarse en mi hombro y me estremecí ante su contacto.
Lejos habían quedado ya las veces en las que era un crío que lo único que quería era pasar tiempo con su padre y ralentizar el tiempo a su lado.
Me zafé de su contacto y me atreví a mirarlo a la cara.
Fue duro reconocer que hacía tanto tiempo que nuestros caminos no se cruzaban que casi había olvidado algunos de los rasgos de su rostro.
Aunque estaba claro, mientras contemplaba su cabello oscuro y unos ojos de un azul gélido que reflejaban perfectamente el órgano que escondía en su caja torácica, que lo único que me unía a Marlon Sullivan era un apellido que respaldaba una familia que se hacía pedazos.
Me tragué el impulso de rabia que me zarandeó el cuerpo entero y decidí escucharlo porque supongo que, a pesar de contar ya con diecinueve años, nunca dejaría de ser ese crío que deseaba como un condenado regresar a esa época de su vida en la que lo tuvo todo y no se preocupó por pensar que llegaría un momento en el que esa imagen de familia idílica acabaría desapareciendo.
—Tengo solo cinco minutos.
Mi padre se limitó a asentir y con la mano me indicó que prefería que mantuviéramos la conversación en la cocina.
Seguí sus pasos con el pulso agolpándose en mis oídos y tomé asiento en una de las sillas que descansaban delante de la pequeña mesa de la cocina en la que últimamente desayunaba completamente solo.
—Bien, tú dirás —lo señalé para posteriormente cruzarme de brazos en un gesto claramente a la defensiva, porque suponía que ambos sabíamos que esa falsa cordialidad no tardaría en desaparecer.
Observé como le costó tragar saliva y me removí incómodo en la silla ante su actitud.
—Tu madre me ha hecho saber todas las cosas horribles que le has dicho. No voy a consentir que le faltes al respeto de esa manera.
Tenía la sensación de estar en un plató de televisión de un programa de comedia, porque no podía ser que acabara de soltar lo que acababa de soltar.
¿Me hablaba él de respeto? ¿Precisamente él?
Reprimí la carcajada que pugnaba por salir porque quería tratar de mantener la calma un poco más.
Aunque estaba claro que eso estaba a años luz de suceder y más cuando se trataba de él.
De esa persona que un día fue mi héroe y que ahora simplemente veía como el cobarde más grande que había tenido la desgracia de conocer.
—Tiene gracia que precisamente tú me hables de respeto, papá. Mira, sois lo bastante mayorcitos como para decidir qué hacer con vuestras vidas, pero no me consideréis un idiota porque no lo soy, ya no.
El tono de mi voz se endureció a medida que iba hablando, pero me recompuse en cuestión de segundos porque no quería perder los papeles con alguien que estaba claro que había dejado de merecer la pena.
—Tu madre y yo sabemos perfectamente lo que estamos haciendo.
—¿Y acaso le veis algún tipo de sentido a toda esta locura? Si no os queréis es tan sumamente sencillo como divorciaros y empezar de cero. No veo la dificultad.
Él negó con la cabeza y eso solo consiguió enfurecerme todavía más. Había olvidado completamente lo terco que podía llegar a ser.
—No he dejado de querer a tu madre, no digas estupideces, Leighton.
Solté una risa irónica antes de añadir:
—Pues permíteme decirte que tienes una forma curiosa de querer. ¿Os demostráis vuestro amor mutuo follándoos a otros? Mira que tengo la mente abierta, pero no tanto.
Mi padre apretó tanto la mandíbula que temí por que acabara rompiéndose e incluso atisbé a ver cómo apretaba los puños a sus costados antes de soltar un sonoro golpe en la mesa que no me sobresaltó lo más mínimo, porque sabía que ese gesto solo quería hacerle creer que tenía el control de algo que estaba demasiado claro que hacía tiempo que había perdido.
—¡Deja de juzgarnos, joder! ¿Te crees que sabes algo del amor por ser más joven? No sabes lo jodidamente duro que es tratar de mantener viva una relación de tantos años, Leighton. Lo jodidamente complicado que es volver a empezar a nuestra edad. Tu madre y yo nunca dejaremos de querernos.
Harto de tanta palabrería, me levanté de la mesa dejando a mi padre completamente sorprendido.
—No he terminado de hablar contigo, Leighton.
—Pues yo sí, ya han pasado cinco minutos —espeté, haciendo ver que miraba un reloj invisible en mi muñeca.
Mi padre se limitó a chasquear la lengua y a dar por terminada la conversación porque estaba claro que ninguno de los dos iba a dar su brazo a torcer.
Salí por la puerta trasera de la cocina que daba al jardín y al fin pude respirar todo el aire que me había faltado mientras discutía con él.
◆◆◆
Pulsé el timbre del hogar de los Lambert con el corazón en la garganta y ocurrió precisamente lo que deseaba que no ocurriera: que Scarlett abriera la puerta y me encontrara tras ella.
Nos miramos en completo silencio, porque estaba claro que las palabras sobraban en una situación como la nuestra, con un secreto compartido que pesaba demasiado entre ambos.
Tragué saliva e hice todo lo posible para que mi mirada no se desviara a cierta parte de su rostro, pero no sabía si se trataba de las hormonas o que simplemente era un masoquista que no había tenido suficiente con recrear ese beso en mi mente una y otra vez en los últimos días, pero el caso es que mis ojos se fijaron irremediablemente en sus labios y Scarlett se percató de mi gesto, porque noté su respiración acelerarse.
Por suerte, Kairon apareció para saludarme con un efusivo abrazo y nos adentramos en la casa, dejando tras de nosotros a una Scarlett que no sabía qué hacer con esa situación.
Aunque, para qué engañarnos, yo tampoco lo sabía.
Llegamos a la habitación de Kairon y nos dedicamos las tres horas siguientes a centrar nuestros conocimientos en el enorme ordenador que descansaba sobre el escritorio y en finalizar ese proyecto que nos había traído de cabeza durante los últimos meses y que había conseguido que acabara conociéndola a ella.
—Oye, Leighton, ¿puedo pedirte un favor?
—Sí, claro —contesté, mientras terminaba de escribir en el ordenador las conclusiones del proyecto.
—He quedado con Lisa para ir este fin de semana a la casa del pueblo de sus abuelos, pero me da miedo dejar a Scarlett sola.
«Joder. Estaba claro que la suerte no estaba de mi parte».
Traté de evitar que Kairon no notara la tensión que se había generado en todo mi cuerpo en cuestión de segundos, aunque tardé unos cuantos en contestar porque esperaba encontrar una respuesta acorde a la situación, pero que tampoco desvelara ese secreto que tenía que seguir siéndolo por mucho tiempo.
—Ya lo hablamos el otro día, tu hermana ya es lo suficientemente responsable para quedarse sola y no hacer ninguna cosa extraña.
Kairon negó con la cabeza y abrió la boca varias veces, sin encontrar las palabras que tratarían de convencerme de algo que no quería hacer por nada del mundo porque eso solo estropearía aún más las cosas, si es que eso era posible.
—Es que…
Al notar el titubeo en su voz, me giré y lo vi completamente nervioso.
Entonces supe que por fin había llegado el momento, que por fin mi mejor amigo había logrado confiar lo suficiente en mí como para tirar de la manta y contarme la realidad de lo que ocurría dentro de las cuatro paredes que lo habían visto crecer.
—Hace unos meses que mi madre no se encuentra muy bien y no quiero dejar a Scarlett sola con ella.
Esperaba que se explayara más, pero tampoco quería apretar más las tuercas, confiaba en que llegaría el momento en el que Kairon acabaría contándome la verdad, aunque lo que acababa de relevarme ya era un avance.