CAPÍTULO 24
Leighton
Presente
El sonido del telefonillo me despierta del sueño profundo en el que me he sumergido en cuanto he llegado de la nave.
Frunzo el ceño antes de comprobar la hora en el móvil y cerciorarme de que son las cuatro de la mañana.
Será algún borracho que se ha equivocado de piso.
Apago el móvil y vuelvo a ahuecar la cabeza en la almohada, pero unos diez segundos después, el puto telefonillo vuelve a sonar.
Me levanto de mala hostia sin ni siquiera ponerme las zapatillas y me percato de que Spencer se ha quedado frito en el sofá, el muy capullo ni ha escuchado el estridente ruido del telefonillo y lo envidio por ello.
Me froto los ojos con las manos para aclarar la visión y cuando observo la pequeña pantalla en blanco y negro tras la que se esconde la identidad de la persona que ha perturbado mi sueño, siento que estoy en uno cuando veo nada más y nada menos que a Scarlett de brazos cruzados mirando muy enfurecida a la cámara.
Descuelgo el telefonillo y susurro:
—¿Scarlett? ¿Qué pasa?
—¿Qué pasa? —La rabia en su voz me llega tan fuerte como ella desea, al parecer. —Que bajes ahora mismo.
—¿Qué coño te pasa? Son las cuatro de la mañana, Scarlett. Sea lo que sea que tengas que decirme, puede esperar a mañana.
—Y una mierda, o bajas ahora mismo o empiezo a gritar tu nombre hasta que se entere el vecino del ático, tú eliges.
Estoy tan poco acostumbrado a esta Scarlett rabiosa que no lo dudo ni por un instante y me pongo las primeras deportivas que encuentro en la entrada y bajo al portal.
Si yo tengo mal despertar, Spencer me gana.
Bajo las escaleras con el presentimiento de que la he cagado y empiezo a preguntarme qué narices ha debido pasar para que Scarlett haya decidido venir a mi piso a estas horas de la madrugada reclamando mi presencia.
La Scarlett que conocí en un pasado era una persona dulce, de sonrisas casi perennes y miradas tiernas, no esta versión dura, rabiosa y fría con la que me he reencontrado después de tantos años.
Cojo aire al verla apoyada en la pared y abro la puerta con miedo a que me salte a la yugular y me acabe matando.
—Buenas noches —la saludo.
—Vete a la mierda.
Joder.
—¿Se puede saber qué te pasa?
Ahora soy yo el que empieza a perder los nervios.
La furia refulge en sus ojos oscuros y observo cómo traga saliva antes de lamer sus labios y atreverse a soltar lo que, al parecer, no puede esperar a mañana.
—Tus canciones, Leighton. Ese es el puto problema.
—Mira Scarlett, me acabas de sacar de la cama de mala manera, así que te agradecería que fueras más clara, no quiero ver el amanecer en este maldito portal.
Lanza una mirada agotada al techo y se cruza de nuevo de brazos, ofreciéndome la sensación de que he debido de cagarla muy fuertemente.
—Tus canciones forman mi nombre.
Un fuerte escalofrío recorre mi columna vertebral despertándome de golpe de la ensoñación en la que había estado sumergido en el trayecto de bajada al portal. Se ha dado cuenta, mierda.
—No sé a qué te refieres.
—Sabes perfectamente a qué me refiero, no te pienses que soy tan idiota como hace unos años.
La rabia que irradia cada parte de su cuerpo parece trasladarse a mí porque ahora soy yo el que estalla.
—¡¿Quieres dejar de referirte así a lo que pasó?! Jamás te consideré una persona estúpida, Scarlett, y lo sabes perfectamente.
—¡NO SÉ UNA MIERDA, LEIGHTON! No sé por qué ocultas algo sobre la noche de la discoteca, no sé por qué las canciones que has cantado año tras año forman mi nombre, ni por qué en esa maldita nave no has apartado la mirada de mí ni un solo instante.
Su respiración se acelera y observo también cómo sus ojos empiezan a volverse acuosos. Y yo me siento un completo capullo por hacer que se sienta así, pero es que confesar la verdad no nos va a hacer bien a ninguno de los dos.
—¿No vas a decir nada? ¿En serio?
Al ver que no tengo intención de hablar, niega con la cabeza y baja el escalón que nos separa de la calle antes de empezar a caminar sin rumbo.
Aprieto los puños sintiendo una rabia demasiado grande como para poder gestionarla.
El corazón se me acelera ante la idea de su marcha, ante la idea de sentir que cada vez que ella parece acercarse mínimamente a mí por el bien del caso, yo prefiero apartarla porque es lo mejor, porque de lo contrario complicaríamos de nuevo las cosas y no me puedo permitir volver a pasar por eso…
no puedo permitir que ella vuelva a pasar por eso.
Sin embargo, su mirada dolida me persigue cuando me doy la vuelta para regresar al piso y pensar en una disculpa penosa que ofrecerle a la mañana siguiente para seguir con mi defensa como si nada.
Hace tiempo que me prometí dejar de ser un cobarde así que, por una vez, me permito el placer de dejar de serlo durante unos instantes, al menos para poder ofrecerle a su corazón el alivio que se merece después de tantos años de silencio.
Antes de pensarlo dos veces, sigo sus pasos y la atisbo a unos metros de mí. Corro hasta alcanzarla, no sin antes llamar su atención.
—¡¿De verdad quieres saberlo?!
Mi voz en grito frena sus pasos y me encuentro con ella en el mismo momento en el que aparta de su rostro algunas lágrimas que se han deslizado por sus mejillas a la velocidad de la luz.
—Esas canciones llevan tu nombre porque soy un maldito adicto a tu recuerdo, Scarlett.
A esas veces en las que te miraba y sentía que no necesitaba nada más, a todas esas veces en las que te besaba y sentía que mi lugar en el mundo se encontraba en tus labios.
Llevo tantos años con tu recuerdo grabado en la mente y en el corazón que dudo que llegue algún día en el que cree canciones que no hablen de ti.
Porque sigues siendo mi musa, Scarlett, y lo seguirás siendo, aunque en tu corazón ya no esté escrito mi nombre.
—Leighton….
—Sé que no mereces que ahora mismo te suelte todo esto, que tienes una vida maravillosa que has construido porque siempre has sido una mujer con las ideas claras, pero me mata que pienses que nunca te quise, porque lo hice tanto que ahora estoy vacío, joder.
Noto su labio temblar y me tienta la idea de abalanzarme sobre ella y calmarla con un abrazo.
—Entonces, ¿por qué escogiste amarme si ibas a acabar abandonándome? ¿Por qué, joder?
—No voy a justificar mi marcha, pero sabía que esa era la única manera de conseguir que dejáramos de vernos.
—¿Por qué?
La desesperación en su pregunta me hace saber que todavía no ha entendido la realidad de todo lo que pasó y solo puedo esperar a que encuentre la respuesta por sí sola, porque eso es algo que solo ella puede entender.
—Lo sabes perfectamente, Scarlett.
Pasan unos segundos en los que nos quedamos mirando como dos fantasmas del pasado que acaban de abrir la veda de los recuerdos y de las verdades que estaban enquistadas en nuestros corazones.
Y no sé si esto habrá servido para algo o solo habrá acabado de joderme la vida, pero necesitaba soltarlo, necesitaba decírselo, joder.
—Gracias… gracias por al menos reconocer que lo nuestro fue real.
—Lo más real que…
—No sigas, por favor.
El llanto que sigue a su ruego me rompe el alma antes de verla marchar. Jamás esperé poder romper su corazón dos veces. Supongo que eso habla un poco del tipo de persona de mierda que soy.
El silencio que sigue sus pasos se asienta en mi alma con ese eco que solo puede representar el vacío de un corazón que solo latió fuerte una vez y que ahora lo hace a medio gas.
Desconocía completamente que dejarla marchar por segunda vez dolería más que la primera, maldita sea.