Adicto a tu recuerdo CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Scarlett

Pasado

Empezar a sentir algo por Leighton Sullivan fue tan sumamente sencillo que ni siquiera podría adjudicarle un momento en concreto.

No sabía dilucidar si se debía a que su simple presencia me aceleraba el corazón o que el simple hecho de pensar en él me hacía sentir cosas que jamás había sentido por nadie.

Salí de la habitación en busca de mamá para ver si había acabado de convencerla con la idea de caminar un poco hasta el final de la calle.

Como le comenté a Leighton hacía unos días, no esperaba que diera beneficios porque veía a mamá tan sumamente triste que incluso me sentía una persona horrible por no recordar la sonrisa que solía esbozar a cualquier hora del día.

Crucé los pocos metros que separaban mi habitación de la suya y al ver un poco de luz salir por debajo de la puerta un atisbo de alegría apareció en mi corazón.

Aguanté la respiración unos instantes antes de agarrar con la mano algo temblorosa el pomo de la puerta.

Al entrar, me alegré tanto al ver a mamá con un chándal gris y el cabello recogido en un moño algo desarreglado, aunque más decente de lo que había estado su cabello en los últimos días, que tuve que reprimir mis ganas de saltar de alegría por temor a que, al hacerlo, este suceso tan extraordinario acabara evaporándose como si jamás hubiera existido.

—¿Qué tal, mamá? ¿Te apetece caminar un poco hasta el final de la calle? —pregunté con tiento, como si estuviera hablando con un animal herido en medio de la carretera.

—Sí… pero no encuentro mis zapatillas, no recuerdo dónde las dejé la última vez que…

Esa era la frase más larga que me había dedicado en las últimas semanas.

Habían pasado ya dos meses desde la marcha de papá y llevaba todo ese tiempo sin salir a la calle, de ahí que no recordara dónde las había dejado.

Me rompía tanto por dentro el simple hecho de pensar en eso que tuve que reprimir las ganas de llorar que me entraron de repente para poder ser esa mujer fuerte que mi madre necesitaba al lado, dejando poco a poco y día tras día en un segundo o incluso tercer plano a esa adolescente que sobrevivía al instituto y a las habladurías de la gente del pueblo, que no tenía otra cosa mejor que hacer que hablar sobre nuestra familia.

—Tranquila, no te preocupes. Las buscaré y saldremos a que nos dé un poco el sol, ¿vale?

Ella se limitó a asentir y salí de la habitación antes de que pudiera arrepentirse de su decisión. Mis pies se deslizaron por el pasillo a toda velocidad hasta llegar al zapatero que se encontraba al inicio de este y, en efecto, encontré las deportivas de mamá junto a sus demás zapatos.

Regresé con ella y mientras se calzaba, empecé a hablarle de cosas sin importancia para entablar conversación con ella, para intentar recuperar a esa mujer que poco a poco iba desvaneciéndose sin rumbo fijo.

—¿Y tu hermano? ¿Dónde está?

La mención de Kairon mientras bajábamos las escaleras me provocó un escalofrío que me recorrió toda la columna vertebral.

Creo que él pensaba que no me daba cuenta, pero era obvio que a la primera de cambio siempre intentaba pasar el menor tiempo posible en casa.

Se excusaba en que los exámenes de la universidad lo estaban matando o que necesitaba las salidas con sus amigos para despejarse.

Pero sabía que huía de nuestra casa porque odiaba en lo que se había convertido.

Que ese hogar que nos estaba viendo crecer ahora se había convertido en nuestra propia prisión.

Ojalá yo pudiera hacer eso, despojarme de los problemas como él hacía y regresar a casa cuando las luces estuvieran apagadas y los problemas relegados al día siguiente.

Pero me veía incapaz de no intentar lo imposible con mamá, ella nos lo había dado todo y no pensaba dejarla en la estocada.

Intentar recuperar su esencia era lo único que conseguía que me levantara de la cama a esas alturas y no pensaba rendirme con ella.

—Creo que había quedado con unos amigos en la biblioteca de la universidad para acabar un trabajo —acabé contestando, para que no indagara más sobre el paradero de Kairon, a pesar de haber soltado una mentira enorme, porque desconocía dónde se encontraba mi hermano desde primera hora de la mañana.

Terminamos de bajar las escaleras y mamá tomó aire antes de abrir la enorme puerta de madera que nos separaba del exterior.

Desde que había conseguido sentarse en el porche mientras yo estaba ocupada hablando con Leighton, habían pasado ya un par de semanas.

Un día soleado la saludó e incluso algún que otro pájaro cantó antes de volar veloz a varios metros de altura.

La contemplé de soslayo, con algo de temor a que se arrepintiera de su decisión y volviera a cobijarse bajo las sábanas de una cama que poco a poco iba haciéndola más pequeña.

Al escucharla tomar aire, agarré su brazo y lo enlacé con el mío.

Juntas, descendimos los cuatro escalones que nos separaban del jardín y abrí la pequeña valla de madera blanca.

Ahora sí que sí, nos encontrábamos fuera de casa y a esas alturas no sabía quién de las dos estaba más temerosa.

Dimos un par de pasos a la izquierda y un grito llamó mi atención, al tiempo que mi corazón se aceleró al comprender al instante quién era la persona que gritaba mi nombre.

—¡Scarlett!

El rostro de Leighton acaparó toda mi atención en cuanto acortó los pasos que nos separaban y se posicionó a nuestro lado.

Vestía unos vaqueros y una camiseta de manga corta de color azul oscuro y, teniendo en cuenta que ya estábamos casi en noviembre, me sorprendió verlo así vestido.

Unos segundos después, me permití observarlo con más detenimiento; sus ojos oscuros, que nos contemplaban algo extrañados al vernos fuera de casa, su pecho subiendo y bajando ante la pequeña carrera que había tenido que hacer para llegar a nuestro encuentro, incluso la barba que ya estaba empezando a crecer alrededor de esos labios en los que había pensado más de lo que me gustaría en los últimos días.

Dios, era tan sumamente estúpido estar suspirando de esta manera por alguien que jamás me miraría de la misma forma que no pude evitar apartar la mirada al percatarme de ello.

Tragué saliva antes de dirigir la mirada a mamá, que contemplaba algo extrañada a la persona que se encontraba frente a nosotras.

—Mamá, él es Leighton, nos visitó el otro día cuando estuvimos en el jardín. Es el mejor amigo de Kairon, ¿lo recuerdas?

Desvió la mirada hacia mí y recé internamente porque esta pequeña, pero a la vez gran interacción social no provocara en ella el miedo suficiente para salir corriendo y volver a encerrarse en esas cuatro paredes que se habían convertido en su prisión personal.

—Sí, me acuerdo de ti —se limitó a murmurar, creando en mí una estela de brillo al ver que el plan que había construido para sacarla de casa iba mejor de lo que esperaba.

—¿Qué haces aquí? —Me atreví a preguntar, llamando la atención al momento de Leighton, quien fijó sus ojos en mí y provocó un nuevo vuelco en mi corazón, que siempre permanecía alterado ante su presencia.

—Me acordé de que me dijiste que hoy teníais pensado salir a dar una vuelta y quería saber si teníais hueco para uno más.

Pum. Directo al pecho.

Supongo que uno nunca olvida cuándo fue ese momento exacto en el que comprendió que su corazón acabaría perteneciendo a alguien en concreto.

Es ese pequeño y significativo pellizco que te advierte de que vayas con cuidado, que el amor es como una montaña rusa que tan pronto te tiene en lo más alto como te lleva de golpe y porrazo al más oscuro de los infiernos.

En ese momento preferí no pensar en ello, no pensar en que Leighton se había acordado de algo tan sumamente importante para mí, que sabía que me costaba un mundo entero hacer por miedo a la reacción de mi madre y había acudido a mí para apoyarme, para acompañarme en el proceso de volver a darle vida a la mujer que me la había dado a mí.

Tenía dieciséis años —casi diecisiete porque mi cumpleaños tendría lugar dentro de un mes— y, aun así, aun sin saber nada del amor más allá de las películas que solía ver en el cine o en mi habitación cuando necesitaba despejarme un poco de la realidad en la que se había convertido mi vida, supe que Leighton Sullivan no sería para mí solo el mejor amigo de Kairon, que quizá podría ser algo más en mi imaginación, porque estaba claro que esos sentimientos confusos que había empezado a experimentar por él iban solo en una dirección: en la de dolor.

El dolor por empezar a sentir poco a poco por él algo que estaba fuera de mi alcance y el miedo a lo que pasaría en el caso de que, llegado el momento en el que Leighton conociera a otras personas, yo tuviera que poner buena cara y no sentir que una parte de mí, esa que me había sobresaltado el corazón con la confesión de su presencia delante de mi casa, se había marchitado para siempre.

Reprimí automáticamente esos sentimientos que no nos hacían bien a ninguno de los dos y asentí ante su petición. Y así nos embarcamos los tres en un paseo que me aceleró el corazón como un colibrí y a la vez me lanzó a un abismo de esperanza del que tardaría años en salir.

◆◆◆

—¿Qué tal con ese chico que has conocido? ¿Cómo me dijiste que se llama?

La pregunta de Leighton me sobresaltó mientras apartaba la mirada de mamá.

Habíamos decidido dar un paseo por la playa y ella había tomado asiento en uno de los bancos que decoraban la parte que estaba reservada para aquella gente que prefería pasear sobre llano y no sobre la arena resbaladiza y algo molesta.

Me limité a observarla de lejos, dándole algo de intimidad para que pudiera pensar y reflexionar sobre el cambio que había sufrido su vida en cuestión de semanas, sabía que todo el mundo necesitaba un poco de espacio y eso era lo que le estaba ofreciendo en ese momento.

Sin embargo, no esperaba que Leighton saliera por la tangente con ese tema mientras estaba a mi lado oteando el atardecer que empezaba a tornar de color naranja el cielo.

—John, lo he conocido en la optativa de biología y quedamos algunas veces. Es bastante majo —dije, sin apenas mirarlo a la cara.

Me avergonzaba soberanamente la idea de que John ni siquiera se hubiera paseado por mi mente hasta que Leighton lo había mencionado.

Sí que era verdad que habíamos quedado alguna vez, ya que me parecía un chico la mar de simpático con el que sabía que podría plantearme la idea de tener algo como solían tener mis amigas o conocidas del instituto.

Sin embargo, cada vez que me planteaba la idea de ir un paso más allá con John, de permitir que cogiera mi mano cuando íbamos a tomar un helado o incluso quedar en algún sitio en el que no estuviéramos rodeados de gente, Leighton aparecía en mi mente como ese diablo que me recordaba que no podría siquiera comparar lo que sentía en ese momento por ambos.

Con John sentía esa curiosidad ciega de qué podría pasar si en un mundo paralelo no existiera Leighton, sentía casi una imposición por mi parte para avanzar un poco con él con la intención de sacarme al mejor amigo de mi hermano de la cabeza.

Y eso me hacía sentir una persona horrible.

No quería que se hiciera falsas ilusiones, pero tampoco quería cerrarme las puertas a descubrir un amor sano y acorde a la edad en la que me encontraba en esos momentos.

Pero, claro, luego aparecía Leighton en mi campo de visión, en los mensajes a deshoras en mi móvil o paseándose por mi mente como si fuera el dueño y señor del lugar y trastocaba todos los malditos planes que tenía para deshacerme de esa ilusa idea de pensar en qué pasaría si él no tuviera diecinueve años y no fuera el mejor amigo de Kairon.

—Scarlett, ¿me has escuchado?

La voz de Leighton me sacó de la ensoñación que estaba teniendo en la que él mismo era protagonista y me quise morir en cuanto sentí que mis mejillas se enrojecían, ojalá no se hubiera dado cuenta de ello.

—Perdona, la verdad es que no.

Su sonrisa de medio lado me dejó embobada durante unos instantes y me di una bofetada mental por no poder tener controladas mis hormonas.

—Te preguntaba si te parecía bien que volviéramos a casa ya. Tengo algunos apuntes que repasar para el examen del lunes y no quiero que se me eche la noche encima.

—¡Dios! Claro que sí. Me siento fatal por haberte hecho venir con nosotras, pero…

Leighton agarró mi mano en un acto meramente impulsivo que me aceleró el corazón.

El calor de su mano cubrió la mía, que estaba helada y me pregunté si no podríamos quedarnos así solo un poco más, para poder recrear en mi mente ese momento que estábamos compartiendo más tarde.

Bajé la mirada a nuestras manos unidas y me pareció una imagen tan perfecta que me dieron ganas de llorar ante la idea de sentir tanto con tan poco. Estaba completamente perdida.

—He venido porque he querido. No quería que te sintieras sola, sé lo difícil que ha sido para ti dar este paso. Sinceramente…me abruma tu fortaleza.

Su confesión consiguió que una lágrima silenciosa hiciera acto de presencia y sentí que desfallecía en el mismo momento en que, con la mano que le quedaba libre recogió esa lágrima y se la llevó consigo como hacía día a día, semana a semana, con una parte de mi corazón.

—No soy tan fuerte como crees, Leighton.

—Pues yo creo que sí. No todo el mundo podría hacer frente a una situación como la vuestra y aun así, tener ganas de sonreír, de creer en un futuro mejor. El día que dejes de sonreír es posible que el mundo se apague, Scarlett.

Solté una sonrisa nerviosa que no supe controlar y opté por hacerle una broma porque, de lo contrario, acabaría expulsando por la boca ese corazón en el que se iba tatuando con tinta invisible su nombre.

—Creo que lo de crear canciones se te está subiendo un poco a la cabeza, ¿no crees?

No me pasó inadvertido el hecho de que su mano seguía entrelazada con la mía como si fuera un gesto mundano y no lo más extraordinario que había sentido en las últimas semanas.

—Bueno, dicen que todo cantante debe tener una musa, ¿no?

Una sonora carcajada salió a través de mis labios y solté su agarre porque ese momento se estaba alargando demasiado y no quería que se malinterpretaran las cosas, o sí… joder, no lo tenía claro.

—Mira que eres idiota. Anda, vámonos ya que todavía me vas a echar la culpa de suspender el examen del lunes.

Leighton rio conmigo y el eco de su risa resonó en el paseo que era testigo de un nuevo momento en el que inconscientemente le entregué un pedazo de mi corazón.

Y fue justo en ese momento cuando comprendí que si el amor se basaba en pequeños instantes, podría reflejarse perfectamente en dos manos entrelazadas, un cantante y su musa y una carcajada compartida en medio de un atardecer naranja que podía simbolizar perfectamente la calidez de sentir que habías encontrado algo demasiado valioso, algo que muchas personas no llegaban a vivir.