CAPÍTULO 21
Leighton
Pasado
Recuerdo perfectamente cuándo fue la primera vez que sentí algo que nada tenía que ver con la amistad por Scarlett.
Mis padres habían salido de casa el fin de semana con la excusa de que iban a pasar unos días románticos para recuperar una pasión que bien sabía que llevaba meses muerta y me dejaron solo en casa.
Una bendición para cualquier adulto recién estrenado, pero una especie de tortura para mí.
Porque teniendo en cuenta que no podía sacarme a la hermana de mi mejor amigo de la cabeza y que llevaba días tratando de escribir algo que no me diera arcadas y que pudiera usar como posible canción en un futuro, ese fin de semana iba a ser el más largo de mi vida.
Durante las primeras horas, intenté callar mi mente ordenando la casa y limpiando sobre limpio porque si algo tenía mi madre era que era una obsesa de la limpieza. Tendí un par de coladas y esperé pacientemente mientras veía algún programa de televisión a que se secaran.
Me preparé la comida mientras escuchaba mis canciones de confianza y cuando terminé, subí a la habitación intentando centrarme en cualquier cosa de la universidad para que mi mente no acabara viajando a ella.
Pero la muy escurridiza no tardó ni tres cuartos de hora en deslizarse lentamente hacia el momento que compartimos en el cobertizo, a esa promesa que parecía vagar por mis sueños noche tras noche.
Después de esa tarde en el cobertizo, empezamos a hablar asiduamente por mensajes. Por fin habíamos dado inicio a esas charlas nocturnas que estaba deseando que tuvieran lugar y empecé a considerar a Scarlett ese lugar de paz entre tanto ruido.
Cuando las noches se me hacían eternas entre las discusiones con mamá que, por desgracia, fueron en aumento, o porque mi mente no paraba de querer crear canciones a todas horas, siempre recurría a ella.
Le enviaba cualquier frase que tuviera el mínimo sentido a la hora de la madrugada que fuera y, aunque ella no pudiera contestarme muchas veces hasta la mañana siguiente, siempre lo acababa haciendo.
Porque debía recordarme no solo que era la hermana pequeña de Kairon, sino que también iba al instituto, joder. Tres años de diferencia no podían haberse hecho más abismales hasta que a la sinvergüenza de mi mente le dio por hacer cuentas.
Cuando acudía a casa de los Lambert con la excusa del trabajo que llevaba haciendo con Kairon un par de meses, una vez se excusaba diciendo que debíamos acabar pronto porque tenía recados que hacer fuera de casa, le mentía deliberadamente diciéndole que no pasaba nada.
Y cuando él se iba, aprovechaba para quedarme en su casa y así poder pasar tiempo con Scarlett.
No pasaba nada fuera de lo habitual entre nosotros.
Hacíamos nuestras respectivas tareas juntos, hablábamos de música y sueños y, sobre todo, de cómo nos sentíamos acerca de nuestras familias.
Tras unas semanas hablando con Scarlett sobre la realidad de la relación de mis padres, ella acabó confesándome la realidad de lo que ocurría en esa casa.
Entendí entonces el estado en el que se encontraba Callie.
No me quería ni imaginar el dolor que se debía sentir al ver que, de la noche a la mañana, ese lado de la cama que siempre permanecía ocupado, ahora estaba vacío; frío.
Entendía también que Kairon muchas veces quisiera huir de esa casa y salir con sus otros amigos o incluso con Lisa, con quien parecía haber hecho mejores migas de las que esperaba.
La primera vez que vi a Scarlett llorar al hablarme de su madre, sentí como si el mundo cayera bajo mis pies, como si se hubiera apagado de golpe y solo volviera a encenderse si lograba hacerla reír, aunque fuera durante unos segundos.
Cuando eso ocurría, trataba de contarle cualquier anécdota de la universidad o cualquier chorrada que se me ocurriera para que esa mirada sombría pasara a ser calmada, incluso un poco alegre.
Y, justo cuando conseguía lo que pocas veces lograba; que riera a carcajadas, la pregunta fugaz de cómo sería probar sus labios acudía a mí, desorientándome y dejándome toda la noche en vela por la simple idea de que hubiera pasado por mi mente.
Llevábamos tres meses compartiendo momentos juntos a escondidas de Kairon y sabía que debían llegar a su fin para intentar no complicar las cosas, pero supongo que ya lo estaban.
Lo estaban desde el mismo momento en el que por mi mente pasó la idea de querer saber cómo sabían los labios de la hermana de mi mejor amigo.
Scarlett era un espectáculo para la vista de cualquiera; con ese cabello rizado y voluminoso en el que más de una vez había querido enredar mis dedos, esa mirada felina que notaba de refilón cuando creía que no me daba cuenta y, sobre todo, ese corazón que no veía, pero que sabía a la perfección que era más grande de lo humanamente posible y que no se merecía pasar por todo lo que estaba pasando.
Tras varios segundos deambulando en mis pensamientos nada amistosos por Scarlett, acabé agarrando mi libreta de confianza, aquella en la que escribía todas aquellas canciones que quería que acabaran siendo las favoritas de alguien en un futuro y escribí por primera vez para alguien. Para ella.
Ni siquiera sabía el tiempo que pasé encerrado en la habitación, recordando los momentos a su lado y esos pensamientos intrusivos que me acechaban cuando menos lo esperaba, lo que sí sabía era que esa canción iba a marcar un antes y un después, eso lo tenía clarísimo.
Cuando terminé de escribir la última palabra, mi móvil vibró en la cama, donde lo tenía cargando y mi corazón se aceleró irremediablemente al ser consciente de que se trataba de Scarlett.
Y, aunque una parte de mí sabía que alargar nuestras conversaciones y encuentros era lo peor que podría hacer, simplemente no podía dejarlo estar.
No podía dejar escapar la sensación de bienestar que recorría mi cuerpo y mi alma cada vez que respiraba el mismo aire que ella, cada vez que iba descubriendo todavía más los recovecos de su alma.
Un alma que, poco a poco, iba conectando cada vez más con la mía.
En el mensaje me comentaba que Kairon iba a salir de fiesta con unos amigos y que si me apetecía una noche de peli y manta. La pregunta que debería hacerme a mí mismo no era si me apetecía o no pasar una noche entera con ella, a solas, sino si era lo correcto.
Dejé pasar un par de horas, quizá incluso tres, hasta que al final, acabé tomando una decisión que podría marcar mi vida tal y como la conocía para siempre.
◆◆◆
Mientras mis pasos se dirigían de forma automática hacia casa de los Lambert, intentaba que esa parte de mi mente que siempre trataba de hacerme entrar en razón, no me acabara convenciendo de que estaba haciéndolo mal. Que debía poner distancias entre ambos, no recortarlas.
El día ya estaba llegando a su fin y la noche empezaba a abrirse paso.
Subí los cuatro escalones que separaban el jardín de la casa de los Lambert y, con el corazón en un puño, llamé a la puerta, esperando no arrepentirme en el momento y huir como el cobarde que era por querer reprimir unos sentimientos que solo crecían a medida que pasaba tiempo con ella.
Observé el pomo de la puerta principal girar y la sonrisa deslumbrante de Scarlett me pilló de improviso, aunque no tanto como el hecho de que nada más verme, en un gesto que esperaba que fuera meramente impulsivo por el bien de los dos, me abrazó como si no lleváramos viéndonos prácticamente todos los días.
La estreché entre mis brazos, recreándome en el olor de su perfume, ese que empezaba a gustarme más de lo debidamente adecuado y sentí algo parecido al vacío cuando se separó de mí y me contempló con esos ojos oscuros que me iban a llevar por el camino de la amargura más pronto que tarde.
Seguí sus pasos hacia el salón donde ya lo había dejado todo preparado para pasar la noche viendo películas y comiendo guarrerías y por un momento me acojoné ante el hecho de que nuestro acercamiento se estaba volviendo cada vez más real y ante la loca idea de que no me arrepentía ni un solo segundo de pasar tiempo con ella.
Ella empezaba a convertirse poco a poco en ese rayo de esperanza y de luz que seguía como un bobo para evitar cometer los mismos errores que cometieron mis padres al seguir juntos sin ningún tipo de amor entre ellos.
La esperanza de encontrar algún día a alguien que me inspirara igual que lo hacía ella, era lo que me animaba a seguir adelante y no derrumbarme ante la realidad que se escondía entre las cuatro paredes del hogar que me había visto crecer.
Porque la simple idea de que Scarlett Lambert pudiera ser esa persona estaba completamente prohibida, por supuesto. Una cosa era fantasear con sus ojos, con su risa e incluso con su cabello y otra muy distinta, hacer de lo nuestro una realidad que sobrepasara todos los límites de la amistad.
Me senté en el sofá al mismo tiempo que Scarlett me comentaba que había pedido unas pizzas hacía un rato y que no tardarían en llegar. Sobra decir que lo que me acababa de comentar casi parecía una cita en un universo paralelo. Porque en este era prácticamente imposible que eso acabara sucediendo.
Los nervios empezaron a atenazarme el estómago ante la cercanía de Scarlett cuando tomó asiento a mi lado, sentía que aunque se hubiera sentado a quince metros de mí, la distancia no sería suficiente para deshacerme de su perfume, que ya me hacía cosquillas en la nariz, alertándome de su presencia.
Por suerte, cuando empecé a zapear por los canales de televisión hasta encontrar una película que a los dos nos gustara, la pizza llegó, Scarlett se levantó y yo al fin pude volver a respirar algo de aire.
No es que su presencia me molestara, al contrario, me estaba agradando tanto que era peligroso.
El olor a pizza empezó a invadir el salón y agradecí al universo que ese olor acabara inundando mis fosas nasales para así tratar de deshacerme de la idea de la cercanía de Scarlett.
Comimos la pizza mientras comentábamos la película entre susurros, porque no queríamos perdernos ni un diálogo. Cuando la película acabó, Scarlett se recostó en el sofá y lanzó un largo suspiro que no me pasó desapercibido.
—¿Y ese suspiro? No me digas que te has llenado con la pizza, si has comido como un pajarito. —No pude evitar comentar.
Ella me lanzó una mirada que bien podría esconder una burla que se acabó callando y se limitó a contestar:
—No es nada. Es solo que le he propuesto a mamá dar la vuelta a la manzana para así sacarla de casa y… me ha dicho que sí —dijo, no muy convencida.
La sonrisa que asomó a mi rostro fue la más sincera que había esbozado en los últimos días.
Un tipo de sonrisa que solo parecía salir a la luz cuando Scarlett estaba cerca.
Pero al ver su ceño fruncido y su mirada centrada en la alfombra bajo la que descansaban nuestros pies, supe que le pasaba algo.
—Es que… no quiero ilusionarme con su recuperación cuando sé que no va a ser sencillo convencerla de que todo se solucionará pronto.
Quiero decir, ¿cómo voy a convencerla de que caminar, aunque sea unos metros fuera de casa, va a conseguir que se sienta mejor si ni siquiera yo me hago todavía a la idea de que mi padre no va a volver a usar el cobertizo?
No creo que sea la persona más adecuada para ayudarla ahora mismo, Leighton.
— Pronunció mi nombre con pesar, como si la simple idea de mencionarlo hiciera real su malestar, la realidad de su vida.
Antes de pensar siquiera en lo que estaba haciendo, tomé su barbilla con los dedos índice y corazón para que levantara la mirada de la alfombra y cuando sus ojos oscuros se posaron sobre los míos fui capaz de ver su alma rota.
Esa que quería restaurar a pesar de que fuera perdiendo partes de mí por el camino.
—Scarlett, mírame. Kairon y tú conocéis a la perfección a vuestra madre y sabéis lo fuerte que puede llegar a ser.
Solo tenéis que recordarle que este es un proceso duro, pero no infinito.
Que la vida sigue y que los recuerdos que tan arraigados están en vuestras almas, acabarán desvaneciéndose para dejar espacio a unos nuevos y mejores.
Si pretendía hacerla sentir mejor no fue el caso, porque empezó a derramar lágrimas silenciosas, consiguiendo que me sintiera un completo idiota por ir regalando consejos teniendo en cuenta la vida de mierda en la que estaba atrapado.
—Joder, Scarlett. No quería hacerte llorar…
Tomándome por sorpresa, Scarlett acortó la distancia que nos separaba y me abrazó.
Me abrazó tan fuerte que podría haberme dejado sin respiración si no fuera porque la abracé con la misma intensidad.
No supe discernir el tiempo que pasamos abrazados, tratando de acompasar nuestras respiraciones y haciendo cómplices a nuestros corazones de un hecho que no podía pasar desapercibido por ninguno de los dos, al menos no para mí.
Porque, mientras mi respiración se calmaba al tener el rostro escondido en su hombro, mi corazón decidió traicionarme y empezar a latir como un jodido loco.
Y, justo en ese momento, recé para que Scarlett no se percatara de ello…
hasta que fui consciente de que su corazón empezó a latir con la misma fuerza.
Solo en ese momento comprendí que quizá mis sentimientos tumultuosos y confusos podrían no ir solo en una dirección.
Que quizá no me estaba volviendo loco al pensar en la idea de que nuestros corazones cuando estábamos separados solo estaban tomando el impulso suficiente para latir desenfrenados hasta que nuestros cuerpos se encontraban, aunque hubiera ropa de por medio.
Y esa simple idea, esa mínima posibilidad de que lo que fuera que sentía por ella no estuviera solo en mi mente —a juzgar por lo que sentí al tenerla apresada contra mi pecho— me acababa de volar la cabeza, joder.
Porque no podía pensar así. No tratándose de Scarlett Lambert; la hermana pequeña de mi mejor amigo, de dieciséis años y con un alma demasiado pura como para combinarla con la mía, que ya ni siquiera se podía materializar porque titilaba ante la idea de encontrarse solo en un mundo en el que nadie parecía entenderlo, nadie… hasta ella.
Cuando el abrazó finalizó nos quedamos mirándonos, analizando lo que acababa de pasar para intentar decirnos en silencio qué narices íbamos a hacer ahora.
Y, al parecer, Scarlett volvió a descolocar mi mundo entero cuando dijo, en apenas un susurro que estoy completamente seguro de que no habría escuchado de no ser porque estaba pendiente hasta de sus malditos pestañeos:
—He conocido a un chico.