CAPÍTULO 19
Scarlett
Pasado
Me encontraba en el jardín con mamá esa tarde soleada de principios de octubre.
O, mejor dicho, ella estaba sentada en el escalón de la entrada de casa con la mirada perdida mientras yo me limitaba a quitar las malas hierbas del jardín, porque este ya parecía una selva amazónica de lo descuidado que estaba.
Aunque, teniendo en cuenta que de esto se ocupaba siempre papá y ahora ya no estaba, alguien debía ocuparse de él y esa era yo.
Kairon había vuelto a salir de casa —ni siquiera recordaba ya la excusa que me había dado esa vez— y yo, por sorprendente que pareciera, había logrado sacar a mamá de la cama tras semanas sin salir a ver la luz del sol.
Me giraba de vez en cuando para controlarla como si fuera una niña pequeña y realmente me entristecía que hubiéramos llegado a ese punto.
Al punto en el que cualquier silencio que viniera de su parte que durara más de diez segundos provocara en mí el temor a que le ocurriera algo.
Pasé el dorso de mi mano izquierda por mi frente porque, a pesar de que no hacía calor, el esfuerzo que estaba empleando en arrancar las hierbas y depositarlas en el saco que permanecía a mi lado era ejercicio más que suficiente para que la temperatura corporal de mi cuerpo aumentara.
El sol tampoco ayudaba mucho, porque calentaba ligeramente mis mejillas.
Aunque no tardó mucho en ser opacado por una figura que se presentó delante de mí, ofreciéndome el descanso que necesitaba tras pasar tantas horas al sol.
Por un momento, pensé que, en un despiste, mamá se había levantado del lugar en el que la había dejado sentada y se había propuesto ayudarme con el trabajo y, quizá, hablarme sobre cómo se sentía, abrirse a mí de una vez por todas y dejar de actuar como si fuéramos dos desconocidas que convivían bajo el mismo techo.
Con el ceño fruncido, alcé la mirada y mi corazón retumbó contra mi caja torácica al ser consciente de que se trataba de Leighton.
Al ver su cara, lo primero en lo que pensé fue en el bochornoso momento que tuvo que vivir cuando vio a mamá estirada en la alfombra de su habitación y a mí completamente paralizada, sin saber qué hacer.
Luego, mis mejillas se enrojecieron sin poder evitarlo al recordar que tenía su número de teléfono apuntado en la agenda de mi móvil y que ni siquiera me había atrevido a llamarlo, pese a que me muriera de ganas de hacerlo en más de una ocasión, más aún después de que Kairon me avisara hacía unos días de que Leighton había venido en mi busca para enseñarme algo de unas canciones.
Al instante, comprendí que Leighton había recurrido a una mentira piadosa para que Kairon no pensara nada raro sobre nuestra reciente…
cercanía, si se le podía llamar de esa manera.
Había una parte de mí que se esforzaba soberanamente por no coger mi móvil y, sin pensar en las consecuencias, llamar al mejor amigo de mi hermano para simplemente hablar sobre ese nudo que se formaba siempre en mi garganta cada vez que recordaba el estado de mamá y lo inservible que me sentía siempre que trataba de ayudarla.
Era algo que no quería hablar con Kairon, porque no quería añadir más preocupaciones a todas las gestiones relacionadas con la casa de las que tenía que ocuparse ahora que papá había desaparecido del mapa.
La necesidad de hablar con alguien ajeno a mi círculo crecía día tras día sin parar y, al parecer, Leighton había escuchado mis súplicas silenciosas porque ahora estaba plantado delante de mí mientras yo lo contemplaba con las manos llenas de tierra, las mejillas coloradas y el corazón latiendo desenfrenado, como si lo hubiera reconocido antes incluso que mis ojos.
—Hola, ¿qué haces aquí? —pregunté, algo nerviosa, antes de levantarme y retirar el exceso de tierra de mis manos dando unas sacudidas. Huelga decir que trataba todo el rato de rehuir su mirada por miedo a lo que pudiera encontrar en ella.
Tragué saliva al armarme de valor y enlazar mi mirada con la suya y aguardé, más nerviosa de lo que realmente esperaba a que Leighton acabara contándome qué estaba haciendo en mi jardín.
—Quería saber cómo estabais. El otro día me pasé por aquí, pero Kairon me dijo que habías salido a tomar algo con unas amigas.
La sinceridad en sus palabras me aturdió durante unos segundos.
Por un momento, esperaba que no hiciera alusión a su intento de encontrarme el otro día pero, al parecer, Leighton era de ese tipo de personas que lo soltaban todo sin florituras de por medio.
Todavía trataba de descifrar si eso me gustaba o me atemorizaba.
—Sí, me lo comentó el otro día. Estamos bien, gracias por preocuparte.
Pasé por su lado para recoger el saco de las malas hierbas y me lo eché al hombro para llevarlo a la calle, donde más tarde los camiones de basura recogerían los cubos de todo el vecindario.
—Espera, que te ayudo.
Antes de poder negarme, el tirón en el centro del pecho que sentí cuando Leighton rozó con su mano la mía para agarrar el saco, me hizo soltarlo prácticamente en el aire, con la suerte de que acabó en sus manos.
Mientras intentaba calmar mi pulso y ese sentimiento que había aparecido de la nada cuando su mano había rozado durante unos instantes la mía, me giré hacia mamá, que permanecía a nuestras espaldas observándolo todo en completo silencio.
Leighton siguió el recorrido de mi mirada y, aún con el saco recostado en su hombro, se acercó a mamá y a mí se me hizo melaza el corazón al ver, que en un tono más cariñoso de lo que jamás hubiera esperado, él murmuró:
—Me alegro de verte mejor, Callie.
Mi madre se limitó a dirigirle una mirada vacía antes de volver a posar la vista a sus manos entrelazadas. Supongo que ver con sus propios ojos una porción de mundo en la que papá no estuviera seguía haciéndose bola en su corazón. Tampoco podía culparla por ello.
Seguí los pasos de Leighton hasta la acera para indicarle dónde podía dejar el saco y antes de poder advertirle de que estaba algo roto, una gran cantidad de tierra acabó tiñendo sus brazos de marrón oscuro.
Abrí la boca, completamente avergonzada ante lo que acababa de pasar y mi lengua pensó mucho antes que mi mente al decir:
—En el cobertizo tenemos una manguera, ven y te ayudo a quitarte la tierra.
Leighton sonrió antes de intentar quitarse la tierra de los brazos en vano.
—No te preocupes, puedo darme una ducha en casa.
—No, por favor. Encima que me has ayudado no puedo dejar que vuelvas hecho una piltrafa a casa.
Se me quedó mirando durante unos instantes y, sorprendiéndome por segunda vez en lo que llevábamos de tarde, acabó asintiendo.
Nos dirigimos de nuevo al jardín, pasando por delante de mamá, ya que el cobertizo se encontraba a unos metros de la entrada de la casa y abrí la puerta de madera algo vieja antes de que una gran humareda de polvo se levantara ante el movimiento.
—Vaya, no usáis mucho el cobertizo, ¿no?
—Papá antes lo usaba bastante, pero desde que ya no está…
Me arrepentí en cuanto acabé de hablar. Tenía suerte de estar de espaldas a Leighton porque si no me habría quedado igual de blanca que las paredes que nos rodeaban en esos momentos.
El silencio que se abrió paso entre nosotros fue tan denso que llegué a pensar que podría acabar adhiriéndose a mis pulmones como el polvo que se había levantado al entrar.
—Scarlett, sé que no nos conocemos demasiado, pero si hay algo en lo que pueda ayudarte…
Su amabilidad me dolía, me dolía porque eso solo significaba que estaba lo suficientemente jodida como para necesitar la ayuda de alguien ajeno a mí.
Negué con la cabeza porque lo último que necesitaba en esos momentos era la compasión de nadie, así que me limité a sentarme en el suelo sucio del cobertizo, porque a esas alturas de la tarde mi ropa estaba tan llena de suciedad que ya no importaba un poco más y le señalé a Leighton la manguera que reposaba enrollada a un lado de la pared.
Seguí sus pasos con la mirada y me pareció extraño ver cómo se quedaba plantado mirando a la pared, casi como si estuviera planteándose sus siguientes palabras.
Claro que lo que jamás esperé era que Leighton acabara abriéndome un poco más su corazón en esa tarde algo calurosa de octubre:
—Hace unos días me cabreé un montón con mi madre—confesó, antes de apoyar su espalda en la mesa que se encontraba a su lado.
Cruzó los brazos delante del pecho y empezó a hablar mientras yo lo escuchaba en completo silencio, prestando atención al espectáculo que resultaba estar siendo testigo del momento en el que Leighton se abría completamente a mí sin yo haberle dado motivos para hacerlo.
—Le dije que debía divorciarse de mi padre si no era feliz.
¿Sabes lo ridículo que suena que prefieran engañarse mutuamente a soltarse de las riendas de un matrimonio que no les hace felices y empezar de cero?
Pues esa es la realidad de mi vida en estos momentos, Scarlett.
Sus palabras llegaron a mí como una dosis de realidad con la que empezaba a ser consciente de que a pesar de que pudiera pensar que la única persona que estaba experimentando dolor en estos momentos era yo, había otras personas —más cerca de mí de lo que pensaba— que también sufrían.
—A veces cuesta desprenderse de alguien a quien has querido.
Al recibir la mirada confusa de Leighton a unos metros de distancia, confirmé que lo había dicho en voz alta.
Joder.
—Entiendo que cueste, pero, joder, ¿no es más doloroso vivir en una mentira? No sé tú, Scarlett, pero yo prefiero la verdad, aunque duela, a una mentira que solo se va a hacer más grande a medida que pase el tiempo.
Durante unos momentos, me planteé la posibilidad de abrirme también en canal con él y confesarle la verdad de nuestra situación personal.
Pero, por el contrario, permanecí en silencio.
Observé cómo Leighton alcanzaba lo que parecía ser un papel que había sacado del bolsillo de sus vaqueros y me lo ofreció.
Fruncí el ceño al no comprender nada y mientras Leighton desenrollaba la manguera —para no mirarme mientras hablaba, supongo— me explicó lo que iba a encontrar al desdoblar el papel.
—Cuando acabé de discutir con mi madre, fui directo a mi habitación y empecé a escribir sin pensar. El otro día te dije que estudiaba música porque quería ser eterno con mis canciones, ¿no? Pues ya va siendo hora de empezarlas.
El corazón empezó a latirme acelerado ante la idea de lo que iba a descubrir en cuestión de segundos. Leighton acababa de ofrecerme una parte de su alma sin pedir nada a cambio y no sabía expresar cómo me sentía ante tal hecho.
—Si es una mierda, puedes decírmelo. No creo que me devuelvan el dinero de la universidad, pero una retirada a tiempo es una victoria.
Antes de que pudiera responderle, Leighton activó la manguera y mientras él se deshacía del rastro de tierra que todavía permanecía en sus brazos, yo me deshacía por dentro al leer sus palabras.
Esa tarde descubrí no solo que Leighton podría cambiar el mundo con su música, también que podría cambiar el mío si se lo permitiera.
Solo cuando el agua dejó de correr y él se sentó a mi lado mientras se le secaban los brazos, salí del trance en el que me había sumergido al leer algo tan puro y no pude evitar que alguna lágrima traicionera se deslizara por mis mejillas.
—No me digas que es tan horrible que te ha hecho llorar —bromeó, con tanta seriedad que reí.
Sequé mis lágrimas y traté de ordenar mis pensamientos para decirle lo que me había parecido lo que había compuesto.
—No es eso, es que… me parece bonito a la par que doloroso que creas que el amor puede ser así de bonito y que te abras en canal al decir que lo que tus padres tienen no es amor. Eso te convierte en alguien muy valiente, Leighton.
Él recostó la cabeza contra la pared y confesó:
—Nunca me he enamorado. Pero, si lo hago algún día, espero no acabar teniendo lo que tienen ellos.
—Claro que lo harás algún día, tienes solo diecinueve años —comenté.
—Y tú solo dieciséis. Pero prométeme una cosa, por favor.
—Vaya, esto se pone interesante.
Fijé mis ojos sobre los suyos, aunque el corazón me gritaba que no me acercara más a él porque acabaría estallando en mi pecho, pero lo ignoré porque en ese momento lo único que me importaba era lo que Leighton estaba a punto de decir.
—Prométeme que, si alguno de los dos se enamora de alguien en un futuro, no permitiremos que ese amor se acabe convirtiendo en dolor.
—Hecho —contesté, antes siquiera de pensar en la grandeza de lo que acabábamos de prometernos en ese cobertizo lleno de polvo y del recuerdo de la tarde que acababa de coronar como aquella en la que mi vida se acabó entrelazando con la de Leighton sin que pudiera evitarlo.
Prometerle aquello a Leighton con dieciséis años fue tan sencillo como creer que él no acabaría haciéndome daño un tiempo después.
Una pena que, llegado el momento, acabara descubriendo que me había convertido en una adicta a su idea del amor y al dolor que me producía sentir que lo había amado tanto.