CAPÍTULO 18
Scarlett
Presente
Observo a Leighton respirar con irregularidad y maldigo a mi maldito corazón por estar compadeciéndose de él.
Me agacho hasta colocarme delante de él y a pesar de que sé que dentro de unos minutos me arrepentiré de esto, agarro su mentón con mis dedos para que fije sus ojos en mí y deje de pensar en lo que sea que le haya dicho el capullo de su padre cuando lo ha llamado.
—Leighton, mírame.
Su pecho empieza a perlarse de sudor y miro a mi alrededor para ver si alguien nos puede ayudar, pero estamos completamente solos.
Genial. En un acto completamente impulsivo, estiro mi mano libre hasta colocarla sobre su pecho y el calor que irradia se traslada a mi corazón, que no duda en latir acelerado ante la cercanía de nuestros cuerpos.
Maldito traidor.
Mientras mantengo la mano ahí posada, no puedo evitar que una gran oleada de recuerdos acudan a mi mente sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Todas aquellas tardes en las que la ansiedad se colaba entre los pensamientos intrusivos de Leighton al no creerse lo suficientemente bueno con la música.
Aquel día en el que me acabó confesando la realidad del matrimonio de sus padres y cómo aquello lo estaba matando lentamente.
Son tantas las veces que he tenido que recurrir a él para salvarlo de su propio abismo que, por un momento, olvido que él no estuvo ahí cuando me ahogué en el mío.
Por eso no sé qué narices estoy haciendo ahora. ¿Por qué le estoy ofreciendo mi apoyo? ¿Por qué no puedo simplemente irme y ya está? Fácil: porque se trata de él. Porque cuando se trata de descontrolar mis emociones y todas mis creencias, siempre se trata de Leighton Sullivan.
En un gesto de suma desesperación, coloca su mano sobre la mía y el roce de su piel me eriza el vello del resto del cuerpo en cuestión de segundos, como una llama que se ha mantenido a medio gas durante ocho años.
Me centro en mirar el vaivén que genera su pecho tratando de calmarse porque sé que, si lo miro directamente a los ojos, me trasladaré a un lugar al que no quiero volver: al de los buenos tiempos con él.
Al de las risas incontrolables, los besos a deshoras y la ilusión de creer que lo nuestro podría durar para siempre.
Justo en el momento en que me percato de que ya ha controlado el ritmo de su respiración, pongo toda la distancia posible entre nosotros en el mismo momento en el que mi móvil suena con una llamada de Regina.
Siento que han pasado siglos desde la primera y última vez que salimos, así que es completamente necesario quedar para hablar de todo lo que ha sucedido, si es que la vergüenza no puede conmigo una vez más y me recluye en ese rincón de oscuridad en el que he estado sumida durante los últimos años.
—Dime —contesto, tras descolgar la llamada.
—Jolín, con menudos ánimos me recibes. Como vas siempre con la cabeza loca, te llamaba para recordarte que habíamos quedado a las once en la cafetería que está a la vuelta de la esquina del bufet. Yo salgo ya de casa, ¿nos vemos allí?
Me doy la vuelta para dirigir la mirada hacia Leighton y me tranquiliza mínimamente ver que ya se ha levantado y que trata de huir de mí como si se hubiera despertado de una pesadilla y ahora no supiera cómo afrontar la realidad. Bien, pues ya somos dos.
—Sí, sí, tú ve tirando. Voy de camino.
—¡Perfecto! Ahora nos vemos, ¡adiós!
Cuelgo la llamada y me quedo más segundos de la cuenta mirando el móvil para no enfrentarme a la mirada oscura de Leighton.
Creo que estamos experimentando un momento demasiado incómodo para los dos y que alguno debe romperlo cuanto antes.
Y, teniendo en cuenta que Leighton ha perdido hasta el color en la cara, me temo que esa debo ser yo.
—He quedado con una compañera de trabajo. Mañana no podré avanzar con tu caso porque tengo que ir a la oficina a seguir con los demás, pero ya veremos qué hacemos para mejorar la defensa —digo, con la voz algo temblorosa, tratando de mirar a cualquier lado excepto a él.
Leighton se limita a asentir y antes de que pueda añadir algo más, murmura mi nombre con tiento, como si no estuviera seguro de si, al hacerlo, fuera a acabar activando la bomba de mis emociones, que siempre se mantienen alerta por su culpa.
—Scarlett…
La manera que tiene de pronunciar mi nombre en estos momentos, mientras me contempla como si tratara de observar en mis ojos qué ha pasado hace unos minutos, consigue que me empequeñezca durante unos segundos y vuelva a ser esa Scarlett que confiaba en sus buenos actos.
Esa Scarlett que no pienso volver a ser por nada del mundo.
—Dejémoslo pasar, Leighton. Por favor.
Él se limita a asentir y lo dejo a solas en el callejón mientras me dirijo de nuevo a la cafetería en la que hemos tenido nuestro encuentro con la banda y en cuanto me percato de que Macy, Jaden y Spencer siguen ahí, me trago mi orgullo, les pido perdón por el numerito que he montado hace unos minutos y cojo mis cosas para marcharme cuanto antes y huir.
◆◆◆
Vislumbro la melena rubia de Regina tras el cristal de las puertas batientes de la cafetería.
Trago saliva y envío a un cajón muy alejado de mi mente lo ocurrido con Leighton.
Al oír el sonido de mis tacones impactar contra el suelo de madera, Regina se gira y sonríe nada más verme.
Abre los brazos para que nos refugiemos en un abrazo y, a pesar de que es más corto de lo que debería ser entre dos personas que empiezan a llevarse bien, sigue siendo un comienzo al que estoy tratando de acostumbrarme.
Tantos años rehuyendo el contacto con las personas han acabado pasándome factura, ¿qué le voy a hacer?
Regina se apresura a ocupar una mesa que queda libre, no sin antes suplicarme que le pida un café solo doble para coger energías para lo que le queda de mañana.
Intento reprimir el gesto de asco que hago siempre que escucho hablar del café solo y me pongo en la cola para pedir el café de Regina y una infusión para mí.
Dado el estado de nervios en el que me encuentro, lo último que necesito es tomar café.
Cuando la camarera tiene listo nuestro pedido, llevo la bandeja con nuestras bebidas lo mejor que puedo —porque tengamos en cuenta que el buen pulso y mis manos nunca se han llevado bien— y me doy un golpecito mental de ánimo en mis hombros al dejar la bandeja en la mesa y ver que no he derramado ni una sola gota.
Me siento, acompañando el gesto con un gran suspiro que Regina no deja pasar.
—Vaya, ¿pasa algo?
¿Cómo puedo decirle todo lo que ha pasado sin dejar parte de mi vida en la mesa?
A ver, no quiero que se me malinterprete, pero hace apenas unas semanas Regina y yo éramos simples compañeras de trabajo que no tenían nada en común.
Y, teniendo en cuenta que la única vez que salimos de fiesta fue hace unos días, tampoco creo que hayamos desarrollado la confianza suficiente como para hablar de temas tan personales.
Sin embargo, cuando veo la mirada preocupada de Regina al ver que permanezco callada, una mirada que solo te puede ofrecer alguien que solo busca entenderte y no juzgarte, hago de tripas corazón y le explico lo mejor que puedo todo lo ocurrido desde la última vez que nos vimos.
—¿Te acuerdas del chico con el que me viste en la discoteca? —pregunto, para empezar a relatar lo sucedido.
Regina deja de endulzar su café para dedicarme una mirada sugerente al acordarse de Jason.
—Como para no acordarme. Si no fuera porque me gustan las mujeres, me atrevería a decir que sería mi prototipo.
Trago saliva y bajo la mirada unos instantes, algo avergonzada por lo que voy a decir a continuación.
—Pues digamos que me acompañó a mi piso y allí pasaron cosas.
—A ver, Scarlett, que no tenemos diez años. Sabes que puedes decir la palabra follar, ¿no?
Mis mejillas se enrojecen antes de darle un sorbo a la infusión para calmar los nervios que me produce el hecho de estar hablando de cosas tan íntimas con una persona que hasta hace nada estaba fuera de mi círculo.
Pero he acabado comprendiendo que si no le acabo contando a alguien todo lo que pasa en mi vida, voy a acabar explotando.
Y teniendo en cuenta que ya no puedo contar con Kairon porque todos mis problemas vuelven a estar nuevamente relacionados con su mejor amigo, supongo que no pasará nada por charlar con Regina sin sentir que me está juzgando.
—Vale, sí. Follamos, pero…
—No me digas que es un sieso en la cama, porque no lo parecía cuando bailaba contigo en la pista.
Niego con la cabeza y lanzo un largo suspiro antes de armarme de valor para confesarle la verdad.
—No es que fuera un sieso en la cama, es que… creo que intentaba sentir algo que hace tiempo que no siento con ningún chico.
«No siento los fuegos artificiales que sentía cuando Leighton me acariciaba. No siento el vértigo que sentía cada vez que Leighton rozaba sus labios con los míos. Creo que sentí tanto con él que ahora me siento vacía cada vez que intento acercarme íntimamente a alguien más».
Obviamente, eso no lo acabo confesando, pero creo que mi cara lo dice todo porque Regina no tarda en abrir los ojos ante la sorpresa de mi expresión.
—No me digas que Scarlett Lambert tiene a un hombre en un pedestal del que no consigue bajarlo.
Venga ya, tía. Eres una mujer que podría tener a cualquier hombre a sus pies con solo chasquear los dedos, solo hay que mirarte.
—Me señala como si fuera una obra de arte y no una mota de polvo, como me llevo sintiendo desde hace tanto tiempo que ya ni siquiera recuerdo cuándo empezó.
Muerdo mi labio inferior para impedir que las lágrimas acaben destrozando mi maquillaje, porque es lo último que me faltaba para acabar de arruinarme el día de hoy.
—No es que lo tenga en un pedestal, pero fue una persona muy importante en mi vida y ahora que ha vuelto, yo…
—Espera, ¿ha vuelto? ¿Y por qué no hemos empezado por ahí? Ya puedes estar contándomelo todo, pero antes, espera que vaya a pedir otro café, porque necesito estar todo lo despierta posible con lo que me vas a contar.
Reprimo una sonrisa ante el humor de Regina y mientras espero a que vuelva con su nueva taza de café, intento ordenar las ideas en mi mente para contar toda una historia de años en cuestión de minutos.
Cuando la rubia vuelve, dejo de pensar en edulcorar una relación que ya no existe en mi vida y acabo contándoselo todo con pelos y señales, incluido nuestro percance de hace unas horas en el callejón.
—Joder, Scarlett. Quién me iba a decir a mí que iba a tener de amiga a la primera novia del cantante de Voltage Zero . Tía, eres una caja de sorpresas.
—¿Tan famoso es el grupo?
—¿Que si es famoso? Tía, hubo una vez que cuando avisaron de que iban a hacer un concierto en uno de los bares del pueblo, crearon hasta un atasco en la entrada principal de toda la gente que quería ir a verlos.
Joder.
Supongo que el hecho de que durante todos estos años haya tratado de evitar cualquier información sobre él, ha conseguido que acabe adentrándome en mi propia burbuja y que ni siquiera me haya percatado de cosas que han pasado en mi propio pueblo.
—¿Y qué canciones cantan?
Me maldigo a mí misma por querer saber más del grupo, pero me tranquilizo al instante al convencerme de que lo hago simplemente por conocer mejor a mi cliente y por nada más.
—Son canciones de amor, pero con un toque más roquero. A mí me encantan, no paro de cantarlas en la ducha o en el coche.
Canciones de amor…
Aún recuerdo el día en el que Leighton me hizo saber que estudiaba música porque quería ser eterno, cantar canciones de amor porque era un sentimiento tan grande que merecía ser gritado a los cuatro vientos…
Un escalofrío me recorre el cuerpo al recordar ese momento y me centro en la conversación con Regina, porque si me permito meterme de lleno en recuerdos del pasado no tengo claro que este día acabe tan bien como tenía planeado.
—Mira, Scarlett, por lo que me has contado, es una situación muy complicada. De hecho, lo que ha pasado hace unas horas no creo que ayude en nada a esta relación que tenéis entre abogada y cliente, pero si me permites un consejo…
—Sí, claro. Necesito escuchar una opinión ajena a mi círculo para no volverme…
—Ya te hizo daño en un pasado, Scarlett. No permitas que te lo vuelva a hacer o que los recuerdos de lo que una vez tuvisteis te traicionen. Él pudo volver y no lo hizo, no consientas que destroce la vida que tanto te ha costado conseguir.
Agacho la cabeza al recibir el peso de sus palabras, certeras pero no por ello menos dolorosas y, cuando menos me lo espero, Regina agarra mi mano y suelta, como si hace nada no estuviera abriéndome en canal:
—¿Y bien? ¿Cuándo volvemos a salir?
Río por primera vez en toda la mañana y siento en el corazón ese calor que llena tu alma cuando te das cuenta de que has encontrado un rayito de luz en tus días grises.
Y, para alguien que cree que ha tenido demasiados de esos en los últimos años, es una sensación demasiado maravillosa como para no entregarse a ella por completo.