CAPÍTULO 17
Leighton
Pasado
El sonido de la televisión mientras bajaba las escaleras para dirigirme al salón me hizo saber que no estaba solo en casa. Papá, como de costumbre, estaba en el trabajo. Así que la única persona que podía estar en esos momentos en casa era mamá.
Suspiré al pisar el último escalón y antes de dirigirme a la cocina, como tenía pensado hacer antes de recluirme de nuevo en la habitación para continuar con los resúmenes de los primeros exámenes del curso, me atreví a parar en el salón y acompañar a mamá mientras veía lo que parecía ser la típica película ñoña de primera hora de la tarde que ponían en bucle todo el fin de semana.
Con pasos lentos, me senté en la butaca que había al lado del sofá en el que ella estaba recostada con una manta tapando la mitad de su cuerpo y al girar la cabeza y ser consciente de mi presencia no dudó en preguntar:
—¿Cómo va la tarde, Leighton? Llevas muchas horas estudiando, cariño.
Tragué saliva, centrándome en una pelusa invisible de la sudadera gris que llevaba porque el simple hecho de mirarla se me hacía un maldito mundo.
No podía soportar que fuera capaz de mirarme a los ojos y fingir que todo estaba bien cuando nuestra situación no podía estar más alejada de la realidad.
Pero, como no quería hacer la convivencia más horrible de lo que ya era, acabé entablando una conversación con ella.
—Pronto van a empezar los exámenes y no quiero ir con prisas, prefiero mirarme el temario con tiempo.
Sus ojos oscuros me devolvieron la mirada antes de tomar una postura más cómoda en el sofá, sentándose con los pies cruzados como si fuera una india y bajando a su vez el volumen de la televisión para prestar atención a nuestra conversación.
Quizá se le hacía tan extraño que quisiera hablar con ella que debía hacer que ningún ruido externo alterara nuestro efímero acercamiento.
—Dentro de un rato he quedado con Gina para ir a tomar un café, pero con lo parlanchina que es seguro que acabamos tarde. Te he dejado pollo empanado en la nevera para que te lo frías cuando te entre hambre.
Apreté la mandíbula todo lo disimuladamente que pude porque estaba claro que mentía.
El otro día, mientras estaba en el supermercado, me encontré con Gina y me hizo saber que hacía meses que no se veía con mamá.
Y teniendo en cuenta los gustos que tenía últimamente mi madre en relación a su extraño matrimonio con papá, estaba claro que me estaba engañando, tanto a mí como a sí misma.
No obstante, para no hacer más incómoda la situación, decidí asentir y seguirle la corriente. Supongo que era más sencillo aparentar que no pasaba nada que asumir que realmente había un problema, un enorme problema.
—Tu padre me ha dicho que llegará tarde a casa y que no lo esperemos despiertos. Hoy es el cumpleaños de un compañero del trabajo y saldrán a celebrarlo.
Joder.
¿Es que no se cansaba de mentir?
Sin poder aguantarlo más, porque odiaba que me vieran como un crío y no como un adulto de diecinueve años, acabé murmurando:
—¿Por qué no os divorciáis?
La pregunta cayó como una losa de piedra en el salón. Mamá abrió la boca y la cerró unos instantes después. Supongo que no se esperaba que acabara soltando la verdad en aquella conversación tan sumamente ridícula.
—¿De qué hablas, Leighton? No digas tonterías.
Mordí mi labio inferior antes de cruzarme de brazos y dedicarle a mamá una mirada furibunda.
—No sé a quién pretendéis engañar. Tengo diecinueve años y vivo con vosotros. ¿Acaso crees que no te oigo reír y follar con otro que no es papá?
Mamá se levantó de súbito del sofá y se acercó en cuestión de segundos a la butaca en la que estaba sentado.
Incluso levantó la mano antes de arrepentirse de lo que pensaba hacer.
El odio refulgía en sus ojos como si no se hubiera esperado la traición que acababa de llegar de su propio hijo.
La traición propia de una persona que acababa de despertar del letargo en el que estábamos sumidas todas las personas que vivíamos en esa casa al pensar que nuestra familia era perfecta.
—Ni se te ocurra insinuar nada por el estilo, Leighton. Dices tener diecinueve años, pero lo que acabas de insinuar es propio de un niño con una rabieta. ¿Cómo se te ocurre decir que estoy engañando a tu padre? ¿Acaso no ves cómo…?
Acabé levantándome también de la butaca, enfrentándome a mamá en un duelo por ver quién sacaba la verdad más dolorosa a la luz, aunque a juzgar por el ritmo que estaba tomando la conversación, parecía que simplemente iba a lanzarle verdades a la cara mientras ella me las negaba una por una.
—¿Sabes lo que no veo, mamá? No veo abrazos, besos, muestras de afecto…Su lado de la cama siempre está hecho porque nunca pasa las noches contigo. ¿Te crees que soy idiota? Bueno, mejor dicho, ¿os lo creéis?
—Leighton…—me advirtió, pero no quería callarme más porque acababa de despertar a la bestia que estaba harta de que la trataran como a un estúpido que no se daba cuenta de sus mentiras.
—Papá también se ve por ahí con otras mujeres. Al menos él tiene la decencia de hacerlo fuera de casa.
—¡Leighton! Deja de decir esas cosas porque no son más que mentiras. No pienso divorciarme de tu padre porque estoy enamorada de él.
Cómo me jodía que siguiera engañándose a sí misma.
—Mira, mamá. Ya estoy harto de esta conversación de mierda, mejor vuelvo a mi habitación a estudiar.
Cuando descubras que tu vida está siendo una mentira, no quiero oírte llorar por las esquinas —sentencié antes de salir a toda pastilla del salón, subir las escaleras a trompicones y cerrar la puerta de mi habitación con un sonoro portazo.
Me senté en el escritorio y, antes siquiera de pensar en lo que estaba haciendo, arranqué la hoja de una libreta que tenía por ahí tirada, agarré un bolígrafo cualquiera y empecé a escribir lo que mi mente gritaba.
Ella insistía en que el amor era sinónimo de ofrecérselo a otra persona que no era la que había elegido para pasar el resto de sus días.
Prefería vivir en la ignorancia de reconocer su realidad a escuchar a su corazón y dejar de vivir en una mentira.
Ella era adicta a mentir.
Él, a seguirle los pasos.
Juntos se convirtieron en todo aquello que jamás quise relacionar con el amor.
Pero, ¿cómo no hacerlo si es lo único que conoces?
El amor deberían ser dos almas conectándose, no mintiéndose.
El amor debería ser una cama revuelta tras una noche de amor.
El amor debería ser lo opuesto a ellos.
◆◆◆
A la mañana siguiente me levanté con ganas de acercarme a ver cómo se encontraba Scarlett porque pese a haberle ofrecido mi número de teléfono, algo me decía que no se había atrevido todavía a escribirme.
No podía quitarme de la cabeza la imagen de Callie tirada en el suelo ni la mirada desconsolada y perdida de Scarlett, que no sabía qué hacer, quedándose completamente paralizada ante la situación que estaba viviendo sin haberlo esperado siquiera.
Supongo que uno nunca está preparado para ver a la mujer que lo ha traído al mundo en ese estado.
Me vestí con calma con unos tejanos y sudadera de color granate y salí de casa, pensando en una excusa lo suficientemente buena por si me encontraba con Kairon y tenía que contarle por qué quería ver a su hermana.
Caminé por las amplias calles del barrio que me había visto crecer hasta que pasados unos minutos —más largos de los que me hubiera gustado— me encontré con Kairon despidiéndose de un coche azul que desapareció de mi vista en cuanto me acerqué un poco más a mi amigo.
Como estaba de espaldas, decidí hacerle una pequeña broma y lo cogí de la cintura sin que se lo esperara.
Por suerte, me aparté a tiempo de que me diera una patada en los huevos y cuando se giró y supo quién era el capullo que le acababa de gastar la broma, sonrió antes de darme un abrazo.
—Vaya, hoy estás bromista, ¿eh? ¿Qué haces por aquí?—preguntó, frunciendo el ceño a la vez que se colocaba la mano izquierda en la frente para protegerse de los rayos de ese sol que ya tenía pensado acabar su jornada por hoy.
—Nada, he salido a dar una vuelta y, mira tú por dónde, mis pasos me han llevado a querer ver a mi amigo.
—¿Ves como no puedes vivir sin mí? —Se mofó y yo me limité a reírle la gracia.
—¿De quién te despedías? —inquirí, tras unos segundos en silencio.
Y esa tarde de finales de septiembre, presencié algo que jamás esperé ver en el rostro de Kairon Lambert: se le sonrojaron las malditas mejillas. Abrí la boca ante tal suceso y él se limitó a rehuir mi mirada, completamente avergonzado de que le hubiera pillado con las manos en la masa.
—¿Uno ya no puede tener secretos o qué?
—Venga, no escurras el bulto y cuéntame quién era. No me dejes con la intriga —lo chinché.
Kairon lanzó una mirada agotada al cielo antes de rendirse ante mi insistencia y acabar confesando:
—Es Lisa, una amiga. Nos conocimos en la cafetería hace unos días cuando se peleaba con la máquina de chicles para que le devolviera el cambio.
—¿Y desde cuándo te echas litros de perfume encima para ver a una amiga?
Kairon frunció el ceño dando a entender que se acababa de perder en nuestra conversación.
—¿De qué hablas?
Me debatí durante varios segundos sobre qué hacer; mantener en secreto mi reciente relación de amistad con Scarlett, si se le podía llamar de esa manera o, por el contrario, decirle a Kairon la verdad. Tras unos segundos de silencio, opté por decir una verdad a medias.
—Ayer vine a ver si estabas, porque te recuerdo que habíamos quedado para seguir con el proyecto, y tu hermana me dijo que habías quedado con alguien y que te habías pasado tres cuartos de hora en el baño perfumándote —alcé las cejas a modo socarrón solo para cabrearlo más. Me encantaba hacerlo, para qué negarlo.
Kairon abrió los ojos, completamente sorprendido con lo que acababa de soltarle antes de llevarse una mano a la frente.
—Joder, el proyecto. Es verdad, tío. Joder, lo siento. Se me había olvidado por completo.
Apreté ligeramente su hombro para aligerar su culpa y le sonreí antes de añadir:
—No te preocupes, tío. También tenemos derecho a vivir un poco, ¿no?
—No te vengas arriba. Lisa es solo mi amiga, punto y final.
Puse los ojos en blanco ante su cabezonería y me atreví a preguntarle por el verdadero motivo por el que había venido en primer lugar.
—¿Está Scarlett en casa?
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque ayer cuando vine a buscarte, la encontré escuchando música a todo volumen y me dijo que estaba harta de oír siempre lo mismo. Así que le he traído música de la buena.
«Joder. Se me daba de lujo mentir».
—Pues no, creo que me ha dicho antes de salir de casa que había quedado con unas amigas del instituto para tomar algo. ¿Quieres que le diga que has venido?
—No, tranquilo. Ya me pasaré en otro momento.
Mi amigo se me quedó mirando, extrañado durante unos momentos, como si no entendiera del todo mi reciente interés en su hermana, pero acabó convenciéndose más rápido de lo esperado de que lo que fuera que estuviera pensando no tenía sentido alguno.
—Bueno, tengo que seguir con otros trabajos que tengo a medias. ¿Quedamos mañana para el proyecto?
—Más te vale no dejarme tirado por Lisa.
—Mira que eres imbécil cuando quieres.
Nos despedimos con otro abrazo y mientras caminaba de regreso a casa con la ligera amargura de no haber podido hablar con Scarlett después de lo que ocurrió ayer, pensé en la idea de enviarle un mensaje, pero estaba claro que no me iba a conformar con eso.
Sin todavía entender por qué, necesitaba cerciorarme con mis propios ojos de que realmente estaba bien y que no me estuviera engañando como a su hermano sobre lo que había ocurrido con su madre.
Entré de nuevo en el silencio de mi casa y me encerré en la habitación, prestando atención a los apuntes que había dejado a medias antes de tener la disputa con mamá.
Sin embargo, mientras repasaba los conceptos en voz alta, no pude evitar que mi mirada se desviara hacia la hoja en la que unas horas antes había escrito por primera vez aquello que mi alma gritaba.
Aquello que necesitaba urgentemente que Scarlett leyera para quitarme los pájaros de la cabeza o que, por el contrario, acabara convenciéndome de que era lo suficientemente bueno como para seguir con mi propósito de crear música.