CAPÍTULO 13
Leighton
Pasado
La risa de mi madre llegó como una advertencia hasta mi habitación y, antes siquiera de pensármelo dos veces, me puse las zapatillas de correr y salí despavorido de casa como alma que llevaba al diablo.
En otras casas, la risa era sinónimo de alegría; en la mía, de tristeza. No era la primera vez que al salir de la universidad escuchaba a mi madre pasárselo bien. Y eso no sería un problema si no supiera la realidad tras su risa.
Desde que era pequeño, sabía que mis padres no eran cariñosos el uno con el otro, que mientras mis amigos se quejaban de que sus padres eran demasiado acaramelados, yo podía contar con los dedos de una mano —y me sobrarían dedos— las veces en las que mis padres mostraban alguna muestra mínima de afecto.
Cuando cumplí los dieciséis, las cosas empezaron a cambiar.
Al ir a la cama y dejar a mi madre en el sofá con el móvil y la televisión de fondo, pasados unos minutos la escuchaba reír.
Iluso de mí, creía que ese cambio de actitud se debía a que mi padre había llegado antes del trabajo y simplemente estaban pasando un buen rato juntos aprovechando que no me encontraba de por medio.
Sin embargo, no fue la voz de mi padre la que escuché esa noche, sino la de otro hombre.
Y, por desgracia, no fue la primera, ni probablemente la última, ya que habían pasado tres años desde esa primera vez y cada vez se repetían más asiduamente.
Me dolía en el corazón que mi madre engañara a mi padre de esa manera y que no tuviera las santas narices de poner los puntos sobre las íes y separarse de él si no era realmente feliz.
Mis padres no eran felices y mientras mi madre encontraba esa parte de sí misma que desaparecía cada vez que mi padre estaba presente, al poco tiempo, descubrí que él tampoco se quedaba de brazos cruzados.
Porque a diferencia de mi madre, que al menos tenía algo de consideración al engañar a papá mientras él no estaba, oculta entre las cuatro paredes en las que yo mismo había crecido, él no dudaba en hacerlo delante de todo el mundo; bares, restaurantes caros, supermercados…
Cualquier escenario era perfecto para escapar de un hogar que no le hacía feliz y al que, sin embargo, se aferraba sin saber por qué.
Había perdido la cuenta de las veces que había escuchado a los vecinos comentar entre susurros cuando creían que no los estaba escuchando que habían pillado a mi padre en actitud cariñosa con una mujer que no era mi madre.
No sabía con exactitud qué era más triste: el hecho de que mis padres se engañaran el uno al otro y fueran tan sumamente cobardes de no romper esa cuerda invisible que los unía en forma de anillos en sus dedos, o el hecho de que creyeran que no me percataba de ello.
Cerré la puerta de casa con un sonoro portazo para que mamá se percatara de que había salido y con el corazón a mil por hora, empecé a correr sin rumbo fijo, deseando que mis piernas me llevaran a un lugar muy lejos del hogar en el que había crecido.
Un lugar en el que el amor no eran dos personas que nunca se habían querido pero que no hacían nada por escapar de ello.
Un lugar en el que la familia que una vez creí tener cuando era pequeño no se acabara resquebrajando en cuanto abriera un poco más los ojos.
A mis diecinueve años, eso ya no debería importarme.
Ya era lo suficientemente mayor como para comprender que mis padres no se alejaban el uno del otro por el simple miedo a empezar de cero, con todo lo que ello conllevaba.
Se habían atado a lo conocido y no había nada ni nadie que pudiera sacarlos de ahí; ni siquiera yo.
La persona que había sufrido en silencio todos esos años hasta ahora.
Porque en ese momento en el que los pulmones me quemaban por el esfuerzo al que los estaba sometiendo, no era tristeza lo que teñía mis pensamientos en cuanto pensaba en mis padres, era rabia, e incluso me atrevería a decir que odio.
Los odiaba por ser unos cobardes, por no querer saltar al vacío y dejar de engañarnos a todos.
Los odiaba por haberme hecho creer que el amor era lo que ellos dos tenían cuando estaba claro que no habría podido crecer con una idea más equivocada.
El aire empezaba a faltarme, así que mis pies frenaron en medio de la calzada.
Posé mis manos sobre las rodillas mientras trataba de coger aire y oteaba el sol, que ya empezaba a esconderse por el horizonte.
Una vez recuperé el pulso y mi respiración empezó a acompasarse, tuve la intención de retomar el trote, dar la vuelta a la manzana e ir a tomar algo.
Todo lo que fuera estar lo menos posible en casa.
Sin embargo, la hermana pequeña de Kairon, Scarlett, se interpuso entre mis planes.
Había pasado una semana desde nuestro encuentro en la cocina, el día que nos conocimos y todavía, en mis ratos libres, mi mente empezaba a divagar sobre la conversación que habíamos tenido.
No me podía creer que una adolescente no creyera en la eternidad del amor cuando estaba claro que cualquier chica de su edad, vivía colgada de la idea de un amor ridículo como el que existía en las películas.
Le confesé que mi motivo para estudiar música era única y exclusivamente la necesidad urgente que tenía de vivir el amor a través de las letras porque, cada vez que le comentaba a alguien lo que estaba estudiando, me miraba con muecas de desagrado como si creyeran que me moriría de hambre si pensaba en dedicarme a eso.
Porque en el mundo de la música solo brillabas si eras mínimamente bueno y yo tenía intención de serlo.
De buscar en todas aquellas canciones de amor que yo mismo compusiera, ese amor que mis padres no me habían demostrado y encontrar una razón que me hiciera creer que no sería como ellos.
Que cuando Cupido me alcanzara con su flecha, mi relación no acabaría convirtiéndose en una como la que mantenían mis padres.
Dejé de divagar en mis pensamientos sobre el sentimiento tan confuso y enorme que es el amor para dar inicio a unos pasos que, en vez de llevarme a dar la vuelta a la manzana, me llevaron al porche de los Lambert, donde Scarlett se encontraba sentada con la mirada perdida en su móvil.
Aunque algo me decía que su mente estaba muy lejos de ahí.
Por suerte, abrí la verja que separaba su pequeño jardín de la acera y el pequeño chirrido que profirió la alertó de mi presencia.
No me hubiera gustado asustarla de nuevo y que acabara cogiéndome asco.
Porque teniendo en cuenta lo importante que era la opinión de Scarlett para Kairon, más me valía caerle bien.
Conocer a Kairon Lambert el primer día de universidad fue como un soplo de aire fresco.
Durante toda mi vida había estado rodeado de amistades vacías, que tenían en mente pájaros en vez de la idea de construirse un buen futuro.
Nos vimos por primera vez en el pasillo de la universidad, donde lo encontré hablando con un profesor preguntándole por algunas asignaturas extras para ganar méritos o yo que sé qué historia.
El caso es que vi tanta ambición en sus palabras, en sus ganas por no limitarse solo a la carrera que había escogido, a buscar más, que en cuanto se dio la vuelta para regresar a su clase lo cogí desprevenido preguntándole por un aula que no sabía dónde estaba y a raíz de ahí, no nos habíamos separado.
A medida que pasaron los días, Kairon empezó a hablarme de su hermana, de su familia y de todos aquellos planes de futuro que envidiaba porque, a pesar de que yo también tenía una meta clara en cuanto a lo que quería hacer con mi vida, él tenía algo que yo ya no tendría la posibilidad de alcanzar: una familia.
Volví a la realidad, dejé de disociar en mis recuerdos y observé la mirada extrañada de Scarlett al verme aparecer en medio de su jardín.
—Vaya, veo que has aprendido la lección. Ahora avisas antes de entrar —saludó, señalando con su mirada oscura la verja que quedaba tras de mí.
—Soy un chico astuto.
—Ya lo veo, pero no lo suficiente como para aparecer de nuevo ante mí con la camiseta mojada —comentó haciendo alusión al sudor que recorría mi camiseta de deporte.
Una sonora carcajada me sorprendió al salir de mis labios y señalé con el dedo el escalón que quedaba libre debajo de ella y Scarlett asintió. Me senté a su lado y giré la espalda para así poder hablar mejor.
—Esta vez he sido yo, estás libre de culpa —dije, haciendo alusión a nuestro aparatoso encuentro en la cocina.
Me complació sacarle una pequeña sonrisa porque, antes de hacerme ver en el jardín, me había parecido verla algo triste.
—¿Y Kairon?
—Como buena rata de biblioteca que es, ha quedado con unos compañeros de clase para estudiar.
—Pero si apenas hemos empezado los exámenes.
Scarlett se limitó a encogerse de hombros y aproveché para preguntarle por el motivo que la había llevado a estar sentada en el porche completamente sola.
—He discutido con mi madre —contestó, con la boca pequeña.
Fruncí la boca porque esa era justo la única cosa con la que no podía ayudarla, ya que no era el más indicado para dar soluciones a problemas familiares.
—Seguro que lo acabáis arreglando —intenté animarla.
Logré atisbar un poco de tristeza en sus ojos marrones.
—No lo creo. ¿No hay veces que tienes la sensación de que, por mucho que intentes arreglar algo, está tan roto que ni siquiera sabes por dónde empezar?
«Joder, justo en el blanco».
Tragué saliva ante la profundidad que había tomado la conversación y, para evitar que toda la situación se volviera más incómoda, me levanté del escalón, llevándome de recuerdo el ligero aroma del perfume que ya empezaba a relacionar con la morena de pelo rizado que dejaba atrás y me disculpé diciendo que debía ir a casa para preparar la cena, lo cual era una completa mentira, pero era mejor eso que ir abriéndome poco a poco con una persona que conocía de hacía literalmente una semana.
Me despedí de Scarlett con la mano y con la convicción de que, si seguía teniendo conversaciones de tal calibre con ella, iba a acabar entrando en un universo que no estaba seguro de si quería atravesar o no: el de los sentimientos.
Porque pese a querer encontrar el verdadero amor entre canciones compuestas por mí mismo, me aterraba la simple idea de abrirme ante alguien sin poder anticipar su reacción.
Parecía que, después de todo, ni mis padres eran tan cobardes, ni yo tan valiente.